Grand Central Station en Nueva York, años 40.

La luminosidad del ocaso después de la fama, según William Saroyan

'Un día en el atardecer del mundo' es la nueva novela traducida de este gran autor estadounidense que vivió su esplendor entre los años 30 y 60. De tintes autobiográficos, narra el regreso de un dramaturgo a Nueva York en busca de remontar el ocaso

Vuelve uno de los grandes escritores estadounidenses surgidos tras la Gran Depresión en Estados Unidos: William Saroyan (1908-1981). El autor de origen armenio que conquistó a los lectores por su estilo sobrio, su capacidad de ahondar en la condición humana y mostrar los pliegues de los sentimientos de manera sencilla. Entre sus títulos destacan El joven audaz sobre el trapecio volante (1934), Me llamo Aram (1940), La comedia humana (1943), Las aventuras de Wesley Jackson (1946) y Cosa de risa (1951), todos editados en Acantilado.

El libro que llegará este otoño, y que WMagazín avanza en primicia, se titula Un día en el atardecer del mundo (1964), también en Acantilado. Una novela de tintes autobiográficos en la que Saroyan narra el regreso de un dramaturgo a Nueva York en los años cincuenta con la intención de remontar su descenso después de la fama. Aquí el lector ve el hotel al que llega el personaje, oye sus pasos, siente sus dudas, percibe sus sensaciones frente a un tiempo que quiere retener, intuye los sentimientos por los dos hijos que viven allí y por su exmujer, una actriz de segunda de Broadway. Las calles de Nueva York acogen la travesía de Yep Muscat por recomponer todo mientras su infancia y años juveniles reviven aquellos días.

Con lo mejor de William Saroyan los deja WMagazín en su sección Avances Literarios. Que disfruten su lectura:

El escritor estadounidense de origen armenio William Saroyan (1908-1981).

Un día en el atardecer del mundo

Una mañana a fines de septiembre del año 1955 un hombre bajó de un taxi frente a un hotel en Nueva York, pagó al conductor y depositó tres bultos en la acera. Un botones salió del hotel, miró al hombre y dijo:

—¿Yep Muscat?

—¿Qué tal?—dijo el hombre—. Me temo que he olvidado tu nombre.

—Bert.

—Claro. ¿Crees que puedo conseguir una habitación?

—Hay algunas libres.

—Me gustaría una alta, con vistas a la calle Cincuenta y seis.

—El que está en recepción es Val. Le dará lo mejor que tenga.

—¿Val?

—Valencia, el amigo de Carlo. Ahora es subgerente.

—¿Y qué fue de Carlo?

—Hace tiempo que lo dejó. Este lugar ya no es el mismo. Entre, yo le traigo las maletas.

Los escalones de la calle Cincuenta y seis eran los mismos, las puertas de vaivén eran las mismas, la recepción era la misma, el mostrador aún era el mismo, y detrás del mostrador Valencia era casi el mismo. Por lo menos continuaba sonriendo, con su rostro limpio y alargado, su pelo negro, sus ojos brillantes y risueños.

—Bienvenido a casa, Yep.

—¿Qué tal, Val? Quisiera una habitación en un piso alto, mirando a la calle Cincuenta y seis.

—Ésas son dobles. Por mes salen a unos ocho dólares diarios. ¿Se va a quedar un mes?

—Quizá. ¿Qué tal están? Valencia sacó una llave de una caja. Suba y eche un vistazo. Si le gustan llámeme por teléfono y haré que Bert le traiga el equipaje.

—Bien.

Tomó la llave y fue hacia los dos ascensores que se hallaban justo enfrente del mostrador. Los dos estaban en uso, pero un momento después uno llegó al vestíbulo. Dos ancianas que no se conocían, ambas muy maquilladas, salieron del ascensor lentamente, seguidas por un niño gordo que corrió al mostrador. La ascensorista era una mujer pequeña y fornida que vestía un uniforme de un verde apagado. El hombre entró y dijo su piso, pero la mujer esperó a ver si llegaba alguien más.

Bert entró al ascensor con el equipaje, y detrás de él, corriendo, llegó el niño gordo. El crío bajó en el séptimo piso y se puso a correr por el pasillo. El ascensor continuó hasta el último piso, Bert enfiló a la izquierda, después a la derecha y avanzó por un pasillo largo y estrecho hasta la última puerta a la izquierda, la 1207.

Entraron y Bert le mostró la nevera, la cocina de gas de dos fogones, el fregadero y los dos armarios, todo en un rincón detrás de una cortina.

—Subiré los utensilios de cocina. ¿Quiere algo en especial?

—Un escritorio sencillo.

—Muy bien. Veamos cómo están los cubrecamas… Mejor le consigo unos nuevos. ¿Verdes?

—Verde está bien.

Le dio a Bert un billete de un dólar.

—¿Recuerda a Enesco?—dijo Bert.

—Sí.

—¿Sabe?, cuando volvió a Europa y supimos que había muerto, todos los muchachos se emborracharon. Antes aquí venían un montón de tipos como Enesco, pero ya no. Bueno, voy a ocuparme de todo.

El hombre se sentó en el sillón verde desvaído y observó las paredes, el techo, el suelo, y después miró por la ventana el edificio Paramount con su reloj en la torre. “De nuevo en casa sano y salvo—pensó—. Ahora, vamos a ver, ¿por dónde empiezo?”. Se acercó al teléfono y levantó el auricular. Casi inmediatamente la operadora lo saludó por su nombre.

—Vaya, no me diga que usted también estaba aquí hace veinte años—preguntó.

—Pues sí. —La mujer se echó a reír—. Ahora soy jefa de operadoras. Cuando Val ha dicho que había regresado usted no daba crédito. ¿Se acuerda de Linda?

—Claro. ¿Qué tal estás?

Ella se rio, charlaron un poco, y finalmente él le dio el número al que quería llamar. Al otro extremo de la línea oyó el teléfono sonar tres veces y después la voz de una mujer, una voz desconocida. Preguntó por su hijo.

—Ha ido a ver la Serie Mundial, pero su hermana está aquí. Yo soy Jenny MacDougal. Rosey estaba un poco resfriada, de modo que he preferido que pasara el día descansando y viendo la televisión. ¿Quiere hablar con ella?

—Sí, pero dígame, señorita MacDougal, ¿cómo es que Van no está en el colegio?

—Es por esa amiga de su madre, Kitty Delmonico. Ha venido en avión desde California sólo para ver la Serie Mundial. Supongo que sabe que le encanta el béisbol, adora a los Yankees de Nueva York y odia a los Dodgers de Brooklyn. Tiene dos asientos muy buenos para toda la Serie, y lleva a Van a todos los partidos, porque él lo sabe todo sobre los jugadores.

—Qué amable…

—Van debe de ser el niño más feliz de Nueva York.

—¿Y qué pasa con el colegio?

—Ah, va tan bien que puede permitirse perder una semana. Al principio su madre no quería darle permiso, pero Kitty, Van y yo, entre los tres, la convencimos. Y aquí está Rosey dándome palmaditas para hablar con usted.

—¡Papá!—dijo la niña—. ¡Esperaba que vinieras a Nueva York, y aquí estás!

Hablaron durante tres o cuatro minutos. Le prometió visitarla por la tarde, cuando Van regresara del segundo partido de la Serie Mundial. “Pronto cumplirá diez años”, pensó.

Deshizo la maleta mientras Bert acomodaba los utensilios de cocina y una camarera negra y guapa ayudaba a una viejecita a cambiar los cubrecamas. Al mismo tiempo, el técnico del hotel trajo a la habitación un escritorio y lo colocó junto a la ventana.

La chica negra se movía con agilidad, sonriendo y diciéndole cómo hacer las cosas a la anciana, que era nueva en el hotel, lenta y tímida, tal vez estaba un poco asustada, y a cada momento decía suavemente “Muchas gracias”. El técnico le preguntó qué le parecían los asientos y decidieron reemplazar el sillón viejo por otro nuevo, o al menos por uno que hubiera sido retapizado poco antes, y traer dos sillas de respaldo recto, una para el escritorio y la otra para el dormitorio. Antes del mediodía se había instalado. Estaba sentado en una de las dos camas tras darse una ducha y afeitarse cuando sonó el teléfono.

-Bienvenido a Nueva York, pero yo creía que no ibas a venir. ¿Qué ha pasado?

—Tres meses es mucho tiempo para estar lejos de los niños.

—Pero no es por eso que has venido a Nueva York.

—No del todo. He venido para hablar de negocios con alguien que quiere que escriba una obra, y tengo algo que está a punto de salir en televisión.

Hablaron largo rato porque a ella siempre le gustaba hablar por teléfono, y había muchas cosas que quería contarle de sí misma, de sus amistades y de Van y Rosey.

—¿Y por qué has estado en el hospital?—preguntó ella por fin—. Lo he leído en el diario. Pero no se lo he dicho a los niños. ¿No habrá sido un ataque al corazón, verdad?

—No, fui a que me hicieran un chequeo. Ya tengo cuarenta y siete años, ¿sabes?

—Ah, claro que lo sé, y tú sabes lo que eso significa para mí, pero, por favor, no se lo digas a nadie. Yo le digo a todo el mundo que tengo veinticinco y me creen.

Soltó una risita igual que cuando él la conoció, cuando ella tenía diecisiete años.

—¿Quieres que esté aquí cuando vengas a ver a los niños, o prefieres que no esté?

—Preferiría que estuvieras. Creo que les gusta vernos a los cuatro juntos de vez en cuando. ¿Cuándo se estrena tu obra?

—El lunes, y estoy aterrorizada. Mi papel es muy pequeño, en realidad no es un papel siquiera, de manera que tengo que trabajar diez veces más duro que cualquier otro en la obra.

—¿Qué te parece?

—Un asco. Pero espero que sea un gran éxito, porque si lo es de algún modo supondrá un comienzo. Es algo de dinero cada semana. ¿Quieres que te consiga dos buenas localidades para el estreno?

—No, compraré una en platea.

—No olvides mandarme un telegrama la noche del estreno.

—Muy bien.

Finalmente se despidieron. Él fue hasta el escritorio y se sentó. Tenía que escribir tres o cuatro cartas.

En total escribió seis cartas breves y una larga, esta última a un escritor de San Francisco que le había enviado su primera novela: la había leído en el tren. Después se levantó y fue hasta la radio tocadiscos que había sobre la cómoda del dormitorio. La encendió y buscó la emisora del New York Times. La música resultó ser la Rapsodia rumana n.º 2 de Enesco. Recordaba a Enesco recorriendo el estrecho y largo vestíbulo desde la calle Cincuenta y seis hasta la recepción. Nunca habían hablado, pero se habían hecho amigos, como ocurre con la gente en los hoteles.

Algunas veces se sonreían y saludaban con la cabeza cuando  bajaban en el ascensor, y al salir al vestíbulo y encontrarse a Carlo y Val llevando el equipaje de algún recién llegado y hablando rápidamente en español, se detenían a mirarlos y ponían cara de divertida admiración, porque Carlo y Val habían llegado a Nueva York desde Cuba para hacer carrera. Llamó al agente literario que le había escrito, telegrafiado y telefoneado a San Francisco para hablarle del hombre que quería una obra.

—Estoy listo para conocerlo.

—¿Cuándo y dónde podemos vernos usted y yo antes? —dijo el agente—.

Esto es nuevo para mí. Lo he investigado en Dunn y Bradstreet y el tipo es legal. Quiero decir que tiene dinero, pero creo que usted y yo debemos hablar antes de sentarnos a negociar con él.

—Cuando usted quiera.

—¿Qué tal el vestíbulo de su hotel, dentro de quince minutos?

—Muy bien.

Se vistió y bajó al vestíbulo antes de tiempo porque quería ver si podía reconocer al agente sólo por la voz. Fue hasta el quiosco por una cajetilla de Chesterfield y un ejemplar del New York Post . Estaba buscando la columna de Leonard Lyons cuando alguien pronunció su nombre. Se volvió y vio a un hombre de unos treinta y cinco años que parecía muy agitado. El hombre le tendió la mano y dijo:

—Larry Langley. ¿Ya ha comido?

—Sí.

—¿Dónde podemos hablar?

—En cualquier sitio.

—¿Una copa?

—Durante el día no bebo.

—Quiero que esto empiece bien.

—Bueno, pero usted comprende que yo no quiero un agente. No he tenido un agente en quince años.

—¿No cree que debería tenerlo?

—No, no lo creo. Si lo creyera lo tendría, el mismo que tenía antes.

—¿Quién era?

—Henry Hyam.

—Bueno, Hyam debe de ser el mejor, sin duda, pero se ha vuelto importantísimo. No sé si tiene tiempo para ocuparse bien de

todos.

—Sentémonos en el vestíbulo, así veremos pasar a la gente.

Se sentaron en un sofá tapizado de escay negro que había a medio camino del largo y angosto vestíbulo. El agente sacó un paquete de cigarrillos extralargos con filtro.

—Fumo demasiado—dijo—. Por eso ahora fumo éstos con filtro.

Encendió el cigarrillo con un mechero que prendía de inmediato y daba una llama muy grande.

—Cuando uno enciende el cigarrillo con un mechero se nota un sabor a gasolina en el humo, ¿no le parece?

—Supongo que sí, pero tiene filtro, y de todos modos creo que ya no siento mucho el sabor. Llámeme Larry. Dicho sea de paso, he pensado mucho en ese asunto de los nombres. Algunos nombres son nombres y otros no. El de usted lo es. Yep Muscat pega con lo que usted escribe. Le pega. Siempre he querido conocerlo y decirle cuánto admiro lo que escribe, lo he leído todo. De hecho, no sé si sabe que está entre los autores de lectura obligatoria en la universidad.

—Lo sé.

—Ojalá cambiara de opinión acerca de tener un agente.

—No, no quiero tener un agente.

—Bueno, piénselo, y si cambia de opinión, le aseguro que yo obtengo resultados. Mi hermano y yo representamos a un montón de escritores, y un par de ellos también son famosos. No tanto como usted, por supuesto, pero bastante.

—Le dije al productor que no creía que pudiéramos llegar a un acuerdo, pero que si él estaba dispuesto a arriesgar mil dólares, sin condiciones, yo estaba dispuesto a arriesgarme a venir a Nueva York.

—Sí, lo sé. Me enseñó su carta. Me ha estado telefoneando para hablar sobre este asunto todos los días desde hace casi dos meses. Es muy importante para él. Hasta ahora se ha limitado a patrocinar, pero ahora quiere empezar a producir. Quiere que conozcan su nombre. Quiere empezar con una obra prestigiosa que además recaude mucho dinero.

—Ya tiene mucho dinero, por lo que usted dice.

—Dunn y Bradstreet dicen que es de los más potentados.

—Estoy dispuesto a hablar de negocios con él cuando usted quiera. ¿Qué tal ahora mismo?

—¿Ahora?

—Sí.

He venido a Nueva York para hablar de negocios con él y aquí estoy. Llámelo y dígale que vamos para allá.

—Por eso he querido verlo antes—dijo el agente—. ¿Sabe usted?, él me ha puesto en un aprieto. Cuando me enseñó su carta me preguntó si debía mandarle a usted un cheque por mil dólares. Quiero decir, usted no parecía muy animado.

—Yo no quería venir a Nueva York. Pensé que mi carta lo desanimaría. Más bien esperaba que lo desanimara, pero si no era así, tomaría el primer tren.

—Él se imaginaba que vendría en avión.

—Prefiero el tren. Y ante todo prefiero no viajar.

—Confidencialmente, Yep, dígame una cosa, ¿eh? ¿Qué le ha pasado? Quiero decir, ¿qué le ha pasado a su literatura? Espero que no le importe que se lo pregunte. Desde hace diez años o más, en fin, su estilo ha cambiado.

—Creo que eso es lo que le ha pasado. En primer lugar empecé a escribir porque quería que todo cambiara, y quería tenerlo todo por escrito tal como había sido. Sólo un poco de todo, por supuesto. Un poco de mi poco. Para poner por escrito algo más que un poco tendría que escribir día y noche, eternamente, y es imposible hacerlo, siempre lo he sabido. Si no va a llamarlo, quisiera dar un paseo.

—¿Hacia dónde?

—Hacia Bowery.

—¿Bowery?

—Sí. Es una buena caminata, y siempre que vengo a Nueva York me gusta ir al menos una vez.

  • Un día en el atardecer del mundo. William Saroyan. Traducción del inglés de Stella Mastrangelo. Editorial Acantilado.

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