Ilustración de Eva Manzano.

‘Sombra de lo que fuimos’ y otros 18 cuentos extraños de amor

El escritor madrileño, y autor de este cuento que avanza WMagazín, es uno de los autores que participa con un relato en el volumen 'Las más extrañas historias de amor'. Una cita literaria de los autores contemporáneos más fantásticos alrededor del tema amoroso

Presentación de WMagazín. El amor verdadero parece convencional pero en el fondo no lo es. Su naturaleza es lo extraordinario, lo extraño, lo singular, porque cada persona involucrada en el sentimiento lo vive de una manera única, la vivencia mutua es diferente y a los ojos de los demás es otro mundo. El amor suele habitar en tierra desconocida. Ese es el territorio que transitan dieciocho escritores en los cuentos reunidos en Las más extrañas historias de amor (Reino de Cordelia).

“¿Qué es el amor? ¿Es una fantasía o una realidad?”, se pregunta en el prólogo del libro Eva Manzano, editoria e ilustradora del volumen, para luego agregar: “Una realidad, se le añade grandes dosis de ilusión, en cuanto que se necesita una parte de esperanza para alcanzar ese deseo, de momento, tan solo imaginado. Porque como si de un reflejo de nuestra persona se tratara, si no conseguimos unirnos a ese amor, vagaremos por el mundo como si nos faltara una mitad nunca antes añorada. Sin duda, en la unión con la persona elegida habrá siempre un territorio ignoto al que tan solo podamos acceder en sueños o bien le demos la forma de una quimera”.

Y la exploración a ese territorio ignoto nos la cuentan 18 escritores en sendos relatos: Juan Jacinto Muñoz Rengel, Andrés Ibáñez, Cristina López Barrio, Carola Aikin Araluce, Pilar Adón, Isabel Cienfuegos, Valeria Correa Fiz, Ronaldo Menéndez, José María Merino, Chus Álvarez, Inma Porcel, Roberto Guijarro, Carlos Castán, Eva Manzano, Ma Ángeles Tortajada, Ludo Bermejo, Gema Moratalla y Jorge Olivera.

WMagazín se une a esta fiesta de los enamorados con el avance del cuento de Andrés Ibáñez incluido en el volumen.

Sombra de lo que fuimos

Por Andrés Ibáñez

Estaban sentados en la terraza del Cafe de Oriente, una de esas ardientes noches del verano de Madrid. Ella había pedido un gin tonic de Bombay Sapphire y él una cerveza, pero ninguno de los dos bebía. Ella le preguntó si la estaba dejando. Él le dijo que sí, que no tenía más remedio, que no podía seguir así, mintiendo a su mujer, inventado excusas, fabricando historias, revisando su aspecto y sus bolsillos al llegar a casa por el temor enfermizo de que algo pudiera delatarle, duchándose nada más entrar para quitarse el olor de su perfume. Ella parecía triste y desilusionada.

– ¿Para eso querías quedar conmigo después de dos meses sin vernos?

– Me gustaría tener dos vidas, y dedicarte a ti una de ellas. Pero sólo tengo una vida.

– ¿Eso era lo que querías decirme? ¿Que ya no quieres verme más?

– No quería decírtelo por teléfono, o por mail.

Ella estaba nerviosa y abrió su bolso para buscar el tabaco. Intentaba fumar poco cuando estaba con él porque sabía que no era fumador e intuía que el tabaco podía molestarle aunque él jamás le había dicho nada. Ella quería gustarle en todo lo que hacía, que él no hallara en ella ni una mácula. Intuía que él era su última oportunidad, su último amor. Así nos sucede, que todo lo que nos pasa nos parece siempre la última oportunidad. Pero quizá fuera cierto, quizá él fuera su última oportunidad.

– Bueno – dijo ella con tono conciliador después de dar la primera calada y soltar el humo -. Pero si hacía meses que no nos veíamos. Ya ves tú cómo es esto. No nos vemos apenas. Podemos seguir así.

– Encontrándonos de vez en cuando – dijo él -. Yendo a un hotel y pasando una tarde de amor. Y luego yendo a bares en zonas alejadas donde no nos tropecemos con conocidos. Y besándonos en parques oscuros. Y hablando por la noche en el chat.

– A mí esas conversaciones me han salvado la vida – dijo ella.

Fumar parecía haberle devuelto la calma y también, en parte, el control de la situación.

– Lo digo de verdad – dijo ella -. Me salvaste la vida porque esas conversaciones ponían belleza en mi vida. Pero ¿por qué no podemos seguir así? No tienes que sufrir ni pasarlo mal. Piensa que no tienes ninguna obligación conmigo. Ninguna de ninguna clase. Simplemente, cuando quieras verme, me llamas y nos vemos. Cuando tú quieras, como tú quieras. A mí me parece bien. No tengo prisa ni ansiedad ninguna, ni te exijo nada.

– Eso es embriagador – dijo él cerrando los ojos -. Es tan embriagador como el olor de las rosas. Creo que nadie me ha dicho nunca nada tan embriagador.

– Yo soy tuya – dijo ella bajando un poco la voz -. Y lo seré siempre.

Pero aquella palabra, “siempre”, sonó como la campanada del final. Ella se dio cuenta al instante y él se dio cuenta también. Aquellas rosas, aquel “siempre”, aquella embriaguez.

Él se ofreció a llevarla a casa en coche. Ella aceptó. Condujeron en silencio a través de las calles de Madrid alejándose del centro en dirección al barrio donde ella vivía. Ella le iba indicando las calles que tenía que coger, calles dormidas que atravesaban parques oscuros. Ninguno de los dos decía nada pero ella tenía la mano sobre el muslo de él y él notaba su mano cálida. Al llegar a su casa le invitó a subir. Su marido y sus hijos estaban fuera, le dijo. A él le sorprendió esta invitación: había imaginado que se despedirían en el coche y que luego ella saldría llorando y se metería en el portal.

Era la primera vez que uno de los dos se adentraba en los dominios del otro. Ahora que se habían separado o iban a separarse, de pronto él entraba en su casa. Ella le mostró el salón, la estantería donde estaban sus libros, la habitación donde estaba su portátil y desde la cual había estado hablando con él noche tras noche desde hacía más de un año. Y luego le condujo a su dormitorio.

– Nunca te había visto tan parado – le dijo ella riendo.

En efecto, él se había quedado inmóvil al lado de la cama. No imaginaba que ella quisiera hacer el amor en la cama donde dormía con su marido. No imaginaba que ella quisiera hacer el amor ahora que iban a dejarlo, ahora que ya lo habían dejado. Ella se quitó los zapatos y luego se bajó la cremallera de la falda y la dejó caer sobre la moqueta. Luego siguió quitándose prendas de ropa hasta quedar completamente desnuda. Y él miró a la pared de la derecha y vio su sombra. A causa de la posición de la lámpara de la mesilla de noche, que era la única encendida, la sombra era singularmente nítida. Vio el perfil adorable de su cabellera, que se rizaba sobre los hombros, el perfil de ese cuerpo voluptuoso que amaba, la curva de las caderas, el volumen de un seno.

Luego hicieron el amor y ella le dijo que le amaba y que le querría siempre, y él le dijo que él también la querría siempre y que jamás la olvidaría. Y luego salió de aquella casa y bajó las escaleras y caminó en dirección a su coche igual que un fantasma. Y a la luz de una farola vio su propia sombra en el suelo, alargada y triste, balanceándose de un lado a otro. Y se quedó inmóvil en la acera, con las llaves del coche en la mano, observando su sombra en la acera. Era una doble sombra producida por la luz de dos farolas, pero una de las dos sombras era más nítida. Levantó un brazo y la sombra hizo lo mismo. Suspiró con fuerza. Estaba lleno de ella, de su olor, de su ternura, de su belleza, del calor de su cuerpo, de la intensidad de su mirada al final, cuando los dos estaban tendidos uno al lado del otro en la cama donde ella dormía con su marido todas las noches y simplemente se miraban y él pensaba que jamás la había visto tan bella como en ese momento y que ella era realmente su mujer, su verdadera mujer desde siempre y para siempre. Suspiró de nuevo. Se metió en su coche y regresó a su vida.

A pesar de todo, esa noche la buscó en el chat, pero ella no entró. La esperó hasta las dos y media de la mañana. Solían hablar hasta las tres o las cuatro, algunos días hasta las cinco de la mañana aunque los dos tenían que despertarse pronto. Ella no se conectó esa noche y ya no volvió a conectarse. Y ya nunca volvieron a verse.

Jamás volvieron a verse ni a hablar aunque él pensaba en ella a todas horas y no podía dejar de ver en su imaginación su rostro y su cuerpo y de oír su voz y sentir sus labios y sus caricias y el calor de sus lágrimas y la belleza de sus ojos cuando le miraba. Luego, con el paso de los años ya no pensaba en ella a todas horas pero sí todos los días. Y luego pasaron más años todavía, diez años, quince años, y seguía pensando en ella. No todos los días, claro, pero al menos una vez a la semana. Y siempre, siempre deseaba verla. Pero ya todo posible contacto se había roto. Sólo conocía su nombre y su apellido, que eran muy comunes. Se llamaba Isabel Hernández, y había Isabeles Hernández en todas partes. Hasta en su lugar de trabajo había una mujer que se llamaba Isabel Hernández. Había apuntado su móvil en una libreta, pero con lápiz y sin poner su nombre para que su mujer jamás pudiera descubrirlo y tan bien lo había ocultado que ahora él mismo no podía encontrarlo, y lo buscó muchas veces en todas las libretas y agendas de esa época y por ninguna parte aparecía. Tenía su mail, pero un cataclismo informático de esos que nunca pueden suceder le borró todos los contactos y todos los mensajes antiguos. La buscó en las redes sociales, pero entre las innumerables Isabel Hernández que encontró jamás estaba ella. Intentó encontrar la empresa donde ella trabajaba, una aseguradora o gestora de riesgos, pero no lo logró. Ella le había enviado dos fotos suyas tiempo atrás. Ahora esas fotos, que tenía ocultas en algún rincón inencontrable y que jamás miraba, eran lo único que le quedaba de ella. Pasaron quince años y de vez en cuando intentaba buscarla de nuevo. A veces cuando caminaba por Madrid se imaginaba que se encontraba con ella por casualidad. Soñaba con que ella, un día, le llamaba por teléfono. Pero ella jamás le llamó.

No, ellos jamás volvieron a verse, pero ¿y sus sombras? La de él se había quedado en la acera, alargada y con el brazo levantado, algo desorientada. La de ella estaba en la pared de su alcoba, algo avergonzada porque estaba desnuda y se veía demasiado rellenita. Ah, se dijo la sombra, estoy demasiado gorda, no sé cómo puedo gustarle. Pero es evidente que le gusto. Lo veo en sus ojos, lo siento cuando me besa, cuando me acaricia, cuando entra dentro de mí.

Y ella, la mujer, siguió con su vida, pero la sombra de aquella noche se quedó en la alcoba y ya no deseó salir de allí. Sí, es cierto que la mujer cuando caminaba por la calle proyectaba una sombra todo el rato, pero este era un simple efecto de la luz y de los cuerpos interpuestos. La sombra de aquella noche, cuando ella se había desnudado para él sabiendo que era la última vez que iban a verse, era algo distinta. Era una sombra, es cierto, pero tenía recuerdos, tenía sentimientos, tenía voluntad.

¿Y la sombra de él, la que se había quedado en la acera? Estaba un poco confusa, quizá por el hecho de ser una sombra doble producida por la luz de dos farolas, aunque una estaba más cerca y arrojaba una sombra mucho más nítida que la otra.

La sombra de ella permaneció en la alcoba donde había sido creada. La sombra de él permaneció en la acera de enfrente de su casa. Quizá el hecho de ser una sombra doble le produjera una cierta indecisión. Luego la sombra de la alcoba se metió en el armario, se adentró en la zona más oscura, donde se guardaban los vestidos de fiesta y los abrigos lujosos que la mujer ahora nunca se ponía y se quedó allí escondida para que nadie la viera. La sombra de la acera, por su parte, después de pasar varios días en el mismo lugar se dijo “qué diablos” y echó a caminar. Caminó y caminó y caminó hasta que sintió cansancio. Entonces se sentó en un banco de un parque y se puso a mirar a los niños jugar. Las sombras no duermen y tampoco necesitan alimentarse, de modo que su existencia es muy sencilla. Decidió quedarse en aquel parque algún tiempo. No tenía ningún otro sitio al que ir, y además necesitaba tiempo para pensar. Y sólo había una cosa en la que deseaba pensar: en ella, en la mujer que había abandonado a pesar de que la amaba. Pensaba en ella y se llenaba de felicidad. Recordaba todos los encuentros, que en realidad habían sido muy pocos, todos los besos, todas las conversaciones, todas las bromas, todas las lágrimas.

La sombra de ella, que estaba metida dentro del armario, también tenía sólo un pensamiento. Era una sombra, es cierto, pero había nacido en un momento de intenso amor y el amor llenaba completamente su triste existencia de sombra. No necesitaba ninguna otra cosa más que amarle. Ya hemos dicho que las sombras no necesitan alimentarse ni tampoco dormir. Y allí estaba, refugiada dentro del armario, en la zona de los vestidos y los abrigos olvidados, pensando en él.

... Esta historia continúa en el relato Sombras de lo que fuimos, de Andrés Ibáñez, incluido en el volumen de cuentos Las más extrañas historias de amor (Reino de Cordelia).

***

Los autores contemporáneos más fantásticos se reúnen en Las más extrañas historias de amor. Desde la inclasificable domesticación del mundo por un amante enjaulado hasta la pregunta más íntima: ¿Cómo amar a los demás sin amarse uno mismo? Hay distopías románticas que ofrecen rosas salvajes, belleza y espinas… ¿Qué es el amor sino la desgarradora fugacidad de la materia? Dieciocho autores muestran las dimensiones infinitas de este querer. Su realidad y fantasía se unen a la inmensidad sin fronteras ni límites, y permiten observar de cerca lo que siempre ha estado presente ante nuestros ojos: lo extraordinario. ¿Podríamos esperar un mundo sin ese delirio? La conclusión de esta antología es un rotundo no. El lector sentirá una atracción divina y cósmica y padecerá pasión porque, como inmortalizó Rilke, “el amor, con amor se paga”.

Obras y autores: Háblame de las otras, de Juan Jacino Muñoz Rangel; Sombra de lo que fuimos, de Andrés Ibáñez; Amor apocalíptico, de Cristina López Barrio; En la costa, de Carola Aikin; Pietas, de Pilar Adón; No tengas miedo, de Isabel Cienfuegos; La mujer de tus sueños, de Valeria Correa Fiz; El otro mundo, de Ronaldo Menéndez; Metal, madera, piedra, corazón, de José María Merino; La huella de Nefertiti, de Chus Álvarez; Las margaritas duermen por la noche, de Inma Porcel; El viejo Bill, de Roberto Guijarro; Alma mía, de Carlos Castán; Las últimas voces de los árboles, de Eva Manzano; Escotoma, de María Ángeles Tortajada; Pedazos, de Ludo Bermejo; La nueva Dyna, de Gema Moratalla; y La isla, de Jorge Olivera.

 

Un comentario

  1. No me ha gustado nada. Me ha resultado cursi y con un tono de cuento infantil o novela romántica que deja el amor muy mal parado. O muy bien parado, según gustos, porque es como un regalo con lazo para un catorce de febrero.

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