La escritora mexicana Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982). / Foto de Barry, cortesía de la autora

Brenda Navarro: «Hay que combatir que a las autoras nos traten como vendedoras y a los lectores como clientes»

Tras su gran debut novelístico con 'Casas vacías', la escritora mexicana publica 'Ceniza en la boca'. Enriquece su literatura e interpela a todos con temas como la migración, física y espiritual, la desigualdad, la busqueda de red de afectos y los sueños postergados y reivindica el mundo de los adolescentes

Después de que Brenda Navarro, con 31 años, empezara a probarse a sí misma de si era capaz o no de escribir una novela, con el resultado exitoso de Casas vacías, en 2018, la escritura de su siguiente libro, Ceniza en la boca, fue más serena, y, a la vez, con nuevos desafíos: no quería repetir fórmulas, ni de temas ni de estilos; y con un propósito inesperado: romper las etiquetas que ha intentado ponerle el ecosistema del libro por ser mujer, mujer latinoamericana y con temas de maternidad. La escritora mexicana aspira a que la valoren desde la calidad literaria y se hable, sobre todo, de literatura.

Ceniza en la boca (Sexto Piso) empieza el proceso del desenlace desde el principio: un hilo narrativo dramático alrededor de la vida de una pareja de hermanos jóvenes migrantes en España, cuando uno de ellos, Diego, se suicida. En el arco de esas vidas, Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982) aborda el tiempo, como el péndulo de un reloj silencioso, y el espacio como prueba del Tiempo, del movimiento. La escritora se sirve de ese tic tac mudo para abordar, de manera natural y fluida, aspectos relacionados con las raíces, la desigualdad, la xenofobia y la búsqueda de afectos de manera instintiva para sobrevivir y vivir, la identidad como algo móvil, la orfandad ante la propia vida que suelen sentir algunos, los duelos de todo tipo que encadenan en silencio las personas… Todo eso confluye en una idea conmovedora y profunda que palpita en la novela y que es reconocible a todos los lectores: los sueños postergados, ¿a dónde van?, ¿qué efectos dejan cuando ya no pueden ser? ¿O hay algo más determinante, desde lo íntimo, que esté relacionado con las raíces, la identidad, la migración y el ser?

Veinte minutos después de empezar esta videoentrevista, el rostro juvenil de Brenda Navarro esboza una sonrisa ensombrecida por lo que acaba de revelarse ella misma con su voz pausada:

«Hablándolo con mi pareja y con mis amigas, que ya rondamos los 40 años, cuando ya sabemos que los sueños ya no están postergados, simplemente ya no van a ser realizables, creo que sí tenemos algo allí atorado en el estómago que no nos deja digerir los duelos de esos sueños postergados, creo que los sueños postergados se van disipando y sabemos que van a morir o que ya han muerto… Es un duelo que no sabemos afrontar porque nadie nos preparó para esto. No le hemos dado un nombre a lo que estamos viviendo. Es un momento en el que deberíamos construir una palabra para describir eso de ‘Las cosas no van a ser como nos dijeron ni como soñamos que iban a ser’. Pensábamos que si pasábamos un poquito más, o si trabajábamos más, o si le sonreíamos más a quien iba tomar decisiones sucedería algo a favor de ese sueño, o nos iba quedar la lotería, pero ya sabemos que no… ¡Ay!… me acabo de poner un poco triste al pensar que se han muerto nuestros sueños en general ¿no? Si se postergan, se mueren…”.

A la escritora se le escapa el sonido de una sonrisa entrecortada que enmudece al sorprenderse por lo que acaba de comprobar. Es julio, ha vuelto por unas semanas a Ciudad de México. Allí nació en 1982, hace 40 años. De formación sociológica, economista y feminista, y con trabajos en el mundo editorial, como correctora y demás, Navarro llegó a España en 2015 con su pareja española, primero Barcelona donde hizo un máster, luego en 2019 se trasladaron a Madrid, donde trabajó en una fundación sobre temas de migración. Ya lleva en el país siete años y dos novelas que la sitúan como una de las voces más literarias e interesantes de España y América Latina.

Su génesis como escritora se remonta a sus 31 años, en 2013. Cuando vivía en México escribió la primera versión de Casas vacías. En España, en 2015 terminó el borrador, lo envió a un editor que le dijo que no, pero que la novela tenía algo. Eso la animó a trabajar más a fondo el libro. Cuando lo terminó sintió la necesidad de saltarse el proceso de las editoriales y le propuso al proyecto mexicano online La caja negra, más de periodismo y de derechos humanos, publicar allí la novela. Así lo hicieron en 2018.

“Salieron dos o tres reseñas y entrevistas. Creí que ahí había terminado mi trabajo Y cuando estaba pensando en otras cosas vino este boom gracias a la recomendación de lectoras, que de boca en boca se pasaron el archivo, y a la reseña de Fernanda Melchor (otra de las nuevas y grandes voces literarias del español) que fue decisiva para lanzarla en México. De ahí vino todo, un agente, luego ofertas de editoriales y me decanté, en 2019, por Sexto Piso, por su cercanía hacia México”.

Ese 2019, Casas vacías fue elegida por WMagazín como uno de los hallazgos literarios del año. En 2020 la misma editorial publicó la novela en España y se convirtió en uno de los debuts literarios de la temporada, y ella en una de las voces nuevas a tener en cuenta. Tras el tema de la maternidad, de ser o no ser madre y las violencias, en Casas vacías, Brenda Navarro cambió de registro en Ceniza en la boca: un tono más íntimo y a la vez muy social que interpela a todas las personas sobre diferentes aspectos. El resultado es una novela conmovedora por lo que cuenta y cómo lo cuenta con una voz serena que lleva el drama de la vida en una escritura delicada y muy cuidada.

“Escribí Casas vacías como un reto personal de ¿sé escribir una novela, o no? Cuando escribí Ceniza en la boca estaba muy tranquila porque sabía que, aunque gustara o no, la gente iba a ver una editorial respaldándome; ya no tenía que hacer este proceso de búsqueda en la angustia. Era una segunda novela sin miedo al rechazo, y eso permite una serenidad a la hora de sentarte a escribir. Además, apareció la pandemia, creo que eso nos trastocó a todo el mundo en las perspectivas. Aunque es un lenguaje muy latinoamericano, muy mexicano, sí pensé que se podía parecer a la segunda voz de Casas vacías. Tenía un poco de miedo de repetirme, pero después me di cuenta que esta era, justamente, la fuerza que necesitaba esta mujer mexicana hablando de problemas latinoamericanos en España. Así que me aferré un poco a esa voz.

Me gusta lo de serenidad. Es una narradora que trata de encontrar una respuesta sobre por qué se ha suicidado su hermano y por qué se siente como se siente. La novela puede interpelar a públicos más amplios. Casas vacías le puede gustar a muchos hombres, pero sé que su público son las mujeres. Ceniza en la boca interpela a todos. Decidí arriesgarme porque una escribe lo que tiene que escribir”.

La escritora siguió su instinto literario, no el comercial o de querer gustar. No pensó en un tema para crear una historia, sino que se le apareció la historia. Hizo una apuesta por la literatura con temas que tocan a todos, recuperó una voz de su anterior libro y la enriqueció. Se rebeló, también, contra una práctica del ecosistema del libro que tiende a cosificar y etiquetar a autores y obras en aras de la venta pura y tratar a los lectores como clientes.

“El mercado editorial empieza a vender las novelas por temáticas y le quitan la universalidad… Mientras escribía pensaba de qué iba Ceniza en la boca… Y va de un montón de cosas. Justamente, no quiero que haya una temática, eso entrampa a las obras que estamos escribiendo, porque sino encajamos como maternidades o encajamos como problemas de mujeres… y puede ser vendible, pero a costa de meternos en etiquetas. A mí me preocupaba esto, mientras escribía, en el sentido de que necesito que esta obra se defienda porque es un libro, una novela…

Hay una gran presión a las escritoras para que escribamos de todo esto descarnado, salvaje, revolucionario como latinoamericanas. Es algo que peleo mucho en los círculos de lectura y con los periodistas cuando les digo que a una autora francesa o a una inglesa no le estás pidiendo que sea descarnada, le estás pidiendo que escriba una buena historia. A mí me gustaría llegar a ese punto en el que solo me pidan escribir una buena historia, y no que responda a lo que pide el mercado editorial o los prejuicios de fuera de Latinoamérica que no sirven más que para que las escritoras se sientan interpeladas a estar hablando de maternidades o de cosas súper salvajes. Ojalá un día nos pudieran decir: ‘Has escrito un libro’ a secas, esa es mi aspiración”.

Algo así ocurrió en los años sesenta con el boom latinoamericano cuya sombra duró varias décadas, y aún se siente, a través del realismo mágico, cuando la verdad es que muy pocos de esos escritores hicieron realismo mágico, pero es la etiqueta popular. Solo hizo que muchos autores latinoamericanos de los años setenta y ochenta fueran fagocitados o no fueran tenidos en cuenta.

Algunas lectoras, lectores, me han dicho de Ceniza en la boca que estaban esperando un dolor descarnado como en Casas vacías. Me parece que también tiene que ver con lo que tú dices de fagocitar. Vivimos en una época en la que a los lectores y las lectoras nos están tratando como clientes, y no como lectores y lectoras. Entonces, cuando tú eres cliente, claro, pides calidad y quieres servicio al cliente, y si no te gusta algo reclamas o pides te cambien el final de Game of Thrones o lo que sea.

Pero la literatura no va de eso. La cultura no debería ir de eso. No somos ni clientes, ni somos vendedores. Somos personas que tenemos el privilegio de poder escribir una historia y hay que valorarla en términos de conjunto, no de temáticas ni de deseos de los lectores. Si el cliente no tiene la razón los lectores tampoco, ni los autores. Es bastante perverso y desgastante. Además, ponen a las autoras a hablar en ese sentido como si nosotras fuéramos el producto mismo; entonces, es como ‘tú eres escritora latinoamericana, eres vendible, te vamos a dar espacio’. A mí me gustaría que habláramos del libro, de la historia y no de mí…”.

Hablar de literatura, ni más ni menos… Eso pide Brenda Navarro, recuperar para la cultura y la literatura en el sector y en los medios de comunicación su esencia y la propia dignidad de la creación artística.

“Exactamente. Yo muy pocas veces hablo de literatura, y a mí me gusta aprender un montón de literatura de los lectores y las lectoras. Pero poco hablo de eso porque siempre tengo que estar justificando que soy una escritora latinoamericana que, además, por circunstancias que se dan por hechas tengo el privilegio de estar aquí”.

La escritora mexicana Brenda Navarro. /Foto de Barry – cortesía de la autora

Estas reflexiones de la novelista mexicana están conectadas con aspectos narrativos de Ceniza en la boca, y, sobre todo, con dos conceptos omnipresentes en la obra de manera muy especial: el Tiempo y el espacio. El manejo del tiempo como desplazamiento-movimiento de las personas que ocupan un espacio, en este caso muy contemporáneo como la migración. Siempre el ser humano se ha movido en busca de sueños, y en ese desplazamiento de intento de vivir o sobrevivir los une la misma búsqueda: vínculos afectivos. Esto eleva Ceniza en la boca y la hace universal.

“A veces pienso que una forma de tratar de describir lo que le puede suceder a una persona que se mueve de lugar, no necesariamente de país, es lo que políticamente decimos que es desarraigo, que para mí es el quedarte sin afectos. El volverte a poner en un espacio nuevo y experimentar esta cosa muy de adolescentes que es querer entrar a un espacio, ser aceptado, presentarte muy cool para que crean que eres muy simpática y que te abran el espacio y te permitan entrar a su mesa o a su círculo social… Es como volver a ser adolescente, pero, generalmente, las personas migrantes migran cuando ya son adultas, entonces tienen que volver a pasar esa adolescencia, y eso es mucho más duro porque a uno como adulto le es más difícil dejar sus ideas preconcebidas.

Extrapolándolo socialmente es lo que nos está pasando ahora. De pronto, ya no hay una dirección: si nuestros padres tenían como dirección capitalismo, comunismo y después estado de bienestar, de pronto las narrativas oficiales ahora nos dicen cambio climático, te vas a morir… Parece que ya no hay hacia dónde avanzar. Eso genera una sensación de adolecer de cosas, y eso era algo que me rondaba mucho cuando estaba escribiendo, porque si bien Diego es un adolescente y la narradora protagonista no es una adulta todavía, en realidad, la mayoría de los personajes van un poco adoleciendo de cosas y tratando de encontrar ese cariño y ternura que las ciudades no nos están permitiendo tener, para mí ese era un gran tema. Hay una desestructuración y no hay forma de tejer afectos cómodos para las personas».

El Tiempo medido en afectos. La gran búsqueda de todos. El ser humano siempre se está moviendo, física y espiritualmente, en función de esto, aunque delante ponga otras cosas y objetivos. Es parte del acierto de Ceniza en la boca, haber escogido a un grupo, a los migrantes, como pudo escoger a otros que están en Yale o en Japón, pero que en el fondo buscan lo mismo y eso hace reconocible la historia a toda clase de lectores.

“Para mí ese era el tema. Lo que pasa es que la novela se inicia con una lectura, con una noticia en un portal de internet, justamente de un chico que se había arrojado de un quinto piso en Usera, un barrio al sur de Madrid, y mi primera reacción fue: ‘¡Uy, ha de ser un chico migrante!”. Luego empecé a leer la noticia y era un chico migrante, pero de Galicia a Madrid. Ahí me di cuenta de mi propio prejuicio. Supe que ahí había una historia porque justo tú puedes tener estos prejuicios.

Parece que hablo de la adolescencia, pero en realidad hablo de que todas las personas estamos sintiendo que hemos nacido en un momento en el que estamos adoleciendo de un montón de cosas y necesitamos algo y el mercado nos hace creer que necesitamos consumir; pero, en realidad, necesitamos generar redes de afecto, que es lo que nos puede ayudar a bien vivir”.

Adolecer es la palabra que utiliza Brenda Navarro, pero en esos personajes está una especie de orfandad existencial. Diego muere y es su hermana y su madre quienes se quedan sin él, huérfanas de sueños, de trabajos, orfandad en el sentido amplio bajo la luz o la sombra del duelo.

“También eso, estamos viviendo: un duelo perpetuo, y no sabemos bien por qué… Nunca lo había pensado en términos de orfandad. Seguía pensando en términos de que hay una madre y que, además, es una madre distinta a la de mi primera novela en la que ella no se está preguntando si quiere ser mamá; aquí es mamá y tiene que hacer lo que le corresponde, pero yo ya no quería caer en ese tema de querer o no ser madre, eso para mí ya estaba finiquitado. Y es verdad que, por ejemplo, casi nunca hablo de padres.

Ahora, con lo que tú dices de orfandad, me parece que hablamos como de una orfandad, no quiero usar la palabra valores, porque eso me puede llevar a la moral, y no quiero entrar por ahí; pero sí como a sentir que estamos huérfanos de… ¿qué será? ¿de deseos? O más bien nuestros deseos están huérfanos de directrices, no sé…

Vivimos en una época en la que todo parece muy catastrófico y que, además, estamos culpando a nuestros padres Estado, que tampoco ya existe mucho. Ahora sí es el sálvese quien pueda porque no estamos dando una en ningún sentido”.

Esa orfandad y duelo en sentidos amplios se sustancia en el último párrafo de Ceniza en la boca cuando se habla de los sueños postergados. Todas las personas cargan los suyos en algún rincón secreto de su alma. Es cuando Brenda Navarro, al otro lado de la pantalla habla de ellos y se descubre que ella también tiene lo suyos como se dice al comienzo de este artículo:

“Hablándolo con mi pareja y con mis amigas, que ya rondamos los 40 años, cuando ya sabemos que los sueños ya no están postergados, simplemente ya no van a ser realizables…”.

Sueños postergados o ya muertos se suelen convertir en fantasmas insomnes y contribuyen a la forma de ser o identidad de las personas siempre en construcción.

“La identidad da para hablar mil horas. La identidad latinoamericana o la identidad como mujer, etcétera. De pronto, te das cuenta como por muy deconstruidas o deconstruidos que estemos, y por mucho que nos interpelen ciertos discursos que tampoco quieres etiquetarte. Sí, yo pertenezco a Latinoamérica porque ahí nací y, digámoslo, de alguna manera, pero, ¿realmente, yo tengo cosas en común con Latinoamérica?, no estoy tan segura. Ahora mismo, ¿como tú eres una mexicana establecida en España, qué tanto te pareces a España?, seguramente un montón, porque estoy viviendo ahí y con sus códigos culturales, pero ¿necesito una etiqueta para esto?, ¿como mujer necesito una etiqueta para que me digan que yo soy o no soy mujer?

Es lo que hablábamos de la manera como te van configurando como ser humano para que respondas a ciertas etiquetas externas y no lo que tú necesitas como ser humano. Igual como escritora, con esa etiqueta de lo que tiene que ser una escritora. ¡Ay por Dios¡, yo qué sé que tiene que ser un escritor, yo solo quería escribir un libro.

De pronto, hay que responder a etiquetas que tú ni siquiera has pedido y que te lo exige la gente. Vuelvo a lo que ya dije, parece que antes que ciudadanos o seres humanos somos clientes. Hay que combatir eso porque es terrible, que a las autoras nos traten como vendedoras y a los lectores como clientes, porque cuando tú como cliente quieres buscar la mejor etiqueta de un producto es fenomenal; pero como ser humano responder a etiquetas preconcebidas siempre vas a fallar, y fallas sin ni siquiera haber sabido que estabas en una competencia. ¿Ah, yo estaba compitiendo por ser una buena mujer o una buena madre o una buena escritora? No sabía, avísenme antes para saber si quiero competir ¿no?”.

Es Brenda Navarro ciudadana, lectora y autora de su segunda novela Ceniza en la boca en cuya escritura estuvo presente otra mujer:

“Yo regreso mucho a Agota Kristof. Por supuesto que leí La analfabeta y, por supuesto, no iba a escribir La analfabeta. Algo tenía que aprender de ella, además de ella como ser humano. Cuando me atoraba volvía a Agota. Ya alguien lo hizo bien. Ya lo que vayas a hacer ya es lo que te toca con tus herramientas, con tus límites. Ella me ayudó a entender que lo que yo admiro ya está escrito y que no puedo llegar a ese lugar, y eso me ayudó como escritora”.

Así fue como Brenda Navarro llegó a otro lugar y lo iluminó desde un grupo de edad que con los años se tiende a mirar con incomprensión, la adolescencia como punto de encuentro y eclosión, a la vez, de los temas aquí tratados:

“Quise construir dos personajes no adultos que tuvieran una claridad de pensamiento que yo sí creo que tiene la adolescencia. Lo que pasa es que como nos lo confrontan de una manera muy efervescente, nos cuesta trabajo escucharlo. Y nosotros lo fuimos alguna vez. El ser adolescente nos permitió hacer cosas y construir sueños que no sabíamos que se iban postergar, pero nos hicieron seguir adelante. Aunque la narrativa actual nos dice que no hay que ir a los adolescentes, y nos estamos perdiendo de un mundo que podría ser más vivible si los escucháramos. Nosotros también lo fuimos, y también logramos construir cosas, para bien y para mal, que nos han permitido seguir vivos.

Yo apuesto mucho a la adolescencia, a lo nuevo, a destruir cosas. Ya no nos va tocar a nosotros, pero que ellos vengan y rompan nuestros propios prejuicios me parece fenomenal, lo agradezco un montón”.

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