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Poetas que abren caminos en el siglo XXI en el Día Mundial de la Poesía

Celebramos este día con algunas de las voces españolas que están renovando la poética y que forman parte de la antología 'Centros de gravedad': Miriam Reyes, Juan Manuel Romero, Carlos Pardo, Antonio Lucas, Josep M. Rodríguez, Erika Martínez y Elena Medel

Presentación WMagazín Celebramos el Día Mundial de la Poesía con los poemas de siete poetas españoles menores de 45 años. Poetas que están renovando la literatura. Son escritores incluidos en la antología Centros de gravedad. Poesía española en el siglo XXI, a cargo de José Andújar Almansa y editada por Pre-Textos. Creaciones poéticas unidas solo por el tiempo en que coinciden porque sus temas y estilos carecen de un centro y son reflejo de una época policéntrica y pluricultural en que las artes atraviesan un periodo de búsquedas.

Los poetas de Centros de gravedad son Mariano Peyrou, Abraham Gragera, Miriam Reyes, Juan Carlos Abril, Juan Manuel Romero, Rafael Espejo, Carlos Pardo, Antonio Lucas, Josep M. Rodríguez, Erika Martínez, Juan Andrés García Román y Elena Medel.

¿Qué significa hoy una apuesta por la poesía? José Andújar Almansa dice: “Tal vez, si decidimos alejarnos del callejón sin salida del escepticismo, una certeza sustentada en la incógnita de que no sabemos hasta cuándo o hasta dónde puede llegar una palabra. Como antólogo me interesan los poemas habitados por la necesidad de cuestionarse por dentro, pero que exigen también abrazar semánticamente el mundo. Todo poema formula una pregunta: desde qué lugar leemos, es decir, quiénes somos nosotros”.

La diversidad de 'Centros de gravedad'

Miriam Reyes (Orense, 1974)

No tengo casa a la que volver
ni esperanza de la que colgarme
por eso camino.

Las casas se derrumban a mi paso
la tierra es una alfombra de escombros.
Me detengo a admirar la belleza de las palas mecánicas
los movimientos de las excavadoras me erizan de deseo.
De noche las contemplo:
los perfiles inmóviles de las palas
descansando sobre el cielo azul cobalto
al lado de la luna de luz nacarada
son aún más hermosos que los brazos de los hombres que las manipulan
y las excavadoras
con sus enormes bocas abiertas y llenas todavía
de tierra y escombros
parecen enormes animales muertos.

Mis padres me enseñaron a no tener nunca nada.
Ellos me enseñaron a no volver nunca a casa
a no decir nunca esta casa es mía
aquí me quedo yo
en este lugar que amo.

Cierro la puerta y no necesito mirar atrás para saber
que la casa ya no existe más.
En ninguna parte sin hablar con nadie estoy
pero si nos cruzamos
puedo enseñarte a caminar sonriente sobre la desolación.

(De Espejo negro)

 

Juan Manuel Romero (Sevilla, 1974)

Igual que quien injerta
sobre la rama abierta el brote nuevo,
así te llevo en brazos al dormirte.
Me ha pesado entender que dando vida
estás atándote a la vida,
y creces cuando ayudas a crecer.
Cada día me ato más a ti
para que corra el tiempo por nosotros.
Te llevo en brazos
pero eres tú quien me sostiene.

 

Carlos Pardo (Madrid, 1975)

Los alanos emigraban.
El astrólogo cosía el cielo.

En las llanuras y en las cordilleras,
en los bosques de escombros mitológicos
los tilos esparcían su ortodoxia,
golpeaban al alba los baldones
de pacíficos reinos,
vertían plomo en campos roturados.

A ti y a mí
bajo el caparazón de un cielo rosa
nos cuida el siglo XXI:
cónsules de la retaguardia,
altivos aranceles del amor aduanero.
El alma en su paisaje
filosofa; es el tacto
quien nos da la razón.

Te quiero al modo de los viejos
pintores del trecento,
humana y geométrica,
ojos negros, piel blanca,
rebeca roja
y camiseta verde militar.

Ya debería el tiempo andar por ahí.

Las tejas son del gris del dragón de Komodo.

Las horas de la tarde
nuestras contemporáneas.

(De Echado a perder)

 

Antonio Lucas (Madrid, 1975)

A veces, cuando parece la noche un tigre sonando,
un hueco absoluto.
Cuando tan solo un rumor o una sombra se incendias
despacio, al borde del frío,
y alguien corona en silencio el desorden del agua
con una tristeza imposible,
¿para qué te acercas con tu solo pecho ausente?

¿Por qué no escribes en mis brazos
tus heridas diminutas?

(De Antes del mundo)

 

Josep M. Rodríguez (Barcelona, 1976)

El corazón del bosque

Tras la tormenta,
el arroyo enfangado                                                                                                                                                          fluye                                                                                                                                                            pesadamente
como una babosa.

 

Lo que queda de día
reluce en un pedazo de metal.

 

Es una lata roja, de refresco,
que bien parece el corazón del bosque.

 

Cierro los ojos y oigo su latir:
Arritmia de las gotas al caer de los árboles.

 

El aire huele a hinojo                                                                                                                                                          y hace frío.

La realidad se escapa a la mirada:

Aunque me esfuerce,                                                                                                                                                          siempre está incompleta.

 

Igual que la sonrisa

de una boca sin dientes.

(De Raíz).

 

Erika Martínez (Jaén, 1979)

Un hombre horizontal
habita el falso techo de mi casa.
Cuando recorro el pasillo
repta sobre mí
como un soldado a tierra
y repite con acento extranjero
cada palabra que digo.
Atrincherado en la altura,
desgasta el yeso oscuro
con su runrún de termita.
Se acomoda, gana terreno,
consigue que sea yo
quien se esconde.
(De El hombre del falso techo).

 

Elena Medel (Córdoba, 1985)

Árbol genealógico

Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.
Cuando una de nosotras muere
exhiben su cadáver en los parques públicos, los niños se acercan a curiosear en su
garganta de hojalata, se celebran festines con moscas y gusanos, me cae mal porque me
hizo sonreír a mí, que soy tan triste.

A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza
se autodestruye, y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma de las mujeres
sobrenaturales,
chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean vuestras ventanas
hasta que sangran nuestras aortas clavadas en la tierra, igual que las raíces.

Al morir nos abren el estómago, examinan con los dedos su interior, rebuscan entre las
vísceras el mapa del tesoro,
sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro con los años.

Un espectáculo.

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de ellas porque mi
corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque coincide en tamaño con el hueco
de un nicho;
fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir, sepan que
hemos estado juntos.

Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la suya, sube y
baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a una especie salvaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas, que jamás se
extinguirá.

(De Tara)

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