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Adolf Hitler (1889-1945).

‘Las conspiraciones contra Hitler’ que intentaron salvar al mundo del abismo

El Führer se salvó de varios atentados, dos de ellos planificados por oficiales nazis en marzo de 1943. WMagazín publica en primicia la reconstrucción de estos planes investigados por el historiador Orbach en un libro con muchos detalles

Presentación WMagazín. Hace 85 años empezó la cuenta atrás de la que sería la mayor catástrofe del mundo ocasionada por el ser humano, por el nazismo que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial propiciada por Adolf Hitler. En 1933, Hitler se convirtió en el canciller de Alemania dando inicio a una espiral imparable de discriminaciones y crímenes de toda índole que atentaban contra  la vida del ser humano y su respeto y conviviencia en igualdad. Pronto surgieron conspiraciones que trataron de acabar con aquella creciente tiranía, desde las protagonizadas por lobos solitarios como el carpintero Georg Elser hasta la célebre Operación Valquiria. El libro Las conspiraciones contra Hitler, de Danny Orbach (Tusquets), reconstruye con detalle esas operaciones que trataron de reconducir el destino del mundo de manera infructuosa.

WMagazín avanza en exclusiva un pasaje del libro en el cual varios oficiales antinazis intentaron acabar con la vida del Führer en marzo de 1943: los días 13 (una bomba en un avión en pleno vuelo) y 21 (atentado contra Hitler, al tiempo que a Himmler, Göring y Goebbels). Danny Orbach es historiador y profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Es un veterano de los servicios secretos israelíes y especialista en temas de historia alemana, japonesa y de Oriente Próximo.

Orbach relata las reuniones secretas, las crisis de conciencia, el diseño de los planes y la ejecución de atentados con los que militares, maestros, políticos y diplomáticos —algunos antisemitas y reaccionarios; otros, comprometidos idealistas— no dudaron en arriesgar la vida para acabar con la de Adolf Hitler. “El libro de Orbach es una fascinante historia de coraje y un excelente estudio de la lucha del ser humano por actuar moral y honorablemente”, según lo ha calificado Publishers Weekly.

Las conspiraciones contra Hitler llegará a las librerías el 4 de septiembre. Ahora sí, un asomo a aquellos dos días de marzo de hace 75 años en los cuales un grupo de oficiales nazis intentó salvar al mundo del abismo en que ya estaba inmerso con el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial que dejaría entre cincuenta y setenta millones de víctimas:

'Las conspiraciones contra Hitler'

Por Danny Orbach

Dijo Goerdeler, “No podemos esperar que los mariscales de campo tomen la iniciativa. Están esperando órdenes, como O [Olbricht] aquí”. Mientras tanto, Kaiser supo por sus fuentes que Hitler era consciente de la conspiración. La policía militar podía llamar a su puerta en cualquier momento.

Los conspiradores superaron las dudas que les quedaban. “¿No resulta horroroso”, le preguntó Tresckow a Gersdorff, “que dos oficiales del Estado Mayor alemanes estén analizando la mejor manera de eliminar a su comandante supremo? Sin embargo, tenemos que hacerlo porque ésta es la última oportunidad para salvar a Alemania del abismo. El mundo debe liberarse del mayor villano de la historia. Lo erradicaremos como si fuera un perro loco que pone en peligro a la humanidad”. Otro oficial dijo sencillamente: “No importa cómo se mire y cómo se hable de ello, nuestra catástrofe es obra de un solo hombre. Debe morir. No tenemos elección”.

Con algunos esfuerzos, Tresckow consiguió persuadir a Beck, el comandante del movimiento de resistencia, de que asesinar a Hitler era la condición previa para el éxito del golpe. Beck, frustrado por el oportunismo de los generales y enfurecido por los crímenes del régimen, dio su consentimiento. El asesinato se fijó para el 13 de marzo, cuando estaba previsto que Hitler visitase el Grupo de Ejércitos Centro. El primer plan de Tresckow, que la caballería disparase contra el Führer durante una comida o una consulta militar, fue rápidamente rechazado. Tresckow debía advertir del plan al mariscal de campo Kluge para asegurarse de que no resultase herido durante el tiroteo. Kluge se negó a escucharle. No era honorable, insistió, matar a un hombre mientras estaba comiendo. Y en cualquier caso, continuó, “no tiene sentido porque Himmler no estará presente”. (…)

La única opción que quedaba era una bomba. Durante el invierno de 1943, Gersdorff y Tresckow salieron a los campos nevados de Smolensk, cerca del cuartel  general del grupo de ejércitos, para comprobar si una bomba explotaría a temperaturas bajas. Gersdorff había conseguido algunos explosivos plásticos británicos. Los dos realizaron docenas de explosiones controladas y descubrieron que el material sólo funcionaba entre los cero y los cuarenta grados centígrados. Al principio temían que la temperatura pudiera caer por debajo del punto de congelación en el momento crítico, lo que acabaría con los planes diseñados con tanta precisión, pero establecieron una serie de elementos técnicos para superar el problema. La bomba británica se basaba en un detonador activado por ácido: al activar la bomba se rompía una cápsula de cristal; el ácido derramado disolvía un muelle, el cual soltaba un percutor que golpeaba el detonador y la bomba explotaba. Los conspiradores probaron las bombas en una serie de edificios abandonados cerca del frente y todos ellos quedaron totalmente demolidos.

Schlabrendorff formó dos rollos con el plástico mortal y los envolvió suntuosamente para que tuvieran la apariencia de dos botellas de licor de Cointreau. Finalmente llegó el 13 de marzo. Hitler aterrizó en el cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro, acompañado de un gran número de guardias de las SS, su chófer, su cocinero y su médico personal. Al principio, Tresckow tenía planeado colocar la bomba en el coche del Führer, pero vio que los SS mantenían el vehículo bajo una vigilancia constante, y tuvo que improvisar otra solución. Mientras tanto, Kluge ofreció al Führer un almuerzo al que estaban invitados todos los oficiales del Estado Mayor de mayor rango. Schlabrendorff tuvo la oportunidad de ver de cerca a su presa. (…)

Durante el almuerzo, Tresckow se acercó al teniente coronel Heinz Brandt, uno de los oficiales del Estado Mayor de Hitler, y le pidió si podía llevar dos botellas de licor al coronel Helmuth Stieff, uno de sus amigos en el alto mando. Stieff era un oficial antinazi que se había vuelto contra el régimen como consecuencia de las matanzas de judíos polacos, pero que no estaba al corriente de la conspiración. Brandt aceptó. Schlabrendorff fue al teléfono y transmitió al capitán Gehre, su contacto en Berlín, la palabra clave “Blitz”. La cuenta atrás había empezado. Schlabrendorff escribió más tarde:

“Esperé hasta que Hitler se hubo despedido de los oficiales del Grupo de Ejércitos Centro y estaba a punto de subir al avión. Al mirar a Tresckow, leí en sus ojos la orden de seguir adelante. Con la ayuda de una llave, apreté fuerte sobre el detonador, armando de esta manera la bomba, y le entregué el paquete al coronel Brandt, que subió al avión poco después de Hitler. Unos minutos más tarde el avión de Hitler y el que llevaba a otros miembros de su séquito, escoltados por una serie de aviones de caza, emprendió el vuelo de regreso a Prusia Oriental. El destino debía seguir ahora su curso. Tresckow y yo regresamos a nuestro acuartelamiento, desde donde llamamos de nuevo a Gehre en Berlín y le dimos la segunda palabra clave, indicando que la Operación Blitz estaba en marcha”.

Hitler iba sentado en un compartimento blindado dentro del avión. Por la fuerza de sus experimentos, los conspiradores sabían que la explosión sería lo suficientemente fuerte para destrozar este cubículo, junto con el resto del avión. Tresckow y Schlabrendorff se sentaron junto a la radio y esperaron la noticia del derribo del avión en algún lugar por encima de Minsk.

Tresckow y Schlabrendorff sabían que debían matar a un solo criminal para salvar potencialmente a millones de personas, pero ¿qué pasaba con los oficiales inocentes que iban a morir con Hitler al estrellarse?

Mientras esperaban en tensión, se sintieron perturbados por remordimientos morales. Tresckow y Schlabrendorff sabían que debían matar a un solo criminal para salvar potencialmente a millones de personas, pero ¿qué pasaba con los oficiales inocentes que iban a morir con Hitler al estrellarse? Los dos habían llegado a la conclusión de que, teniendo en cuenta los crímenes horribles que se habían cometido en el este, ningún oficial alemán era inocente. Todos los que habían guardado silencio mientras eran masacrados judíos, rusos y polacos, e incluso los que habían protestado, pero habían seguido sirviendo, cargaban con la misma responsabilidad y por ello merecían la muerte. Y aunque estos hombres no fueran culpables, sus muertes eran necesarias. En palabras de Tresckow: “Para liberar Alemania y el mundo del mayor criminal de la historia, está permitido matar a unas pocas personas inocentes”. Pero no ocurrió nada, según explicó Schlabrendorff:

“Después de esperar más de dos horas, recibimos la noticia devastadora de que el avión de Hitler había aterrizado sin incidentes en el aeródromo de Rastenburg, en Prusia Oriental, y que Hitler había llegado sano y salvo al cuartel general. No podíamos imaginar qué había salido mal. Llamé inmediatamente a Gehre en Berlín y le di la palabra clave para el fracaso del asesinato. Más tarde, Tresckow y yo, asombrados y conmocionados por el golpe, hablamos sobre cuál debía ser el próximo movimiento. Nos encontrábamos en un estado de agitación indescriptible; el fracaso de nuestro atentado ya era bastante malo, pero la idea de lo que el descubrimiento de la bomba podría significar para nosotros y nuestros compañeros conspiradores, amigos y familias era infinitamente peor”.

A pesar de este contratiempo, Tresckow no se hundió en una depresión. Actuó con rapidez. Llamó al teniente coronel Brandt, que ya había llegado al cuartel general, y le dijo que se había cometido un error y que se habían enviado las botellas de licor equivocadas. Le pidió al teniente coronel que conservase el paquete hasta que pudieran entregar el Cointreau de verdad. Tresckow tenía que evitar que entregasen la bomba a Stieff, que no sabía nada del complot de asesinato. Schlabrendorff partió hacia el cuartel general del alto mando, entregó a Brandt dos botellas auténticas de Cointreau y reclamó el paquete original. Brandt, que no sabía nada del contenido mortal del paquete, movió el paquete de un lado a otro. Schlabrendorff, que hizo todo lo posible para ocultar su nerviosismo y sus temores, temió seriamente que se produjera una explosión accidental. Llevó el paquete a la estación de ferrocarriles, donde esperaba un expreso nocturno militar con destino a Berlín. Allí, Schlabrendorff entró en un coche cama, cerró la puerta y abrió el paquete con una cuchilla de afeitar. Retiró el envoltorio y realizó un descubrimiento sorprendente: “Pude ver que las condiciones del explosivo no habían cambiado. Desactivando cuidadosamente la bomba, retiré el detonador y lo examiné. La razón del fracaso quedó clara de inmediato: todo había funcionado como se esperaba excepto una pequeña parte. El frasco con el fluido corrosivo se había roto, el producto químico había corroído el muelle, el percutor se había soltado y había golpeado, pero el detonador no había actuado”.

Al parecer, el mal funcionamiento se debió a un defecto en la manufactura del explosivo y a las bajas temperaturas dentro del avión. Gersdorff, Tresckow y Schlabrendorff habían hecho todo lo que habían podido pero, como en esfuerzos anteriores de la resistencia, la fortuna había intervenido para salvar al Führer. Pronto decidieron intentarlo de nuevo.

***

Tresckow le preguntó a Gersdorff si estaba dispuesto a aprovechar la oportunidad para atacar a Hitler, al tiempo que a Himmler, Göring y Goebbels. Aparentemente, sería necesario que se hiciese saltar por los aires junto con Hitler.

El 21 de marzo estaba previsto que Hitler pronunciara un discurso durante la conmemoración oficial del día de los Héroes en Berlín. Tras el discurso, debía visitar la armería (Zeughaus), donde vería una exhibición de material de guerra ruso capturado. El departamento de inteligencia de Gersdorff había organizado la exhibición, y se suponía que debía guiar a Hitler a través de la muestra y explicarle los detalles. Tresckow le preguntó a Gersdorff si estaba dispuesto a aprovechar la oportunidad para atacar a Hitler, al tiempo que a Himmler, Göring y Goebbels. Aparentemente, sería necesario que se hiciese saltar por los aires junto con Hitler.

Gersdorff aceptó hacerlo, aunque sabía que probablemente significaba sacrificar su propia vida. Con un gran esfuerzo, Tresckow consiguió convencer al mariscal de campo Kluge para que no asistiera, porque se suponía que iba a ser una figura esencial en el golpe antinazi que seguiría al asesinato.

Gersdorff viajó a Berlín con el mariscal de campo Walter Model, uno de los más leales a Hitler. Un día antes del acontecimiento, los dos se reunieron con Schmundt, ayudante de Hitler. Model preguntó por la hora exacta prevista para la visita al museo, porque quería visitar a su esposa antes de regresar al frente. Al principio, Schmundt se negó a ello con el pretexto de que los procedimientos de seguridad prohibían que nadie lo supiese. Él, Schmundt, sería condenado a muerte si revelaba el secreto, según sus propias palabras. Model insistió y finalmente Schmundt cedió. Gersdorff escuchó atentamente. Después, Schmundt dijo que había comprobado la lista de invitados y que Gersdorff no figuraba en ella. La suerte estaba de nuevo al lado de los conspiradores; Model protestó vehementemente y afirmó que él no estaba versado en armamento ruso. ¿Qué ocurriría si Hitler le planteaba una pregunta que no podía responder? Pidió que Gersdorff le acompañase y respondiese a todas las preguntas técnicas del Führer. Schmundt aceptó y añadió a Gersdorff a la lista de invitados. Gersdorff escribió más tarde: “Pasé el 20 de marzo en la armería para examinar las posibilidades de un intento de asesinato. Había obreros trabajando por todas partes, en el patio del museo, donde debía celebrarse la ceremonia, y en las mismas salas de exposición. Se había erigido una tribuna para los oradores y un escenario para la orquesta filarmónica. Toda la zona estaba decorada con coronas de flores. Tropas de las SS y el SD se movían continuamente entre los trabajadores […] vigilando el lugar día y noche”.

Gersdorff llegó a la conclusión de que tendría que llevar la bomba sobre su persona y detonarla cuando estuviera al lado de Hitler, matándose junto con el dictador.

Gersdorff se dio cuenta de que no podía esconder la bomba en la sala de exhibición. Los procedimientos de seguridad eran demasiado exhaustivos, la sala era demasiado grande y no había manera de saber exactamente dónde estaría Hitler. Como alternativa, podía colocar la bomba en la tarima para los oradores en el exterior, pero, como pudo comprobar, estaba vigilada día y noche por las SS. Gersdorff llegó a la conclusión de que tendría que llevar la bomba sobre su persona y detonarla cuando estuviera al lado de Hitler, matándose junto con el dictador. A las diez de la noche, mientras estaba sentado en su habitación en el hotel Eden, inmerso en profundas reflexiones, Schlabrendorff llamó a la puerta y le entregó una bomba con un margen de diez minutos. Gersdorff recordaba:

“Llegué a la armería a última hora de la mañana del 21 de marzo […]. A las once de la mañana, empezaron a llegar oficiales y funcionarios del partido, pero no tenían ni idea de que la ceremonia no empezaría hasta la una de la tarde. Unos pocos conocidos intentaron hablar conmigo y debí de darles la impresión de ser un hombre distraído y pensativo […]. Tras la Séptima Sinfonía de Bruckner, Hitler empezó a hablar. Sólo lo escuché intermitentemente […]. Recuerdo que, a pesar de todas las previsiones optimistas sobre la situación militar, habló en términos místicos sobre ‘el ocaso de los dioses’. No sabía cuánto tiempo iba a hablar, de manera que no podía activar el detonador durante el discurso”.

Tras concluir el discurso, Hitler entró en la armería con Gersdorff, Göring, Himmler, Keitel, el mariscal de campo Bock y otros muchos oficiales. Gersdorff quiso hablarle al Führer de las piezas que se exhibían, pero Hitler no escuchó y empezó a caminar frenéticamente hacia la puerta. Cincuenta segundos después, la radio anunció, con un redoble de tambor, que Hitler había abandonado la armería y se disponía a pasar revista a la guardia de honor en la Tumba del Soldado Desconocido. Gersdorff contó más tarde a un historiador:

“Así se perdió una oportunidad única para el asesinato, porque el detonador necesitaba al menos diez minutos, si la temperatura era normal [y más tiempo si hacía frío]. Hitler salvó la vida por un cambio de último minuto, una estratagema típica de su sofisticado sistema de seguridad. Tresckow escuchó la transmisión radiofónica de la ceremonia en Smolensk con un cronómetro en la mano. Cuando oyó […] al locutor anunciado que [Hitler] había abandonado la armería, comprendió que no se había podido completar el plan”.

Gersdorff siguió activo en el movimiento de resistencia hasta el final, pero no se atrevió a organizar personalmente un nuevo intento de asesinato de Hitler. Tresckow también juró que seguiría adelante, pero los conspiradores continuaban teniendo la suerte en contra.

  • Las conspiraciones contra Hitler. Danny Orbach. Editorial Tusquets. Llegará a las librerías el 4 de septiembre.
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Puedes leer a continuación todos los Veranos de Avances Literarios Exclusivos WMagazín:

1- Álvaro Pombo: Retrato del vizconde en invierno (Destino- Incluye vídeo del autor leyendo).

2- Danny Orbach: Las conspiraciones contra Hitler (Tusquets).

 

2 comentarios

  1. Es bueno saber que no todos los alemanes estaban de acuerdo con la politica de Hitler..el mundo debe conocer este libro que narra las conspiraciones..para asi dejar de estigmatizar a toda una nacion

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