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La vuelta al mundo en el drama y las ilusiones de seis mujeres

El periodista, escritor y fotógrafo argentino reúne en 'Postales' cuarenta imágenes acompañadas de sendos relatos que toman el pulso del presente e invitan a reflexionar sobre realidades próximas, aunque sucedan, en apariencia, lejos

Presentación WMagazín. Martín Caparrós quería ser fotógrafo. Cuando empezó a viajar, el precio de tomar las fotos fue escribir crónicas. Las crónicas que lo han convertido en una referencia del periodismo. Del periodista que observa, analiza, reflexiona y escribe con delicadeza lo que ocurre alrededor del mundo cotidiano. Cuenta, relata, y su mirada va más allá de las palabras que encadena y forman el rosario de su vida y de buena parte de los hechos del mundo contemporáneo.

Una parte de ese rompecabezas sobre la realidad lo ha reunido en el libro Postales (Altaïr). La primera fotografía la hizo en 1991 en Shanghai y la última hace unos meses en Roma. Un álbum que parte de sus fotos, de instantes vividos en algún lugar, y vívidos con las evocaciones que las acompañan. Quizás este libro muestra al Caparrós más genuino, más sensible, más comprometido, el del espíritu de aquel adolescente que se encerraba con su padre en su laboratorio fotográfico creando sus momentos más cercanos.

Son cuarenta fotografías, cuarenta vidas y mundos corrientes y cotidianos que han dejado huella en él y que cuentan situaciones que a Caparrós le han preocupado y preocupan. Las mujeres están muy presentes en este fotorrelato, sus dramas, sus ilusiones, sus miserias, sus injusticias, sus desigualdades… WMagazín se asoma al universo Caparrós a través de seis de esas mujeres que a pesar de sus incertidumbres sostienen el mundo, seis pasajes de los textos de Martín Caparrós:

Uganda. El progreso

Lo que los asustaba era la mosca. Íbamos por caminos imposibles, cruzábamos ríos y páramos y búfalos y bosques donde no entraba el sol pero todo su terror era la mosca.

—¡Cuidado, hay que sacarla, hay que sacarla!

Cada vez que una se colaba en la camioneta, mi guía y traductora revoleaba los brazos cual molino; el chofer, un señor gordo y reposado, con más pudor hacía lo mismo. La mosca tsé-tsé contagia la enfermedad del sueño: en Uganda muchas vacas y personas se mueren de eso.

—¿Y no tienen miedo de los mosquitos, la malaria?

—Mosquitos hay tantos que no vale la pena ni tratar de pararlos. Y de la malaria nos curamos, nosotros. (…)

Eunice sabía lo que quería y estaba dispuesta a conseguirlo. Cuando la ví se ocupaba de esa sala, y me habló del placer de traer un chico al mundo y de tantas cosas que faltaban, remedios, instrumentos, que no tenía guantes de látex y cada madre debía traer los suyos —y muchas no podían y ella tenía que trabajar a mano limpia. También me dijo que los hombres se oponían a que sus mujeres fueran a verla y me contó la historia de una mujer que empezó su trabajo de parto y le pidió a su esposo que la llevara, pero él se fue a buscar una vaca perdida. La mujer pasó horas de dolor, sola, a los gritos, hasta que sus vecinos la escucharon. Se estaba desangrando; cuando por fin consiguieron una camioneta para llevarla al hospital ya era muy tarde. Entonces la autoridad regional decretó que los hombres debían llevar a sus mujeres a la sala en cuanto empezaran a tener contracciones; los que no lo hacían debían pagar 5.000 shillings —más de dos dólares— de multa.

—¿Y ha habido muchas multas?

—Bastantes, pero casi nunca las pagan. Usted sabe, son amigos o parientes de los que deberían cobrarlas…

(…)

 

Brasil. La escuela de la selva

Aquella tarde, en cuanto llegué a La Macaxeira, Gaúcho me llevó hasta la escuela.

—Hicimos una escuela.

Me dijo, y repetía: hicimos una escuela. La escuela era una gran choza de troncos, caía la noche: la escuela estaba vacía de escolares. Gaúcho me dijo que teníamos que volver al día siguiente, que ya iba a ver cómo todos los chicos de La Macaxeira venían a la escuela. Gaúcho era un militante del Movimiento Sin Tierra, La Macaxeira una finca en medio del Amazonas brasileño que mil familias campesinas habían ocupado meses antes: en los años noventa el MST tomaba predios en la selva para plantar y comer; a veces la policía los sacaba a tiros. Gaúcho tenía cuarenta y tantos años, ocho balazos en el cuerpo, una mujer, cinco hijos y la idea de que haber construido una escuela le daba a su vida algún sentido.

—Yo no pude ir a la escuela, pero ahora hice una escuela. (…)

La hamaca, de pronto, me pareció el mejor de los mundos posibles. Pasé una noche complicada, me desperté con las primeras luces. La Macaxeira se fue llenando de ruidos, movimientos, y al fin Gaúcho vino a buscarme. Antes de llevarme a ver sus cultivos me dijo que quería que pasáramos otra vez por la escuela.

—Mis hijas están en la escuela, ¿se da cuenta?

Me dijo, como si me dijera que se habían ganado la mejor lotería. En la escuela varias docenas de chicos coreaban sus lecciones, escribían sus cuadernos. Yo los saludé, ellos me contestaron, Gaúcho me dijo estas son mis nenas, Iara y Araci; yo les hice esta foto. La foto miente: ahora, Iara y Araci deben tener casi treinta años. A veces las miro y me pregunto qué será de ellas. Es un error, supongo: el periodista es un ave de paso.

Etiopía. La belleza

Yo también soy culpable: está tan claro. Ella no; ella, además, no debía tener ni doce años. La sigo viendo, de tanto en tanto, en esta foto, y a veces me pregunto qué habrá sido. Las imágenes viejas nos acechan, son evidencias de la facilidad de los olvidos —o, al contrario, lo azaroso de ciertos recuerdos. No sé quién era; no sé, por no saber, ni siquiera su nombre. Solo sé —¿cómo podría no saberlo?— que su belleza hace que, cada vez que paso fotos, entre docenas o cientos miro ésa.

Yo estaba en Addis Abeba, la capital de Etiopía, para escribir sobre Tsehay. Corría 2008: ese año, por primera vez, el mundo tenía más habitantes urbanos que rurales, y yo tenía que contar historias de migrantes del campo a la ciudad. Tsehay venía de un pueblito de Gondar, en el norte del país. La habían casado a sus 9 años; a sus 11, cuando debía consumar su matrimonio, se escapó con un tío que la llevó a la capital y la vendió como sirvienta casi esclava. Ahora, ya 19, seguía trabajando por cinco dólares al mes pero intentaba aprender a leer en una escuela para chicas pobres. En aquel aula, la luz brutal del mediodía filtrada por unas telas rotas, estaba ella, la belleza sin nombre.

Siempre me intrigó ese momento en que un nene o una nena descubren que les tocó en la tómbola el arma poderosa: que son bonitos, que los demás los miran diferente, que los tratan distinto, que están dispuestos a darles cosas que a otros no. Me intriga ese momento del descubrimiento del poder que usarán durante el resto de sus vidas —o una parte del resto de sus vidas. La nena de Addis Abeba, se nota, ya lo sabe: la manera en que mira al extranjero o a su cámara o algo que está más allá, quién sabe dónde.

(…)

Bangladesh. La vergüenza

(…)

Pero su familia aceptó la propuesta y, desde entonces, su vida se aceleró: en muchos momentos, Shimu sentía que se le escapaba. Meses después de su primera regla ya tenía una hija y un marido que le pegaba mucho; unos años más tarde, su segundo hijo y los golpes que seguían, aumentaban. Hasta que no soportó más: necesitaba acabar con todo eso. Su madrastra le dijo que su única chance era dejarle a los chicos e irse a trabajar a la ciudad.

—Tenía razón. En el pueblo no tenía cómo ganar plata, no hay ningún trabajo, y yo necesitaba ganar plata para ellos.

Shimu solo sabía de Daca lo que había visto por la tele: un lugar grande lleno de coches y caos y personas. Cuando llegó se asustó mucho: no sabía, no entendía. Pero también le gustó esa sensación de caminar por la calle sin que nadie supiera quién era. A los pocos días consiguió trabajo en una fábrica de ropa. Le pagaban unos 25 dólares al mes por jornadas de 10 o 12 horas, seis días por semana —pero no tenía otra salida. Cuando yo la encontré vivía de eso, comía casi siempre y, me contó muy orgullosa, podía mandar a su hijo mayor a la escuela coránica.

—¿Lo mandas porque eres muy religiosa?

—Sí, siempre quise que mi hijo pudiera ir a una madrasa.

—¿Y por qué piensas que Alá te mandó tanto sufrimiento?

—Alá escribió ese destino para mí, así que yo debía merecerlo. Para que haya personas felices, algunos tenemos que ser infelices. Y a mí me tocó no tener nada, ni dinero, ni educación.

Gracias a la explotación de cinco millones de mujeres como Shimu, Bangladesh se ha convertido en el segundo exportador mundial de ropa; gracias a esa explotación, los alegres consumidores occidentales podemos comprar cada vez más camisas, camisetas, pantalones, bragas —y llevar sobre nuestros cuerpos su dolor.

Shimu, si tuvo suerte, debe seguir allí. Yo la recuerdo cada vez que una de esas fábricas —edificios precarios de ocho o diez pisos atiborrados de trabajadoras, sin las menores condiciones de seguridad— se incendia o se derrumba, y cada vez que veo una prenda made in Bangladesh, la marca de la infamia.

 

Egipto. El miedo

(…)

El acoso sexual es un fenómeno global, pero en El Cairo alcanza cotas invencibles: no hay mujer que no sea víctima frecuente de ataques y manoseos, y la cuestión se ha transformado en un problema nacional. A Reham ya le había pasado antes, y alguna vez se había sentido culpable:

—¿Culpable de qué?

—Culpable de usar ropa ajustada, de hacer que la gente se ocupe de mi cuerpo. Eso me hacía sentir mal.

—¿Tan agresivo es ponerse bluyines?

—Soy un poco robusta, y había gente que creía que lo hacía para provocar. Quizás es gente que tiene problemas, pero yo los ayudo usando estas cosas.

Cuando lo conocía, hace treinta años, Egipto era un país laico donde las mujeres se vestían sin prejuicios y participaban de muchas actividades junto con los hombres. Ahora, el Islam ha ganado terreno y se ven cada vez más hiyabs, más abayas, más mujeres tapadas caminando cuatro pasos detrás de sus maridos.

El ataque fue una de las razones de Reham; otra fue que su novio, un ingeniero informático, le insistía. Lo cierto es que decidió «acercarse a Dios» y una vía fue cambiar bluyines y camisas por esas túnicas que ocultan su cuerpo por completo. Muchas jóvenes se sienten más seguras con el vestido tradicional musulmán. Les sirve para poner una doble barrera entre sus agresores potenciales y sus cuerpos: la túnica dice que no quieren entrar en ningún juego de seducción, y que su dios —y sus seguidores— las protejen. Le pregunto si no sería mejor no necesitar esa protección, que los hombres no fueran una amenaza.

—Sí, seguramente. Aunque quizás Alá lo hace para mostrarnos que tenemos que acercarnos a Él. Y si es así, se lo agradezco.

(…)

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India. Fugaz

(…)

Cada día su marido salía a trabajar —un campo para arar, una pared para pintar, algo para ganarse las 100 rupias que les dieran de comer al día siguiente. Rahmati se quedaba con sus dos nenas, limpiaba, lavaba la ropa; siempre tenía algo de ropa que lavar: cuanta menos ropa uno tiene, más ropa tiene para lavar, decía Rahmati. Y cuando terminaba podía jugar un rato con las nenas o no pensar en nada o, incluso, dormir un poco más. Al mediodía se comían lo que quedó de la mañana, y ella podía seguir lavando o dormir la siesta o conversar un rato con alguna vecina y más tarde, a la vuelta del marido, le servía un poco más de arroz para la cena o un roti —un pedazo de pan.

—¿Y a veces hacés algo distinto?

—Bueno, no. Todos los días son iguales, salvo cuando hay un casamiento, una fiesta religiosa. Los viernes mi marido va a la mezquita, pero yo no puedo.

—¿Por qué?

—Porque así dice la religión, las mujeres no van.

—¿Y no querrías ir, a veces?

—No, porque no quiero desobedecer a mi religión.

Pero Dios, me dijo, estaba enojado con ella. Por eso ahora su rutina se ha roto: su nena mayor lleva una semana en el hospital de Médicos sin Fronteras en Biraul, un pueblo de Bihar, el estado más pobre de la India, y los médicos le han dicho que está severamente desnutrida y Rahmati no entiende, porque ella siempre le dio su cuenco de arroz, todos los días, casi todos los días, la mayoría de los días, y sin embargo la nena tenía la mirada perdida y lloraba tan bajito que casi no se oía y su madre le cantaba tan bajito que casi no se oía y entonces, justo entonces, yo disparé y se convirtieron, para mí, en una imagen incansable.

Desde entonces, la imagen me persigue. Fue, también, mi culpa: decidí ponerla en la tapa de la edición española de mi libro sobre el hambre y por eso la he visto proyectada en una vieja estación de trenes en el sur de Holanda, brillante en las pantallas de una televisión francesa, mal copiada en la pared de una cárcel catalana; la veo, sobre todo, en mi escritorio todas las mañanas. Y veo en ella, claro, cosas: para eso sirven las imágenes. Las imágenes, a diferencia de casi todas las palabras, no dictan, sugieren; no definen, abren. La imágenes permiten —es razonable— imaginar. Pero, por más cosas que veo en ella nunca consigo olvidarme de la nena. Gurya murió poco después y yo no lo escribí. Ahora está en esta imagen, y nos mira.

 

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