El poeta español Joan Margarit (1938-2021). / Foto cortesía Universidad de Salamanca

Muere el poeta Joan Margarit, premio Cervantes

El escritor y arquitecto español tenía 82 años. WMagazín lo recuerda con algunos de sus poemas más significativos y un vídeo en el que el Instituto Cervantes le rindió un homenaje

La vida me eligió para su amor.
También la muerte.

El poeta Joan Margarit murió este 16 de febrero de 2021 a la edad de 82 años en Sant Just Desvern (Barcelona). Obtuvo casi todos los premios literarios más importantes de España, entre los que destacan el Cervantes y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Margarit nació en Sanahuja, Lérida, Cataluña, el 11 de mayo de 1938, y a finales de 2020 le diagnosticaron un cáncer linfático. Escribió en catalán y español. El Cervantes se le condedió por “su obra poética de honda transcendencia y lúcido lenguaje siempre innovador, ha enriquecido tanto la lengua española como la lengua catalana, y representa la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal de gran maestría”.

En un homenaje que le rindió el Instituto Cervantes en Madrid, Enric Juliana se refirió a la obra poética de Margarit a partir de tres hechos característicos: «el hecho de que es arquitecto y busca que las cosas se sostengan y el deseo de ofrecer soluciones que en su caso se traduce en la voluntad de hacerse entender, en segundo lugar no meterse en un laberinto o de salir si hemos entrado en él y, en tercer lugar, que es una poesía de la experiencia, de la transmisión moral de la experiencia, y así aprehender de la experiencia y hacernos cargo de lo que está ocurriendo».

WMagazín le rinde homenaje con la voz de sus poemas:

No tires las cartas de amor

No tires las cartas de amor.
Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
-esta flecha de sombra-
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años.
Te cansarán los libros. Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.

Último paseo

Ya no comía. Y se me caía el cabello.
Estaba todo el día con los ojos cerrados.
Pero salí al balcón de madrugada
y alguien desde la acera, bajo un árbol,
me habló con una voz como la de mi madre,
que dormía en su cama junto a mí.
De repente no estaba ya cansada
y bajé sin muletas a la calle.
Nunca había podido andar así.
Sentí que me volvía la alegría:
cayó la enfermedad como una piel
sudorosa, dejada allí en la calle.
Nunca pude sentirme tan ligera.
Miré hacia atrás, a mi balcón,
la baranda como una partitura.
Dije adiós a mi padre y a mi madre.

La vida me eligió para su amor.
También la muerte.

La libertad

Es la razón de nuestra vida,
dijimos, estudiantes soñadores.

La razón de los viejos, matizamos ahora,
su única y escéptica esperanza.

La libertad es un extraño viaje.

Son las plazas de toros con las sillas
sobre la arena en las primeras elecciones.

Es el peligro que, de madrugada,
nos acecha en el metro,
son los periódicos al fin de la jornada.

La libertad es hacer el amor en los parques.

Es el alba de un día de huelga general.

Es morir libre. Son las guerras médicas.

Las palabras República y Civil.

Un rey saliendo en tren hacia el exilio.

La libertad es una librería.

Ir indocumentado.

Las canciones prohibidas.

Una forma de amor, la libertad.

Ser viejo

Entre las sombras de los gallos
y los perros de patios y corrales
de Sanaüja, se abre un agujero
que se llena con tiempo perdido y lluvia sucia
cuando los niños van hacia la muerte.

Ser viejo es una especie de posguerra.

Sentados a la mesa en la cocina,
limpiando las lentejas
en los anocheceres de brasero,
veo a los que me amaron.

Tan pobres que al final de aquella guerra
tuvieron que vender el miserable
viñedo y aquel frío caserón.

Ser viejo es que la guerra ha terminado.

Es saber dónde están los refugios, hoy inútiles.

El oráculo

Eres tú cuando niño, con un cazo.
En el pequeño matadero, aguardas
a que te vendan sangre.
Hay, sobre el suelo de cemento, un banco
con las cabras tendidas en hilera,
balando, atadas y ofrecido el cuello.
Bajo una de ellas has dejado el cazo.
Es negra y suave. Con parsimonia, un hombre
armado de un punzón, la ha degollado.
Como ocurría en Delfos, el mensaje
del chorro rojo golpeando el cazo
con el mismo sonido que ahora escuchas,
fue difícil y oscuro, y has tardado
cuarenta años en interpretarlo.
Lo haces ahora, mientras meas sangre.

Cosas en común

Habernos conocido
un otoño en un tren que iba vacío;
La radiante, aunque cruel
promesa del deseo.

La cicatriz de la melancolía
y el viejo afecto con el que entendemos
los motivos del lobo.

La luna que acompaña al tren nocturno
Barcelona-París.

Un cuchillo de luz para los crímenes
que por amor debemos cometer.

Nuestra maldita e inocente suerte.

La voz del mar, que siempre te dirá
dónde estoy, porque es nuestro confidente.

Los poemas, que son cartas anónimas
escritas desde donde no imaginas
a la misma muchacha que un otoño
conocí en aquel tren que iba vacío.

Homanaje a Joan Margarit (4 de noviembre de 2019)

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