‘El anciano de los días’ (1794), de William Blake.

John Donne y su ‘Duelo por la muerte’ y poemas eróticos como nuevos recuerdan que nadie es una isla

WMagazín publica en primicia pasajes de dos obras del gran poeta metafísico inglés. Su sermón de antes de morir aparece por primera vez en español y su poesía más sensual se reúne en un solo volumen

Presentación WMagazín. John Donne (1572-1631) es uno de los grandes poetas metafísicos ingleses y predicadores religiosos. El amor, la religión y la muerte son temas característicos de su obra, y su elocuencia memorable. En España se acaban de publicar dos volúmenes que recuerdan su magisterio y su gran influencia a lo largo de estos cuatro siglos. Se trata de la primera edición completa de Devociones y Duelo por la muerte, este último fue el sermón que dio ante el rey dos meses antes de morir y considerado su anticipado sermon funeral. Esta edición incluye un prefacio de Carlos Zanón, un prólogo de Andrew Motion y un apéndice con La vida de John Donne, de Izaak Walton, con la traducción de Jaime Collyer. El segundo libro es el de sus Poemas eróticos, una recopilación de su sensibilidad y sensualidad más terrenal y delicada. Ambas obras son publicadas por Navona Editoral.

WMagazín avanza en primicia pasajes de Duelo por la muerte y dos de sus mejores poemas eróticos. Además, el comienzo de uno de sus textos más famosos incluido en Devociones: Nunc Lento sonitu dicunt, morieris. Ahora esta campana que dobla suavemente por otro me dice: eres tú quien debe morir, que en uno de sus pasajes dice la frase célebre: “Ningún hombre es una isla, ni se basta de sí mismo. (…) La muerte de cualquier hombre me disminuye porque soy parte de la humanidad; así, nunca pidas a alguien que pregunte por quien doblan las campanas; están doblando por ti”.

John Donne, tras ser diputado varias veces, en 1615 fue ordenado sacerdote anglicano una situación que le permitió ampliar su creación y destacar en la elocuencia con sermones memorables. En 1624 publicó una de sus obras religiosas más relevantes: Devociones con más de veinte textos. “Mientras convalecía de una grave enfermedad, escribió Devociones para ocasiones emergentes, una obra en prosa en la que trata los temas de la muerte y de las relaciones humanas. Es casi seguro que el poeta habría sido nombrado obispo en 1630, pero su delicado estado de salud lo impidió”, explica Pere Sureda, editor de estos dos libros de Donne. Durante sus últimos años, recuerda Sureda, “Donne escribió algunos de sus mejores sermones, reunidos más adelante en seis colecciones. Entre ellos destaca Duelo por la muerte (1631), un sermón fúnebre que leyó en Londres apenas dos meses antes de morir”.

Los siguientes son los dos textos y los poemas eróticos de John Donne:

 

John Donne, retrato de Isaac Oliver.

NUNC LENTO SONITU DICUNT, MORIERIS
Ahora esta campana que dobla suavemente por otro
me dice: eres tú quien debe morir

Meditación

Perfectamente puede ser que ese por quien esta campana dobla ahora esté tan enfermo que no sepa que el tañido es por él; y bien puede ser que yo mismo crea que me hallo así de bien, y que quienes se hallan a mi alrededor y ven mi condición la hayan hecho doblar por mí y que yo no lo sepa, claro. La Iglesia es católica, universal, e igual ocurre con sus procedimientos; todo cuanto ella hace pertenece a todos. Cuando bautiza a un niño, esa acción me concierne, porque a partir de ahí ese niño estará vinculado a ese cuerpo que es también mi cabeza, asociada a ese cuerpo del que yo soy un miembro. Y cuando entierra a un hombre, esa acción me concierne: la humanidad entera es obra de un único autor y está compendiada en un único volumen; cuando un hombre muere, no es que un capítulo sea arrancado del libro, sino que es traducido a una lengua mejor, y cada capítulo ha de ser así retraducido. Dios se vale de varios traductores en su proceder: algunas partes son traducidas por la edad, otras por la enfermedad, algunas por la guerra, otras por la justicia, pero la mano de Dios está en cada traducción posible y su mano habrá de reunir de nuevo todas nuestras páginas dispersas en esa biblioteca en que cada libro estará abierto ante los demás. Así, igual que la campana que dobla para llamar a misa no convoca solo al predicador sino también a la grey, esta campana nos convoca a todos, pero mucho más a mí, que estoy tan cerca de las puertas a causa de esta enfermedad. Hubo alguna vez un contencioso, una querella (en que piedad y dignidad, religión y valía se mezclaban) sobre cuál de las órdenes religiosas existentes debía llamar primero a los fieles por la mañana, resolviéndose que solo debía hacerlo la que se levantara primero. Si entendemos correctamente esta dignidad asociada a la campana que dobla llamando a la oración temprana, debiéramos estar contentos de hacerla nuestra levantándonos temprano, en el bien entendido de que ella puede estar haciéndolo por nosotros o un tercero, como es ciertamente el caso ahora. La campana dobla por aquel que piensa que ella dobla por él; y, aunque ella se interrumpa cada tanto, desde el momento en que vuelva a tañir en sus oídos, ese individuo estará unido a Dios. Nadie alza necesariamente los ojos al sol cuando este asoma, pero ¿quién aparta sus ojos de un cometa cuando este irrumpe en los cielos? Nadie presta oídos a una campana que tañe en cualquier ocasión, pero ¿quién puede desentenderse de ella cuando esa campana está transfiriendo una parte de uno mismo fuera de este mundo? Ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, parte del todo. Si una porción de tierra fuera desgajada por el mar, Europa entera se vería menguada, como ocurriría con un promontorio, con la casa de tu amigo o la tuya: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; así, nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas; están doblando por ti. No debemos considerar todo esto como una forma de llorar miserias o de tomar prestadas las miserias ajenas, como si no tuviéramos suficiente con las nuestras y hubiéramos de acudir a la casa vecina para hacernos con el dolor de esos vecinos. Sería, en cualquier caso, una forma excusable de codicia si lo hiciéramos, porque la aflicción es un tesoro y prácticamente ningún hombre tiene suficiente de ella. Todo hombre con la aflicción suficiente está maduro y en exceso maduro, dispuesto a encontrar a Dios a causa de ella.

DUELO POR LA MUERTE
Salmo 68:20, in fine

Es nuestro Dios soberano quien
determina la instancia de nuestra muerte.

Los edificios se yerguen sobre sus cimientos, que los sostienen y soportan, y por obra de los contrafuertes, que los circundan y envuelven, y por el ensamblaje que los entreteje y mantiene cohesionados. Los cimientos evitan que se hundan; los contrafuertes, que se inclinen, y el ensamblado y tejido interior, que se partan. El cuerpo, que es nuestro propio edificio, asoma en una frase previa al versículo citado como epígrafe de estas líneas: Nuestro Dios soberano es el Dios de la redención; ad salutes, de las redenciones, así en plural, eso dice el original; es el Dios que nos brinda redención espiritual y temporal. Pero en este edificio en particular, los cimientos, los contrafuertes y el ensamblaje están al inicio del versículo y en las tres acepciones que sugieren quienes han acuñado esas palabras: Es nuestro Dios soberano quien determina la instancia de nuestra muerte, pues, primeramente, los cimientos de ese edificio (ese que postula que nuestro Dios soberano es el Dios de toda redención) indican en efecto que es este nuestro Dios soberano quien determina la instancia de nuestra muerte; es decir, quien tiene en sus manos imponernos dicha instancia y la redención mediante ella, incluso cuando nos enfrentamos a sus fauces, a los labios entreabiertos de ese torbellino que es la tumba. Y es en esta acepción, en este exitus mortis, que el tema de la muerte es una liberatio a morte, una redención que la propia muerte aporta, la acepción más obvia y más habitual de estas palabras, en la cual se sustenta la traducción ofrecida: la instancia de nuestra muerte. Es a partir de allí, y en segundo lugar, que se alzan los contrafuertes para envolver y afirmar ese edificio en que nuestro Dios soberano es el Dios de toda redención y, dado que es nuestro Dios soberano quien determina la instancia de nuestra muerte, él sería quien define la índole y estilo de nuestra muerte, cualesquiera sean las circunstancias y formas de transmigración que suframos al partir de este mundo, ya sea de manera previsora o repentina, violenta o natural, en posesión de nuestras facultades o vapuleados por la enfermedad. No cabe, pues, ninguna forma de reproche por ello, ni formular juicio alguno, pues, como sea que mueran, preciosa es a sus ojos la muerte de sus santos y de Él dependen las circunstancias de nuestra muerte, la forma en que partimos de esta vida está en sus manos. Y es en este sentido que este exitus mortis, las circunstancias de nuestra muerte, son una liberatio in morte, una redención en la muerte misma; no es que Dios nos libere de morir, pero velará por nosotros en la hora de nuestra muerte, cualquiera sea la forma de nuestra partida. Y es en este sentido y acepción de los términos que nuestra propia naturaleza y nuestro escenario operan sobre nosotros. Por último, el ensamblaje y tejido interior de ese edificio en que nuestro Dios soberano es el Dios de toda redención, consiste en que, al decir que es este nuestro Dios soberano quien determina la instancia de nuestra muerte, estamos diciendo que, habiendo el Señor fusionado y entretejido su doble naturaleza en una sola y tras encarnarse en hombre al descender a la tierra, no tuvo otra forma de redimirnos ni otra forma de dejar este mundo y retomar a su gloria precedente que con su muerte. Y es en este último sentido que este exitus mortis, esta instancia de la muerte, es una liberatio per mortem, una redención por la muerte, por la muerte de este Dios, nuestro Señor Jesucristo. Y esta es la acepción que san Agustín otorga a esas palabras, como otros muchos y grandes hombres que se han adherido a su postura. En estas líneas y sus tres acepciones, debemos ver, así pues, primero al Dios todopoderoso, al Padre todopoderoso cuando rescata a sus servidores de las fauces de la muerte; luego al Dios de la misericordia y su glorioso Hijo cuando nos rescató al hacer suya esta instancia de la muerte; y luego, entre esos dos factores, al Espíritu Santo rescatándonos de toda inquietud mediante su determinación bendita y previa de que, cualquiera sea la forma impuesta para nuestra muerte, igual este exitus mortis será un introitus in vitam, es decir, esa instancia de nuestra muerte será de todas formas el ingreso en la vida eterna. Y estas tres consideraciones —nuestra redención a morte, in morte, per mortem: de la muerte, en la muerte y por la muerte— cumplirán abundantemente con todas las funciones que cumplen los cimientos, los contrafuertes y el ensamblaje en este nuestro edificio; porque ese, nuestro Dios soberano, es el Dios de toda forma de redención, y es este nuestro Dios soberano quien determina la instancia de nuestra muerte.

Primeramente, entonces, consideramos este exitus mortis una liberatio a morte y que es nuestro Dios soberano quien determina la instancia de nuestra muerte; y por ende, en todas nuestras muertes y en las calamidades fatales de esta vida nuestra bien podemos esperar con justicia un bien de parte suya. En todas las fases y transiciones de esta vida hay infinidad de pasajes de una muerte a otra; nuestro nacimiento e ingreso en la vida es un exitus a morte, una circunstancia de muerte, pues en el útero de nuestra madre estamos de hecho muertos, en tanto no sabemos que vivimos, o no más que en el sueño, ni existe de hecho una tumba tan próxima a una prisión, o tan pútrida, como sería el útero si permaneciéramos en él más tiempo del prescrito o muriéramos allí dentro antes de ese lapso.

Poemas

LA DISOLUCIÓN*

Ella está muerta, y todas las cosas que mueren
en sus primeros elementos se resuelven;
y nosotros éramos mutuos elementos para nosotros
y hechos el uno del otro.
Mi cuerpo pues el de ella envuelve,
y aquellas cosas de que yo consisto, por eso mismo,
en mí crecen abundantes y onerosas;
y no nutren sino asfixian.
Mi fuego de pasión, suspiros de aire,
agua de lágrimas y terrena triste desesperanza,
que mis componentes son,
aunque casi agotados por la seguridad del amor,
ella para mi mal con su muerte rehace.
Y yo podría vivir largo tiempo tan desgraciado,excepto que mi fuego con mi combustible crece.
Ahora, como esos reyes emprendedores,
cuya lejana conquista tesoro aporta,
reciben más y gastan más y prestísimo se arruinan,
esta (sorprendido estoy que pueda hablar de ella)
esta muerte al par que mis reservas
mis gastos ha acrecentado.
Y así mi alma más ardientemente liberada
desbordará la de ella; como a las balas partidas antes
una bala tardía puede alcanzar si la pólvora es más.

*Para la comprension de este bello y sombrío poema es necesario tener en cuenta todo el trasfondo filosófico (aristotélico y pitagórico) sobre la muerte, la generación, el amor, etcétera, de la época. Por lo demás, nuestra versión, que no ha sido hecha desde una lectura sexualizada del poema (ejaculatio retardata y demás) como hacen algunos críticos, tampoco la excluye para quien quiera hallar contenidos bisémicos y  significados connotados. En mi opinión, el traductor debe ignorar esas posibilidades tan cuestionables, esforzándose por brindar un texto denotado que permita las mismas connotaciones que el texto inglés. No más. Y allá se las haya cada uno.

UNA LECCIÓN SOBRE LA SOMBRA

Estate quieta y yo te explicaré
una lección, mi amor, sobre la filosofía del amor.
Estas tres horas que hemos pasado
caminando aquí, dos sombras nos
acompañaron que nosotros mismos producíamos.
Pero ahora el sol está justo sobre nuestras cabezas,
nosotros esas sombras pisamos,
y a cruda claridad todas las cosas están reducidas.
Así, mientras nuestros amores niños crecían,
disfraces y sombras fluían
de nosotros y nuestras ansiedades; pero ahora no es así.
Aquel amor no ha alcanzado el sumo grado
que todavía se afana no sea que los demás vean.
A no ser que nuestros amores permanezcan en este mediodía
nuevas sombras haremos del otro lado.
Como las primeras eran hechas para cegar
a otros, estas que vienen detrás
actuarán sobre nosotros mismos y cegarán nuestros ojos.
Si nuestros amores flaquean y hacia el oeste declinan,
a mí tú, falsamente, las tuyas
y yo a ti mis acciones cubriré de apariencias. Las sombras de la mañana se disipan,
pero estas se hacen más largas todo el día;
pero, ¡oh!, el día del amor es corto si el amor decae.
El amor es una luz creciente o en constante plenitud;
y su primer minuto, tras el mediodía, es noche.

  • Poesía erótica. John Donne. Versión castellana y notas de Luis Carlos Benito Cardenal. (Navona Editorial).

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