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Fotograma de ‘La diligencia’, de John Ford, inspirada en el cuento ‘Bola de sebo’, de Guy de Maupassant.

La ruta literaria de ‘La diligencia’, de John Ford, iniciada por Maupassant y convertida en un clásico

Hace 80 años el gran director de cine tuvo siete candidaturas a los Oscar por la que sería su obra maestra. El libro 'Indios, vaqueros y princesas galácticas. Los rebeldes del cine' analiza el valor de la película junto a otras de temáticas referidas en su título. WMagazín publica un pasaje

Presentación WMagazín En días en que la Academia de Hollywood anuncia sus candidaturas a los premios Oscar 2020 rendimos homenaje a un clásico del cine que hace 80 años obtuvo siete candidaturas: La diligencia, de John Ford, con John Wayne en su primer papel importante. Una obra maestra del cine, para muchos, que tiene su origen en el cuento Bola de sebo, de Guy de Maupassant el cual fue reinterpretado por Ernest Haycox en el relato Diligencia para Lordsburg, que a su vez fue convertido en guion por Dudley Nichols para la película de John Ford.

Esta es una de las historias que recupera David Felipe Arranz en el libro Indios, vaqueros y princesas galácticas. Los rebeldes del cine (Sial- Pigmalión). WMagazín publica el pasaje que describe el trayecto de este relato de Maupassant, publicado en 1880, hasta convertirse en el guion cinematográfico de una gran película estrenada en 1939.

La diligencia, de Ford, es representativa de las otras películas que se abordan en Indios, vaqueros y princesas galácticas. Los rebeldes del cine. Arranz no solo reúne un grupo de películas heterogéneas y en apariencia  poco emparentadas protagonizadas por personajes singulares, sino que estos forman parte del abanico de la condición humana, bajo el prisma de la ética, a través de los arquetipos y estereotipos llevados al cine en los personajes que dan título al libro.

Si todos ellos están en las páginas de Arranz, en la obra de Ford están en una diligencia, en un espacio pequeño y en movimiento acechado por los peligros del entorno.

Al abrir el libro, Arranz expone un plano panorámico: «Los wésterns visitan una y otra vez los mismos escenarios y topoi. En todas las películas del Oeste se repite el tópico de la aventura personal, el de la individualidad de los personajes, sus modos de actuar y de vivir, de la que nacen los arquetipos y personajes: desde el cowboy al pistolero, pasando por el sheriff o la madame del burdel, hasta los jinetes del Pony Express, los exploradores o los cazadores de recompensas —imprescindible resulta a este respecto el formidable wéstern otoñal Missouri (The Missouri Breaks, 1976), de Arthur Penn, donde Marlon Brando da vida a Lee Clayton, un carismático y misterioso cazador de ladrones de ganado—. Sin embargo, si realizamos un pequeño esfuerzo de abstracción e intentamos buscar un denominador común a todos estos personajes, comprobamos que el vaquero —marbete bajo el que englobamos a todos los anteriores— siempre actúa por sí mismo y no necesita de nadie para tomar una decisión».

Ese es el tono y ritmo del viaje al que invita David Felipe Arranz en Indios, vaqueros y princesas galácticas. Los rebeldes del cine: ameno y esparcido de conocimiento y pasión por el cine con una escritura ágil y llena de anécdotas y reflexiones que conectan la película o personajes con la sociedad de cada momento y que invitan a pensar al lector

La siguiente es la trayectoria que hace un clásico de Guy de Maupassant a John Ford:

'La diligencia', de John Ford: De Guy de Maupassant a la defensa de las minorías

Por David Felipe Arranz

En 1870, durante la ocupación de Francia de la guerra franco-prusiana, diez personas huyen de la ocupada Ruan en dirección a El Havre (Normandía): tres matrimonios —comerciantes de vino, de algodón y descendientes de la realeza—, dos monjas, un revolucionario y Elizabeth Rousset, una mujer de vida alegre, conocida como «Bola de sebo», apodo que da título a este delicioso cuento de Guy de Maupassant, que fue publicado por Émile Zola en 1880, en Las veladas de Médan. La prostituta, que pasa la noche en una posada con un oficial prusiano, es víctima de las burlas de los crueles pasajeros, que le niegan el alimento que el día antes la muchacha ha compartido con todos.

A partir de esta premisa, el escritor Ernest Haycox —alabado por Ernest Hemingway y Gertrude Stein— escribió el cuento Diligencia para Lordsburg para The Saturday Evening Post en 1937 y trasladó las tierras del noroeste de Francia al microcosmos de Nuevo México, en 1885. Haycox consigue que lo mejor y lo peor de las personalidades de los personajes emerjan a lo largo del viaje en el espacio cerrado y claustrofóbico de la diligencia. Dos años después, Dudley Nichols convirtió aquel exitoso relato en un prodigioso guion y volvió a contar la historia de unos pasajeros que no toleran la presencia de la empática Dallas, mujer de vida alegre que, a lo largo de un incómodo y mortal viaje, ayuda a todos. Desde Tres hombres malos (1926), Ford no había vuelto al cine del Oeste hasta que realiza esta película en 1939, considerada hoy como el primer wéstern moderno y primera película de Ford filmada en el maravilloso Monument Valley, escenario natural al que el cineasta de padres irlandeses acudiría una y otra vez para rodar, por ejemplo, su Trilogía de la caballería o esa catedral de emociones que es Centauros del desierto (1956).

El entonces desconocido John Wayne, a quien Ford ya le había echado el ojo en La gran jornada (1930), de Raoul Walsh, volvió a la gran pantalla con el célebre plano del zoom y se convirtió de inmediato en la sensación del género: de hecho, Wayne, alias Duke, convenientemente «reeducado» por su cruel padre «putativo» John Ford fue sinónimo de vaquero rudo y viril y trascendió como icono las fronteras del celuloide del Oeste. En La diligencia da vida a Ringo Kid, un forajido de buen corazón que busca venganza por el asesinato de su padre y su hermano y que muestra su cortesía solo con aquella a la que han humillado los pasajeros, Dallas. Ambos representan una mezcla de instinto y bondad que solo puede crecer fuera de la sociedad fatua y corrupta a la que pertenece el resto del pasaje. De similar musculatura ética es el médico borrachín al que interpreta el genial Thomas Mitchell, álter ego del propio Ford que recita el verso magistralmente en un permanente pero consciente estado de ebriedad.

Fue el intérprete y especialista Yakima Canutt quien le enseñó a John Wayne a caerse del caballo sin desnucarse en las escenas de acción. Y, a su vez, Wayne fue quien presentó a Canutt a John Ford, que andaba buscando cómo resolver técnicamente las persecuciones de los indios a la diligencia hacia Lordsburg. Ford aprendió del campeón de rodeo todo lo que necesitaba saber para construir unas escenas tan trepidantes que a la propia Claire Trevor le quitaban el aliento: la actriz salió del estreno asegurando que La diligencia era la mejor película que había visto nunca, opinión que fue compartida por unanimidad por la crítica y algunos destacados genios, como el mismísimo Orson Welles, para quien su amigo Jack Ford había filmado la mejor película jamás realizada. Durante el rodaje de Ciudadano Kane (1941) Welles llegó a ver La diligencia más de cuarenta veces para inspirarse en la planificación del que ya consideraba su maestro. Ford fue un cineasta atravesado por incesantes contradicciones, vaivenes emocionales y vitales que trabajaba creando un ambiente de camaradería masculina, actitud que trasladaba de los rodajes a su vida personal.

El maestro John Ford jamás fue un racista ni un fascista, como muchos ignorantones han afirmado sin conocer su mirada comprensiva hacia las minorías. Fue un discreto progresista —como revelan algunas cartas que se conservan en su Archivo— que chocó con cineastas más conservadores como Cecil B. DeMille, fue investigado por el FBI por razones ideológicas y dio trabajo a más de un centenar de indios navajos que malvivían en su reserva y que lo mismo hacían de apaches que de comanches. Además, Ford contrató a todos los viejos cowboys a los que ya habían despedido productoras como la Universal y que deambulaban buscando trabajo por los grandes estudios. No en vano, en plena segregación racial, filmó El sargento negro (1960), primera película que defendió el papel de los Soldados Búfalo: afroamericanos en el 10.o Regimiento de Caballería y que abrió las puertas al wéstern con conciencia social. Porque el cine de Ford en su perfección y sus convicciones éticas es como las rocas de sus amadas Utah o Arizona: inalterable.

Un comentario

  1. Excelente pluma, amena y elegante narración de David Felipe Arranz. Animense todos los amantes del cine y los que no lo son tanto, a adquirir esta magnífica obra de la editorial Sial Pigmalión que no les dejará indiferentes.

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