Mosaico literario de Barcelona creado por 20 escritores latinoamericanos

La ciudad española, víctima de un atentado terrorista el pasado 17 de agosto, es evocada por poetas, narradores y ensayistas de América Latina. Una invitación de WMagazín para crear un fresco colectivo de una Barcelona esencial para la literatura del continente americano

Barcelona ocupa un lugar especial en el corazón de los escritores latinoamericanos. Barcelona fue el relevo de París. Barcelona fue y es el sueño de muchos creadores hispanohablantes porque sus editores y sus lectores los acogieron al ver la riqueza de la literatura en español escrita allá. Barcelona se convirtió en leyenda con García Márquez, Carlos Fuentes, José Donoso, Mario Vargas Llosa y tantos otros.

Tras los atentados yihadistas del pasado 17 de agosto en Barcelona, WMagazín ha pedido a varios escritores de América Latina crear un mosaico literario intemporal de la ciudad: físico, sociológico o sentimental; o compartir una anécdota, un recuerdo de la gente, las calles, el mar, el cielo; o que simplemente digan qué les gusta o qué le deben a ella. El resultado es un bello e inteligente mosaico de voces sobre una Barcelona hecha de muchas voces y que ocupa el lugar que ocupa por su acogida a la riqueza de la diversidad y apoyo a la lengua española.

WMagazín abre este homenaje literario con un breve texto de García Márquez extraído de su artículo España: Nostalgia de la nostalgia:

“Sentía una gran nostalgia de aquellas hermosas nostalgias esa noche de la semana pasada en que salí del teatro con mis amigos de Barcelona. Las Ramblas estaban más concurridas y delirantes que nunca, todavía con las enormes estrellas de luces de colores de la Navidad. En medio de la muchedumbre bulliciosa, de los gringos despistados y las suecas suculentas y casi desnudas de enero, estaban los exiliados de América Latina con sus ventorrillos públicos de baratijas, con sus niños envueltos en trapos, sobreviviendo como pueden mientras llega también para ellos el barco del regreso”.

 

Ahora, veamos, oigamos, olamos y sintamos Barcelona a través de esas voces latinoamericanas. Un viaje al corazón itinerante de Barcelona:

 

Rambla: por William Ospina

La calle larga exhibe su flora extraterrestre,
En su cántaro interno resuena el barrio gótico,
Viejos templos romanos caminan como gatos,
Noche: las ramblas duermen en mil lechos distantes.

Las estrellas se inclinan a mirar tus estatuas,
Colón cruza con indios, perlas y guacamayas,
Vas a comprar claveles para una fiesta antigua,
Sobre los adoquines borra siglos la lluvia.

Por aquí pasó el mar y dejó sus galeras,
Los viajeros se llevan la ciudad en sus labios,
Hay edificios mágicos que tiemblan como flores,
Piedras desordenadas donde escapan los besos.

Nunca deja de latir: por Gioconda Belli

Puse pie en Barcelona por primera vez cuando tenía 14 años y mi madre me llevaba a Madrid a dejarme en un internado de monjas. Me fascinó el barrio Gótico con sus calles secretas y misteriosas que imaginé escenarios de mis lecturas fantásticas. El pequeño Museo Picasso me regaló el período azul de ese genio y me hizo darle el beneficio de la duda al arte moderno que me desconcertaba a esa edad. Las Ramblas y su gentío me dejaron azorada. Descubrí entonces el placer de andar sin rumbo, que no existía en Managua. He vuelto muchas veces a Barcelona. Recién en mayo viví una fiesta cultural de la poesía y el arte. En la plaza de la Catedral, llena a rebosar, oí el cante jondo, mientras Luis García Montero recitaba los versos de García Lorca. Gocé contemplando el verano que se iniciaba y me uní al espíritu joven y el garbo de una ciudad, que ahora sonaba el catalán con sus tonos dulces. Barcelona: corazón que nunca deja de latir. Amo esa ciudad.

Un pulso trascendente: por Jorge Eduardo Benavides

Por razones largas de explicar, mi primer viaje a Barcelona terminó en Tenerife. Pero aún así, apenas pude visitarla, comprobé cuánto se parecía a lo que sabía de ella: la ciudad de los escritores, la de la vida cosmopolita y culta, moderna y sin complejos, impertinente, europea y profundamente catalana, también. Barcelona era pues esa ciudad española que se alejaba del tópico español y que al mismo tiempo representaba todo lo que España quería ser, sacudida de la caspa franquista y beata de tantos años. Han corrido mucho cava desde entonces pero el pulso de Barcelona sigue siendo vital y trascendente.

  • Jorge Eduardo Benavides (Perú, 1964), es narrador. Su último libro es El enigma del convento (Alfaguara).

La busqué: por Marcelo Figueras

Yo buscaba, como todos, un lugar sobre la Tierra que me sirviese de Paraíso, y lo encontré en Barcelona. Natura y cultura negociaron allí la mejor entente: hay mar y sol y nieve y montaña para todo mortal, privilegiado o no; la ciudad-tapiz que se teje sobre su suelo es tan prodigiosa como su entorno. Allí disfruté y sufrí como nunca, porque ella lo justifica todo, y hasta di con un portal a otro mundo en un entresijo del Raval. Desde entonces me pregunto: si algún día acabo de pagar las deudas que acumulé aquí en mi necedad, ¿me dejará acogerme nuevamente a su gracia?

Ausencias presentes: por Wendy Guerra

Ya no encuentro a Ana María Moix tachando mis originales en el restaurante La Llave del Carrer Consell de Cent, no llegará Esther Tusquets a compartir su Miel y Mató con nosotras, tampoco desempolvaré la brillante biblioteca de Terenci Moix y en casa de Gabo, contigua a Paseo de Gracia, la vidriera de los bajos anuncia hoy la nueva colección de bolsos Louis Vuitton.

No entraré con Carmen Balcells al Botafumeiro en Gran de Gràcia 81 a celebrar los premios y glorias por venir, ahora camino cantando con Milena Busquets por Sarrià rumbo a Anagrama, posando juntas para la autoficción.

Una pausa: por Andrea Jeftanovic

En 1997 viví en Barcelona por tres meses, una pausa en un mochileo, allí en una apartamento rentado por Plaza Lesspes, por el período de verano, tecleé mi primera novela. Cada día celebraba los caracteres nuevos en el archivo en marcha. Hice la ruta de Gaudí, supe del arquitecto Enric Miralles, y una amiga brasilera, Selma Passos, me presentó a Clarice Lispector. Salí de la librería La Central con un ejemplar de Agua Viva que me impulsaría a terminar el libro. En las noches caminábamos por el Barrio Gótico o tomábamos cerveza en sus plazas y volvía a casa en los buses búho. El año pasado regresé a presentar mi último libro, Destinos errantes, por Editorial Comba, en esa librería. Veinte años después un círculo se cerraba, ni en sueños hubiese imaginado algo así.
Disfruté días de paseo con mis editores, Juan Bautista y Lara Comte, recorriendo la Costa brava y me enamoré del pueblo de Cadaqués. Alquilé un apartamento en el Barrio Gótico donde me recibió una amable pareja de catalanes. En las mañanas caminaba unas cuadras desde el piso a Las Ramblas para pasar por el Mercado de la Boquería por un par de tapas y seguir ruta y descender al Metro o ir sentido contrario a caminar por el borde del Mar Mediterráneo. Hoy sé que esos ejes se desplazaron un poco, pero para mí Barcelona es agua viva, cultura viva. Un destino al que deseo regresar una y otra vez.
* Andrea Jeftanovic (Chile, 1970) es narradora y ensayista su última novela es Destinos errantes (Comba).

Sueño de papel y tinta: por Juan Carlos Méndez Guédez

La primera vez que existió Barcelona fue en la segunda Transversal de Los Jardines del Valle. Ese era el lugar donde cada semana compraba el económico ejemplar de la colección Club Bruguera: libros tapa dura, con colores brillantes y en los que por primera vez leí a Borges, a Marsé, a Capote, a Greene, a Donoso.  Recuerdo que miraba el sitio donde se publicaban esos títulos: Barcelona. Así pensaba en ese lugar mítico donde comenzaba ese viaje de papel y tinta hasta mis manos; ese buen lugar donde sucedían las palabras. Y cuando cierro los ojos, sigo mirando esa ciudad que huele a papel, a tinta, que huele a la libertad de las muchas palabras que la recorren y que viajan desde ella.
* Juan Carlos Méndez Guédez (Venezuela, 1967) es novelista y cuentista. Su próximo libro es La ola detenida, novela que publicará en otoño Harper Collins Ibérica.
Manuel Vázquez Montalbán, en la Plaza Pedró de Barcelona, en la década de los 80. / Fotografía de La Vanguardia

Barcelona, Carvalho, Manolo: por Leonardo Padura

Aquella primera vez no supe desde dónde comenzar el recorrido: ¿subía las Ramblas desde el mar y la sombra de Cristóbal Colón o las bajaba desde la Plaza de Cataluña? La duda física, o geográfica, o urbana tenía un significado y un origen: quería ver lo que había leído, sentir, lo que ya había percibido. La literatura es capaz de provocar cosas así y para el aprendiz de escritor que era yo en aquellos días de 1990 la provocación resultaba intensa y a la vez amable.

Hacía apenas dos o tres años que había leído la primera de las novelas de Manuel Vázquez Montalbán que había caído en mis manos. Pero, para las alturas de mi primera estancia en Barcelona ya había devorado ni sé cuántas y la ciudad que existía en mi mente era la que me había regalado la literatura del, quizás, más barcelonés de los escritores que he leído.

Y subimos desde el mar, buscando el corazón de la ciudad y confrontando mis referencias con la realidad, en un paseo lleno de revelaciones, de un descubrimiento de una Barcelona que, de ser tan literaria, de pronto se hacía real. Porque aquel día, a mi lado, completando la magia del recorrido, iba nada más y nada menos que el padre de Carvalho, mi amigo Manolo. Y vi su Barcelona, mítica y física, que con la generosidad de los grandes, el escritor de la ciudad me regaló una tarde memorable de enero de 1990.

Aristas de una ciudad: por Edmundo Paz Soldán

La primera vez que llegué a Barcelona la ciudad estaba colapsada; eran tiempos de las Olimpiadas del 92, y yo iba de mochilero. Señal de los tiempos que vendrían: no había alojamiento (muy hospitalarios, los organizadores habilitaron unos colegios en Badalona para que durmiéramos allá). Iba y venía en tren, y conseguí entradas para un partido de volibol en el que jugaba Cuba. Recuerdo que Montjuic y la Sagrada Familia me maravillaron. Quedé –turista primerizo al fin- deslumbrado por Gaudí: Barcelona era, como pocas, la mirada y la imaginación de una sola persona, casi como los hrönirs de Borges, algo soñado por alguien con tanta fuerza que terminaba por imponerse a la realidad. Con los años mi versión literaria original se fue mostrando muy romántica y comencé a ver las múltiples aristas de una ciudad compleja y contradictoria, pero nunca disminuyó mi admiración y cariño por, a pesar de no haber vivido nunca allí, uno de los espacios fundamentales de mi universo.

  • Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) es narrador y ensayista su último libro es Los días de la peste (Malpaso)

Multiculturalidad: por Cristina Peri Rosi

Barcelona es una ciudad antigua y cosmopolita. En el pasado, la habitaron y vivieron iberos, romanos, visigodos, cristianos, musulmanes, judíos y cristianos.

Hoy la viven y habitan senegalíes, marroquíes, argentinos, dominicanos, peruanos, alemanes, chinos, andaluces y personas de todo el mundo. Fue románica y modernista y tiene la riqueza de hablar dos lenguas, cosa que molesta inexplicablemente a algunos políticos. Tiene iglesias y mezquitas, comerciantes y poetas. Esa es su riqueza: la multiculturalidad.

Santa María del Mar:por Sergio Ramírez

Nunca he dejado de buscar cada vez en Barcelona la basílica de Santa María del Mar andando a la deriva por el cerrado dédalo de callejuelas del barrio Gótico para llegar siempre a la hora en que no toca y así me sumo a las parvadas de turistas que esperan pacientes en las gradas del portal o en los cafés vecinos a la plaza y por fin entrar a esa íntima soledad de piedra donde acaba todo ruido y sentarme a contemplar ese bosque tan sencillo y tan perfecto de columnas que se elevan hacia el infinito que no alcanzo a ver pero presiento.

  • Sergio Ramírez (Nicaragua, 1942) es narrador y ensayista. Su último libro es A la mesa con Rubén Darío (Trilce)

Escondite de recuerdos: por Juan Manuel Robles

He sido un viajero ocasional en Barcelona, una ciudad a la que he llegado por razones literarias. La última vez, tuve la fortuna de que unos amigos me hospedaran en el Barrio Gótico. Lo bueno de no pasar una estadía larga es que uno no llega a detestar a los numerosos turistas de la zona. Uno mismo es un turista, fascinado e ingenuo. El Gótico se instala en el recuerdo como un escondite espléndido de pasajes y sombras medievales, ruinas romanas, templos y arcos. Desde el balcón del piso uno ve, muy cerca, los balcones vecinos: las viñetas de vidas ajenas, cotidianas, que parecen tener un arraigo de siglos o décadas pero a veces son solo hologramas de Airbnb. El contraste no desentona: uno es advertido rápidamente de que el Gótico tiene de historia pero también de falsificación gentrificada; es, en parte, un gótico construido para tal fin, un parque temático moderno dibujado por arquitectos ilusionistas. Lo cual no decepciona, por supuesto. Convertir la piedra en novela histórica es una forma mayor de literatura. Y el viajero escritor se deja llevar.
* José Manuel Robles (Perú, 1978) su última novela es Nuevos juguetes de la guerra fría (Seix Barral, 2016).

De fierro y mar: por Alberto Ruy Sánchez

La hora difusa en que Barcelona despierta es para mí un territorio emocional de olores. Entre formas y sonidos lejanos que se iban arrancando de la noche como secretos dichos lentamente, esos aromas de campo y mar, como yo, eran de algún otro lado y se daban cita al amanecer en los mercados de Barcelona. Yo vivía entonces en París, donde los mercados de fierro iban desapareciendo. Allá, en la Boquería o en el bello Sant Antoní, ella me dio hace tiempo el primer placer de dejarme sentir cómo despierta, de probar lo que sólo es suyo, de escuchar sus voces.

Encuentro esperado: por Claudia Salazar

Calor. Esa palabra describe mi primer encuentro con Barcelona. Subir una maleta por una escalera larga, larguísima, desesperadamente inagotable, de un hotel despiadado. La cabeza hirviendo durante el paseo del bus turístico. La Sagrada Familia no estaba tan derretida como yo. Y de ahí, el mar; pero el calor aún. Una segunda visita exclusivamente para visitar a la admirada Cristina Peri Rossi. Conversar y ver juntas un partido de Uruguay en el Mundial del 2010. Fueron apenas seis horas en la ciudad. Nos queda pendiente un encuentro sin tanto calor, más prolongado, Barcelona querida.

  • Claudia Salazar Jiménez (Lima, 1976) es novelista y ensayista peruana radicada en Nueva York. Su libro más reciente es 1814, año de la independencia (Arsam, Colección Bicentenario).

¡Quién te ha visto y quien te ve!: por Ana María Shua

En 1976 me recibiste por primera vez, Barcelona. Me habían hablado de vos, de tu europeísmo, de tus diferencias con el resto de esa España aislada, contenida, provinciana. Y sin embargo me pareciste una ciudad modesta. Tu gente iba vestida con ropa un poco anticuada, de colores sufridos.  Tenías las maravillas de Gaudí, claro, pero había que buscarlas bajo la pátina gris que te entristecía las calles. Ahora sos una loca divina, una pura explosión de colores y diseños, te adelantás a lo más nuevo del continente.  Ahora tus habitantes se dan el lujo de protestar contra el turisterío salvaje que viene a extasiarse ante tu belleza antigua y recreada. ¡Quién te ha visto y quien te ve, Barcelona!

  • Ana María Shua (Argentina, 1951), es narradora, poeta y ensayista. Su último libro es Hija (Emecé)

Tardes y noches: por Zoé Valdés

Veintitrés años, tomé aquel ómnibus París-Barcelona. Trayecto más breve que mi deseo habanero. Llegué al alba. Me esperaba el profesor inglés, el de la íntima correspondencia. La soprano me prestó un cuarto. Debí huir del hermano yonqui. Salté la altísima verja, despavorida. Acurrucada en la esquina húmeda que me brindó el antiguo barrio chino pensé que debía ver a José Batlló, en la mítica librería Taifa. No dormí. Tardes y noches leí, bailé, y templé. Di poemas a Jaime Gil de Biedma, años más tarde Martín de Riquer y Bigas Luna repitieron el gesto, regalándomelos a mí.

  • Zoé Valdés (Cuba, 1959), es narradora. Su último libro es La noche al revés. Dos historias cubanas.

El fantasma de la noche de San Juan: por Leonardo Valencia

Cada año, en la noche de San Juan, mi rito es pensar en Don Quijote enfrentándose al Caballero de la Blanca Luna en la playa de Barcelona. Imagino también a Cervantes queriendo embarcarse hacia otro país. Cuando camino por Gracia, el barrio en el que he vivido los últimos 19 años, pienso que aquí he sido ferozmente libre y he contado con un lugar de escritura. No sé cuántas veces me he perdido a gusto por el Park Güell. Sobre todo he caminado esta ciudad que te empuja suavemente, en pendiente, hacia el mar. Aquí han nacido mis dos hijos y he escrito casi todos mis libros. Aquí aprendí que la palabra boira puede ser tan bella como la palabra niebla, y que podría haber reemplazado sin ningún escrúpulo la palabra ahora por ara luego de descubrir la poesía de Joan Vinyoli, pero ya no luego de escuchar, los últimos años, el horror silencioso del fanatismo nacionalista. Siempre lamenté que no hubiera un Joyce barcelonés que mezcle en una novela el castellano y el catalán, en vez de ponerlos en dos bandos. Una pena. También aquí he tenido el descubrimiento, el desencanto, la destrucción y el reencuentro con el amor, con la literatura, con los grandes amigos que han venido y se han marchado y los que siempre permanecen aquí como si el mundo no cambiara, pero ha cambiado. Cuando algún día me vaya –nadie se queda definitivamente en ningún lugar, decía Nabokov–, seguiré caminando por sus calles, desdoblado en todos los que he sido aquí, buscando al fantasma robado de la noche de San Juan.

  • Leonardo Valencia (Ecuador, 1969). Es novelista y ensayista. Su último libro es Moneda al aire. Sobre la novela y la crítica utilitaria (Editorial Turbina).

Mi educación sentimental y literaria: por Juan Gabriel Vásquez

Llegué a Barcelona a finales de 1999. Acababa de pasar nueve meses en una casa de las Ardenas belgas, escondido del mundo mientras tomaba la decisión más importante de mi vida: dónde vivir. A comienzos de noviembre, una madrugada de otoño en que la niebla lo devoraba todo, salí rumbo al sur en una furgoneta alquilada de siete metros cúbicos que contenía todas mis pertenencias: unas veinte cajas de vino en las que no había vino, sino libros, dos estanterías desmontables y dos maletas de ropa. En el curso de los trece años siguientes, a medida que las estanterías se multiplicaban, mi vida fue tomando la forma que hoy tiene: la que le dan mi familia, los libros que he escrito y los amigos que he tenido. Barcelona es mi educación sentimental y, en buena parte, mi educación literaria; es la ciudad de mis hijas, que vivieron en ella sus primeros siete años y saben, con la certeza de las emociones, que a ella volverán algún día. Yo, por mi parte, sé que Barcelona es mía cuando me duele que otros, que tantos, se enfunden en banderas y griten que sólo les pertenece a ellos.

  • Juan Gabriel Vásquez (Colombia, 1973), es narrador y ensayista. Su último libro es La forma de las ruinas (Alfaguara).

Barcelona es la realidad de un mito en el corazón de los escritores y millares de lectores. WMagazín abrió este homenaje con la palabras que escribió hace cuatro décadas Gabriel García Márquez y lo cierra con las dedicadas por Mario Vargas Llosa tras el fatídico atentado del 17 de agosto. En su artículo titulado Sangre derramada, del 20 de agosto, en El País, el Nobel peruano afirma que “El terrorismo islamista es hoy día el peor enemigo de la civilización” y unos párrafos más abajo evoca la ciudad:

“Para mí, las Ramblas de Barcelona son un lugar mítico. En los cinco años que viví en esa querida ciudad, dos o tres veces por semana íbamos a pasear por ellas, a comprar Le Monde y libros prohibidos en sus quioscos abiertos hasta después de la medianoche, y, por ejemplo, los hermanos Goytisolo conocían mejor que nadie los secretos escabrosos del barrio chino, que estaba a sus orillas, y Jaime Gil de Biedma, luego de cenar en el Amaya, siempre conseguía escabullirse y desaparecer en alguno de esos callejones sombríos. Pero, acaso, el mejor conocedor del mundo de las Ramblas barcelonesas era un madrileño que caía por esa ciudad con puntualidad astral: Juan García Hortelano, una de las personas más buenas que he conocido. Él me llevó una noche a ver en una vitrina que sólo se encendía al oscurecer una truculenta colección de preservativos con crestas de gallo, birretes académicos y tiaras pontificias. El más pintoresco de todos era Carlos Barral, editor, poeta y estilista, que, revolando su capa negra, su bastón medieval y con su eterno cigarrillo en los labios, recitaba a gritos, después de unos gins, al poeta Bocángel. Esos años eran los de las últimas boqueadas de la dictadura franquista. Barcelona comenzó a liberarse de la censura y del régimen antes que el resto de España. Esa era la sensación que teníamos paseando por las Ramblas, que ya eso era Europa, porque allí reinaba la libertad de palabra, y también de obra, pues todos los amigos que estaban allí actuaban, hablaban y escribían como si ya España fuera un país libre y abierto, donde todas las lenguas y culturas estaban representadas en la disímil fauna que poblaba ese paseo por el que, a medida que uno bajaba, se olía (y a veces hasta se oía) la presencia del mar. Allí soñábamos: la liberación era inminente y la cultura sería la gran protagonista de la España nueva que estaba ya asomando en Barcelona”.

WMagazín da las gracias a Barcelona y brinda por ella.

El placer de compartir lecturas en WMagazín

11 comentarios

  1. Es un placer, realmente, compartir lecturas. Aunque sean esas cortas que conjuran, ahora en Barcelona, el horror de la barbarie. La lectura y la cultura, los libros y la palabra, como escudos no vulnerables, universales, contra las armas de la ignorancia asesina. Gracias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *