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Detalle de un sello colombiano sobre la novela ‘María’ (1867), de Isaacs.

‘María’, germen de la literatura colombiana y prueba de fuego para los jóvenes

La obra de Jorge Isaacs, una de las cumbres del Romanticismo, es desmontada con sus pros y sus contras. El escritor Pablo Montoya analiza este clásico decimonónico más allá de los amores desdichados y ofrece una mirada novedosa del amor, el erotismo, la política y la literatura

Presentación WMagazín Muchos y diferentes artículos se han publicado entre 2017 y 2018 con motivo de los 150 años de la novela María (1867) del colombiano Jorge Isaacs (1837-1895). Considerada la obra más importante de Romanticismo Hispanoamericano, María, que narra los amores desdichados de dos primos en una exploración del mundo interior con el trasfondo de la Colombia de guerras civiles de mediados del siglo XIX, ha sido objeto de múltiples análisis a favor y en contra. WMagazín publica uno de los textos más interesantes de la novela escrito por Pablo Montoya para el prólogo de la edición de Loqueleo dirigida a los jóvenes, a las nuevas generaciones dando elementos valiosos para su interpretación a los ojos del siglo XXI y las nuevas sensibilidades.

Si hace un año abrimos nuestro homenaje a María con un artículo de la escritora Consuelo Triviño Anzola, hoy lo cerramos con el análisis de Pablo Montoya sobre una de las obras cumbre del Romanticismo. El autor disecciona lo que para unos es una obra fundamental y germen de la literatura colombiana y para otros “no es más que un melodrama insípido”.

María, o cómo desacralizarse y convertirse en un clásico

Por Pablo Montoya

Con María, una de las grandes novelas latinoamericanas y la más importante del siglo XIX colombiano, sucede algo particular. Se dice que es un clásico y, por lo tanto, su lectura ha de ser obligatoria. Pero, de inmediato, aparecen los obstáculos que espantan el interés de los nuevos lectores. Aquellos son aspectos que tienen que ver con su recepción literaria, es decir, de cómo se ha leído y entendido esta novela desde su publicación hasta nuestros días.

Se sigue pensando que María es una novela para llorar. Lágrimas van y lágrimas vienen desde la advertencia A los hermanos de Efraín, con que inicia la obra, hasta su fúnebre escena final. José María Vergara y Vergara, uno de los mentores del joven Isaacs en Bogotá, señalaba esta esencia lagrimosa: “Las mujeres lo han recibido (se refiere a María) con emoción profunda, han llorado sobre sus páginas, y el llanto de la mujer es verdaderamente el laurel de la gloria”. Según Vergara y Vergara son las mujeres las que popularizan los libros bellos y esto fue suficiente para que la primera y única novela de Jorge Isaacs estuviese asociada con la imagen romántica de una fémina con el libro en una mano y el pañuelo en la otra.

Germán Arciniegas, por su parte, dice que todo el siglo XIX latinoamericano, ese siglo sangriento y pueril, y en donde están las bases de nuestro escandaloso y sentimental nacionalismo, lloró con la historia de estos enamorados colombianos, quizás los más emblemáticos de nuestra historia. Y si el llanto fue el toque encantador de María, para una buena parte de los lectores de entonces y de después, para otros serviría de argumento para afirmar que la novela no es más que una melosería insípida o una tontería de época con un telón de fondo geográfico ciertamente interesante.

Con todo, esto de llorar tanto en una historia de amor en donde no hay ni siquiera un beso en la boca de los amantes es como una exageración. De ahí que la novela de Isaacs, para estos nuevos lectores, pueda resultar monótona en su sensibilidad exacerbada. Y es que María, como lo señaló Antonio Curcio Altamar, narra una pasión desde un punto de vista ensoñador, dejándose a un lado los otros elementos. Sin embargo, el siglo XXI, a pesar de lo que se dice de él y de sus transformaciones en el modus operandi del amor y su erotismo, sigue conmoviéndose con los galanteos tiernos y los desenlaces fatales de algunos enamorados.

Tal rasgo de María, que la eleva a la cima de las novelas sentimentales del Romanticismo, se relaciona con la cuestión del pudor hispánico que se trasladó a las clases pudientes colombianas del siglo XIX, con esa excesiva decencia que caracterizó a las familias latifundistas, que recrea Isaacs, y que habrían de moldear nuestra república católica en esos años bélicos. Y la verdad es que a los lectores jóvenes de ahora, gentes que ven la sexualidad como parte natural de la expresión amorosa, enfrentar una novela tan recatada, significa pasar una prueba.

Sin duda el conservadurismo sexual de María y Efraín alcanza límites marianos.

Al mismo tiempo, este amor virginal está estremecido de principio a fin por el ansia sexual. Una exquisita gama de aromas florales se despliega entre María y Efraín.

De hecho, una de las imágenes que propone el narrador es el de una María parecida a una de las madonas de Rafael. Pero, al mismo tiempo, este amor virginal está estremecido de principio a fin por el ansia sexual. Una exquisita gama de aromas florales se despliega entre María y Efraín. Hay un juego delicioso de insinuaciones que está ahí, entretejido en las páginas, solo para el goce de los lectores que se atrevan a seguirlo. Y la naturaleza, que siempre se enlaza con los estados de melancolía y tristeza, de deseo y felicidad en la novela, acompaña de manera encomiable la evolución de este amor.

María imita, por otra parte, algunas novelas románticas europeas. Los amores que se describen en sus páginas le debe mucho a Pedro y Virginia de Bernardine de Saint-Pierre, a Atala de Chateaubriand y a Graziella de Lamartine. Hay en Isaacs también elementos que vienen del Werther de Goethe y de algunas novelas de Walter Scott. De cualquier modo, el romanticismo de Isaacs es tardío. En Europa ya estaban pasadas de moda estas historias de amor fatal atravesadas de escenas exóticas, cuando Isaacs, casi medio siglo después, publicó María, en 1867. Pero así estuviera rezagada con respecto al panorama de las letras europeas, María representa un caso ejemplar si se tiene en cuenta este asunto de las influencias. En ella, como lo dice Anderson Imbert, “no hay una fuente única, es todo un aire histórico y literario el que Isaacs nos hace respirar”.

Hay un elemento más, digno de mencionar en María. En sus páginas se presenta una idealización no solo de un amor de adolescencia, sino de un entorno. En la novela hay un orden de cosas tocado por la armonía social. La familia hacendada a la que pertenecen los enamorados es un modelo que continuamente se canta.

La felicidad existe en sus relaciones. Amos y esclavos, blancos, mestizos y negros, simpatizan de una manera idílica. El amo es comprensivo, generoso, sabio y los esclavos obedientes, sumisos, agradecidos. La hacienda El Paraíso la construye Isaacs como un verdadera utopía en donde solo hay dos fantasmas: la enfermedad de María y la quiebra familiar que, entre otras cosas, no se entiende muy bien por qué motivos acaece.

¿Qué país entonces se muestra en la novela? Por supuesto no el país real vapuleado por las guerras civiles. No un orden humano basado en la inequidad, la corrupción, el caos y la improvisación que fueron los distintivos de Colombia en sus primeras décadas de vida republicana. Algunos han dicho que María es simplemente una mistificación del latifundio caucano de la primera mitad del siglo XIX. Latifundio que, no se olvide, estaba basado en la esclavitud, y que caería en desgracia con las medidas antiesclavistas y del libre comercio propiciadas por los burgueses del radicalismo colombiano. Y ya se sabe que tales medidas, justamente, fueron las que llevaron a la quiebra económica de la familia de Isaacs y a la desaparición de su paradisíaco ambiente.

Esto, por supuesto, no quiere decir que los capítulos dedicados a las relaciones que los amos mantienen con sus esclavos o siervos en la novela sean falsos o carezcan de interés. Al contrario, son pasajes memorables desde el punto de vista del costumbrismo; ya que estamos ante una obra construida sobre varios pilares, y uno de ellos es el interés, por parte del narrador, de nombrar zonas de la hasta entonces ocultas para la literatura. Hay muchos momentos en los que afloran, con vitalidad, el léxico del habla popular, las formas de vestir, de cocinar, de rezar y de amar de esas gentes que vivieron hace tantos años en el Valle del Cauca.

María es, ante todo, una lección inolvidable de cómo un escritor de provincia, lejano de los centros culturales, en medio de coordenadas en donde existía una mínima tradición narrativa, logra construir un novela genuina con las herramientas que tenía a su mano.

Ahora bien, no creo que María sea endeble en su trama por su escasa intriga y sus pocas aventuras. O que la presencia de tanto ensueño vaya en detrimento del espesor psicológico de sus personajes. Estos son, por lo general, cuestionamientos hechos por críticos un poco exigentes. Esta novela debe leerse entendiendo que es el producto de un escritor colombiano del siglo XIX, rodeado por todas partes de limitaciones. María es, ante todo, una lección inolvidable de cómo un escritor de provincia, lejano de los centros culturales, en medio de coordenadas en donde existía una mínima tradición narrativa, logra construir un novela genuina con las herramientas que tenía a su mano.

Muestra de ello es cómo Isaacs enlaza los principales episodios -las escenas de la caza del tigre y el venado, los encuentros con las familias campesinas, la historia de Nay y Sinar, el paso de Efraín por el río Dagua- con la principal trama amorosa.

Muestra de ello es el equilibrio magnífico que se logra entre las descripciones de la naturaleza y la evolución de ese bello y fatal amor. Muestra de ello son los diálogos magistrales que ayudan a que la novela fluya con eficacia. Muestra de ello es la manera en que están diseñados los personajes, pues, al terminarse la lectura, desde los amantes protagonistas hasta los animales y las plantas, todos quedan resonando en el lector de forma única.

No cabe duda de que si la novela que se escribirá después en Colombia viene de esta obra insular, una buena parte de su poesía, o al menos la que se ha ocupado de la naturaleza y el amor, proviene también de ella.

Pedro Gómez Valderrama dice que María es un libro “discreto y hermoso que permanece en los anaqueles a la espera de alguien que lo lea”. Y es discreto porque su autor lo escribió para sanarse de una perdida amorosa y familiar. Pero, en su humilde discreción, terminó creando las bases de lo que sería nuestra narrativa y, también, nuestra poesía. Porque María es un libro hermoso en la medida en que es escrito por un poeta. Y no cabe duda de que si la novela que se escribirá después en Colombia viene de esta obra insular, una buena parte de su poesía, o al menos la que se ha ocupado de la naturaleza y el amor, proviene también de ella. Sin María es imposible la aparición de un José Asunción Silva, de un José Eustasio Rivera, de un Aurelio Arturo, de un Álvaro Mutis y de un William Ospina.

Borges, en 1937, escribió que María setenta años después de su aparición, seguía siendo legible. Ahora que he vuelto a ella, casi ochenta años después de la relectura de Borges, cuando nuestra cotidianidad es gobernada por el vértigo de las redes sociales y el mundo del amor y el paisaje natural se ha desacralizado tanto, creo que no solo es legible, sino que es una novela conmovedora dueña de la frescura propia de los clásicos.

  •  Prólogo de la edición de María, de Jorge Isaacs (Loqueleo).
  • Pablo Montoya, escritor colombiano, es autor de títulos como Los derrotados (Punto de Vista), Tríptico de la infamia y La escuela de música.
  • Entrevista con Pablo Montoya en WMagazín por su novela Los derrotados: “Los derrotados en Colombia son los ilusioandos”.

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