Las voces de Dunkerque que convirtieron la derrota en victoria

Joshua Levine reconstruye el infierno de las tropas aliadas en 1940 en la costa francesa. Es uno de los libros de la temporada que inspiró una de las películas del año rodada por Christopher Nolan. WMagazín publica en primicia pasajes de esa epopeya

En mayo de 1940 unos 300.000 soldados aliados estaban cercados por las tropas nazis en el puerto francés de Dunkerque. La dramática evacuación en barcos y embarcaciones pequeñas procedentes de Inglaterra terminaría convirtiendo este episodio en un “milagro”, como lo calificó Winston Churchill, y en el comienzo del triunfo de la Segunda Guerra Mundial, cinco años más tarde. Un desastre militar salvado por los civiles.

El escritor Joshua Levine entrevistó a docenas de supervivientes e hizo una larga investigación para reconstruir aquel episodio. Con una prosa sencilla y directa que mantiene la tensión del lector y lo traslada a esos momentos, el libro Dunkerque acaba de ser editado en España por HarperCollins Ibérica. La obra recrea aquellos dramáticos días de mayo desde el punto de vista militar y humano. Se detiene en detalles de cómo vieron, sintieron y qué pensaron los soldados en aquellos días. La narración empieza con las situaciones previas a la evacuación de Dunkerque y avanza lento dando elementos de la manera como los aliados son cercados por los nazis, viven el infierno de bombardeos en la playa hasta terminar con las embarcaciones cruzando el Canal de La Mancha.

No es la primera vez que Joshua Levine aborda el tema de una guerra mundial. Ya lo hizo en On Wing and a Prayer, sobre los pilotos de la Primera Guerra. Es el autor de la serie Forgotten Voices, y escribió una crónica sobre el conflicto del Norte de Irlanda, Beauty and Atrocity. Los siguientes son cuatro pasajes de su libro Dunkerque que inspiró la recién estrenada película homónima de Christopher Nolan, protagonizada por Tom Hardy, Mark Rylance, Kenneth Branagh y Harry Styles. Levine es uno de los asesores de la película y él mismo entrevistó a Nolan para su libro, cuyo resultado abre Dunkerque.

Los siguientes son algunos pasajes de Joshua Levine sobre su libro Dunkerque:

¿Por qué Hitler no finalizó el ataque?

El 24 de mayo, Hitler confirmó las órdenes previas de Von Rundstedt, pero por motivos distintos a los del general. Cuando Hermann Goering, comandante en jefe de la Luftwaffe, se enteró de que las fuerzas británicas estaban prácticamente rodeadas, vio en ello una oportunidad de conseguir la gloria, no solo para sí mismo, sino también para su fuerza aérea. Goering telefoneó a Hitler para implorarle que permitiera a la Luftwaffe acabar con la Fuerza Expedicionaria Británica. Gozaba de la confianza del Führer, eran aliados desde los primeros tiempos del Partido Nazi y sabía que Hitler desconfiaba de casi todos los generales de su ejército, que, pese a ser conservadores, no eran nazis de corazón. Goering le advirtió que, si los generales lograban la victoria final sobre los británicos, su prestigio entre el pueblo alemán sería tal que pondría en peligro la posición del Führer . Si, en cambio, era la Luftwaffe de Goering la que conseguía la victoria, sería un triunfo para Hitler y para el Nacionalsocialismo. Hitler estuvo de acuerdo, y acabó de convencerse de ello cuando, al visitar el cuartel general de Von Rundstedt a la mañana siguiente, descubrió que el Alto Mando del Ejército (compuesto por esos mismos generales de los que desconfiaba) acababa de ordenar que las divisiones Panzer quedaran fuera del control de Von Rundstedt. Enfurecido, revirtió la orden y confirmó la decisión anterior de Von Rundstedt de detener el avance de los acorazados. No permitiría que su autoridad y la de Von Rundstedt –en el que sí confiaba– fueran socavadas por hombres envidiosos y de dudosa lealtad. ¿Acaso no había autorizado la Blitzkrieg cuando sus generales se lo desaconsejaron encarecidamente? Pues ahora la detendría, aunque ellos estuvieran ansiosos por seguir avanzando.

Esto no era todo, sin embargo. Hitler estaba de acuerdo con Von Rundstedt en que las divisiones acorazadas debían agruparse y en que había que reservar los tanques para la batalla inminente contra los franceses. Le asustaba, como había observado previamente Franz Halder, su propio éxito. Pero además estaba convencido de que debía dar un escarmiento a sus generales. Y la orden de detener el avance sería ese escarmiento.

Se ha dicho a lo largo de los años que la principal motivación de Hitler para frenar a los Panzer era brindar a la BEF un “puente de plata” para que regresara sana y salva a Inglaterra. Dicho de otra manera, que estaba ansioso por dejar escapar a los británicos. Nadie lo afirmó con mayor insistencia que el propio Hitler después de que hubieran escapado la mayoría de las fuerzas británicas. El jefe de estado mayor de Von Rundstedt así lo afirmó también acabada la guerra. Ambos tenían sus motivos: Hitler necesitaba justificar su error de cálculo, y el ayuda de campo de Von Rundstedt excusar su actuación y la de su superior.

No hubo tal puente de plata. Se dice a veces que Hitler sentía un gran respeto por Gran Bretaña, que consideraba a los británicos sus iguales en un mundo poblado por razas inferiores, y que no ambicionaba su imperio. En definitiva, que no quería derrotarles, sino firmar un tratado de paz con ellos. Puede que en parte sea cierto, pero no cabe deducir de ello que Hitler dejara marchar a la BEE.

Fotograma de 'Dunkerque', de Christopher Nolan.

Cómo se enteraron los soldados

Los alemanes, mientras tanto, arrojaban hojas volanderas sobre las tropas aliadas instándolas a rendirse. La más común contenía un mapa sorprendentemente preciso en el que las tropas británicas aparecían rodeadas e iba acompañado por comentarios en inglés y francés. La leyenda en inglés rezaba:

¡Soldados británicos! ¡Mirad este mapa, que muestra vuestra verdadera situación! Vuestras tropas están completamente rodeadas. ¡Dejad de luchar! ¡Deponed las armas!

Había tantos folletos circulando que casi todos los soldados británicos recuerdan haberlos visto. Los alemanes los lanzaban en enormes cilindros, cada uno de ellos con doce mil quinientas hojas volanderas y sujetos con largos flejes metálicos. Las tripulaciones de la Luftwaffe cargaban los cilindros en los bombarderos utilizando las compuertas que daban salida a las bombas, como si cargaran explosivos. Al llegar a una altitud predeterminada, arrojaban los cilindros, que llevaban mechas preparadas para estallar a cierta altura, de modo que se rompieran los flejes. Entonces las hojas se dispersaban y caían al suelo separadas por doce o quince metros de distancia, en un radio de entre cinco y siete kilómetros cuadrados, aunque a veces caían más juntas. Los soldados británicos solían usarlas como papel higiénico, o como mapa para orientarse hacia Dunkerque, puesto que carecían casi por completo de planos oficiales.

Los alemanes eran muy conscientes de que los británicos trataban de escapar. Ya el 26 de mayo, apenas un día después de que lord Gort tomara su valerosa decisión, el diario de campaña del XIX Cuerpo mencionaba la evacuación de las tropas inglesas y advertía de que trataban de escapar hacia Dunkerque, cosa que había que impedir. Curiosamente, los franceses estaban menos al tanto que los alemanes de los planes de evacuación británicos.

Hasta el 28 de mayo, el general Blanchard, comandante del I Ejército francés, no fue informado oficialmente por las autoridades británicas de su intención de evacuar a sus tropas. El resentimiento soterrado que ha existido entre Francia e Inglaterra estos últimos setenta y siete años tiene su origen, en gran medida, en este presunto acto de deslealtad. Si bien es comprensible, cabe hacer dos salvedades. En primer lugar, la retirada y la evacuación constituían la única solución sensata, dadas las circunstancias. Al insistir en llevar a cabo su impracticable plan de atacar hacia

A menudo, sin embargo, los últimos en enterarse de la evacuación fueron los propios soldados británicos. Algunos no supieron por qué se retiraban casi hasta el final, y pensaron que tal vez fuera un castigo por su mal comportamiento, o quizá que su unidad necesitaba un descanso. Muchos ignoraban qué implicaba aquello incluso cuando los informaban de que iban camino de Dunkerque. Algunos, los más despistados, pensaban que Dunkerque estaba en Escocia.

El 27 de mayo, Anthony Rhodes, de los Reales Ingenieros, se quedó atónito cuando su coronel le informó de que su unidad iba a ser evacuada desde Dunkerque. “Vamos a intentar algo esencialmente británico”, le dijo el coronel. “Me apostaría algo a que solo a los británicos se les ocurre intentar algo tan descabellado”. No animó mucho a sus hombres cuando les explicó que todavía no se habían hecho planes para la evacuación y que iban a tener que jugársela.

Fotograma de 'Dunkerque'.

La llegada al infierno

Peter Hadley, entre tanto, llegó a un pueblecito situado unos kilómetros al este de Dunkerque. Desde allí divisó, justo delante de él, una franja azul. Dio el alto a sus hombres, les ordenó que se juntaran y los condujo en perfecto orden por espacio de unos centenares de metros. La escena que contemplaron al llegar a Bray-Dunes era sobrecogedora. Una playa de arena se extendía a derecha e izquierda, hasta muy lejos. Justo enfrente estaba el mar; detrás de la playa había dunas cubiertas de hierba, y sobre ellas se hallaban los hombres de la Fuerza Expedicionaria Británica.

Unos cuantos kilómetros al este se encontraba La Panne, la localidad costera en la que lord Gort estaba montando su nuevo (y último) cuartel general. El 30 de mayo, Frederic Wake-Walker, oficial de Marina del Hebe, un buque de Su Majestad, contemplaba la escena desde La Panne, en dirección oeste. Era, afirma: Una de las imágenes más sorprendentes y patéticas que he visto nunca. Los dieciséis kilómetros que medía la playa estaban cubiertos casi en su totalidad, desde las dunas a la orilla, por decenas de miles de hombres. Algunos estaban metidos hasta la rodilla o la cintura en el agua, esperando su turno para montar en aquellos penosos barquitos. Parecía imposible que pudiéramos llevarnos de allí siquiera a una parte de aquellos hombres.

Para que la evacuación tuviera alguna posibilidad de efectuarse, era necesario defender el perímetro en torno a Dunkerque y las playas, a fin de impedir que los alemanes aniquilaran a los soldados que habían llegado a través del corredor. La batalla no había terminado, ni mucho menos. Gort encargó la defensa del perímetro al teniente general sir Robert Adam, comandante del III Cuerpo de Ejército.

El perímetro tendría que ser lo bastante grande para proteger Dunkerque, las playas y la inmensa muchedumbre que se agolpaba en ellas. Además, tendría que tener amplitud suficiente para que los alemanes solo pudieran bombardear las playas con sus cañones más potentes. Y al mismo tiempo debía ser lo bastante reducido para que pudiera defenderlo un número limitado de tropas. Tendría, además, que aprovechar el curso de los canales, que constituían barreras defensivas ya existentes.

 

Fotograma de 'Dunkerque'.

Comienza la evacuación

Ese día, el capitán William Tennant, oficial jefe del estado mayor del Primer Lord del Mar, fue enviado a Dunkerque como comandante general naval. Experto en navegación y de carácter reservado, Tennant sería el responsable de organizar la distribución de las naves y el embarque de tropas, pero se encontró con una airada horda de soldados británicos dispuestos a cuestionar su autoridad. Vio soldados manchados de carmín y a un sargento borracho luciendo una boa de plumas.

En el Bastión 32, cuartel general del almirante Abrial, comandante de las fuerzas francesas en Dunkerque, Tennant se reunió con dos oficiales de alto rango del ejército y con un capitán de corbeta que le informaron de que el puerto estaba tan dañado y expuesto a los ataques de la aviación enemiga que no serviría para la Operación Dinamo. Las tropas tendrían que embarcar desde las playas. Asimismo, informaron a Tennant de que los alemanes tardarían entre veinticuatro y treinta y seis horas en llegar a Dunkerque. Ante la imposibilidad de que los navíos de gran tamaño se acercaran a la orilla, y faltando casi por completo embarcaciones pequeñas para trasladar a los hombres desde las playas a los buques, la labor de Tennant resultaba aparentemente imposible. El objetivo que se había marcado Churchill (rescatar a treinta mil soldados) parecía una quimera.

Desde el Bastión 32, Tennant comenzó a enviar mensajes por radio al castillo de Dover, donde se encontraba Ramsay. Pidió que todas las embarcaciones disponibles fueran despachadas de inmediato hacia las playas. Desde la Sala Dinamo, se ordenó cambiar de rumbo a todos los navíos que en ese momento se dirigían hacia el puerto de Dunkerque. Entre tanto, los oficiales al mando de Tennant comenzaron a reunir a los soldados que se habían refugiado en los sótanos en torno al puerto y a enviarlos a las playas. Uno de ellos era Anthony Rhodes. Para entonces, los ataques aéreos se sucedían cada media hora y, aparte de una breve e infructuosa salida en busca de otro refugio más alejado del centro de la ciudad, Rhodes había pasado todo el día escondido en su sótano. Había llegado a la conclusión de que era demasiado peligroso salir a la calle. Esa tarde, sin embargo, oyó que alguien gritaba: «¡Oficiales!». Al salir para ver qué pasaba, le informaron de que no se harían más evacuaciones desde el puerto y le indicaron amablemente que reuniera a todos los hombres que pudiera y los acompañara a las playas. Así fue como Rhodes –al igual que casi todo el mundo en Dunkerque– se encaminó hacia el este.

La serpiente de tropas resultante fue, cómo no, atacada desde el aire. Cuando empezaron a caer bombas, Rhodes se tiró al suelo boca abajo. Y cuando el avión enemigo volvió para rematar a los supervivientes ametrallándolos, se tumbó de nuevo y vio que dos hombres que habían permanecido de pie para disparar una Bren acababan cosidos a balazos. Al acabar el ataque, Rhodes siguió avanzando hacia las playas. Una vez allí, miró a lo lejos y quedó impresionado al ver a tantos miles de hombres reunidos en un solo lugar: unos con la mirada perdida, otros comiendo, otros durmiendo, y todos ellos esperando el siguiente barco o el próximo ataque aéreo.

La escasez de pequeñas embarcaciones fue un problema desde el comienzo de la evacuación. Hasta el 30 de mayo no empezaron a llegar en número significativo. Hasta entonces, hubo que usar los botes salvavidas y las lanchas de los buques más grandes. Y hasta cuando había embarcaciones disponibles, las cosas se complicaban. Cuando el mar estaba revuelto, a los soldados les resultaba muy difícil subir a ellas desde la orilla.

Un comentario

  1. Es impresionante ver la película bien montada en un escenario muy parecido al que se refiere en la lectura, los personajes de la película encarnan con veracidad su papel. Lo más importante es que esta cinta nos ilustra para conocer más acerca de los horrores de la guerra y sus consecuencias, el valor de los civiles de involucrarse en alta mar para ayudar a los soldados ingleses a huir de Dunkerque y convertir la derrota en victoria…me gusta la forma como se aborda la temática y como valor universal de conocer lo acontecido en la II guerra mundial.

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