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Deralle de la portada de ‘El retrato de Dorian Grey’, ilustrada por Javier de Isusi.

Oscar Wilde y los diferentes, mordaces y vigentes Wilde llevados al cine

Escritores de cine de verano: 6 / Hoy es el turno de uno de los dramaturgos y narradores más ingeniosos y aplaudidos en su época. La actualidad del autor irlandés es notable y se aprecia en obras como 'El retrato de Dorian Gray', 'Un marido ideal' y 'La importancia de llamarse Ernesto'

“Detrás de todo lo que es exquisito, hay siempre algo trágico” (Lord Henry Wotton, El retrato de Dorian Gray).

Fue amado y odiado a partes iguales por la hipócrita sociedad victoriana y los intelectuales de su tiempo, incluso por aquellos que se decían más cercanos. Probablemente en el último tercio del siglo XIX la sociedad inglesa no hubiese tenido conciencia de sí hasta que hizo su exagerada aparición en escena el gran autor irlandés. Quienes tardaron demasiado tiempo en admitir que Oscar Wilde (1854-1900) poseía las más notables cualidades para convertirse entonces en el referente absoluto que es hoy, a la luz de nuestros días parecen criaturas pergeñadas por el propio escritor, formas de su anhelo. Porque Wilde fue muchos a la vez: el dandi nocherniego, el provocador de solícitos arribistas, el anarquista del escándalo público, el fino crítico de arte, el rebelde que escribió una sola novela, el dramaturgo de la alta comedia y el poeta esencial del decadentismo y el neopaganismo. Todos los Wilde que fue Oscar fueron castigados duramente por el sistema hasta doblegar al genio que se distingue y arrinconarlo con mano de hierro contra la enfermedad y la muerte.

A Oscar Wilde la sinceridad directa le molestaba: no era frecuente que expresase abiertamente sus opiniones y prefería la insinuación inteligente y mordaz a mostrar groseramente su antipatía. Como explica Frank Harris en Vida y confesiones de Oscar Wilde (1916 y 1918): “bien informado sobre todas las cosas, nada le embarazaba, jamás se le cogía desprevenido; lo veía todo desde un punto de vista humorístico y siempre lo deslumbraba a uno, ya por su rasgo de ingenio, ya por el simple resplandor de un buen humor inagotable”. Su legado es una lección de ética y estética con vocación de permanencia en los ramajes del alma, una suerte de esteticismo vital más allá de las modas europeas. Su hedonismo comprensivo y tolerante en un tiempo de intolerancias formales sorprendió a todos. El hombre que confesó en una ocasión a André Gide, en Argelia, que había puesto su genio en su vida y nada más que talento en sus obras se apoderó sin pretenderlo de la conciencia de todo un reino, al que enseñó que se podía ser flexible y amable. De Profundis (1897) o La balada de la cárcel de Reading (1898) son dos obras maestras que trascienden la literatura y vuelan hasta la bibliografía de la ética, la piedad, la religión, la filosofía y la tolerancia. Porque Oscar Wilde es el antepasado locuaz y gozoso que algunos llevamos dentro, asomado a la barra del bar que es la vida.

A su ingenio y talento está dedicado la sección Escritores de cine de verano WMagazín, a sus obras convertidas en arte cinematográfico. El escritor irlandés se une a los ciclos con Ian McEwan, Jane Austen, Isak Dinesen, William Faulkner y Patricia Highsmith.

Hurd Hatfield en 'El retrato de Dorian Grey', de Albert Lewin.

'El retrato de Dorian Gray', en versión de Albert Lewin (1945)

Cumbre de la literatura universal y paradigma de la novela decadente, El retrato de Dorian Gray, aparecida en veinte entregas a lo largo de 1890 y 1891 en la Lippincott’s Monthly Magazine, plantea una fábula poderosa sobre la relación inversamente proporcional entre abyección moral y eterna juventud. Mientras su protagonista, Dorian Gray, permanece inalterable sin envejecer un ápice entregándose progresivamente a todo tipo de vilezas por su aparente condición de inmortal, el retrato que le ha pintado su amigo Basil Hallward va acusando la fealdad y decrepitud moral que no emerge sobre el epitelio del inmoral Dorian. La obra está trufada de deliciosos epigramas que el propio Wilde ya había pronunciado entre amigos y el irresistible personaje de lord Henry Wotton fue, sin duda, su más irresistible portavoz. Porque Oscar Wilde habló de sus ocurrentes sentencias antes de escribirlas y sus disertaciones en fiestas y en salones no eran sino ensayos que después trasladaba al papel. Esta novela, además, bebe de otras pequeñas joyas sobre el conflicto entre el deseo y la longevidad, como La piel de zapa (1831), de Honoré de Balzac, y de Mademoiselle de Maupin (1835), de Theóphile Gautier. Con respecto a la frecuente inserción de epigramas en sus obras, en la novela lord Henry cuenta que tuvo que negociar con un chamarilero un fragmento de brocado antiguo y agrega: “En nuestro tiempo, las gentes saben el precio de todo y el valor de nada”. Se trata del mismo epigrama que reaparece en El abanico de Lady Windermere reformulado con otras palabras: “El cínico es aquel que conoce el precio de todo y el valor de nada”.

La versión cinematográfica dirigida por el neoyorquino Albert Lewin en 1945 con guion del propio cineasta (que además era escritor –suya es la novela El gato impasible– y afamado coleccionista de arte) es, sencillamente, un prodigio digno del mismísimo Wilde. Y George Sanders le roba todas las escenas a un elenco que hace lo que puede por estar a la altura del portentoso y oscarizado intérprete británico, wildeano en su vida real.

 

Fotograma de 'El abanico de Lady Windermere', de Ernest Lubitsch.

'El abanico de Lady Windermere', en versión de Ernst Lubitsch (1925)

El 20 de febrero de 1892, en el Teatro Saint James, Oscar Wilde estrenó con gran éxito El abanico de Lady Windermere, primera de sus cuatro comedias, y con este reconocimiento llegó su consagración definitiva. Fue escrita por encargo de George Alexander, uno de los más famosos actores ingleses, quien tras adquirir los derechos siguió representando las obras de Wilde tras su muerte; pero uno de los objetivos del autor de origen irlandés al escribir esta pieza fue competir con los hoy olvidados dramaturgos Arthur W. Pinero y Henry Arthur Jones y derrocarlos. Y vaya si lo hizo. La comedia está atravesada de un humorismo elegante y aunque Truth y The Times la atacaron sin piedad, William Archer, el crítico de The World, hizo notar que la obra era un clásico, habida cuenta de sus “genuinas cualidades dramáticas”. La historia del abanico  que encuentra uno de los amigos de lord Windermere y de la valiente y generosa conducta de la intachable señorita Erlynne, de la que todos murmuraban, pertenecen a las más elegantes fábulas morales que han cuajado de razones éticas las tablas inglesas. Wilde, a partir del éxito de esta comedia, trató a sus detractores puritanos con gran desdén, calificándolos de “vejestorios pasados de moda” que habían establecido “no ya un decálogo, sino un miriálogo de pecados prohibidos y de personas declaradas tabú”, porque –y esta fue su constante queja– es más fácil condenar que comprender.

Ernst Lubitsch es el responsable de la mejor adaptación cinematográfica de la comedia, rodada en 1925, con un Ronald Colman en estado de gracia, all que acompañan Irene Rich y May McAvoy. En el guion intervinieron hasta tres personas: Julian Josephson, Maude Fulton y Erick Locke, responsables a su vez de los intertítulos, ya que la película es muda, que recogen fielmente los sabrosos diálogos de Wilde.

 

Fotograma de 'Un marido ideal', de Alexander Korda.

'Un marido ideal', en versión de Alexander Korda (1947)

En 1894 Oscar Wilde conoció el primer ataque directo a sus ideas de la mano de un colega en forma de parodia: se trata del libelo El clavel verde (The Green Carnation), escrita por Robert S. Hichens, el autor de El jardín de Alá o La llamada de la sangre, fruto de un viaje de este con el joven amante de Wilde, lord Alfred Douglas, por Egipto. El título hace alusión a que en el estreno de El abanico de Lady Windermere, Wilde se había presentado con un clavel verde en la solapa. En medio de este escándalo editorial y del légamo difamatorio, su biógrafo y amigo Frank Harris, que entonces le prestaba todo su apoyo moral, le sugirió a Wilde la idea de su siguiente comedia, Un marido ideal, a partir de una noticia que Harris había recibido de un estadounidense en El Cairo: Disraeli se había lucrado encargando a los Rothschild la compra de acciones del canal de Suez. Así, Wilde se sirvió del personaje del subsecretario de Estado sir Robert Chiltern para dibujar al perfecto hipócrita que ha medrado en la alta sociedad y que goza de un matrimonio aparentemente impecable… hasta que la visita de una misteriosa y seductora dama, la señorita Chaverley, amenaza con acabar con su trayectoria al revelar un oscuro secreto relacionado con su rápido ascenso político y arruinar definitivamente su buena reputación. La obra se estrenó el 3 de enero de 1895 y, de nuevo, Oscar Wilde proyectó su personalidad en el fiel y refinado lord Arthur Goring, el amigo de la familia que aconseja al matrimonio.

Alexander Korda dirigió en 1947 una magnífica adaptación de la obra protagonizada por una bellísima Paulette Godard en el papel de la atribulada esposa, Michael Wilding como el afinado amigo y Hugh Williams en el papel del político con ínfulas.

  • Un marido ideal. Oscar Wilde. Editorial Losada.

 

Fotograma de 'La importancia de llamarse Ernesto'.

'La importancia de llamarse Ernesto', en versión de Anthony Asquith (1952)

Tras este aparentemente surrealista título se esconde un ingenioso juego de palabras, debido a su homofonía con The Importance of Being Earnest (formal). Escrita en tres semanas en el verano de 1894 y a la orilla del mar, la obra supuso un nuevo espaldarazo en la carrera de Wilde, quien ya acogía los elogios igual que las maledicencias: con complaciente superioridad, algo que notaron André Gide, que advirtió que Wilde “enardecido, robustecido, engreído… ya no hablaba en apólogos” o su propio hermano William, que no se atrevía a formular ni la más leve crítica sobre sus obras. Wilde ya olía a calle y sembraba por los bulevares de Londres cuajarones de escándalo con su doble vida, igual que Dorian Gray.

Anthony Asquith dirigió en 1952 con mucho oficio la adaptación de la comedia con el gran Michael Redgrave como Ernest Worthing, Richard Wattis en el papel de Seton y Michael Denison en el rol de Algernon Moncrieff. Atención a Margaret Rutherford, que dio vida a la Miss Marple de Agatha Christie en la gran pantalla, y que aquí interpreta a Miss Prism, aunque ya intervino en La importancia de llamarse Ernesto en el rol de lady Bracknell. Entre las anécdotas del rodaje destacan las largas tomas realizadas por Asquith para que los actores pudiesen alcanzar el complejo ritmo de los diálogos originales.

 

Fotograma de 'El fantasma de Canterville'.

'El fantasma de Canterville, en versión de Jules Dassin (1944)

Publicado en 1887 en la revista The Court and Society Review, este cuento de fantasmas se incluyó en 1891 en la colección El crimen de lord Arthur Saville y otras historias. Wilde plasmó en el enternecedor personaje del atormentado espectro de sir Simon Canterville sus ideas de perdón, expiación y redención, ya que el aparecido, aficionado a la escena y a las artes plásticas, había asesinado a su mujer 300 años atrás, en 1575. El relato, trufado de un finísimo humor, se apoya en dos motivos literarios bien conocidos –el del fantasma y el del inocente –en este caso, Virginia Otis– que redime al penitente, y en él Wilde nos habla del enfrentamiento entre los códigos del pasado y las modernidades de un presente superfluo contra lo sobrenatural, remedios de la vida moderna que van del quitamanchas al frasco de jarabe.

El cineasta estadounidense de origen judío Jules Dassin filmó en 1944 con la ayuda del guionista Edwin Blum una notable traslación al celuloide de este enternecedor relato, con un inmenso Charles Laughton como el fantasma redimido por el amor de una niña –interpretada por Margaret O’Brien–, a quien en un giro adaptativo Dassin y Blum convierten en la legítima heredera de los Canterville, que en el cuento original adquiere la categoría de baronesa de Cheshire, “que es el premio que reciben todas las americanitas buenas, cuando se casó con su eterno enamorado”. A los treinta y ocho días de rodaje, Dassin fue reemplazado por Norman Z. McLeod.

 

Puedes seguir el ciclo de Escritores de cine de verano WMagazín a continuación:

Patricia Highsmith y el talento para escudriñar en la ambigüedad moral.

– Willian Faulkner y los estragos de la culpa y la derrota en el sur de Estados Unidos.

Jane Austen y las circunstancias de las mujeres de la época entre la realidad y los sueños.

Una visita a los mundos evocadores de la Sherezada Isak Dinesen.

-Ian McEwan y la geografía de los venenos en las relaciones amorosas.

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