Descubre la novela más premiada en EE UU este año, de C. Whitehead

En tiempos turbios para el racismo y la igualdad, 'El ferrocarril subterráneo', ganadora del Pulitzer y el Nacional, habla del grupo abolicionista del XIX que ayudaba a los esclavos a huir

Presentación WMagazín: En tiempos turbios sobre el racismo, la igualdad, la injusticia y la discriminación, una novela que habla sobre ello ha obtenido en Estados Unidos los dos premios literarios más prestigiosos: el Pulitzer y el Nacional. Pocos autores lo han logrado, uno de ellos es Colson Whitehead (Nueva York, 1969) con El ferrocarril subterráneo, que editará Literatura Random House el 14 de septiembre. Una novela sobre la esclavitud que habla sobre la lucha por tener el control del propio destino cuando todo confabula en contra de ello. Una historia de la búsqueda de libertad cuando pasado y presente son un muro y solo queda la ilusión y los sueños.

Basado en la historia de la agrupación abolicionista clandestina del siglo XIX llamada El Ferrocarril subterráneo, que ayudaba a los esclavos a huir, Whitehead crea un mundo en el cual Cora, hija y nieta de esclavos, le sirve para contar la historia de injusticia y crueldad de una época en una plantación algodonera y la manera como ella intentará cambiar su destino con todas sus consecuencias. Whitehead combina aquí realidad e historia con sus recuerdos infantiles en los que oía hablar del Ferrocarril subterráneo y él se imaginaba una red ferroviaria bajo la tierra con sus estaciones escondidas y en tinieblas. El resultado es una novela en la mejor tradición de la narrariva, del contar unos hechos con interés, de escuchar una voz clara que mantiene en vilo al lector por lo que cuenta y, sobre todo, cómo lo cuenta.

El ferrocarril subterráneo recuerda la magistral Beloved, de Toni Morrison, donde los esclavos huyen hacia el Norte en pos de la libertad por una ruta plagada de trampas. Colson Whitehead se ha unido con esta novela a la reducida lista de escritores que han obtenido los dos premios literarios más prestigiosos de su país por un mismo libro: William Faulkner, Annie Proulx o Alice Walker.

Con el comienzo de esta odisea que mezcla realidad y sueño, WMagazín continúa sus Avances Literarios Exclusivos de los libros clave del otoño. Que disfruten y reflexionen con la emocionante y conmovedora El ferrocarril subterráneo:

El escritor estadounidense Colson Whitehead (Nueva York, 1969).

El ferrocarril subterráneo, por Colson Whitehead

La primera vez que Caesar le propuso a Cora huir al norte, ella se negó.

Fue su abuela la que habló. La abuela de Cora no había visto el océano hasta aquella tarde luminosa en el puerto de Ouidah y el agua la deslumbró después del encierro en las mazmorras del fuerte. Los almacenaban en las mazmorras has­ta que llegaban los barcos. Asaltantes dahomeyanos raptaron primero a los hombres y luego, con la siguiente luna, regre­saron a la aldea de la abuela a por las mujeres y los niños y los condujeron encadenados por parejas hasta el mar. Al mirar el vano negro de la puerta, Ajarry pensó que allá abajo, en la oscuridad, se reuniría con su padre. Los supervivientes de la aldea le contaron que, cuando su padre no había podido aguantar el ritmo de la larga marcha, los negreros le habían reventado la cabeza y habían abandonado el cadáver junto al camino. La madre de Ajarry había muerto años atrás.

A la abuela de Cora la vendieron varias veces en ruta hacia el puerto, los negreros la cambiaron por conchas de cauri y cuentas de vidrio. Costaba decir cuánto habían pagado por ella en Ouidah porque fue una compra al por mayor, ochen­ta y ocho almas por sesenta cajones de ron y pólvora, a un precio que se fijó tras el regateo de rigor en inglés costeño. Los hombres sanos y las embarazadas valían más que los me­nores, lo que dificultaba los cálculos individuales.

El Nanny había zarpado de Liverpool y había hecho dos escalas previas en la Costa de Oro. El capitán alternaba las adquisiciones para no acabar con un cargamento de un único temperamento y cultura. A saber qué tipo de motín podrían tramar los cautivos de compartir un idioma común. Ouidah era la última parada antes de cruzar el Atlántico. Dos marine­ros de pelo amarillo acercaron a Ajarry al barco en bote, ta­rareando. Tenían la piel blanca como los huesos.

El aire tóxico de la bodega, la penumbra del confinamien­to y los gritos de los demás encadenados la enloquecieron. Dada su tierna edad, sus captores no satisficieron inmediata­mente sus impulsos con ella, pero al final, a las seis semanas de travesía, algunos de los oficiales más veteranos terminaron sacándola a rastras de la bodega. Ajarry intentó suicidarse dos veces durante el viaje a América, una privándose de comer y la otra ahogándose. Los marineros, versados en las maquina­ciones e inclinaciones de sus esclavos, frustraron ambos inten­tos. Ajarry ni siquiera alcanzó la borda cuando trató de saltar al mar. Su pose bobalicona y su aspecto lastimero, vistos en miles de esclavos antes que ella, delataron sus intenciones. La encadenaron de los pies a la cabeza, de la cabeza a los pies, multiplicando así el tormento.

Aunque habían intentado que no los separasen en la su­basta de Ouidah, el resto de su familia lo compraron los tra­tantes portugueses del Vivilia, que sería avistado a la deriva cuatro meses después a diez millas de Bermuda. La peste se había cobrado las vidas de todos. Las autoridades incendiaron el barco y lo vieron arder y hundirse. La abuela de Cora ig­noraba el destino de la nave. Durante el resto de su vida ima­ginó que sus primos trabajaban en el norte para amos amables y generosos, ocupados en tareas más indulgentes que la suya, tejiendo o hilando, sin salir a los campos. En los cuentos de Ajarry, Isay, Sidoo y los demás conseguían comprar la libertad y vivir como hombres y mujeres libres en la ciudad de Penn­sylvania, un lugar sobre el que una vez había oído hablar a dos blancos. Estas fantasías la consolaban cuando el peso que so­portaba amenazaba con romperla en mil pedazos.

La siguiente vez que vendieron a la abuela de Cora fue tras el mes en el lazareto de la isla de Sullivan, en cuanto los mé­dicos certificaron que tanto ella como el resto del cargamen­to del Nanny no eran contagiosos. Otro día ajetreado en el mercado. Una gran subasta siempre atraía a una multitud va­riopinta. Comerciantes y proxenetas de toda la costa conver­gían en Charleston, inspeccionando los ojos, articulaciones y espaldas de la mercancía, recelosos de moquillos venéreos y demás dolencias. Los espectadores comían ostras frescas y maíz caliente y los subastadores voceaban. Los esclavos per­manecían desnudos en la plataforma. Estalló una puja muy reñida por un grupo de sementales asantes, esos africanos de renombrada musculatura y laboriosidad, y el capataz de una cantera de piedra caliza compró un puñado de negritos por una ganga. La abuela de Cora vio a un niño entre el público mascando embobado una barra de caramelo y se preguntó qué sería lo que se llevaba a la boca.

Se diría que la abuela de Cora estaba maldita, de tantas veces como la vendieron e intercambiaron y revendieron en los años siguientes. Sus propietarios se arruinaban con una frecuencia pasmosa.

Justo antes de anochecer un agente la compró por dos­cientos veintiséis dólares. Habría costado más de no haber sido por la abundancia de chicas esa temporada. El traje del agente era del tejido más blanco que Ajarry había visto. En sus dedos destellaban anillos con piedras de colores. Cuando le pinzó los pechos para comprobar su estado, Ajarry notó el frío del metal. La marcaron, no por primera ni última vez, y la encadenaron al resto de las adquisiciones de la jornada. La hilera inició la larga marcha al sur esa misma noche, tambaleándose detrás de la calesa del comerciante. Para entonces el Nanny navegaba de vuelta a Liverpool, cargado de azúcar y tabaco. Se oían menos gritos bajo cubierta.

Se diría que la abuela de Cora estaba maldita, de tantas veces como la vendieron e intercambiaron y revendieron en los años siguientes. Sus propietarios se arruinaban con una frecuencia pasmosa. A su primer amo lo estafó un hombre que vendía un artilugio que limpiaba el algodón el doble de rápido que la desmotadora Whitney. Los planos eran convincentes, pero Ajarry terminó liquidada junto con el resto de los bienes por orden del juez. Alcanzó doscientos dieciocho dólares en un apresurado canje, un descenso del precio ocasionado por las circunstancias del mercado local. Otro propietario falleció de hidropesía, tras lo cual la viuda vendió las propiedades para costearse el regreso a su Europa natal, más limpia. Ajarry pasó tres meses como propiedad de un galés que al final la perdió, junto a otros tres esclavos y dos cerdos, en una partida de whist. Y así sucesivamente.

Su precio fluctuó. Cuando te venden tantas veces, el mundo está enseñándote a prestar atención. Ajarry aprendió a adaptarse rápidamente a las nuevas plantaciones, a distinguir a los matanegros de los meramente crueles, a los haraganes de los trabajadores, a los chivatos de los discretos. A amos y amas por sus grados de maldad y diversos estados de ambición y recursos. En ocasiones los hacendados solo querían ganarse la vida modestamente, y luego había hombres y mujeres que querían dominar el mundo, como si fuera cuestión de poseer la cantidad de acres apropiada. Doscientos cuarenta y ocho, doscientos sesenta, doscientos setenta dólares. Dondequiera que fuera había azúcar e índigo, salvo la semana que pasó doblando hojas de tabaco antes de que volvieran a venderla. El tratante llegó a la plantación de tabaco en busca de esclavos en edad de procrear, preferiblemente con la dentadura completa y actitud maleable. Ajarry ya era mujer. La vendieron.

(…)

Ajarry dio a luz cinco niños de esos hombres, todos paridos en los mismos tablones de la cabaña, adonde señalaba cuando los pequeños erraban la conducta. De ahí habéis salido y ahí volveréis si no atendéis. Si les enseñaba a obedecerla, tal vez obedecieran a todos los amos por venir y sobrevivieran. Dos murieron dolorosamente de fiebres. Un chico se cortó el pie jugando con un arado oxidado, que le emponzoñó la sangre. El benjamín no volvió a despertarse después de que un capataz lo golpeara en la cabeza con un madero. Uno detrás del otro. Al menos nunca los vendieron, le dijo una vieja a Ajarry. Lo cual era cierto: por entonces Randall rara vez vendía a los pequeños. Sabías dónde y cómo morirían tus hijos. El que vivió más de diez años fue la madre de Cora, Mabel.

Ajarry murió entre el algodón, las cápsulas cabeceaban a su alrededor como las olas en un océano embravecido. La última de su aldea, cayó de rodillas en los surcos por un nódulo en el cerebro mientras le manaba sangre de la nariz y una espuma blanca le cubría los labios. Como si pudiera haber muerto en otra parte. La libertad estaba reservada para otros, para los ciudadanos de la ciudad de Pennsylvania que trajinaban miles de millas más al norte. Desde la noche que la raptaron la habían valorado una y otra vez, cada día se despertaba en el platillo de una nueva balanza. Si sabes lo que vales conoces tu lugar en el orden de las cosas. Escapar de los límites de la plantación suponía escapar de los principios fundamentales de tu existencia: era imposible.

Había sido su abuela quien había hablado por boca de Cora aquella noche de domingo cuando Caesar le propuso coger el ferrocarril subterráneo y ella se negó.

Tres semanas después aceptó.

Esta vez habló su madre.

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