La escritora brasileña Clarice Lispector (1920-1977).

Las fascinantes vida y escritura de una esfinge llamada Clarice Lispector

La biografía de una de las mejores escritoras de Latinoamérica. Convierte a la brasileña en heredera de Kafka y desentraña los mitos que rodean su obra de resonancia universal

Presentación WMagazín: La vida de una de las escritoras latinoamericanas más admiradas y misteriosas empezará a desentrañarse este otoño en Por qué este mundo. Una biografia de Clarice Lispector. En este libro editado por Siruela, el escritor, crítico y traductor Benjamin Moser demuestra que la evolución de la autora brasileña como escritora estuvo íntimamente relacionada con el discurrir de su turbulenta vida. Lispector, de origen judío, nació en Ucrania justo después de la Primera Guerra Mundial, en 1920. Dos años más tarde su familia se trasladó a Brasil. Con el tiempo se convertiría en una de sus mejores escritoras; admiradas, además, por su genio, belleza y excentricidad.
Esta biografía de “esa extraña mujer que se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf” reivindica, por primera vez, sus raíces en la tradición mística judía, que la convierten en heredera de Kafka, y desentraña los mitos que rodean a esta extraordinaria figura con una obra de resonancia universal.
Con la lectura de un pasaje muy personal de Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector los deja WMagazín en exclusiva:
Clarice Lispector (1920-1977).

Por qué este mundo. Una biografia de Clarice Lispector, de Benjamin Moser

Introducción: La esfinge

En 1946, la joven escritora brasileña Clarice Lispector volvía de Río de Janeiro a Italia, en donde su marido era vicecónsul en Nápoles. Había viajado a casa como correo diplomático, transportando despachos para el Ministerio de Asuntos Exteriores brasileño, pero al estar las rutas habituales entre Europa y Sudamérica interrumpidas por la guerra, el viaje para reencontrarse con su marido siguió un itinerario inusual. De Río voló hasta Natal, en el extremo nororiental de Brasil; de ahí hasta la base británica de la isla de Ascensión en el Atlántico Sur, hasta la base aérea de Liberia, hasta las bases francesas de Rabat y Casablanca, y a continuación, vía El Cairo y Atenas, hasta Roma. Antes de cada etapa del viaje tenía unas cuantas horas, o días, para ver algo de la ciudad. En El Cairo, el cónsul brasileño y su mujer la invitaron a un cabaret, en donde se quedaron maravillados al contemplar la exótica danza del vientre al ritmo del éxito del Carnaval carioca de 1937, Mamá  yo quiero de Carmen Miranda.

El propio Egipto no logró sorprenderla, escribió a un amigo, de vuelta en Río de Janeiro: “Vi las pirámides, la Esfinge; un musulmán me leyó la mano en el desierto y me dijo que tenía un corazón puro… Hablando de esfinges, pirámides, piastras, es todo de un gusto terrible. Es casi impúdico vivir en El Cairo. El problema consiste en intentar sentir algo que no haya sido explicado por un guía”. Clarice Lispector nunca volvió a Egipto. Pero muchos años después se acordó de su breve visita turística cuando, en las “arenas desérticas”, le sostuvo la mirada nada menos que a la propia Esfinge. “No la descifré”, escribió la orgullosa y bella Clarice. “Pero tampoco ella me descifró a mí”.

“Había hombres que no consiguieron olvidarme en diez años”, admitió ella. “Había un poeta americano que amenazó con suicidarse porque yo no le correspondía”

Cuando murió en 1977, Clarice Lispector era una de las figuras míticas de Brasil, la Esfinge de Río de Janeiro, una mujer que fascinó a los hombres de su país casi desde la adolescencia. “Su visión me impactó”, recordaba el poeta Ferreira de su primer encuentro. “Los ojos verdes almendrados, los pómulos marcados, parecía una loba, una loba fascinante… Pensé que si la volvía a ver, me enamoraría de ella sin remedio”. “Había hombres que no consiguieron olvidarme en diez años”, admitió ella. “Había un poeta americano que amenazó con suicidarse porque yo no le correspondía”. El traductor Gregory Rabassa recordó haberse “quedado atónito al conocer a esa persona extraña que se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf”.

Hoy, en Brasil, su llamativo rostro decora sellos postales. Su nombre otorga distinción a apartamentos de lujo. Sus obras, a menudo desestimadas durante su vida por herméticas o incomprensibles, se venden en máquinas expendedoras en las estaciones de metro. Internet hierve con cientos de miles de fans, y no transcurre un mes sin que aparezca un libro que examine un aspecto u otro de su vida y su obra. Su nombre de pila basta para identificarla con los brasileños cultos, quienes, según comentó un editor español, “todos la conocían, habían estado en su casa y tenían alguna anécdota que contar sobre ella, como hacen los argentinos con Borges. O, en última instancia, fueron a su funeral”.

La escritora francesa Hélène Cixous declaró que Clarice Lispector era lo que Kafka hubiera sido de ser mujer, o “si Rilke hubiera sido un judío brasileño nacido en Ucrania. Si Rimbaud hubiera sido madre, si hubiera alcanzado los cincuenta. Si Heidegger hubiera podido dejar de ser alemán”. Los intentos para describir a esta mujer indescriptible a menudo siguen esta línea, apoyándose en superlativos, aunque los que la conocían, bien en persona o por sus libros, también insisten en que el aspecto más llamativo de su personalidad, su aura de misterio, escapa a la descripción. Cuando murió, el poeta Drummond de Andrade escribió: “Clarice procedía de un misterio/ y regresó a otro”.

“Dicen que es usted evasiva, difícil, que no habla. A mí no me parece que sea así”. Clarice contestó: “Es obvio que tenían razón”

Su aire indescifrable fascinaba y desasosegaba a todo el que la conocía. Después de su muerte, un amigo escribió que “Clarice era una extraña sobre la tierra, atravesando el mundo como si hubiera llegado a altas horas de la noche a una ciudad desconocida entre una huelga general de transporte”. “Tal vez sus amigos más cercanos y los amigos de estos amigos sepan algo de su vida”, escribió un entrevistador en 1961. “De dónde viene, en dónde nació, cuántos años tiene, cómo vive. Pero nunca habla de eso, ‘porque es muy personal”. Compartía muy poco. Una década después, otro periodista frustrado resumió las respuestas de Clarice en una entrevista: “No lo sé, no estoy familiarizada con ello, nunca he oído hablar de ello, no soy consciente, no es de mi conocimiento, es difícil de explicar, no sé, no considero, no lo he escuchado nunca, no estoy familiarizada con ello, no hay, no creo”. Un año antes de su muerte, un periodista procedente de Argentina trató de sonsacarle información: “Dicen que es usted evasiva, difícil, que no habla. A mí no me parece que sea así”. Clarice contestó: “Es obvio que tenían razón”. Después de obtener respuestas monosilábicas, el periodista cubrió el silencio con la historia de otro escritor.

Pero no dijo nada. No sé si ni siquiera me miró. Se levantó y dijo: —Puede que vaya a Buenos Aires este invierno. No se olvide de llevarse el libro que le di. Ahí encontrará material para su artículo. Era muy alta, con el pelo y la piel caoba, (y) recuerdo que llevaba un traje largo y marrón de seda. Pero puedo estar equivocado. Según salíamos, me detuve ante un retrato al óleo de su rostro.

—De Chirico —dijo antes de que pudiera preguntar. Y luego, en el ascensor—: Perdón, no me gusta hablar.

Ante esta falta de información, surgió toda una leyenda. Al leer relatos sobre ella en diferentes momentos de su vida, uno apenas puede creer que se refieran a la misma persona. Los puntos de desacuerdo no eran triviales. En cierto momento, se pensó que “Clarice Lispector” era un seudónimo, y que su nombre original no se sabría hasta su muerte. Tampoco estaba claro el lugar exacto de su nacimiento y qué edad tenía. Se cuestionaba su nacionalidad y la identidad de su lengua nativa era incierta. Una fuente afirmaría que era de derechas y otra dejaría caer que era comunista. Una insistiría en que era una católica piadosa, aunque en realidad fuese judía. A veces corrían rumores de que era lesbiana, aunque en cierto momento también circuló el rumor de que era, de hecho, un hombre.

Lo extraño de esta maraña de contradicciones es que Clarice Lispector no es un brumoso personaje conocido a través de los fragmentos de un viejo papiro. Lleva apenas cuarenta años muerta. Todavía vive mucha gente que la conoció bien. Fue famosa casi desde la adolescencia, su vida fue documentada con detalle en la prensa, y dejó tras ella una correspondencia extensa. Aun así, pocos artistas modernos son tan desconocidos en lo básico. ¿Cómo puede una persona que vivía en una ciudad grande de Occidente, a mediados del siglo XX, que concedía entrevistas, vivía en un bloque de apartamentos y viajaba en avión, seguir siendo tan enigmática? Ella misma escribió una vez: “Soy tan misteriosa que ni yo misma me entiendo”.

Podía resultar parlanchina y extrovertida con la misma frecuencia con que resultaba silenciosa e incomprensible

“Mi misterio”, insistió en otro sitio, “es que no escondo ningún misterio”. Clarice Lispector podía resultar parlanchina y extrovertida con la misma frecuencia con que resultaba silenciosa e incomprensible. Para más confusión, insistía en que era una simple ama de casa, y aquellos que llegaban esperando encontrarse con una Esfinge, a menudo se encontraban con una  madre judía que les ofrecía tarta y coca-cola. “Necesito dinero”, le contó a un periodista. “La posición del mito no es muy cómoda”. Más adelante, explicando por qué dejó de conceder entrevistas, dijo: “No entenderían a una Clarice Lispector que se pinta las uñas de los pies de rojo”.

Por encima de todo, quería que se la respetara como ser humano. Se sintió avergonzada cuando la famosa cantante Maria Bethânia se lanzó a sus pies exclamando: “¡Mi diosa!”. Una vez, uno de los protagonistas de Clarice dijo: “Dios mío, ¡pero resultaba más fácil ser un santo que una persona!”. En una pieza melancólica llamada “Perfil de un Ser Escogido”, describe su rebelión contra su imagen: “Entonces intentó un trabajo subterráneo de destrucción de la fotografía: hacía o decía cosas tan opuestas a la fotografía que esta se erizaba en el cajón. Su esperanza era volverse más vivo que la fotografía. Pero ¿qué ocurrió? Ocurrió que todo lo que el ser hacía en realidad solo iba a retocar el retrato, adornarlo”.

La leyenda era más poderosa que ella. Hacia el final de su vida se le preguntó sobre un comentario desagradable que apareció en el periódico: “Me enfadé mucho”, admitió, “pero luego me sobrepuse. Si me encontrara con [su autor] lo único que le diría es: Mire usted, cuando escriba sobre mí, es Clarice con una ‘c’, no con dos ‘s’, ¿de acuerdo?”.

En todo caso, nunca renunció a que la vieran como una persona de verdad, y sus protestas contra su propia leyenda afloran en lugares inesperados. En un artículo del periódico en el que escribía sobre —nada menos que— la nueva capital de Brasilia, aparece una exclamación extraña: “El monstruo sagrado ha muerto: en su lugar nació una niña pequeña que perdió a su madre”.

“Los hechos y los datos me incomodan”, escribió, es presumible que incluyendo los que tenían que ver con su propio currículum vitae. Insistió, en su vida y en su escritura, en borrarlos. Por otro lado, pocas personas se han expuesto de forma tan completa. A través de todas las facetas de su obra —novelas, relatos, correspondencia, periodismo y la espléndida narrativa que la convirtió en “la princesa del idioma portugués”—, una única personalidad es diseccionada de manera continua y revelada de manera fascinante en la que tal vez sea la mayor autobiografía espiritual del siglo.

“Junto con el deseo de defender mi privacidad, tengo el intenso deseo de confesar en público y no a un cura”. Sus confesiones tenían que ver con las verdades internas que de forma meticulosa desenterró durante una vida de meditación permanente. Esta es la razón por la que Clarice Lispector ha sido menos comparada con otros escritores que con místicos y santos. “Las novelas de Clarice Lispector a menudo nos hacen pensar en la autobiografía de Santa Teresa”, escribió Le Monde. Como el lector de santa Teresa de Jesús o el de san Juan de la Cruz, el lector de Clarice Lispector llega a las tinieblas del alma.

Emergió del mundo de los judíos de la Europa del Este, un mundo de santones y de milagros que ya había experimentado las primeras señales de la fatalidad. Trasladó esa ardiente vocación religiosa en declive a un nuevo mundo, un mundo en el que Dios estaba muerto. Como Kafka, se desesperaba; pero al contrario de Kafka, al final y de manera dolorosa, emprendió la búsqueda de un Dios que la había abandonado. Como en Kafka, relataba su búsqueda prestando atención al mundo que había abandonado, describiendo el alma mística judía que sabe que Dios está muerto y que, en una especie de paradoja recurrente a lo largo de su obra, está decidido a encontrarle de todas las maneras.

Nacida a miles de kilómetros de Brasil en medio de una guerra civil espeluznante, con la madre condenada a muerte por un acto de violencia atroz, el pasado de Clarice era pobre y violento hasta extremos inconcebibles

El alma expuesta en su obra es el alma de una sola mujer, en la que se encuentra todo el alcance de la experiencia humana. Por eso se ha descrito a Clarice Lispector simplemente como todo: mujer y hombre, nativa y extranjera, judía y cristiana, niña y adulta, animal y persona, lesbiana y ama de casa, bruja y santa. Puesto que describía su experiencia íntima con tanto detalle, podía serlo todo para todos, venerada por los que encontraban en su genio expresivo el espejo de sus propias almas. Como ella misma dijo: “Yo soy vosotros mismos”.

“Mucho no puedo contarte. No voy a ser autobiográfica. Quiero ser “bio”. Pero incluso una artista universal emerge de un contexto específico, y el contexto que produjo a Clarice Lispector era inimaginable para la mayoría de los brasileños, y desde luego para los lectores de la clase media. No es raro que nunca hablara de ello. Nacida a miles de kilómetros de Brasil en medio de una guerra civil espeluznante, con la madre condenada a muerte por un acto de violencia atroz, el pasado de Clarice era pobre y violento hasta extremos inconcebibles.

Cuando llegó a la adolescencia, parecía haber vencido sus orígenes, y durante el resto de su vida evitó incluso la más vaga referencia a los mismos. A lo mejor tenía miedo de que nadie la entendiera. Así que se mantuvo en silencio, un “monumento”, “un monstruo sagrado”, destinada a una leyenda que sabía que la sobreviviría y que aceptó con ironía y de mala gana. Veintiocho años después de su primer encuentro con la Esfinge, escribió que estaba pensando en hacerla otra visita. “Veremos quién devora a quién”.

* Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector. Benjamin Moser. Traducción del inglés de Cristina Sánchez-Andrade. Editorial Siruela. Llegará a librerías el 27 de septiembre.

10 comentarios

  1. Espléndido homenaje a la exploradora del silencio, quien fuera capaz de inventar -entre crepúsculos- el escándalo de “La mujer más pequeña del mundo”.

  2. Ella será la Esfinge eterna que alumbra un misterio nunca desvelado.Entre dos es finges se entendieron ellas ,he ahí el misterio. Aquel encuentro de Egipto sobrevino sin ella proponerselo.Bien podría ud elaborar un diálogo extraño entre la diosa ucraniana y esa faz ahí inmóvil y subyugadora.El misterio continuará, sin duda ellas son inescrutables.

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