Los amigos verdaderos nacen en el verano de Nickolas Butler

'El corazón de los hombres' es la nueva novela del autor de 'Canciones de amor a quemarropa'. Una historia sobre la fuerza de la amistad de dos niños en medio de las persecusiones escolares

Presentación WMagazín: En las vacaciones infantiles y juveniles el mundo se ensancha y los nuevos amigos tienen mucho que ver. Nickolas Butler explora este episodio con profundidad y delicadeza a través de dos personajes infantiles entrañables, y luego adultos en la novela El corazón de los hombres (Libros del Asteroide). El escritor estadounidense retrata la vida de Nelson desde su campamento de verano de 1962. Allí forjará una amistad especial porque las cualidades del niño de 13 años lo alejan del grupo y hace que sus compañeros abusen de él. Solo Jonathan, el más popular de los muchachos, lo defenderá y brindará su amistad.

“Una novela inolvidable sobre las recompensas y dificultades de las grandes amistades a través de tres generaciones de hombres valientes e imperfectos. Hombres que se enfrentan a sus flaquezas en ese territorio, no siempre bien delimitado, que separa lo heroico de lo cobarde, el bien del mal, la fidelidad de la traición”, explica la editorial sobre El corazón de los hombres. Fue finalista del PremioMédicis de novela extranjera en 2016.

El nombre de Nickolas Butler empezó a ser reconocido y tenido en cuenta por la crítica y los lectores con su novela Canciones de amor a quemarropa (Libros del Asteroide). También es autor del libro de cuentos Beneath the Bonfire. Con el comienzo de esta novela inolvidable que llegará a las librerías el 25 de septiembre los deja WMagazín:
El escritor estadounidense Nickolas Butler.

El corazón de los hombres, de Nickolas Butler

Al Corneta no le hace falta despertador. En la cerrada oscuridad de moho y lona, sus manitas buscan a tientas las cerillas, raspan la punta sulfurosa de una contra la caja, la cerilla prende y arde, y, por fin, el farol, con su dorada luz de queroseno, la mecha, que quema como un pulmón ardiente. Bosteza; se quita el sueño de los ojos a restregones. Con esta luz nueva,  busca las gafas y las encuentra, y ahora distingue los detalles de la tienda, sus sombras, sus cosas. Un búho ulula desde la copa de un arce cercano mientras el chico abre los faldones de la tienda y se estremece en el frío que precede al alba. Sus pies descalzos avanzan ligeros sobre esa tierra del campamento que tantos han pisado ya. Se baja los calzoncillos blancos y, temblando, proyecta un arco de pis sobre las frondas grandes y tolerantes de los helechos ocultos. Es un sonido agradable. Como el de la lluvia que rebota en un toldo de lona. Y vuelve a meterse en la tienda, que ahora, con la llama del Coleman, está mucho más calentita. Hasta el alba, una carrera.

Nelson, el menor de una tropa de treinta, duerme solo. Tiene sus pertenencias pulcramente organizadas en montones: calcetines, ropa interior, libros. Camisas y pantalones cuelgan de una cuerda que ha dispuesto siguiendo la varilla central de la tienda. Por las mañanas se alegra de su soledad, pero de noche el campamento y el bosque bullen con los murmullos graves y las risitas agudas de los chicos y sus conversaciones nocturnas, y le recuerdan lo solo que está. Es el quinto verano que pasa en el campamento Chippewa y el segundo que duerme solo en la tienda. A veces, a medianoche, sale a hurtadillas a contemplar el kabuki que escenifican las linternas de otros chicos, a oír el ruido de páginas de cómics al pasar y el crepitar de papeles de caramelos, y a oler sus cigarrillos de contrabando. Su padre se ofreció a regañadientes a compartir tienda, pero tanto padre como hijo vieron en ese gesto, en última instancia, algo embarazoso. No, lo mejor para Nelson sería quedarse solo. Tal vez en algún momento de la semana le asignaran un compañero de tienda, algún otro scout de los pequeños que echara mucho de menos a su familia o a quien sus compañeros le hicieran el vacío y necesitara refugio. Algún chico que hubiera mojado el saco de dormir sin querer. Nelson estaría listo. Listo para agrupar sus pertenencias a un lado de la tienda, listo para montar otro catre, listo para ser: servicial, simpático, educado, amable y alegre.

Y entonces sopla y vuelve a soplar hasta que por fin asoman lenguas de fuego, llamas pequeñas como los pétalos de una primigenia orquídea nocturna.

Ahora sale de la tienda con un cesto de corteza de abedul, se dirige al círculo de piedras negras chamuscadas de la fogata del campamento. Deja atrás tiendas de paredes de lona que parecen ondularse con los ronquidos y los ruidos de los sueños que escapan a la noche. Allá en lo alto, la Vía Láctea se derrama sobre las copas de los árboles en bolsas diminutas, centelleantes y púrpuras como amatistas o de un azul tan pálido como el corazón de un glaciar. Se agacha al lado del círculo de piedras, acerca las manitas a las brasas de la noche anterior. El calor residual que se eleva hacia sus manos le calienta las blandas yemas de los dedos. Se arrodilla y, acercándose a las piedras, empieza a soplar las ascuas con pulmones que la corneta tiene ya bien acostumbrados. Tras un par de minutos de pacientes soplidos, el fuego empieza a desprender un adormecido resplandor rojo. Saca del cesto una bola de hierba seca y unas piñas, y dispone la yesca sobre las brasas. Y entonces sopla y vuelve a soplar hasta que por fin asoman lenguas de fuego, llamas pequeñas como los pétalos de una primigenia orquídea nocturna. La yesca prende, y ahora las manos vuelven al cesto a por más ramitas, más piñas. El fuego brinca cada vez más alto.

Se levanta, desentumecido y despierto, y se dispone a armar un tipi de fuego con palos más grandes, hasta que la hoguera crepita y ahuyenta la oscuridad, la ahuyenta hacia el techo del bosque, donde el búho se aleja entre suaves aleteos, lejos de las chispas que revolotean y del cono de fuego que asciende hacia el cielo del alba. Ahora Nelson se dirige a la mesa de pícnic y encuentra la tetera mugrienta llena de cenizas y creosota. La agita y no oye nada. Vuelve a su tienda y regresa al fuego, que ya crepita, con una cantimplora pesada. Llena la tetera y la pone a hervir en la parrilla. Se permite por fin soltar aire. Encender fuegos siempre se le ha dado bien.

Nelson no tiene amigos. No tiene a nadie aquí, en el campamento Chippewa, y tampoco donde vive, en Eau Claire, en el barrio o en el colegio. Entiende que el asunto tendrá algo que ver con su banda, tan llena de insignias al mérito: veintisiete hasta la fecha, que le confieren el rango de Estrella. No es que ganarse insignias esté mal visto, pero la velocidad y la determinación con las que ha añadido peso a su banda parece envidiable y hasta lamentable. Es posible que su falta de popularidad también tenga algo que ver con sus gafas, aunque también podría deberse a su incapacidad de driblar con una pelota de baloncesto o lanzar un pase de espiral con una de fútbol o, peor aún, al reflejo casi automático con que se le dispara el brazo para ofrecerse a responder una pregunta en clase. A Nelson le gusta el colegio; le encanta, se desvive por ganarse la aprobación de sus profesores, por ese gesto de sorpresa que les asoma en la cara cuando expone algún oscuro dato histórico relacionado con nuestro sistema legal, por ejemplo, o los elementos más raros de la tabla periódica. Nelson no lo identifica, no consigue aislar ese rasgo en su personalidad, en su ser, que, de poder cambiar, le reportaría más amigos. Pero cuánto le gustaría lograrlo. Desea que sus mañanas y sus tardes no se limiten a un deambular por los pasillos o a interminables partidas de solitario en unas mesas de la cantina que, por lo demás, siempre están desiertas. Aunque puede que él sea así y punto, claro está, y a veces, cuando se envalentona, se regodea y todo con esa idea, se ve como un lobo sin manada, vagando libre, una solitaria criatura del bosque.

  • El corazón de los hombres. Nickolas Butler. Traducción del inglés de Marta Alcaraz. Editorial Libros del Asteroide. La novela llegará a librerías el 25 de septiembre.

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