Francisca Gavilán interpreta a Violeta Parra en la película ‘Violeta se fue a los Cielos’.

Violeta Parra: El siglo de oro de la palabra castellana en Chile

La Mar de Músicas conmemora el centenario del nacimiento de la cantautora y poeta chilena: un concierto y una charla literaria con su nieta Tita Parra y el artista Manuel García

PRÓLOGO América Latina es el invitado este año la XXIII edición del Festival La Mar de Músicas, en Cartagena (España). Y Violeta Parra es la figura que acompaña estos días de música, literatura, arte y cine desplegados en este encuentro cultural. Se cumplen cien años de su nacimiento y cincuenta de su muerte. WMagazín se une a la conmemoración de esta querida e importante cantautora y poeta chilena con el homenaje literario que se le rindió y donde la poeta española Lara López presentó a Tita Parra, nieta de la artista, y a Manuel García, cantautor chileno. López, que acaba de publicar el poemario Insectos (Papeles mínimos) abrió el homenaje:

«En abril de 2001, el director de cine Atom Egoyan escribió el texto que acompañaba la primera exposición itinerante de la artista iraní Shirin Neshat, que incluía la pieza Turbulent, de 1998, ganadora del Premio Internacional de la Bienal de Venecia.  El propio cineasta se asombraba de haber tenido tiempo y espacio mental para escribirlo ya que estaba a punto de iniciar el rodaje de su décima película, Ararat, sobre el genocidio de su pueblo. (…)

En la cultura de Neshat la imagen es ‘mirada con sospecha y desprecio’ y ella, mujer al tiempo que artista desafía desde dentro esa sociedad patriarcal y castrante, en la que son los hombres los que cuentan con el privilegio de la cultura, como señala Egoyan.

Hoy nos convoca aquí otra mujer procedente de un lugar muy alejado geográfica y temporalmente del propuesto por Neshat. Sin embargo, en nuestro imaginario, su obra resulta igualmente provocadora y necesaria no ya, no solo, necesaria para el momento en el que vivió, como artista, como compiladora, como comunicadora y divulgadora. También, más si cabe, en un momento como este, cien años después de su nacimiento, a diez mil kilómetros de distancia, en el que nos estamos preguntando:

“¿Por qué estudiar a Violeta Parra?”

Permítanme parafrasear a Fernando Palacios para presentar esta ponencia de Manuel García y Tita Parra sobre la autora «más completa, revolucionaria, inspirada, arriesgada, original, esencial, personal y profunda del Siglo XX”.

Tita Parra y Manuel García en La Mar de Músicas 2017

El siglo de oro de la palabra castellana en Chile

Por Manuel García

La personalidad de Violeta Parra es en sí misma un núcleo creativo en su máxima expresión. Una mujer con una inteligencia y un grado de sensibilidad extraordinarias. Una artista capaz de hacer cosas nuevas, sorprendentes. Generadora de cambios profundos en su entorno y en su época. Una mujer cuya personalidad y obra es susceptible de ser analizada desde la historia, la música, las artes visuales, la poesía, la estética, la sociología o la plástica, suscitando por igual el interés de estudiosos del mundo académico, artistas y la sociedad de su tiempo y generaciones posteriores de manera transversal.

Un genio.

“¿Por qué estos personajes de lana, estos animales, estas flores, estos racimos, estos bordados, estas novedades tiernas y violentas conmueven tan certeramente nuestra sensibilidad? Sin duda porque Violeta Parra no hace de ellas elementos decorativos, nacidos de su pura imaginación, sino retratos de gentes que ella ama o no. Restitución de recuerdos de Chile sobre tela para glorificarlos y exorcizarlos. Se asiste al nacimiento de una obra, de un mundo donde violencia sorda y ternura fecundante se corresponden. «Sus obras sobrepasan los encantos fáciles y engañosos del exotismo o del folclore de pacotilla. Obras inocentes, primitivas. pero cargadas de experiencia ricas en técnica y trascendencia vital”, dijo Madeleine Brumagne, Tribune, Suiza, 1964

Quizá si no hubiera sido una mujer, en el contexto cultural concreto del Chile de comienzos del siglo XX, ese mismo carácter de genio sería el calificativo que se daría sin dudar a quien, medio siglo después, se enfrentó a esas mismas cuestiones aún no del todo resueltas (identitarias, de género, de clase social) en las que indagó intuitivamente y que legó para siempre al acervo cultural de Chile.

Tomando en cuenta que el pasado también es objeto de variaciones y reinterpretaciones desde el lugar que el presente le otorga, así el presente se va modificando y se resignifica, de acuerdo a lo que somos capaces de extrapolar de lo que entendemos por pasado. En esta dinámica tiempo-espacial, el futuro nos ofrece la necesidad de ser controlado o condicionado de forma predecible por el ser humano. En una sociedad como la chilena, el ideal de la identidad propia es algo que se trenza en empeños, discusiones y formas de hacer desde hace ya largas décadas.  Si la trascendencia de una obra reside en su capacidad para establecer un núcleo donde pasado y presente conviven de manera relacionada, esos son los elementos que transgredió, estableció y con los que trascendió Violeta Parra. Y un logro no menos importante fue hacerlo desde el ámbito de la canción popular. Si, como indica Simon Frith: “En su discusión de la identidad negra, Paul Gilroy sostiene que no es ‘simplemente una categoría social y política’, ni ‘una vaga construcción completamente contingente’ sino que sigue siendo el resultado de la actividad práctica: lenguaje, gestos, significados corporales, deseos”.

La Violeta Parra que desanda los caminos, pueblos y campos de su país, busca y encuentra, en un ejercicio de empatía y conciencia con sus semejantes, en una “vocación firme, indoblegable, de rastrear raíces musicales en un pasado que no se detenía en la canción del siglo XIX”, como señala Víctor Casaus en su prólogo a El libro mayor.

Así como Violeta Parra desteje las madejas de su lana, se teje la memoria de los hombres.

Y resulta particularmente interesante cómo su cancionero refleja la dinámica por la que transita la manera en la que hombres y mujeres se relacionan con la música, especialmente con la guitarra. Y aunque ella parte de la tradición escrita, entronca con la oral y las músicas de trance y sanación de alma y cuerpo de las cofradías marroquíes. Las músicas del Chile rural podrían remontarse a otras lejanas y evocar el sonido de los esclavos negros que remaban en las galeras que llegaban de Senegal, Sudán o Mali a Marruecos y Argelia.

Homenaje a Violeta Parra en La Mar de Letras: de izquierda a derecha: Greco, Tita Parra y Manuel García.

La artista Violeta Parra, genial como Van Gogh y como Kodály y Bártok, guardiana de la memoria. ¿Cabría pensar que llegara a los cuadernos manuscritos de Violeta Parra esa memoria de esclavos y héroes, de negros y blancos? ¿Se produjo en Chile ese mestizaje? ¿Correría por las venas de huasos y paisas la sangre de aquellos negros que a mediados del XVII traídos del Golfo de Guinea, naufragaron frente a las costas y convivieron libres con colonos franceses e ingleses, hasta su diáspora hacia la costa atlántica de Centroamérica, desde Nicaragua hasta Honduras, Guatemala y Belice? ¿Habrá restos del garífuna proveniente del arahuaco y del caribe, con ecos del bantú, inglés, francés y castellano en el ritmo de la parranda, en la punta o el sambay?

Si necesitáramos en el siglo XXI establecer un hilo conductor que una el funk con la tonada, el rock and roll, la música mexicana, lo latinoamericano en general, el gran punto de unión es el campo, lo rural. La canción El arado, de Víctor Jara, ilustraría idealmente los primeros minutos del documental biográfico del músico estadounidense B.B. King. Hay estudios que indican que, paralelamente en el tiempo a Violeta Parra, surgía en tierras norteamericanas todo un fenómeno musical, al registrarse por primera vez la música negra procedente de los campos cercanos a las riveras del Mississippi. El nacimiento del blues en los campos tiene un parentesco importante con las temáticas y el imaginario rural del campo chileno.

Lo rural no como se ha confundido común e intencionadamente con la caricatura borrosa de la historia de la tierra, de épocas y pueblos a quienes convenía que el pueblo desconociera sus raíces, quiénes son y la fuerza que poseen. Lo rural no ya con la conciencia de la pureza de antaño, sino como territorio casi onírico en el que recrear nuestro pasado, el de nuestros abuelos y antepasados. Lo rural, que ahora bien puede leerse desde los cuentos, relatos, canciones, fragmentos, poemas, fotografías y hasta costumbres trasplantadas a la vida urbana, a veces confundidas entre el barullo y las voces de la vida en la ciudad como una sensación de desarraigo que aparece por sorpresa  y nos desgarra. Uno de los monstruos del posmodernismo recurrente en la ciencia ficción es la pesadilla de habitar paisajes extraños sin saber por qué. Aparece en nuestros sueños una orilla imprecisa que dibuja pueblos fantasmagóricos donde oímos el rumor de unas voces que nos son familiares, de las que intentamos escapar aterrados con la sospecha de que, si camináramos en su dirección, nuestras propias abuelas nos arrancarían los ojos.

No quiso la construcción de la vida moderna y contemporánea que los seres humanos conservaran el orgullo por sus raíces; sus valores fueron trastocados convirtiéndonos así en seres débiles, fáciles de controlar. La idea de antiguo como fundacional, originario, primero, se reemplazó por la idea de anticuado, pasado de moda, caduco. La idea de tradición, de ritual, de costumbres, se ha asociado «al vicio de vivir anclado en el pasado». Con este juicio era fácil que la visión profunda y pura del campesinado, su saber y su relación con la naturaleza fueran catalogadas de ignorancia. Que los patronos, en un comienzo colonialistas, invasores y usurpadores, legitimados por la fuerza de las armas, tuvieran la necesidad, también por vergüenza propia de no entenderse a sí mismos, de cuestionar la forma ser y sentir del campesinado. Aunque las diferencias entre clases sociales son evidentes en el campo chileno, el contexto físico y en algunos casos psicológico es idéntico para la mayoría de quienes habitan este espacio.

Los códigos de patronos y trabajadores parecieran serlo también. En términos de preocupación, todos terminan el día inquietos por la cosecha, el tiempo atmosférico, las plagas o la salud de los animales. Pero sus vivencias no solo no les convierte en iguales, sino que acentúan sus diferencias. El peón fiel, el capataz que vela al patrón, no bebe en el mismo cristal, ni duerme en las mismas sábanas de hilo. Y la clase social parece confundirse con el color de una piel que la pobreza tizna con empeño.

De ahí surge la necesidad de montar la obra de teatro, la gran representación del poder, en una trama donde los papeles queden repartidos de modo que nuestros abuelos vivan un presente impuesto, carente de raíces, de ancestros, es decir, carente de orgullo.  Esa situación que vuelve vulnerable a cualquier ser humano despojado de valores que le permitan proyectar sus ideas, sus sueños y  su fuerza, aparece en el imaginario textual recopilado por la Parra y reflejado en canciones como Santiago penando estás, Yo canto a la diferencia o Arriba quemando el sol.

También es en sus investigaciones sobre el terreno donde se percata que aquella «palabra del siglo de oro de la lengua castellana en Chile» está acallada a causa de las labores de «trabajo» que no dan tiempo para estar cerca de la guitarra, ni reflexionando junto a ella, ni cumpliendo las funciones rituales de cantar en un bautizo, en un nacimiento, en un funeral o en un casamiento. Los artistas ya no saben, o no pueden, tomarse el tiempo para transformar el tiempo.

  • Manuel García ha publicado recientemente el álbum Harmony Lane y el sencillo Camino a casa.
Homenaje a Violeta Parra en La mar de Letras. De izquierda a derecha: Greco, Tita Parra y Manuel García. / Fotografía de Winston Manrique

6 comentarios

  1. Excelente artículo, pero no entiendo por qué la foto que lo acompaña es de la actriz Francisca Gavilán quien hizo el papel de la cantautora en la película «Violeta se fue a los Cielos.» En un texto que exalta la contribución de esta gran artista, debería cuidarse su representación or por lo menos añadir un título para no confundir.

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