¿Qué es un libro en el siglo XXI? Diccionario de expertos hispanohablantes (3)

Editores, agentes literarios y escritores continúan sus reflexiones sobre la pregunta de WMagazín acerca del libro en la era digital. Un proyecto con el que empezó esta revista hace tres meses con las voces de Banville, Wylie, Chartier...

Con la pregunta ¿Qué es un libro en el siglo XXI? respondida por escritores, editores y agentes literarios de Europa y el continente americano nació WMagazín hace tres meses. Autores como John Banville, Roger Chartier y Guillermo Arriaga abrieron este diccionario. En junio pasado, con motivo de la Feria del Libro de Madrid, lo continuaron escritores latinoamericanos en una miniserie de tres videos. Hoy celebramos nuestros tres primeros meses con esta misma pregunta tan necesaria en este mundo dual, analógico y digital. En esta ocación responden creadores dedicados al estudio de libro: desde el director ejecutivo de la Federación General de Editores de España, Antonio María Ávila; hasta el agente literario Guillermo Schavelzon, pasando por la editora de la revista Eñe del diario Clarín, de Argentina.

Como prólogo, las reflexiones que dio Andrew Wylie, el agente literario más importante del mundo, a WMagazín en una entrevista la pasada primavera:

Fotografía de Lisbeth Salas

Andrew Wylie, The Wylie Agency

“Cada vez hay más lectores. Hay muchas historias falsas que se mencionan sobre el negocio de las editoriales que nadie está leyendo, pero todo eso es falso. Todo el mundo tenía miedo de que se fuera a acabar el libro tradicional. Pero la realidad es que el ebook representa una mínima parte de las ventas. Representa lo que son, por ejemplo, las noticias de la tarde comparadas con las noticias reales. No hay una comparación que se resista. Si un libro es bueno vas a querer quedarte con él, algo que no puedes hacer con los libros digitales. Por eso va a tener más larga vida de la que se cree. Lo que diría a alguien que no me conoce es: ‘Primero trataría de asegurarme de que esa persona entienda que leer es, probablemente, el placer más grande que hay en la vida”.

Antonio María Ávila, Director Ejecutivo de la FGEE

Pienso que la definición que da la Ley española de la Lectura, del libro y de las Bibliotecas en su artículo dos, es perfecta:

Libro es toda publicación unitaria de carácter científico, artístico o literario o de cualquier otra índole que constituya una publicación unitaria y que pueda aparecer impresa o en cualquier otro soporte susceptible de lectura incluido por tanto internet o cualquier otra tecnología de futuro. Lo que importa es el contenido y su carácter unitario. Insisto mucho en el carácter unitario del contenido porque es lo que se diferencia el libro de los documentos, el que lo hace atractivo y, pese a los falsos profetas, el auténtico cemento de unión de la humanidad y sus diversas culturas. No hay otro sobre el cual ejercer el acto de la lectura, llave de plata de la sociedad del conocimiento o de la imaginación, o de cualquier otro que cualquiera tenga en la cabeza.

Raquel Garzón, escritora y Editora Jefa Revista Ñ del diario Clarín, de Argentina

La revolución digital incide en la cultura de modo integral, en nuestro modo de producirla, de consumirla y de disfrutarla. Todo el ecosistema del libro se ha visto afectado por ella, desde la desaparición de las librerías de grandes superficies hasta los contratos que firman hoy los autores y que incluyen cláusulas que abarcan los distintos formatos actuales o futuros en los que la obra pueda ser comercializada. Habrá más cambios seguramente; son inevitables y cada época aporta los suyos. Pero para los lectores algo se mantiene inalterable (y se mantendrá, creo): el libro más allá de su soporte (papel o pantalla de distinto tipo) sigue siendo un talismán, un artefacto casi milagroso, vehículo de imaginación, teorías, hipótesis, polémicas y, sobre todo, de alegría. Ese es su fuego sagrado. El futuro del libro no debe preocuparnos en tanto nos ocupemos de difundir el placer por la lectura y de educar lectores con sentido crítico, que puedan exigir calidad en todos los sentidos.

En mi experiencia lectora conviven el papel y los dispositivos digitales de lectura, cada uno con su espacio de dominio. Leo en pantalla cuando trabajo, cuando viajo, cuando no quiero cargar peso; pero para guardar un libro, para que me acompañe casi como un amigo, sigo eligiendo el papel, que ha permitido que conserve, por ejemplo, algunos ejemplares de la biblioteca de mi padre en los cuales reencuentro dedicatorias, subrayados y anotaciones en los márgenes hechas con su letra.

Esa vivencia, la de legar a otro la emoción y la prehistoria de nuestras lecturas, es algo que lo digital, obsesionado por la exigencia del próximo modelo, de la nueva versión, no ha logrado aún interpretar.

Iolanda Batallé, escritora española y editora de Rata y Catedral

Sospecho y deseo que en el futuro los libros continuarán siendo lo que ya fueron, lo que aún son, pese a tantas cosas. Habrá muchas diferencias entre la manera de vivir en el siglo XVIII y la del siglo XXI o XXII, pero las personas continuarán siendo personas, aunque esa palabra se llene con nuevos significados. Por lo tanto, en el XXI un libro continuará siendo un objeto ambicioso, soberano, definitorio y al mismo tiempo será intenso, temeroso y tierno. No creo que las personas dejen de ser ese entresijo de emociones y pensamientos que han sido siempre. En definitiva, un libro será lo que seamos nosotros, será una forma de ser persona, una forma de constatar, desear y sentir que estamos juntos. Un libro continuará uniendo vidas, las vidas de quienes los escriben, los editan o los leen.

Fotografía de Lisbeth Salas

Jordi Carrión, escritor y director del Máster en Creación Literaria de la UPF

El libro ha sido durante cerca de cuatro milenios, entre otras muchas cosas, una plataforma privilegiada de disrupción. En el sentido recto: interrupción y apertura. Antes de su llegada esa capacidad revolucionaria, más allá de la fuerza de la oralidad, fue monopolizada por otro tipo de objeto: el tecnológico. Aunque todos los formatos del libro hayan sido tecnologías, el ebook supone la fusión en un único objeto de las dos formas por excelencia de la disrupción de estos cuatro últimos milenios: las ideas en forma de texto y los nuevos diseños tecnológicos. Espero que eso no neutralice el carácter innovador del libro.

Guillermo Schavelzon, Agencia Schavelzon-Graham

Prefiero opinar solo desde mis posibilidades de reflexión. Los libros están determinados, hoy, por los que logran circular. Nunca la decisión de qué libros serán publicados (y por lo tanto accesibles al lector), estuvo tan determinada por cuestiones económicas, absolutamente extra literarias, y básicamente dependientes de que sean negocio o no.

A los editores no se los contrata ni se los premia por los aportes culturales, literarios o científicos que sus elecciones produzcan, solo se evalúa y se premia el resultado comercial de esas elecciones.

En la lengua española el nivel de concentración de la industria editorial es de tal magnitud, que sería impensable en países con mayor control social y una comprensión colectiva de los fenómenos culturales.

Hoy más del 75% de los libros que se venden son publicados en algunos de los cientos de sellos de solo dos grandes conglomerados, que siguen ampliándose comprando más editoriales, a riesgo de crear un monstruo inmanejable, que produce una oferta desproporcionadamente mayor que el mercado que la tendría que absorber. Estamos comenzado a ver un verdadero proceso de indigestión.

Me sorprendió encontrar una explicación tan clara, cuando este fenómeno casi ni se vislumbraba. En 1969, Ricardo Piglia registra (Los diarios de Emilio Renzi, 2): “una reflexión muy sagaz con la que David [Viñas] percibe la lógica actual del mundo cultural: se acelera la circulación y se concentran los lugares que deciden qué productos literarios se van a editar o no”.

César Antonio Molina, escritor y exdirector de La Casa del Lector de Madrid

Un libro significa lo mismo que los siglos anteriores: Saber, Conocimiento, Acompañamiento y Libertad.  Qué mas da el Ulises, de Joyce, en papel que en otro soporte. Yo prefiero el libro tradicional, pero si cumple las mismas virtudes me da igual.

Manuel Rico, escritor y crítico literario

Un libro es un depósito de la imaginación construido con palabras que cobra una dimensión distinta en función de la mirada, la experiencia o la memoria del lector. Es quizá, el único “objeto” con el que un ser humano puede establecer un diálogo en la intimidad del que, con toda probabilidad, saldrá con más conocimiento, con más emociones y con más experiencia acerca de la vida. Ello ha sido así desde los tiempos del papiro. La técnica (sobre todo el nacimiento de la imprenta) permitió extender las posibilidades de acceso y disfrute. Pero la esencia, la proteína, lo sustancial del libro se han mantenido intactos desde la Edad Media. En el siglo XXI el e-book y otros formatos apenas han modificado su esencia. En todo caso se ha enriquecido con la posibilidad de acceso a conocimientos complementarios al hilo de la lectura. No hay Apocalipsis. Ramón Gómez de la Serna escribió que el libro es “un pájaro con más de cien alas para volar”. También que es “el salvavidas de la soledad”. Ni los nuevos soportes, ni las redes sociales, ni siquiera la tensión hacia la fragmentariedad que la pantalla ofrece, han cambiado el significado que le otorgan las dos greguerías ramonianas. El libro, sea electrónico sea en papel, ahí sigue. Es una realidad material con vida que conecta, en la intimidad, con millones de seres pensantes que, a su vez, agregan, con la lectura, fragmentos de sus propias vidas. Y así seguirá.

Valerie Miles, escritora y directora de la revista 'Granta' en español

Yo creo que ahora, como antes, como desde el principio de los tiempos, las palabras importan. Creo que llamar al libro digital  “libro” es desacertado, creo que deberíamos buscar otra manera de definirlo. Libro viene del “liber” en latín, que quiere decir parte interior de la corteza de los árboles. Al menos eso es lo que me dice el Internet. Creo que sería una buena idea buscar una nueva palabra y así distinguir ente las dos cosas mejor.

El hecho de que el texto no se fija hace que el así llamado “libro digital” o electrónico sea otra cosa, y merece otra palabra. No es un juicio de valor, no pienso que uno es malo y el otro bueno, es para buscar precisión.

Es una nueva vía, abre muchas posibilidades sugerentes, maravillosas, y creo que forma parte de una revolución y cambio de paradigma histórico de primer orden y sólo ha empezado. Lo digital tiene un efecto amplificador como el hallazgo de Gutenberg en su día, de repente los libros están disponibles instantáneamente.

El problema es que el deseo no funciona de esta manera. El deseo requiere tiempo… y tener todo tan rápido quita este tiempo tan maravilloso de sentir el deseo, la expectativa de algo que viene y el tiempo de espera. La seducción requiere tiempo.

Creo que por una parte el libro digital no termina de seducir por ese motivo. Porque es un servicio, no un libro. No compras un objeto, compras un servicio. Pero a veces, es el servicio que buscas porque lo necesitas no por placer sino que por trabajo o por una investigación… o por ansiedad.

Yo creo que conviviremos en un mundo lleno de posibilidades, cada vez más grandes y más asombrosas, analógicas y digitales, encontraremos la manera de preservar lo bueno, el libro analógico que ofrece momentos muy particulares, y el arte de la seducción del objeto, pero también podremos acceder a un servicio eficaz y rápido en momentos de necesidad. ¿Para qué limitarnos a uno o el otro? No hay ninguna razón. ¡Podemos tenerlo todo!

Quien dice que eso no es algo nuevo y no es una revolución la era de la tecnología, está soñando. Sólo lo pueden decir los que no han vivido el mundo pre-digital y no pueden imaginar ya lo que era el mundo sin Internet y las nuevas tecnologías. Yo he tenido la suerte de vivir el mundo analógico y yo puedo constatar que el mundo ha cambiado de manera contundente con las nuevas tecnologías.

Papel o digital lo importante es leer. Nada nuevo para Isaac Asimov. Para el escritor de ciencia ficción y divulgador científico, “la idea esencial del libro no ha cambiado en cinco milenios y no cambiará en un futuro previsible. Nada puede reemplazar a la palabra escrita en alguna forma portátil, más o menos permanente, que se puede pasar de mano en mano”.

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