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‘God Blessing the Seventh Day’ (1805), de William Blake.

Reza Aslan explica por qué los humanos crearon a Dios a su imagen y semejanza

El investigador iraní-estadounidense publica un estudio fascinante y provocador sobre cómo todas las culturas han creado a un ser supremo como reflejo de las personas. WMagazín avanza uno de los grandes ensayos del otoño

Presentación WMagazín ¿De niño, alguna vez, imaginó cómo era Dios o ese a quien llaman Dios? ¿De adulto, alguna vez, creyente o no, ha imaginado como es Dios o ese a quien llaman Dios? Sin duda es una de las figuras más influyentes en la historia de la humanidad que ha determinado buena parte de su destino. Está en la mente como si ese hubiera sido siempre su sitio. Ahora Reza Aslan, investigador iraní-estadounidense, ha escrito la fascinante biografía de Dios creado por la imaginación de las personas. Se trata de Dios. Una historia humana (Taurus) que llegará a las librerías el 5 de septiembre.

WMagazín avanza en primicia la introducción de esta investigación tan interesante en la que através de la metamorfosis de esa figura en el imaginario universal se empieza a comprender no solo la relación del ser humano con la figura de un Dios, sino también del curso de la historia y del enfrentamiento entre los seres humanos por esa causa. Y, sobre todo, la insistente e imperiosa necesidad de crear a alguien como un superhombre. «¿Por qué esa necesidad de que piense, sienta y actúe como nosotros?, se pregunta Aslan: «Radica en nuestra profunda necesidad de experimentar lo divino como un reflejo de nosotros mismos».

Reza Aslan considera que esa tendencia en todas las culturas de crear una versión divina de nosotros mismos es innata: «está programada en nuestro cerebro, de ahí que sea una característica central de casi todas las tradiciones religiosas».

El historiador iraní-estadounidense Reza Aslan. /Foografía cortesía Ed. Taurus

Este libro, señala la editorial Taurus, «es mucho más que una historia sobre la comprensión de Dios: es un intento de llegar a la raíz de este impulso humanizador para desarrollar una espiritualidad más universal. Creamos en un Dios, en muchos o en ninguno, este libro transforma el modo en que pensamos en la religión, así como nuestra relación con la vida, la muerte, lo espiritual y, en definitiva, la esencia misma de la existencia humana».

Puedes leer a continuación la introducción de Dios. Una historia humana escritor por Reza Aslan, miembro de la American Academy of Religion, la Society of Biblical Literature y la International Qur’anic Studies Association. También es profesor de escritura creativa en la Universidad de California, Riverside:

Introducción: "A nuesta imagen y semejanza"

Por Reza Aslan

De niño, creía que Dios era un anciano corpulento y poderoso que vivía en el cielo; una versión más grande y más fuerte de mi padre, y con poderes mágicos. Me lo imaginaba apuesto y canoso, con una larga cabellera gris que le cubría los anchos hombros, sentado en un trono forrado de nubes, y cuando hablaba, su voz retumbaba por el cielo, sobre todo cuando estaba enfadado, como solía ser el caso. Pero también era tierno y amoroso, clemente y amable. Se reía cuando estaba alegre y lloraba cuando estaba triste.

No estoy seguro de dónde saqué esta imagen de Dios. Quizá la viera en algún lugar, pintada en una vidriera o impresa en un libro. También es posible que naciera ya con ella. Hay estudios que demuestran que a los niños pequeños, con independencia de su lugar de origen o de su religiosidad personal, les cuesta distinguir entre los seres humanos y Dios en cuanto a sus actos o modo de actuar. Cuando se les pide que imaginen a Dios, siempre describen a un humano con poderes sobrehumanos.

A medida que fui creciendo, dejé atrás la mayoría de mis ideas infantiles, pero conservé la imagen de Dios. Aunque no crecí en una familia demasiado religiosa, siempre me fascinaron la religión y la espiritualidad. Tenía la cabeza llena de vagas ideas sobre qué era, de dónde venía y qué aspecto tenía Dios (curiosamente, seguía pareciéndose a mi padre). No quería saber cosas acerca de él, y punto: quería experimentarlo, sentir su presencia en mi vida. Pero cuando lo intentaba, no podía evitar imaginarme que nos separaba un gran abismo, con Dios a un lado y yo al otro, sin que hubiera forma de que uno de los dos lo cruzara.

Durante la adolescencia, me convertí del islam tibio de mis padres iraníes al cristianismo ardiente de mis amigos estadounidenses. De pronto, mi afán infantil de ver en Dios a un ser humano poderoso cristalizó en el culto a Jesucristo como «Dios hecho carne», literalmente. Al principio, la experiencia fue como si me rascara en un lugar que llevara picándome toda la vida. Hacía años que buscaba una manera de superar el abismo que me separaba de Dios, y ahora una religión me decía que tal impedimento no existía. Si quería saber cómo era él, todo lo que tenía que hacer era imaginar al ser humano más perfecto.

Tenía cierto sentido. ¿Qué mejor manera de eliminar la barrera entre los seres humanos y Dios convirtiéndolo a él también en un ser humano? Como dijo el célebre filósofo alemán Ludwig Feuerbach para explicar el enorme éxito de la idea cristiana de Dios, «solo un ser que comprende en sí a todo el hombre puede satisfacer a todo hombre».

La primera vez que leí esa cita fue en la universidad, más o menos en la época que decidí dedicar mi vida al estudio de las religiones. Lo que parecía decir Feuerbach es que el atractivo casi universal de un Dios que piensa, siente y actúa como nosotros radica en nuestra profunda necesidad de experimentar lo divino como un reflejo de nosotros mismos. Esa verdad me golpeó como un rayo. ¿Por eso de adolescente me atraía el cristianismo? ¿Había estado construyendo mi imagen de Dios todo este tiempo como un reflejo de mis propios rasgos y emociones?

Esta compulsión por humanizar lo divino es algo para lo que está programado nuestro cerebro, y por eso se ha convertido en un rasgo fundamental de casi todas las tradiciones religiosas que el mundo ha conocido.

La posibilidad me dejó resentido y desilusionado. Buscando una concepción más amplia de Dios, abandoné el cristianismo y volví al islam, atraído por la iconoclasia radical de la religión: la creencia de que Dios no puede quedar limitado por ninguna imagen, humana o de otra índole. Reconocí rápidamente, sin embargo, que el rechazo del islam a la representación de Dios en forma humana no se traduce en un rechazo a pensar en Dios en términos humanos. Los musulmanes son tan propensos como las demás personas religiosas a atribuirle sus propias virtudes y vicios, sus propios sentimientos y defectos. No es algo que puedan escoger. Ni ellos ni nosotros.

Resulta que esta compulsión por humanizar lo divino es algo para lo que está programado nuestro cerebro, y por eso se ha convertido en un rasgo fundamental de casi todas las tradiciones religiosas que el mundo ha conocido. El mismo proceso mediante el cual surgió el concepto de Dios en la evolución humana nos obliga, conscientemente o no, a formarlo a nuestra propia imagen. De hecho, la historia de la espiritualidad humana en su conjunto puede verse como un esfuerzo constante, interconectado, en permanente evolución y con una notable capacidad cohesionadora para dar sentido a la divinidad otorgándole nuestras emociones y personalidades, atribuyéndole nuestros rasgos y nuestros deseos, proporcionándole nuestras fortalezas y nuestras debilidades, incluso nuestro propio cuerpo; en resumen, haciendo que Dios seamos nosotros. Lo que quiero decir es que muy a menudo, aunque no nos demos cuenta, y con independencia de si somos creyentes o no, lo que la gran mayoría imagina cuando piensa en Dios es una versión divina de nosotros mismos: un ser humano con poderes sobrehumanos.

Esto no equivale a afirmar que Dios no existe, o que lo que llamamos Dios sea por completo una invención humana. Ambas afirmaciones pueden ser ciertas, pero ese no es el tema de este libro. No tengo ningún interés en tratar de probar la existencia o la inexistencia de Dios por la simple razón de que no puede probarse ni lo uno ni lo otro. La fe es algo que se elige; quien diga lo contrario intenta convertirte. Eliges creer que hay (o no) algo más allá del ámbito material; algo real, algo conocible. Si, como en mi caso, optas por lo primero, entonces debes hacerte otra pregunta: ¿quieres experimentarlo? ¿Quieres estar en comunión con eso? ¿Conocerlo? Si es así, puede que te sea útil contar con un lenguaje que te permita expresar lo que es fundamentalmente una experiencia inexpresable.

Ahí es donde entra la religión. Más allá de los mitos y los rituales, los templos y las catedrales, los mandamientos y las prohibiciones que han dividido a la humanidad en bandos de creencias distintas y a menudo enfrentadas durante milenios, la religión es poco más que un «lenguaje» compuesto de símbolos y metáforas que permite a los creyentes comunicar unos a otros y a sí mismos la experiencia inefable de la fe. Lo que pasa es que, a lo largo de la historia de las religiones, ha habido un símbolo que destaca como algo universal y supremo, una gran metáfora de Dios, de la que derivan casi todos los demás símbolos y metáforas de casi todas las religiones del mundo: nosotros, los seres humanos.

La creencia en dioses humanizados nos sirvió de guía como cazadores-recolectores, y luego, al cabo de decenas de miles de años, hizo que sustituyéramos nuestras lanzas por arados y nos pusiéramos a sembrar.

Este concepto, que yo llamo «el Dios humanizado», estaba clavado en nuestra conciencia cuando se nos ocurrió por primera vez la idea de Dios. Nos llevó a formular nuestras primeras teorías sobre la naturaleza del universo y nuestro papel en él. Dio forma a nuestras primeras representaciones físicas del mundo más allá de nuestro entorno. La creencia en dioses humanizados nos sirvió de guía como cazadores-recolectores, y luego, al cabo de decenas de miles de años, hizo que sustituyéramos nuestras lanzas por arados y nos pusiéramos a sembrar. Nuestros primeros templos, así como nuestras primeras religiones, los construyeron personas que consideraban a los dioses seres sobrehumanos. Los mesopotámicos, los egipcios, los griegos, los romanos, los indios, los persas, los hebreos, los árabes, todos idearon sus sistemas teístas en términos humanos y con imágenes humanas. Pasa lo mismo con las tradiciones no teístas, como el jainismo o el budismo, que conciben a los espíritus y devas que encontramos en sus teologías como seres superiores que, al igual que sus homólogos humanos, están sujetos a las leyes del karma.

Incluso los judíos, los cristianos y los musulmanes contemporáneos que tanto se esfuerzan por profesar creencias teológicamente «correctas» sobre un Dios único y singular que es incorpóreo o infalible, omnipresente u omnisciente, parecen obligados a imaginarlo en forma humana y a hablar de él en términos humanos. Los estudios realizados por numerosos psicólogos y científicos cognitivos han demostrado que los creyentes más devotos, cuando se ven obligados a comunicar sus pensamientos acerca de Dios, en su inmensa mayoría lo tratan como si estuvieran hablando de una persona que se hubieran encontrado en la calle.

Pensemos en la forma en que los creyentes suelen calificar a Dios como bueno o amoroso, cruel o celoso, indulgente o amable. Sin embargo, esta insistencia en recurrir a emociones humanas para describir algo que —sea lo que sea— desde luego no es humano, demuestra la necesidad existencial de proyectar nuestra humanidad en Dios, de otorgarle no solo todo cuanto hay de digno en la naturaleza humana —la capacidad ilimitada de amar, la empatía y el afán de mostrar compasión, las ansias de justicia—, también lo que hay de vil en ella: la agresividad y la codicia, los prejuicios y los fanatismos, la inclinación a recurrir a la violencia extrema.

Como es de esperar, este impulso natural de humanizar lo divino conlleva ciertas consecuencias. Porque cuando dotamos a Dios de atributos humanos, esencialmente divinizamos esos atributos, de modo que todo lo bueno o lo malo de las religiones no es más que un reflejo de todo lo que hay de bueno o de malo en nosotros. Nuestros deseos se convierten en los deseos de Dios, pero sin límites. Nuestras acciones se convierten en acciones de Dios, pero sin consecuencias. Creamos un ser sobrehumano dotado de rasgos humanos, pero sin nuestras limitaciones. Modelamos las religiones y culturas, las sociedades y los gobiernos, de acuerdo con nuestros propios impulsos humanos, al mismo tiempo que nos convencemos de que dichos impulsos son divinos.

Eso, más que cualquier otra cosa, explica por qué a lo largo de la historia de la humanidad la religión ha sido una fuerza motriz tanto para el bien infinito como para el mal más indescriptible; por qué la misma fe en el mismo Dios inspira amor y compasión en un creyente, pero odio y violencia en otro; por qué dos personas pueden examinar las mismas escrituras al mismo tiempo y extraer de ellas dos interpretaciones radicalmente opuestas. De hecho, la mayoría de los conflictos religiosos que continúan trastornando nuestro mundo surgen de nuestro deseo innato e inconsciente de convertirnos en la apoteosis de lo que es Dios y lo que Dios quiere, a quien ama Dios y a quien odia Dios.

Tardé muchos años en darme cuenta de que la concepción de Dios que andaba buscando era sencillamente demasiado amplia para que encajara con cualquier tradición religiosa, que la única forma en que podía experimentar de verdad lo divino era deshumanizar a Dios en mi conciencia espiritual.

Por eso este libro es algo más que una mera historia de cómo hemos humanizado a Dios. También es un llamamiento a dejar de imponer nuestras compulsiones humanas sobre lo divino y desarrollar una visión más panteísta de Dios. Por lo menos es un recordatorio de que, tanto si creemos en uno solo como en muchos o en ninguno, somos nosotros quienes hemos modelado a Dios a nuestra imagen y semejanza, y no al revés. Y en esa verdad radica la clave para una espiritualidad más madura, más pacífica y más esencial.

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