La escritora española Mechu Gutiérrez (Madrid, 1957), autora de ‘Vida y muerte de un jardín de papel’. /Foto Pedro Pertejo – cortesía editorial Siruela

Menchu Gutiérrez: “La vida es una historia de pérdidas y te das cuenta de que vuelves a las preguntas esenciales”

La poeta, narradora y ensayista española publica un libro poético, reflexivo y hermoso sobre el duelo por fallecimiento de su madre: 'Vida y muerte de un jardín de papel'. Una obra en la que se hace acompañar de grandes nombres y habla a los lectores y no se olvida del duelo de las guerras

Por todos es sabido que de la tristeza, el dolor, el silencio y las ruinas emocionales o de distintas estirpes también nace la belleza. Y esas mismas penas suelen metamorfosearse en aliadas impensables de un nuevo orden. “Quizá tengas que aceptar la presencia de un fantasma creado por ti o por tu necesidad. Tu propio fantasma como única salida”.

Es el testimonio más reciente de este ciclo de la creación y de la búsqueda de belleza como refugio de salvación dado por Menchu Gutiérrez en Vida y muerte de un jardín de papel (Siruela). Una obra nacida de la felicidad porque iba destinada a su madre, entrada en el silencio tras el fallecimiento de ella en pleno proceso de escritura y renacida durante el duelo con el impulso del recuerdo. Un doble origen, vida y muerte, sembrado de preguntas que desembocan en un canto a la vida, “porque tu madre a quien estaba destinado, no lo leerá, y el largo monólogo tiene que conquistar la posibilidad de un tú que es una ilusión y que solo está vivo para infundirte valor”.

Es el camino elegido por Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) para recomponerse al enaltecer la vida y la de su madre, y entrar en la tradición de autores que han compartido sus dolores, vacíos, desconciertos y preguntas ante la muerte de un ser amado. El dolor lleva dentro muchos futuros, escribe Menchu Gutiérrez,  “el dolor es tan inconstante como cualquier otro sentimiento humano. No es posible cultivarlo y cosecharlo en estaciones reguladas. Por eso quizá nace un libro. Este y todos los libros”.

Vida y muerte de un jardín de papel es un libro narrativo y ensayístico de gran serenidad que respira poesía y belleza en el remolino de emociones que, aunque mil veces contadas, son inimaginables hasta que son vividas. La escritora, mientras cuenta su experiencia y dialoga con los lectores, invita a la reflexión acompañada de muchas voces de otros autores que han escrito sobre pérdidas y vacíos: Emily Dickinson, Rilke, Virginia Woolf, Baudelaire, Leopardi, Alejandra Pizarnik, Petrarca o cuyas emociones de ausencia o belleza relaciona con obras de pintores como Van Gogh, Morandi o Van Dick.

Menchu Gutiérrez. Te agradezco mucho que hables de la belleza porque me importa muchísimo en todo lo que escribo. Busco un lenguaje que me conmueva a mí misma primero y para conmover a los demás.

Sucedieron cosas en la misma escritura del libro que tienen un componente de meditación. Volver a enfrentarme a él en esta charla contigo, porque lo terminé hace ya año y medio, es recuperar un estado emocional que no siempre es sencillo.

W. Manrique Sabogal. ¿Hay una necesidad en buscar, ver, descubrir o reivindicar la belleza donde normalmente no la vemos y de transmitirla a los lectores? ¿Cree que los seres humanos somos buscadores de belleza?

Menchu Gutiérrez. Creo que sí, que, en gran medida, la belleza es uno de los motores de la escritura y de nuestra vida. Aunque es un término tan complejo porque muchas personas no estarían de acuerdo en llamar belleza a algunas determinadas cosas. Siempre pienso que la belleza no se puede definir, no se puede acotar, que es tan inefable como la poesía. Casi, a veces, parecen términos intercambiables.

Menchu Gutiérrez. /Pedro Pertejo – CortesíaEdiciones Siruela

W. Manrique Sabogal. En una frase del libro confluyen varios factores de esta obra, leo: “Las rosas antiguas totalmente abiertas a punto de comenzar su decadencia, donde ellas casi dobladas por el peso de una riqueza acumulada en centenares de pétalos, como si el esplendor fuera una pesada corona. No podría decir que son blancas, no podría decir nada de esa tonalidad, salvo quizá que el blanco nace como un color apagado, como si la rosa fuera consciente desde el capullo de la brevedad de su existencia y el color fuera expresión de una nostalgia anticipada. Nostalgia del futuro”. Nostalgia del futuro.

Menchu Gutiérrez. Uno de los motivos por los cuales elegí escribir sobre el jardín, que es un tema que me ha apasionado siempre, se hizo todavía más visible cuando empecé a escribir el segundo libro, el cuaderno de duelo, porque el jardín pone de manifiesto ya no solo la fragilidad, el accidente, la imposibilidad de planificar nada.

Se pone en primer término la metamorfosis, la belleza y lo efímero de la belleza. Al final, siempre estamos escribiendo las mismas cosas.

Tú sabes que he escrito un libro sobre la nieve y sus metáforas y, al final, las preguntas que plantea la nieve son las mismas que plantea el jardín o las mismas que podría plantearme el desierto, si fuera el desierto el tema de escritura. Lo que pasa es que el jardín se convirtió en el espacio ideal para vivir un duelo. Lo repito, por calidad efímera de la belleza.

También me resultaba muy interesante escribir sobre la idea de la metamorfosis, que se pone de tal forma de manifiesto en el jardín. De pequeña tenía unas cajas de huevos de gusanos de seda que alimentaba para asistir a toda esa transformación.

W. Manrique Sabogal. ¿Qué hay entre el recuerdo y la idea del libro?

Menchu Gutiérrez. Yo escribo sin planificar, con muy poca anticipación. Necesito sorprenderme a mí misma en el proceso. Así me encontré con la memoria reviviendo este jardín que estaba oculto en una caja para entender que durante un tiempo un capullo, un gusano, son una misma entidad.

Y te recuerda que un día conformamos en el vientre un solo ser, una madre y su hijo.

La metamorfosis resulta fundamental como alimento del libro. Quizás en esa transformación permanente encuentre los mayores momentos de belleza.

El aliento poético acompaña a todas las obras de Menchu Gutiérrez, al igual que las imágenes que son más que un mero retrato decorativo de una persona o un lugar o una situación. Ha publicado seis poemarios, once obras narrativas y tres ensayos. Entre sus títulos poéticos destacan El ojo de Newton, La mano muerta cuenta el dinero de la vida, La mordedura blanca (Premio de Poesía Ricardo Molina 1989) y Lo extraño, la raíz y el ensayo biográfico San Juan de la Cruz. En narrativa están Viaje de estudios (1995), La tabla de las mareas (1998), Latente (2002), Disección de una tormenta (2005), Detrás de la boca (2007), La niebla, tres veces (2011), El faro por dentro (2011), Decir la nieve (2011), araña, cisne, caballo (2014), Siete pasos más tarde (2017) y La mitad de la casa (2021) y La ventana inolvidable (2022). Los ensayos son San Juan de la Cruz (20003), Decir la nieve (2011 ) y Siete pasos más tarde (2917). La exquisitez de su trabajo se aprecia en traducciones de autores como Edgar Allan Poe, Jane Austen, William Faulkner, Wystan Hugh Auden o Joseph Brodsky.

 

W. Manrique Sabogal. Una imagen conmovedora y trascendente de su libro es cuando propone una especie de ucronía al decir qué hubiera sido su madre si usted no hubiera nacido. Porque nacemos y alteramos el futuro de esos padres y, sobre todo, de las madres. Una idea muy oportuna en estos tiempos en los que, por ejemplo, se escribe y desacraliza, cada vez más, sobre la maternidad o las relaciones materno filiales.

Menchu Gutiérrez. En este caso es algo que surge en la escritura. Casi nunca tengo un plan. Siempre me permito escribir sobre aquello que me conmovía en cada momento. Es algo muy natural lo que se produce, el recuerdo, un sueño que acontece en el que yo llevo un mensaje a mi madre antes de que ella se haya casado. Que yo haya podido ser esto es un sueño que a mí me sucedió y que para mí fue regalo, no hay ficción en sí.

Con estas emociones y con una lectura que me sorprendió profundamente hace unos años de un ensayo de Siri Hustvedt donde habla de la placenta como un órgano que durante un tiempo comparten una madre y un hijo, en este caso una hija. La relación materna es de una potencia que no se puede explicar. Es que hemos compartido un órgano.

Esa placenta, este sueño y este capullo y este formar un solo ser creo que eso ha estado todo el tiempo ahí, casi como un corazón en el libro.

W. Manrique Sabogal. Entra en la bibliografía de autores que han escrito a partir de la muerte de alguno de sus padres. Y esta es una de las formas más bonitas y originales que trascienden el dolor, el desconcierto y el duelo en sí al abordar muchos ámbitos.

Menchu Gutiérrez. Siempre he sido una persona muy pudorosa a la hora de utilizar el yo. A veces digo que hasta me gustaría limpiar mis huellas digitales en el teclado en el que escribo. Creo, sinceramente, que si la muerte de mi madre no me hubiera sorprendido escribiendo un libro que era un regalo para ella, dudo que hubiera abordado esta obra. Creo que es un regalo que ella me ha hecho, como todo lo que me hizo en la vida. De lo contrario esta experiencia tan dolorosa la habría expresado, quizás, en un poema. La originalidad de la que hablas es, en gran medida, producto de un azar y de una fidelidad a un sentimiento.

Cuando tú inicias un duelo, y ese duelo te sorprende en medio de un jardín, como en este caso, abandonar el libro es también abandonar el duelo. Entonces, por muy doloroso que sea, por mucho que desees que no trascienda determinada intimidad existente tú borras el yo hasta donde es posible, hasta donde borrar el yo significa directamente mentir, y lo que yo no podía es mentir en el libro.

Hay un debate constante entre el yo, el tú e incluso el nosotros, que yo creo que aparece mucho en el libro. Lo que pasa es que esto nos ayuda, al menos en mi caso, a meditar y me ayuda a encontrar un yo más universal. Siempre me ha interesado escribir sobre un yo que esté más allá de mi yo personal, más integrado.

Por eso en el libro primero tengo que crear un tú para soportar de alguna manera hablar del yo. Muchas veces me pregunto cómo paso de un sujeto al otro. Seguramente para poder soportar el dolor.

W. Manrique Sabogal. Y lo hace muy bien acompañada con autores que cita como Emily Dickinson, Rilke, Virginia Woolf, Baudelaire o pintores como Van Gogh, Morandi o Van Dick. Al comienzo dice: “Hay que perder la razón para escribir y al mismo tiempo encontrarla en cada frase”. Es el abandono del yo, del control.

Menchu Gutiérrez. En el libro apelo a una de las citas que más me gustan: es de Marina Tsvietáieva que decía “La vida es una estación, inútil es deshacer las maletas”. Y yo he intentado hacer exactamente lo mismo, vivir así, sin deshacer las maletas; escribir cada día con lo que me demandaba la emoción. También creo que este libro es una larga meditación.

W. Manrique Sabogal. Y una invitación colectiva en la que, también, habla de otras muertes, duelos y dolores comunes desatados por las guerras.

Menchu Gutiérrez. En ese nosotros del que te hablaba, me sorprendí a mí misma escribiendo sobre la guerra, sobre el dolor colectivo. Cuando tú estás viviendo tu dolor individual y como ahora te estoy hablando con una taza de té y estoy escribiendo con una taza de té al lado y estás viendo estos desastres humanitarios diarios, estas ciudades bombardeadas, y estás escribiendo sobre el cementerio al que llevas flores y te estás encontrando, es inevitable sustraerse a esa tragedia.

W. Manrique Sabogal. Escribe, por ejemplo: “Estos días en los que mi duelo me lleva constantemente al duelo colectivo de la guerra”. Y recuerda escenas conmovedoras de libros de Svetlana Alexiévich. ¿Acaso la guerra desatada por alguien no es más que el yo total que impide ver lo que compartimos, un destino colectivo?

Menchu Gutiérrez. Es terrible eso. Me di cuenta durante la escritura del libro y mientras leía, como todos, de estas atrocidades diariamente. Pero me daba cuenta de otro derecho que debería ser un derecho fundamental y que es el derecho a vivir un duelo. Cuando la gente solo corre por sobrevivir… Y ni siquiera puede velar a sus muertos… Me parece una cosa atroz.

W. Manrique Sabogal. Me recuerda este pasaje de su libro: “¿Por qué hablar de la sangre ahora? Cada vez que el poeta Raúl Zurita quería recordar a su madre muerta, se tomaba el pulso”.

Menchu Gutiérrez. Me parece algo tan extraordinario, de las mejores cosas que he leído nunca.

W. Manrique Sabogal. El libro es un canto a la vida. Sin olvidar al deseo.

Menchu Gutiérrez. La verdad es que el deseo se vuelve a manifestar. Al final del libro me hago muchas preguntas, porque en un libro como este de pérdidas, y la vida es una historia de pérdidas también, al final te das cuenta de que vuelves a las primeras preguntas, a las primeras encrucijadas de tu vida, a las primeras decisiones, a las cuestiones esenciales. Un duelo como este te devuelve al grado cero de todas las cosas importantes de tu vida.

Por ejemplo, nunca pensé que fuera a escribir sobre Van Gogh. A mí la pintura me interesa muchísimo y en mi juventud pensé que podía ser pintora. Pero fui abandonando la pintura por la escritura, aunque siempre ha estado ahí. Como algo a lo que, a lo mejor, puedes regresar. Al final del libro te das cuenta de que ahí, también, se va produciendo una regeneración, que regresa el deseo.

Este libro también es otra forma de decir, “¿Por qué escribir? ¿Para quién escribes? ¿Quién es el yo que escribe el libro?”. Y te das cuenta de que escribir es desear también. Y desear es sinónimo de estar vivo.

No creo que todo sea transitorio, no creo en verdades inmutables o en ningún aspecto absoluto. Soy, incluso, una persona bastante escéptica. Pero el motor de la vida es el deseo y mientras exista el deseo va a haber escritura. En mi caso, va a haber pintura, va a haber libros, pues es algo que se va poniendo de manifiesto con la misma escritura del libro en la que vas avanzando.

W. Manrique Sabogal. Hacia el final del libro dice: “Quizá escribir no es más que encontrar un escondite tras otro”.

Menchu Gutiérrez. Sigo pensando que es una posibilidad. Escribir son muchas cosas, pero, desde luego, por mucho ejercicio que hagas de transparencia por un deseo de verdad, de concentrar absolutamente lo que sientes, pero también existe esa posibilidad.

Cuando pensé qué sujeto voy a utilizar, al final me encontraba convertida en una especie de fantasma de mí misma. Unos somos creadores de fantasmas también, fantasmas que nacen de nosotros mismos. ¿Cómo convivir? Yo sigo suscribiendo eso como una posibilidad más sobre lo que acabas de decir.

W. Manrique Sabogal. ¿Qué flores le gustan más en jarrones? Es que hay una imagen de La señora Dalloway, de Virginia Woolf, donde se dice que ella va a la floristería y se sorprende ante la belleza de ver en un jarrón flores que nunca antes habían estado juntas.

Menchu Gutiérrez. Me encantan las rosas. Me gustan prácticamente todas las flores, pero ahora que vivo en un medio rural y paseo mucho por el campo, me entusiasman las flores del campo, las flores silvestres, agacharte a recoger… Cada flor es una sorpresa y encontrarlas ahí entre una roca… Todo esto son apariciones. Como que, a veces, me creo que me encuentro la flor azul de los románticos. La rosa es una flor que me que me entusiasma, pero no la he utilizado en el libro. Es una flor que me lleva a la infancia, por un lado, en mi jardín de mi infancia había muchos rosales, era una flor que entusiasmaba a mi madre, pero, sobre todo, la he utilizado porque tiene espinas. Me dado cuenta enseguida de que no iba a utilizarla, no iba a hablar del simbolismo de las flores. La rosa y las espinas, esa belleza.

Hay flores que me hacen preguntarme: ¿Será esta la flor del mal de la que hablaba Baudelaire?

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