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El trinitense Aldwyn Roberts (1922-2000), más conocido como Lord Kitchener, icono musical del calipso. /WMagazín

Lord Kitchener, cuando el rey de la música calipso reinó en el mundo

¿Quién no se alegra cuando escucha los sonidos del calipso? En Trinidad y Tobago nació y vivió uno de sus mayores exponentes: Aldwyn Roberts. Hace 75 años empezó su conquista universal. WMagazín publica un pasaje de la biografía de un icono musical

Presentación WMagazín El calipso es una de las músicas que más transmite alegría, buenas vibraciones y sensaciones suaves de reencuentro con el vivir y disfrutar. Y uno de los responsables de esa sintonía es Aldwyn Roberts (1922-2000), más conocido como Lord Kitchener o simplemente Kitch. Una biografía sobre «el gran maestro de la música calipso» lo muestra en su lado más humano y como creador nato. «El calipso, más que una música, es una forma de mirar la vida. El universo de los calipsonianos es fascinante y va mucho más allá de los famosos carnavales caribeños: el calipso original fue una herramienta de denuncia social y el ritmo de sus tambores metálicos una forma de resistencia e insumisión colonial», recuerda la editorial Entre ambos que edita el libro en España.

WMagazín publica un pasaje de Kitch. Una biografía de ficción de un icono del calipso, de Anthony Joseph con traducción de Ben Clark. Es una narrativa ágil, alegre, dinámica y chispeante como el mismo calipso. Se trata del momento en que Aldwyn Roberts llega a Puerto España, en Trinidad y Tobago, y empieza su salto definitivo y que terminará en que ese ritmo conquistará al mundo. Este icono de la música caribeña nació en una familia pobre de Arima, vivió una temporada en un burdel y deslumbró a todos con su música desde muy joven. Sus canciones sonaron y suenan en todo el mundo ya sean cantadas o interpretadas por él mismo o por otros artistas.

Anthony Joseph (Puerto España, Trinidad y Tobago, 1966) es profesor en la Universidad De Montfort de Leicester. Ha publicado cuatro poemarios: Desafinado, Teragaton, Bird Head Son y Rubber Orchestras, y las novelas The African Origins of UFOs y The Frequency of Magic. Como músico ha publicado varios álbumes.

Hace 75 años, en 1945, el calipso empezó su conquista en el mundo impulsada por el talento de Lord Kitchener. Fue cuando de su pueblo Arima llegó a Puerto España y el caribe empezó a soñarse a otro ritmo. Te dejamos con su historia:

Lord Kitchener y un remix de sus canciones.

'Kitch. Una biografía de ficción de un icono del calipso'

Por  Anthony Joseph

Todo el mundo conoce a Kitch, pero pocos conocen a Bean. El nombre se lo puso su hermana, porque de niño era muy alto y espigado. Solía llamarle String Bean, judía verde en inglés, o sólo Bean. Luego, hubo gente de su pueblo, de Arima, que empezó a llamarle Bean Pamp, porque Daddy Pamp era el nombre de su difunto padre. Yo le llamaba así, a veces, sin levantar mucho la voz, y él se reía porque sabía que ese nombre venía de lejos, el nombre Bean. Pero nunca abusé de aquel nombre ni se lo dejé saber a los demás»: Russell Henderson

 

1941: Gaston Aubrey

La primera vez que vi a Kitchener fue en Arima.

Mi banda y yo solíamos tocar mucho en Arima. Había una sala de baile encima de la lavandería portuguesa, junto al viejo hipódromo, donde celebraban bodas y bautizos. Allí tocaba el piano junto a los Castilians, la banda de Bertie Francis. Tocábamos un poco de Count Basie, de Glen Miller, calipso… Y, después de tocar, salíamos en busca de un restaurante chino, de algo para empapar el alcohol, o nos íbamos con las mujeres que beben junto al mercado.

Cerca de donde está el reloj había un sastre y, a veces, si pasabas por allí de día, igual podías encontrarte a Kitch. Iba siempre bien vestido y era muy alto, un chico bien plantado de piel marrón, siempre con la camisa abierta y con corbata, y siempre cantando calipsos.

La primera canción que recuerdo haberle oído a Kitchener fue «Green Fig». Le vi interpretar esta canción en Arima, una noche de carnaval. Se colocó bajo el reloj y la luz de una farola, y se puso a cantar y la gente empezó a rodearlo.

—Mary I am tired and disgust, doh boil no more fig for me breakfast.

La gente gritaba «¡Kaiso! ¡Kaiso!», así que cantó el siguiente verso.

Y cuando terminó me dijo:

—Gus, creo que voy a ir a la ciudad. Creo que voy a ir a Puerto España para de-de-de-demostrar quién soy. Arima no mmm-me ofrece nada ya.

Lo miré y dije:

—Bean, la ciudad no es fácil, ¿crees que estás listo para la ciudad?

Entonces todavía no era Kitchener, era Bean.

—Sí, estoy listo —contestó.
—Pues si necesitas un pianista —le dije—, pregunta por mí cuando llegues, vivo en la calle Belmont Valley Road.

Y ocurrió que ese hombre llegó a la ciudad y subió por Belmont y me vino a buscar. Y así empezamos a hacer música, a partir de ahí, y tocamos muchos años juntos.

Eugene Warren, 1943

(…)

En Frederick Street había un solar donde algunos iban a pasar el rato, a escuchar a esos viejos bardos cantar. Una vez vi a Kitch allí, estaba apoyado en un tamarindo, con un pie en el tronco, y rasgaba las cuerdas de su guitarra de caja de cigarros. Estaba componiendo «Tie Tongue Mopsy», allí mismo, en medio del polvo que soplaba sobre la sabana. Si te lo encontrabas así, y te gustaba lo que escuchabas, quizá le dabas unas monedas. Kitch no tenía mucha calle, no te la jugaba, no te robaba, lo único que le importaba era el calipso: daba igual que hiciera sol o que lloviera, con el estómago lleno o vacío, hacía su kaiso.

Cuando vino a Puerto España, todo el mundo decía: este tío es de Arima, es el campeón de Arima, es el tío de «Green Fig» y, cuando lo escucharon, todo el mundo dijo: «Vaya, este tipo es un genio». Sus letras y las cosas que hacía en sus calipsos eran increíbles. Y su forma de rimar era como una historia, cada verso era diferente, contaba una historia. Y sus palabras, su dicción y la forma que tenía de fundirlo todo con su historia era increíble, ¿sabes? Allá donde vieras a Kitch, me verías a mí, donde iba él, allí iba yo. Cuando componía un calipso, incluso antes de que se lo aprendiera él, ¡yo ya me lo había aprendido! Porque tenía buena memoria. Se ponía a cantar y decía: «Esta es nueva», y tocaba la guitarra y la tarareaba debajo del árbol grande en el Harpe. Me la cantaba y en cuestión de minutos yo la había memorizado; la tenía preparada y así cantaba una nueva de Kitch. Cuando empecé a cantar calipso, me puse como nombre el Joven Kitch. Estábamos muy unidos. Vivió en el patio de mi madre en La Cour Harpe durante un tiempo.

En aquella época no tenía nada, eran tiempos duros. Mi madre tenía en el patio un horno, un horno de adobe, y durmió allí durante una temporada, allí mismo, encima del horno»: Leonard «el Joven Kitch» Joseph

Fiebre

Juerga en East Dry River: noche del Día de la Victoria en Europa, 8 de mayo de 1945

(…)

Más allá de la reja arqueada que separa el patio de los barracones de Observatory Street, zumban los motores, chillan las bocinas, tintinean las botellas y las cucharas, un hombre raspa el güiro, otro toca el clarín y un coro de silbidos y de voces se eleva a medida que la marcha por la victoria se acerca a la verja del Harpe.

Un joven con un traje verde como la hierba y un sombrero de paja entra al patio con su séquito. Es el solista. Lleva colgada una guitarra y sus manos, como alas, rasgan las cuerdas por encima de la boca, pero cuesta oír el sonido entre tanta algarabía. Es alto y camina como podrían caminar unas tijeras, con zancadas largas, con la cabeza echada hacia atrás. Repiquetea, rasga, toca acordes hasta que la cuerda de si se rompe y queda colgada, pero no importa, él sigue sonriendo y cantando y cada vez hay más gente escuchándole. Canta canciones populares porque se le han agotado ya los calipsos.

Sergeant gimme de day today.

Oh, Monday, Tuesday eh’nough!
Sergeant gimme de day today.
Y cuando la multitud termina con esa estrofa, canta la
siguiente:
Me one alone on the ocean,
me one alone.
Murder, fire, blood in the gutter!
Me one alone…

(Sargento, deme el día libre hoy. / ¡Oh, el lunes o el martes me
bastan! / Sargento, deme el día libre hoy. / Estoy solo en el océano, / solo
estoy. / ¡Asesinatos, fuego, sangre en el sumidero! / Solo estoy…)

Trae cantos de llamada y respuesta, canciones de carnaval dominicanas, trae canciones de lucha que podrían incendiar el humo. Había salido de la carpa sólo para comprar unos frutos secos, y de pronto escuchó la corneta y alguien que decía: «Se acabó la guerra». Reunió a los calipsonianos y se pusieron a desfilar por la ciudad. La gente se asomaba a las ventanas, tocaban las bocinas de los todoterrenos, y a lo lejos sonaba una campana. Caminaron juntos hasta cruzar el puente para entrar a La Cour Harpe. Él los guiaba, el solista, él lideraba el ataque.

Ahora llegan al Harpe, los muchachos echan mano de tapacubos y tuberías, golpean cualquier cosa para convocar a los tambores de las colinas, de las canteras alejadas, donde la gente practica su religión de forma clandestina. El líder, en el centro del revuelo, se olvida de sí mismo y se escapa de su propia piel. Es un canal, por su cuerpo pasan los ríos.

—¡Kitchener! —dice la señorita Daphne.
—¿Quién es Kitchener? —pregunta el señor Jaja—, ¿no será el chico aquel de pueblo, el que tiene los dientes de caballo y que dormía encima del horno de la señora Holder?

—Sí —responde la señorita Daphne—, ese mismo. Antes lo llamaban el campeón de Arima.

—¡Ajá! —ríe el señor Jaja—, así que es él al que llaman Lord Kitchener.
—Es muy bueno, ¿sabe? ¿No lo ha visto cantar nunca en la carpa?
—¿Yo? ¿En una carpa? —exclama el señor Jaja—, ¿cuándo me ha visto usted en una carpa de calipso? Las carpas de calipso no son para mí. Pero he oído a la gente hablar de este Kitchener de Arima, y de cómo canta. Dicen que compone muy bien.

A Ignatius Jaja, un poco achispado por el ron, se le empieza a soltar la lengua:

—¿Yo? No estoy yo para esos sitios, la verdad. Las carpas no son para mí. Una vez fui a una carpa, una vez me dejé llevar por esos muchachos… un calipso, si tiene buenas letras… está muy bien, pero si no, entonces… no, no.

La voluptuosa Bobulups está allí, entre los hombres, baila y se menea, su corpiño cabalga sobre su tripa, levanta las manos por encima de la cabeza. Viene con el grupo de los cantantes, se juntó con el tumulto en el centro, donde estaba atendiendo a clientes.

Daphne llama a Bobulups:

—Oye, nena, ¿pasas de largo sin saludar? ¡Ay! ¿Y de dónde has sacado a esos hombres tan guapos? Bobulups ríe y grita por encima del alboroto:
—¡Lo que hay que ver, Daphne! Con el hombre que tienes al lado y andas mirando al mío.

Se ríen con orgullo y descaro, echan las cabezas hacia atrás y bailan con las manos puestas en los hombros de la otra. Bobulups dice:

—Chica, dame ron. ¿Te lo estás quedando todo para ti o qué?

Le quita a Daphne el vaso de la mano y se bebe el ron de un trago. Quiere más, pero sucumbe a las vibraciones y se ve arrastrada por la banda de acero, y por sus ganas de engatusar a más hombres, impúdica y lenguaraz.

El señor Jaja regresa a su cuarto. Piensa en rezar, pero el ron le dice que Dios no está mirando. Así que se echa boca abajo sobre su cama de viudo con toda su ropa buena puesta y se duerme. La banda de acero se une a la marcha por la victoria y empieza a salir del patio del Harpe rumbo a Observatory Street, cada hombre golpea y acarrea la dulce carga de su instrumento, arrastrando los pies por el suelo. Hay hombres con el torso desnudo y brillante; los hay que no quieren saltar, pero saltan, y Kitchener allí, en el medio, con ellos.

¡Keeech!
¡Keeech!

Las mujeres le señalan con los labios fruncidos.

Se gira y las alumbra con su sonrisa, sacude la cabeza y ríe como si dijera: «Estas mujeres están locas». Pero cuando le llaman, se acerca para estar junto a ellas en la acera, tartamudo y encantador, consciente ya de su valía como calipsoniano en esta colonia. A ellas les gusta cuando se toca el borde del sombrero, su manera de adelantar una pierna cuando está de pie, lo afiladísima que es la costura de su pantalón. Se preguntan cómo sobrevive, día tras día, sin comer otra cosa que bacalao y frutos secos, sin beber otra cosa que infusiones. Se preguntan cómo es que siempre se le ve afeitado y acicalado, cómo puede oler siempre a limpio y aparecer siempre con traje, alfiler de corbata y chaleco. Pero nadie le interroga a él. A él simplemente se le ve vivo.

En el patio, Kitch no busca problemas. Se limita a decir: «Buenos días, señor Jaja… Sí señor, buenos días, señor Henry, señorita Yvonne, buenos días… Señorita Daphne, buenos días, ¿cómo está usted?». Y así va de aquí para allá, silbando por el río seco, como si tuviera una hoja de hierba entre los dientes. Pero si te lo encuentras debajo del gran tamarindo, rasgando la guitarra y apretando la mandíbula para componer su calipso, no digas ni una palabra, o rechistará y se enfadará.

La pequeña banda de acero llega hasta la esquina de la calle Basilon y se detiene para tocar dos o tres canciones. Pero no son canciones, es puro ritmo. Se forma un tumulto a su alrededor como si fuera la fiesta del comienzo del carnaval. Y, en el corazón de la juerga, Kitchener. El capitán de la banda, Sheriff, tiene una cicatriz en medio de la frente. Hace sonar un silbato y la banda se da la vuelta para regresar a casa. Brilla la luna en los ojos y a lo lejos se escucha el ulular de las sirenas. El gobernador ha prohibido los tambores, sobre todo por la noche. Así que tienen que volver a meterse en el Harpe, por muy victoriosa que sea la jornada.

La gente se vuelve a reunir con la banda en el patio, y sus bailes levantan el polvo del suelo seco. Los niños descalzos corretean entre los cuerpos, jugando al pillapilla en las inmundas zonas embarradas que hay entre las letrinas. Juegan al escondite detrás del patio, eufóricos por estar despiertos tan tarde. Cuando la banda de acero se aplaca y reduce la intensidad de la música, llega The Mighty Spoiler, que viene de vomitar sobre la tierra yerma. Está fresco y listo para tomar más ron. Empieza a cantar canciones de llamada y respuesta con Kitch. Doblan las rodillas y bailan con el cuerpo muy suelto, abren sus gargantas y cantan. Bobulups ondea la bandera que representa la banda de acero Bar 20 como si fuera un pañuelo. Se inclina hacia adelante con el culo en pompa, clava los talones en la tierra y canta junto a Kitchener y Spoiler. La canción de respuesta dice:

Oh Lord, glorious morning come,

Ambakaila!

Oh Lord, the glorious morning come,

Ambakaila!

(Oh, Señor, ha llegado la mañana gloriosa, / ¡en la batalla! / Oh,
Señor, ha llegado la mañana gloriosa, / ¡En la batalla!)

Cantan eso hasta el amanecer.

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