Detalle de ‘NOche de otoño’, de Winslow Homer. / GIF de Luis Manrique Rivas

Las mejores historias de amor homosexual y LGTB de todos los tiempos

Con motivo de la celebración Madrid Capital del Orgullo LGBT, WMagazín recuerda poemas y narraciones de amor no heterosexual de autores que van de Safo a Jamie O'Neill, pasando por Shakespeare, Whitman o Yourcenar

La contemplación, la tracción, el deseo, la pasión, los sentimientos y/o el amor entre personas del mismo sexo, tan connatural a la naturaleza humana, siempre se ha reflejado en la literatura de manera ambigua, secreta, temerosa o explícita. WMagazín ha hecho una selección de algunas de las mejores piezas literarias de grandes autores; justo en esta semana que Madrid (España) celebra la capitalidad del orgullo LGTB.

Narraciones y poemas que recorren, sobre todo, los laberintos de los sentimientos y las emociones de quienes los viven. Literatura más allá de la genitalización como suelen ser vistas y juzgadas las relaciones no heterosexuales, incluso por algunos que las defienden como un mero desfogue o curiosidad sexual, olvidando que el epicentro de todo son los sentimientos, al igual que en una relación heterosexual, ni más ni menos.

El formato de esta selección de WMagazín es sencillo, pero habla por sí solo: un pasaje de la narración o el poema.

Safo (siglos VI y V antes de Cristo)


de verdad que morir yo quiero
pues aquella llorando se fue de mí.

Y al marchar me decía: Ay, Safo,
qué terrible dolor el nuestro
que sin yo desearlo me voy de ti.

Pero yo contestaba entonces:
No me olvides y vete alegre
sabes bien el amor que por ti sentí,

y, si no, recordarte quiero,
por si acaso a olvidarlo llegas,
cuánto hermoso a las dos nos pasó y feliz:

las coronas de rosas tantas
y violetas también que tú
junto a mí te ponías después allí,

las guirnaldas que tú trenzabas
y que en torno a tu tierno cuello
enredabas haciendo con flores mil,

perfumado tu cuerpo luego
con aceite de nardo todo
y con leche y aceite del de jazmín.

recostada en el blando lecho,
delicada muchacha en flor,
al deseo dejabas tú ya salir.

Y ni fiesta jamás ni danza,
ni tampoco un sagrado bosque
al que tú no quisieras conmigo ir.

  • Safo. Traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal. Editorial Mondadori.

 

De mujer es el rostro que la Naturaleza, de William Shakespeare (1609)

De mujer es el rostro que la Naturaleza,
Oh, señor y señora de mi pasión, te ha dado;
Y de mujer el tierno corazón, sin flaqueza,
Ni a tornadizas modas de mujer habituado.
Un ojo más brillante, menos falso en su gesto,
Y que adora el objeto donde se posa encalma;
Un varón por tu aspecto, y a subyugar dispuesto
A los hombres los ojos y a las damas el alma.
Y para mujer fuiste tú primero creado;
Mas la Naturaleza vino con sus desmanes,
Y con sus adiciones en ti me ha defraudado,
Añadiendo una cosa que no sirve a mis planes.
Si para ser el gozo de la mujer te ha hecho,
Sé mi amor, y ellas usen tu amor en su provecho.

  • Sonetos. William Shakespeare. Traducción de William Ospina. Editorial Navona.

 

A veces, me lleno de rabia con el que amo, de Walt Whitman (1855-1892)

A veces, me lleno de rabia con el que amo, por miedo a profesar
un amor no correspondido,
pero ahora creo que no hay amor que no sea correspondido: la
retribución es segura, de un modo u otro
(amé a alguien con ardor, y mi amor no fue correspondido, pero gracias a eso he escrito estos cantos)

Oh, tú, al que a menudo me acerco en silencio, de Walt Whitman

Oh, tú, al que a menudo me acerco en silencio, allí donde estés,
para estar contigo,
cuando paso a tu lado, o me siento junto a ti, o me quedo en tu misma habitación,
qué poco te imaginas el fuego, eléctrico y sutil, que has desatado
en mi interior.

  • Hojas de hierba. De Cálamo. Walt Whitman. Traducción de Eduardo Moga. Galaxia Gutenberg.

De Profundis, de Oscar Wilde (1897)

Frafgmento:

Querido Bosie: Después de larga e infructuosa espera, he decidido escribirte yo, tanto por ti como por mí, pues no me gustaría pensar que he pasado dos largos años de prisión sin recibir de ti ni una sola línea, ni aun noticia ni mensaje que no me dieran dolor.

Nuestra infausta y lamentabilísima amistad ha acabado en ruina e infamia pública para mí, pero el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y la idea de que el aborrecimiento, la amargura y el desprecio ocupen para siempre ese lugar de mi corazón que en otro tiempo ocupó el amor me resulta muy triste; y tú mismo sentirás, creo, en tu corazón que escribirme cuando me consumo en la soledad de la vida de presidio es mejor que publicar mis cartas sin mi permiso o dedicarme poemas sin consultar, aunque el mundo no haya de saber nada de las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o indiferencia, que quieras enviarme en respuesta o apelación.

  • De profundis. Oscar Wilde. Traducción de María Luisa Balseiro (Siruela).

Muerte en Venecia, de Thomas Mann (1913)

Porque la Belleza, Fedro mío, y sólo ella, es a la vez visible y digna de ser amada: es, tenlo muy presente, la única forma de lo espiritual que podemos aprehender y tolerar con los sentidos. Pues, ¿qué sería de nosotros si las demás formas de lo divino, si la Razón, la Virtud o la Verdad quisieran revelarse a nuestros sentidos? ¿Acaso no pereceríamos y nos comunicaríamos de amor como Semele al contemplar a Zeus? La Belleza es, pues, el camino del hombre sensible hacia el espíritu… sólo el camino, un simple medio, mi pequeño Fedro… Y el taimado cortejador añadió luego su idea más refinada: que el amante es más divino que el amado, porque el dios habita en él y no en el otro… acaso el pensamiento más tierno y burlón jamás concebido por alguien, y del cual brotan toda picardía y la más misteriosa e íntima voluptuosidad del deseo.

Razón de dicha es para el escritor el pensamiento capaz de transmutarse, todo él, en pensamiento, y el sentimiento capaz de devenir, todo él, idea”.

Si el hombre pudiera decir lo que ama, de Luis Cernuda (1931)

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

  • De Los placeres prohibidos. Luis Cernuda.

 

 

Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers (1942)

Se hallaba en un estado de constante agitación reprimida. Su obsesión por el soldado le iba invadiendo como una enfermedad. Como el cáncer, cuando las células se rebelan y se multiplican con insidia y descontrol hasta destruir el cuerpo, los pensamientos acerca del soldado iban ocupando su mente de manera anormal.

(…)

Al pasar, el capitán miraba fijamente el rostro del soldado y disiminuía la velocidad de sus pasos. Suponía que el soldado ya se habría dado cuenta de que era él la causa de sus paseos. El capitán incluso se preguntó porque no lo evitaba yéndose a esa hora a otro lugar. El hecho de que el soldado aceptara esa rutina daba a sus encuentros cotidianos el sabor de una cita que lo llenaba de excitacón. Después de pasar junto al soldado tenía que contener el fuerte impulso de darse la vuelta, y a medida que se alejaba, su corazón se iba llenando de una nostalgia tan profunda que se sentía incapaz de dominarla.

Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima (1949)

En cuanto a mí, diré que sentía lo mismo que los demás chicos, aunque con importantes diferencias. Yo, y ello bastó para que me ruborizara de vergüenza, había notado una erección desde el instante en que había posado la vista en aquella abundancia de Omi. Llevaba yo unos pantalones ligeros de entretiempo, y temía que los restantes muchachos se dieran cuenta de lo que me había ocurrido. E incluso prescindiendo de ese temor, otra emoción, que no era exclusivamente la del puro goce, embargaba mi corazón. Allí estaba yo, contemplando aquel cuerpo desnudo que tanto había ansiado ver, y la impresión de verlo había desatado en mí una emoción que era exactamente opuesta a la alegría.

Eran celos.

Omi se dejó caer al suelo, con el aire de la persona que acaba de realizar una doble hazaña. Al oír el sordo golpe de sus pies contra el suelo, cerré los ojos y sacudí la cabeza. Luego me dije que había dejado de amar a Omi.

Fueron celos. Unos celos tan feroces que me inducían a renegar voluntariamente de mi amor por Omi.

  • Confesiones de una máscara. Yukio Mishima. Traducción de Andrés Bosch. Editorial Espasa.

Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar (1951)

Antinoo era griego; remonté en los recuerdos de aquella familia antigua y oscura hasta la época de los primeros colonos arcadios a orillas de la propóntida. (…) Sólo una vez he sido amo absoluto; y lo fui de un solo ser. (…) cuando considero esos años, creo encontrar en ellos la Edad de Oro. Todo era fácil; los esfuerzos de antaño se veían recompensados por una facilidad casi divina. La pasión colmada posee casi su inocencia, casi tan frágil como las otras; el resto de la belleza humana pasaba a ser espectáculo, no era ya la presa que yo había perseguido como cazador. Aquella aventura, tan trivial en su comienzo, enriquecía pero también simplificaba mi vida; le provenir ya no me importaba. (…)

Amor, el más sabio de los dioses… Antinoo había muerto. Lejos de haber amado con exceso, como Serviano lo estaría afirmando en ese momento en Roma, no había amado lo bastante para obligar al niño a que viviera.  (…) Si había esperado protegerme mediante su sacrificio, debió pensar que yo lo amaba muy poco para no darse cuenta de que el peor de los males era el de perderlo”.

  • Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar. Traducción de Julio Cortázar. Literatura Random House.

Carol, de Patricia Higsmith (1952)

A la luz de la lámpara, Therese distinguía todas las pecas de un lado de la cara de Carol. Las rubias, casi blancas, cejas de Carol se arqueaban como una ola a lo largo de la curva de su frente. Therese se sintió súbitamente extasiada y feliz.

—¿Qué canción sonaba antes, la de la voz y el piano?

—Tararéala.

Ella silbó un trozo y Carol sonrió.

Easy Living (Vida fácil) —dijo Carol—. Es muy antigua.

—Me gustará volverla a oír.

—A mí me gustaría que te fueras a la cama. Yo la pondré.

Carol fue a la habitación verde y se quedó allí mientras sonaba la canción. Therese se quedó de pie en la puerta de su habitación, escuchando, sonriendo.

… I’ll never regret… the years I’m giving… They’re easy to give, when you’re in love… I’m happy to do whatever I do fot you… (… Nunca lamentaré… los años que te estoy dando… Es fácil dar cuando estás enamorado… Soy feliz de hacer lo que hago por ti…)

Aquélla era su canción. Era todo lo que sentía por Carol. Fue al cuarto de baño antes de que se acabara y abrió el grifo de la bañera, se metió dentro y dejó que el agua verdosa cayera alrededor de sus pies.

—¡Eh! —la llamó Carol—. ¿Has estado alguna vez en Wyoming?

—No.

—Pues ya es hora de que conozcas los Estados Unidos.

 

 

 

Nadan dos chicos, de Jamie O’Neill (2001)

-Nos pedirán luchar por Irlanda, de eso estoy seguro.

-Pero ¿qué es Irlanda, para que quieras luchar por ella?

-Eso también lo sé. Es Doyler -dijo.

-¿Doyler es tu patria?

-Es una tontería, lo sé. Pero eso es lo que siento. Sé que Doyler tomará parte, ¿y dónde voy a estar sino tomando parte con él? No odio a los ingleses y no sé si amo a los irlandeses. Pero lo amo a él. Ahora estoy seguro. Y él es mi patria.

Scrotes, mi Scrotes, deberías estar aquí ahora.

El chico alzó la mirada por debajo de las pestañas. Tenía color en las mejillas.

-Creo que también es un poco la tuya, MacEme.

-¿La mía? Válgame Dios.

-Aunque supongo que no querrás que luche por ella. Pero no conozco a nadie más con quien podría hablar de estas cosas. Llegué a creer que estallaría con todas las palabras en la cabeza. Ahora ya las puedo decir. No sé, es como si compartiéramos un idioma. Eso está muy bien para la natación, pero es mejor para hablar. Tú también eres ahora parte de mi patria. MacEme.

…Continuará…

El azul es un color cálido, de Julie Maroh (2010)

Es una novela gráfica que cuenta la relación entre una estudiante joven y una universitaria de cabello azul. Se hizo mundialmente popular tras la adaptación al cine como La vida de Adèle, dirigida por Abdellatif Kechiche, que obtuvo la Palma de Oro.

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  • El azul es un color cálido, de Julie Maroh. Editorial Dibbuks

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