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La sombra de Frankenstein en un mundo distópico

WMagazín publica un cuento de la escritora chilena incluido en la antología 'Carne de mi carne' que rinde homenaje al personaje creado por Mary Shelley hace dos siglos. Un relato que recuerda las trampas y los abusos de la tecnología con el ser humano

Presentación WMagazín La sombra de Frankenstein llega hasta un mundo distópico donde el cuerpo humano es utilizado como energía a través de sus humores que dan un color distinto. Es la mirada que ofrece la escritora chilena María José Navia en su cuento Buenas intenciones que forma parte de la antología Carne de mi carne (Plural). Una lectura inquietante de WMagazín en vísperas de los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos (1 y 2 de noviembre respectivamente), empezados a festejar la noche del 31 de octubre con el llamado Halloween.

Hace dos siglos, y con solo 21 años, Mary Shelley (1797-1851) publicó Frankenstein, una de las novelas que abrió la puerta de la modernidad y vio las sombras del ser humano que se avecinaban. Para ello creó un personaje icónico que terminó habitando el imaginario universal. Muchos son los homenajes y demás celebraciones alrededor de su autora y su criatura, pero una de las más originales es la creada por Magela Baudoin y Giovanna Rivero en la antología de cuentos Carne de mi carne (Plural). Las dos escritoras y directoras de la colección Mantis, de la editorial boliviana, pidieron a doce escritoras y un hombre latinoamericanos que escribieran un cuento a partir de cualquiera de las partes del monstruo. El resultado es un Frankenstein literario del siglo XXI a través de un prisma de trece colores.

Un libro que ya reseñó en su momento WMagazín al crear un relato compuesto de seis fragmentos de sendos cuentos, siguiendo el juego de Mantis. En sus páginas se aprecian cuentos que plantean dudas, críticas y preguntas que vislumbraba Mary Shelley. Esperamos que les guste el cuento de María José Navia, y larga vida a las enseñanzas de Frankenstein:

Buenas intenciones

por María José Navia

 

Nunca toma más de diez minutos. Con los años el procedimiento se ha vuelto más y más eficiente. Si ni duele ya. Mónica se mira las uñas, ordena los cubiertos sobre la mesa, mueve el líquido dentro de su copa, de un lado al otro.

Quince, veinte.

Media hora.

Y Ema no baja.

No le gusta intrusear pero al final se decide. Mónica se hace la que olvidó algo en la cocina y va derechito a la puerta de salida al patio. La abre y allí están las cañerías. Transparentes. A vista y paciencia de todos los vecinos. Circuitos largos y enredados por donde se mueve el veneno. El color cambia dependiendo de qué se trata. Y, cuando es de noche, brilla.

El líquido que circula en esos momentos, y que no deja de fluir, cada vez más viscoso, es azul eléctrico.

El color de la mentira.

 

Mónica cree distinguir un resplandor en la ventana de una casa. Esa que justo da a su jardín.

Siente que su rostro se llena de vergüenza.

Si en estos momentos fuera a limpiarse, el líquido sería violeta.

Mónica sube a la sala de extracción. La puerta está cerrada, por supuesto. Ya es suficientemente grave que ella esté allí, que interrumpa el procedimiento.

Pero ya vamos en cuarenta y cinco minutos.

Y contando.

La comida se va a enfriar.

Ema… ¿Estás bien?

Quiere que su voz suene preocupada y dulce pero la verdad es que sale áspera y como astillada de miedo.

Teme que todos estén hablando de ella mañana.

(Y recibir al inspector del condominio, y llenar esos formularios por exceso de desechos).

Hay un límite para el veneno y todos lo saben.

Hay que cuidarse y cuidar también esos tubos que conectan a todos los sectores de la ciudad. O, como le dicen algunos cuando creen que nadie está escuchando: los intestinos.

 

Ema no contesta, aunque sí se oyen algunos ruidos en el interior del cuarto. Pies que se mueven. La respiración agitada, aunque tal vez esto Mónica se lo esté inventando.

Se la imagina allí de pie, con el tubo de extracción en la base de la espalda. Y ese cosquilleo incómodo de la limpieza. Las paredes deben ya haber cambiado de color a azul. Ella nunca las ha visto así. Sus colores son otros: el violeta de la vergüenza, el negro de la angustia, el ocre de la decepción.

Por lo general, los mantiene bajo control.

En esos casos, solo se prende la base de la máquina del color indicado.

Las paredes se transforman únicamente para las situaciones extremas.

Y si hay algo que nadie quiere ser nunca es único.

 

Mónica mira su reloj: en dos minutos más se cumplirá una hora.

Tiembla.

Dos minutos para las sirenas y los golpes en la puerta.

Tal vez, incluso, cámaras de televisión.

Hombres en uniformes blancos, plásticos, de cuarentena.

Un minuto y Mónica repite: Ema… ¿te puedo ayudar en algo?

 

Hace seis meses que viven juntas y hace dos semanas que están solas. Por primera vez. Daniel está de viaje de negocios y lo estará por al menos una semana más. El padre de Ema. Su pareja.

La mamá de la chica había muerto cuando ella tenía ocho años. Entonces no existían las extracciones ni los circuitos. Ahora, si la gente se cuidaba, podía mantener casi todas las enfermedades a raya.

 

A Daniel le decía que todo bien con la niña pero lo cierto es que le tenía miedo. Una adolescente pálida y de ojos que parecían no mirar a ninguna parte.

Que se encerraba en su pieza a conectarse a través de los muchos dispositivos disponibles.

Que apenas le hablaba.

Al principio, sus extracciones eran de un verde pardo y tomaban los diez minutos reglamentados.

Apatía.

Aburrimiento.

Nunca hablaban de ellos en la mesa. Daniel no parecía preocuparse demasiado por Ema. Después de todo, él había sido uno de los gestores de Good Intentions. Le había dedicado la empresa a su mujer. Aún hoy, en la recepción de su oficina, había un retrato de ella que sonreía cada vez que alguien la miraba. Ese era un adelanto que a Mónica nunca le había gustado del todo. Por ella, que las fotos se quedaran quietas.

 

Feel good, live longer. Era el slogan de la compañía. En inglés, porque así pegaba más. No les costó mucho convencer al público. Todos aterrados desde siempre con la posibilidad de la enfermedad y la muerte, corriendo a comprar cualquier remedio que prometiera algo. Ahora todos acostumbrados a la rutina del veneno. A beberse ese jarabe con sabor a pegamento y, luego, a las extracciones diarias: una por la mañana y otra en la noche. A veces, al mediodía, aunque solo en casos raros. Y los casos raros se registraban en actas, reportes, informes. Y podían costarte tu lugar en el vecindario.

 

Al principio mirar era considerado como una forma civilizada de preocupación.

“Vi que tuvieron gris toda la semana, me dijeron que meditar podía servir” o “Cuidado con el turquesa”, podían ser comentarios dichos al pasar en el supermercado y que nadie se tomaba a mal. Eso, claro, al principio. Hoy ya nadie decía nada sobre los venenos de los demás. Aunque nunca dejaban de espiar: sus colores, sus tiempos.

Cada vez llegaban menos ambulancias. Había menos relocaciones. Todos aprendiendo a acumular la menor cantidad de malos sentimientos. Todos, también, sonriendo un poco más de la cuenta, por si las moscas.

 

Con Ema no se llevaban mal aunque la dinámica era rara. Mónica estaba más cerca de su edad que de la de Daniel. Treinta y tres, ella; él, cincuenta y cuatro.

Ema acababa de cumplir los quince.

Si las vieran caminando juntas por la calle, alguien podría confundirlas por hermanas.

Eso, claro, Mónica no lo decía.

 

Con Daniel se habían conocido en una de las clases de memoria. Hace tiempo se pensaba que la gente perdería la capacidad de recordar y algunos ya se preparaban aprendiendo textos. Literatura, casi siempre. Era, por cierto, la forma menos habitual de conocer a alguien. Por lo general se usaban distintas aplicaciones, sistemas de citas en línea, casas de encuentros cronometrados y específicos según las necesidades y los deseos. Pero Mónica había empezado con los Clubes del recuerdo y Daniel se había inscrito como uno de sus primeros estudiantes.

Ahí llegó, a sentarse a la última fila. Y Mónica no pudo mirar a nadie más.

Por semanas solo recordó su nombre.

 

Al principio de la relación, ella mantuvo su independencia. La primera vez que vio a Ema pensó que en cualquier momento le saltaría directo a la yugular, como un animal salvaje. Con Daniel esperaron un par de años a que su actitud se volviera menos feroz. Y luego, con las extracciones, esto fue incluso más fácil. Todo el veneno de Ema se iba por las cañerías y, junto a él, o eso quería creer Mónica, se iba también parte del disgusto por la nueva pareja de su padre.

Ahora hace seis meses que jugaban a la familia feliz. Las extracciones de Daniel, al menos, parecían indicar eso. De tres, cinco minutos, a lo más. La limpieza de un mal rato en la oficina, el aburrimiento de una reunión.

Los colores de Mónica, en cambio, seguían irregulares. Aunque siempre dentro del tiempo esperado. Las gotas de su veneno, concentradas, se mezclaban con el líquido de transporte y ahí partían por los intestinos para ser transformados en electricidad.

Eran otras las cosas que no funcionaban en ella.

La sangre se lo recordaba todos los meses.

 

Es la ansiedad, la impaciencia, le decía siempre Daniel. Ya va a pasar.

Pero en sus extracciones nunca aparecían esos tonos.

Aunque pronto empezó a teñirse todo del color barroso de la rabia.

 

Ema, por su parte, cada día tardaba más.

Ya habían recibido siete amonestaciones a su nombre.

Es verdad que era una adolescente y el sistema tenía especial paciencia con ellos.

Pero esa paciencia se acababa en diez. Y con ello, también, la privacidad.

 

Ema le pidió que no le contara nada a su padre.

Que sea un secreto entre las dos, algo nuestro, había dicho y, si bien le había sonreído, Mónica sintió las manos frías, la saliva espesa, un zumbido en los oídos. Guardaba las amonestaciones en su closet, en el cajón de los pijamas. Aunque Daniel nunca se metía en sus cosas y no era necesario tener tantos resguardos.

Pensó que así se llevarían mejor. Que, quién sabe, tal vez, podrían ser amigas.

Quizás por eso no le importó el viaje. Creyó que esas tres semanas les servirían para mejorar la convivencia.

 

Los primeros días, intentó crear complicidades, invitarla al cine, preguntarle por sus compañeros de clase, pero Ema ponía los ojos en blanco y no quitaba la vista de la pantalla de turno. A todas horas, especialmente en las noches, sonaba el murmullo de las notificaciones que ella no se molestaba en silenciar: vibraciones, campanas, pájaros.

Grillos.

A veces, al levantar la vista de su taza de café al desayuno, Mónica la veía sonrojarse o desaparecer en el baño. Su puerta siempre cerrada.

O casi.

 

Hace tres días Ema había salido apurada al colegio y ahí había quedado la puerta abierta. Mónica intentó ignorarla, inventándose innecesarias tareas cotidianas: reorganizar libros, ordenar el refrigerador, pasar por enésima vez la aspiradora. Pero entonces empezaron los ruidos.

La casa se llenó de grillos.

Mónica se puso audífonos, escuchó música por horas, pero incluso así molestaban.

Solo tenía que ponerlo en silencio.

Era tan fácil.

Ni siquiera tenía que mirar la pantalla, bastaba con encontrar el botón en uno de los costados.

 

El aparato estaba en el suelo, junto a la cama.

Mónica lo tomó, mirando a todas partes. El derecho a la privacidad era una regla inquebrantable por esos días. Conocidos eran los casos de padres demandados por sus hijos y las multas altísimas a pagar.

Eso, claro, siempre que se mantuvieran a raya los venenos.

 

Al tenerlo en su mano, el teléfono volvió a vibrar con otro sonido de insecto.

Mónica no pudo evitarlo.

En la pantalla se acumulaban los mensajes y notificaciones. Siempre de la misma persona. Alguien que se hacía llamar #thewizard. En uno, le preguntaba cómo era su pijama. “Apuesto que debes verte hermosa”, era el siguiente mensaje. Luego otra notificación: #thewizard ha marcado tu foto como favorita. En el último –Direct Message esta vez– se leía: Tú eres mi favorita.

El dueño de los mensajes no tenía una foto de perfil, solo un retrato. Mónica lo conocía: Lucian Freud. El rostro de un hombre algo mayor; un rostro lleno de sombras.

Revisó las fotos que Ema había subido a su página de Neón –la red social de moda– durante las últimas semanas. Costaba reconocerla. En todas aparecía con unas faldas cortísimas, mostrando las piernas, insinuando el escote, con un gesto de sensualidad indefensa en el rostro.

También en ropa interior y frente al espejo. Los dedos dentro de los calzones.

The Wizard marcaba todo con estrellitas.

A Mónica el corazón le latía en los oídos.

 

Esa tarde, Ema llegó temprano. El teléfono estaba en el mismo lugar y no sospechó nada.

Se dedicó a estudiar en el comedor mientras Mónica preparaba la cena. Cada cierto rato, su teléfono anunciaba nuevos mensajes, y ella los revisaba rápida y nerviosamente. Mónica intentaba concentrarse en cortar tomates, aliñar la ensalada, poner la mesa.

Pensaba si Ema tendría miedo. O, por el contrario, si la situación la halagaría, la haría sentir bonita, especial.

Distinta.

Trataba de imaginar al dueño de esos mensajes; un hombre soltero aburrido en su departamento o bien un padre de familia, aprovechando que la mujer estaba en el gimnasio y sus hijas jugaban para revisar las fotos de Ema.

Se veía tan niña. Sobre la mesa, su cuaderno rosa flúor y los lápices de colores, con los que siempre estaba haciendo pequeños dibujos, le daban ganas de correr a abrazarla.

Llevaba puesto un vestido de algodón, sencillo, con florcitas. Era delgada, frágil, sus pechos apenas se insinuaban debajo de la tela. A Mónica le costaba reconciliar esa imagen con la de la muchacha de la foto y sus poses absurdas.

 

Antes de cenar, la extracción de Ema fue de media hora. (La de Mónica, de diez minutos y el color celeste de la preocupación).

Cuando al fin bajó, ninguna de las dos dijo nada.

 

Por la noche, Mónica no podía dormir. En cualquier momento llegaría el correo nocturno con la amonestación en su sobre transparente. Y ella necesitaba estar atenta y correr a buscarla antes de que algún vecino pudiera verla.

La casa estaba en silencio.

Sin grillos.

Cerró los ojos por un momento y, cuando volvió a abrirlos, una luz tenue se intuía por las cortinas. El camión de correos estaba frente a su puerta.

Mónica se levantó de un salto.

Al pasar frente a la habitación de Ema sintió murmullos. Pensó que estaría hablando por teléfono con alguna amiga.

Pero se equivocaba.

Lo que salía de su boca no eran palabras.

Mónica se sonrojó.

 

A la mañana siguiente, Ema ya no estaba. Había dejado una nota sobre la mesa de la cocina: Me quedo a dormir en la casa de Sara. Y un corazón. Mónica sintió una rara mezcla de miedo y alivio.

Por fin tenía la casa para ella sola.

Todavía no se acostumbraba a la vida en familia. A coordinar sus ritmos a los de Daniel, a la presencia de Ema.

Y, si bien él hacía todos los esfuerzos por incluirla, lo cierto es que al hablar de Ema siempre se refería a “Mi hija”.

Mi hija anda nerviosa.

Mi hija está cada día más alta.

¿Sabes a qué hora llega mi hija?

Mónica sonreía y trataba de pensar en otra cosa, pero la verdad es que sentía la sangre espesarse, llena de rabia. Esa sangre que luego llegaba puntual todos los meses, a pesar de las vitaminas, de los tests de ovulación, de recostarse y apoyar los pies en la muralla, bien alto, para así no perder ni una gota de ese líquido que siempre le pareció como la clara de un huevo crudo, (y que luego chorreaba, inevitable, por sus piernas, cada vez que decidía levantarse).

 

No habían hablado en dos semanas con Daniel. O no realmente. La diferencia de horas les jugaba en contra y siempre que despertaba tenía un mensaje de él, cada vez un poco más cansado y al que ella respondía con su tono más falso.

Puso play y el cuarto se llenó de su voz.

(Fue lo que la había enamorado. Antes que su porte, sus ojos, sus manos, fue la forma de pronunciar su nombre, las palabras que le susurraba al oído cuando estaban en la cama).

Mónica cerró los ojos y abrió a tientas algunos botones de su blusa. Puso la mano sobre uno de sus pechos.

Nada.

 

Ema no regresó en dos días. Cuando por fin lo hizo, venía demacrada y le temblaban las manos. Mónica vio cómo un auto la dejaba a un par de metros de la entrada, un auto elegante que se fue rápido ni bien ella hubo cerrado la puerta.

No salió de su cuarto en todo el día.

Mónica le dejó el almuerzo en una bandeja. Le preguntó si quería conversar. Ema solo le gruñó de vuelta. Y no tocó la comida.

Mónica intentó tranquilizarse. Solo faltaban unas cuantas horas para que llegara al fin el padre de la niña. Algo se le ocurriría.

Revisó informes pendientes, editó textos, pero su atención parecía volar, inevitable, hacia la manilla de esa puerta.

Trató con mensajes de texto: Ema, ¿lo pasaste bien donde tu amiga?

Como respuesta, solo una carita feliz.

 

A veces Mónica imaginaba accidentes. Para Ema.

Nada muy doloroso. Un choque, una falla al corazón durante el sueño.

Cuestión de segundos.

Ella misma no podía pensarlo por mucho tiempo. El color a leche de la maldad era uno de los más peligrosos. Aunque en el caso de Mónica siempre iba mezclado con el de la vergüenza.

 

`    La cena ya estaba sobre la mesa. Mónica se hizo cargo primero de su extracción. Cerró la puerta, se ubicó sobre la plataforma y se levantó un poco la blusa. Ajustó el tubo a su espalda y cerró los ojos. La campanilla de término la hizo volver a abrirlos.

Quince minutos.

Y, en el tubo, un líquido rosado algo transparente.

Miedo.

 

Quiero que bajes a comer.

(Mónica escribió, sentada en la escalera)

 

Es lo único que te pido.

(Minutos más tarde, la copa de vino llena hasta el borde)

 

No me hagas llamar a tu papá.

 

Mónica sabía que arriesgaba multa con el gesto, pero aun así abrió la puerta.

La música estaba a todo dar y Ema no contestaba.

Solo una ranura, pero lo suficiente para verla en el suelo, desnuda y en cuatro patas, gimiendo frente a la pantalla.

Ema dio un grito y cerró el computador de golpe.

Mónica corrió escaleras abajo.

A los pocos minutos se escuchó el zumbido de la máquina de extracción.

  • Carne de mi carne. Antología de cuento. Varios autores. Colección Mantis de Editorial Plural.
  • María José Navia (Santiago de Chile, 1982). Es autora de la novela SANT (Incubarte Editores, 2010) y del e-book de cuentos Las Variaciones Dorothy (Suburbano Ediciones, 2013). El año 2011 su cuento “Online”, incluido en Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015), ganó el Premio del Público del Concurso Cosecha Eñe.

En Carne de mi carne. Antología de cuento participan:

INTRODUCCIÓN
Frankenstein: el sabor de los climas helados, de María Negroni.

CUENTOS
Ojo izquierdo, de Daniela Tarazona.
No recuerdo haber encendido este cigarro, de Katya Adaui.
Huérfanos en la nieve, de Fernanda García Lao.
Yo sé de tu delirio, de Rosario Barahona.
Carta a la madre, de Lena Yau.
Mi hermano, sus veces, de Claudia Hernández.
Niño de barro, de Betina González.
Buenas intenciones, de María José Navia.
Deforme, de Fabiola Morales.
Como el hambre, como el amor, de Giuseppe Caputo.
Las elegidas, de María Fernanda Ampuero.
El monstruo de la voz, de Margo Glantz.

 

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