Yanina Rosenberg.

Yanina Rosenberg: «¿Y si los hombres no quieren el papel de superhéroe protector?»

En los cuentos de 'La piel intrusa' esta escritora argentina sigue la gran tradición literaria del fantástico de su país. El terror agazapado en lo cotidiano y en temas y preocupaciones contemporáneas: maternidad, relaciones hombre-mujer...

Mi nombre es Yanina Rosenberg y nací en Buenos Aires en 1980. Soy farmacéutica y licenciada en Letras. Me crié en una farmacia del barrio de Flores entre algodones y cajas de Aspirinetas. Entre castillos hechos con rollos de papel fiscal y turnos de guardia donde se atendía a través de una pequeña ventana. Mi libro favorito, por ese entonces, tenía forma de ventana. Antigua, pintada en verde musgo, con celosías. El libro hacía preguntas, y la respuesta era siempre una nueva ventana. Cada página abría otra ventana. Me gustaba descubrirlas. Escribo para encontrar ventanas».

Encontrarlas y compartir lo que ve en ellas. Porque Yanina Rosenberg ha publicado una gran ventana con múltiples ventanitas, catorce para ser exactos. Para que cada lector se asome en ellas y descubra el mundo en el que vive, en el que ve, siente, piensa y se mueve cada día. Lo ha hecho a través de catorce cuentos reunidos en La piel intrusa (Páginas de Espuma). Es su debut en las librerías españolas y con él obtuvo en 2017 el segundo premio Fundación El Libro en Argentina. Aunque su primera obra fue la novela Momento Estocolmo, de 2016, premiada por el Fondo Nacional de las Artes de Argentina, de próxima edición.

Los cuentos de Yanina Rosenberg son como sus ojos. Su mirada entre prevenida, tímida e interrogativa. Lleva tres días en Madrid dando entrevistas. Está sentada en el sofá de de un pequeño salón familiar de su editorial. Las manos juntas, una encima de la otra sobre las piernas. Sonríe, y con el seño un poco fruncido sus ojos parecen decir: ¿y ahora qué me van a preguntar?

Lo primero será sobre el origen de ese interés por escribir sobre lo fantástico y, sobre todo, desde la cotidianidad donde muestra otro universo agazapado a la espera de ser activado. Y, claro, que cree que aporta con su literatura en un país con una gran tradición literaria sobre este género.

«Si vuelvo en el tiempo, muy atrás en el tiempo, llego a ese primer libro que me puso la piel de gallina: ‘Socorro’ de Elsa Bornemann. Eran todos cuentos de terror donde, por ejemplo, un lavarropas se tragaba a una mujer o los humanos eran confundidos con robots. Pero el que recuerdo especialmente es uno donde tres nenas que, por distintas circunstancias, terminan solas en una casa de campo, en medio de un corte de luz, en una noche de tormenta, y para no tener miedo deciden darse las manos, cada una desde su cama. Una situación cien por ciento normal y cotidiana. Pero resulta que, al día siguiente, cuando despiertan, cuando intentan darse otra vez las manos, se dan cuenta de que no pueden, que la distancia de una cama a otra no deja que sus manos siquiera lleguen a tocarse. Creo que de ahí, de la necesidad de explicar esos escalofríos, es de donde viene mi fascinación por narrar eso que no vemos pero seguramente está, las pequeñas fisuras en lo cotidiano capaces de dar vuelta lo que llamamos realidad.

Sobre mi aportación al fantástico debo decir que son realidades distintas a las que estamos acostumbrados, eso es lo que me gustaría aportar. Mundos de posibilidades, escapes hacia eso que creemos imposible. Quiero que mis textos hagan considerar posible lo imposible».

Es la vida con los miedos invisibles como partículas en suspensión en el aire. Cada persona avanza, se mueve, y no sabe con cuál de esas partículas se va topar ni en qué parte. Yanina Rosenberg observa dónde los demás mirán, se detiene donde todos van muy rápido. Todo eso en temas también íntimos y actuales. En sus cuentos se aprecia la diferencia de las relaciones entre hombres y mujeres. Y va más allá al recrear cómo han cambiado esas relaciones en los últimos años de lucha por la igualdad. Ahora reflexiona sobre hacia dónde cree que puede ir esa relación y comportamiento con los movimientos feministas.

«En mis cuentos, hombres y mujeres se muestran desconectados, como si un cortocircuito los hubiera dejado aislados en realidades paralelas y no lograran establecer contacto. Es que, hasta ahora, hombres y mujeres se venían manejando a través de roles premoldeados, y cada género aceptaba esas imposiciones como si no tuvieran más opción, y a veces incluso como si se trataran de verdades absolutas, llenas de fundamentos lógicos. Pero el grito de basta de las mujeres, ese paso adelante, dejó a los hombres unos cuantos metros atrás. Es como si ellos aún no hubieran llegado a ese momento en que se ven encerrados a sí mismos en roles que tal vez ellos no eligieron. Por ejemplo, a las mujeres siempre se les dijo que eran el sexo débil y a los hombres que, desde su rol de macho alfa, debían protegerlas, pero ¿y si los hombres tampoco se sienten cómodos en su molde? ¿Si no quieren el papel de superhéroe protector? ¿No pueden sentirse ellos también desprotegidos? Creo que las mujeres en mis cuentos piden eso, que los hombres sean capaces de sentir esa desprotección».

Es una dimensión paralela donde los seres se complementan. Donde no hay guerras de sexos sino caminos para el encuentro. Al igual que lo hace con otro tema crucial en las mujeres: la maternidad, o no maternidad. Yanina Rosenberg pone las cartas sobre la mesa y mira a todos, hombres, mujeres y sociedad, para exponer el supuesto destino marcado para ellas a riesgo de ser estigmatizadas en caso de no querer ser madres. Un tema cuya raíz se olvida, la libertad.

«La maternidad es una de las tareas más duras que enfrenta una mujer. Y la enfrenta sola. Por más que tenga pareja, familia, amigos, etcétera, la mujer, en los cambios de su cuerpo, en sus sensaciones, en sus sentimientos, está siempre sola. Ser madre es una de las tareas más duras, aunque contradictoriamente también puede llegar a ser de las más satisfactorias, que enfrenta una mujer. Y más allá de si la maternidad es elegida o no por las madres de mis cuentos, el ser madre viene con una carga de imposiciones que no siempre las mujeres están dispuestas a aceptar. Y, sin embargo, por tener el sello de madres en la frente, no les queda más opción que aceptar; la sociedad dice que tienen que aceptar y ellas bajan la cabeza para caber en una olla a presión. Hasta que la termodinámica femenina dice basta y estas madres explotan, revientan como globos inflados por demás. En mis cuentos, la mejor vía de escape, tal vez la única que encuentran estas mujeres, se da a través de lo fantástico».

En casi todos los cuentos de La piel intrusa hay un tema latente, con mayor o menor intensidad, y abordado con delicadeza: la manera como la gente suele depender de algo o de alguien afectivamente. Reconocido o secreto. Pero ahí está. Y de nuevo el protagonista es el miedo, miedos interiores más poderosos que ninguno.

«Las dependencias afectivas surgen porque estamos muy pendientes de las miradas del afuera. Se nos pide cierto estándar que no siempre se puede cumplir y entonces nos desvalorizamos al no ser capaces de estar a la altura. No valemos nada y por eso necesitamos un apoyo externo, alguien de quien depender. Pienso, por ejemplo, en mi cuento ‘Mariposas en la pared’, ¿por qué esa madre se impone esa autoexigencia? ¿Por qué siente culpa al no haber criado a una hija perfecta? ¿Por qué esa necesidad de ir atrás en el tiempo y empezar de cero? ¿Por qué solo ella ve errores donde quizás no los hay? Y además, ¿para qué necesita la luz verde del ex marido, si al fin y al cabo ya tenía decidido lo que iba a hacer? La dependencia afectiva es el control remoto de nuestras propias inseguridades, no es algo que podamos controlar».

Es la fragilidad de todo en una narrativa directa siempre en una acción que no se detiene. Misterios que detecta, pero ¿cómo concibe Rosenberg cada historia? ¿A partir de una imagen, una idea…? ¿O, como una misma historia fantástica, el cuento ya viene encapsulado?

«Los cuentos se conciben ellos mismos y se me presentan. Pueden aparecer en forma de una imagen, un cruce de ideas, un final. Pero por muy nítido que sea eso que se me aparece, al sentarme a escribir puede que eso se esfume o se transforme en cualquier otra cosa. Me encantaría decir que tengo todo cien por ciento calculado, pero la verdad es que nunca puedo calcular nada. Las cosas no siempre salen como quiero, me gusta darles libertad a mis personajes para que, sea cual sea el camino que elijan, ellos me sorprendan a mí también«.

En cuanto a la escritura, no tengo un sistema preestablecido. A veces la escritura de un cuento puede durar una sentada, y es un placer. A veces arrastro un cuento durante semanas y semanas, y es una tortura porque sé que es probable que, en algún momento, deba reescribirlo por completo o, peor, descartarlo. Igual no me importa que después vaya a tirarlo a la basura, siempre trato de seguir los cuentos y ver hasta donde pueden llevarme».

Son ventanas del mundo creado por una farmacéutica, una licenciada en letras y la niña a la que siempre le gustó la lectura de lo fantástico. Así aprendió a explorar la vida por donde otros no van.

«Tengo que admitir que la mezcla de las ciencias exactas y las humanidades aportaron mucho a esta idea de ver más allá de lo que vemos. Porque las ciencias exactas, por muy exactas que sean, se manejan en gran cantidad de casos a través de abstracciones o extrapolaciones. Nos dicen un montón de cosas y tenemos que creerlas. Nos dicen que estamos rodeados de átomos, electrones y protones, pero no los vemos ni los sentimos. Entonces ¿de cuántas otras cosas que no vemos podríamos estar rodeados?».

Mejor no pensarlo. Ya lo contará ella en sus exploraciones. Pasadizos desconocidos de la mente de cuyas narraciones, como dice Daniel Divinski, «nadie saldrá indemne». Son caminos que se bifurcan y gestan nuevas posibilidades en la mente del lector con episodios así:

«Abro la ducha, pero antes de entrar a bañarme cierro los ojos y, sin necesidad de parpadeos, empiezo a llorar. El vapor ya empeña el espejo, y mis lágrimas se disuelven en la punzante humedad de la culpa».

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