Momentos estelares de Peggy Guggenheim, la madrina del arte del siglo XX

Una biografía reconstruye la vida personal y el aporte que hizo esta coleccionista y mecenas a la cultura que apoyó a artistas como Pollock. Un retrato de dos caras basado en la voz de la propia Peggy y de quienes la conocieron

Con el paso del tiempo el nombre de Peggy Guggenheim (Nueva York, 1898 – Padua, 1979) ha quedado reducido para muchos al de una millonaria excéntrica, una rica heredera y anfitriona de fiestas salvajes o la señora que vivió  30 años, hasta el final de su vida, en el Palazzo Venier dei Leoni de Venecia. También se la recuerda como un mal bicho que se casó cinco veces, tuvo incontables amantes y se ocupó muy poco de sus hijos. Pero el personaje es mucho más complejo que todo eso. Galerista y coleccionista, gracias a ella el mundo conoce a Jackson Pollock y a los expresionistas abstractos norteamericanos junto a artistas esenciales de las vanguardias de entreguerras y posteriores. Rodeada siempre del talento de gente como Marcel Duchamp, Man Ray,  Djuna Barnes o Jane Bowles, Peggy se convirtió en el perejil de todas las salsas que rodearon el arte del siglo XX. La reciente biografía: Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad, publicada por la escritora neoyorquina Francine Prose en Turner repasa de manera minuciosa los momentos esenciales en la vida de la controvertida mecenas.

La autora basa su trabajo en los escritos autobiográficos de la propia Peggy Guggenheim y en los de algunas de las celebridades que la trataron a lo largo de su vida. El resultado es un retrato bastante más enriquecedor que el que la italiana Lisa Immordino-Vreeland aportó en su documental Peggy Guggenheim, adicta al arte (2015), donde la norteamericana quedaba como una ninfómana acomplejada desde niña por su fealdad y dispuesta a satisfacer todos sus caprichos, incluidos los artísticos, a golpe de talonario.

Escribe Francine Prose que cuanto más sabemos de la vida de Peggy Guggenheim, más sencillo resulta ver cuanto de ese personaje tan meticulosamente construido responde a la percepción de amigos y amantes que jamás ocultaron que la consideraban simple, poco inteligente, promiscua, tacaña, políticamente ingenua, egocéntrica y mucho más adinerada de lo que era en realidad. Sus hijos, Sindbad y Pegeen tuvieron motivos para dudar de su entrega como madre. Pero también hay quienes la definen como valiente, leal, generosa, apasionada por el arte y astuta a la hora de dejarse aconsejar y de aprender de quienes supieran más que ella.

Benjamin y Florette Guggenheim, padres de Peggy.

Nacida en una familia judía multimillonaria, los Guggenheim, que llevaban dos generaciones haciendo fortuna en Estados Unidos, el padre de Peggy no era de los más espabilados de la familia, de manera que tampoco fue el más brillante con los negocios sin que por ello dejara de ser multimillonario. El tío más poderoso fue Salomon, el creador del museo (ahora museos) que llevan su nombre. En sus memorias, la propia Peggy Guggenheim se refiere a su familia como una pandilla de locos. Por ejemplo, su tío materno, Washington, tenía la costumbre de masticar alternativamente carbón o hielo, por lo que lucía unos espectaculares dientes negros y llevaba los bolsillos a rebosar de ambos manjares. La propia madre de Peggy, Florette, repetía por sistema tres veces cada palabra que pronunciaba.

De Peggy se dice que nació con la necesidad de escandalizar y enervar a la gente. Poco agraciada físicamente, su gran nariz aguileña se convirtió en su pesadilla desde bien niña y en cuanto pudo intentó poner remedio sometiéndose a una rinoplastia de la que salió con un apéndice nasal en forma de berenjena que multiplicaría sus complejos. La provocación y el sentido del humor junto a su mucho dinero se convertirían en sus mejores aliados para cazar hombres, aunque estuvieran casados o comprometidos con sus supuestas mejores amigas.

Peggy Guggenheim y Max Ernst (centro), en 1941.

Gracias a la película Titanic, todo el mundo sabe que el padre de Peggy era uno de los 1.500 cadáveres que el lujoso transatlántico dejó en el océano en el año 1912. Viajaba en  primera clase junto a su amante, una cantante francesa llamada Léontine Aubart. Peggy tenía entonces 14 años y tuvo que esperar hasta los 21 para recibir la herencia. Pero cuando consiguió sus millones de dólares, no dudó en llenar sus baúles y volar hacia París para instalarse en Montmartre, en el corazón de la creación artística, donde los pintores se la disputaban para que viera sus cuadros y para llenarse de absenta hasta el amanecer.

Repasando los nombres de los artistas a los que la vincula Francine Prose, lo cierto es que Guggenheim no dejó que se escapara de su alcance nadie que entonces tuviera algo que decir en París o en Londres, donde también abrió galería.

A través de sus relaciones con Duchamp (al que más respetaba), Man Ray, Tristan Tzara, Paul Éluard, Lee Miller, Roland Penrose, Max Ernst (se lo arrebató a Leonora Carrington), Paul Klee, Pablo Picasso (parece que nunca se cayeron bien), Joan Miró y una lista interminable, la biógrafa hace un interesantísimo retrato de esta mujer esencial en el arte del siglo XX, un perfil tan convulso y despiadado como el tiempo que le tocó vivir.

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