El Nobel de Literatura turco Orhan Pamuk (Estambul, 1952). /Foto de Elena Sibert -coretesía Penguin Random House

Orhan Pamuk: «La capacidad humana radica en la empatía de entender a todo el mundo»

El Nobel turco recrea en 'Las noches de la peste' algunas pandemias históricas y cómo ciertas tensiones del ser humano no cambian a pesar del paso de los tiempos. El escritor muestra su compromiso con el presente: “Es inmoral matar a los ucranianos porque no quieren pertenecer al bloque ruso"

Crear, contar, levantar mundos, eso quiso desde su infancia Orhan Pamuk. El niño que imitaba a Van Gogh y a Picasso y el joven que quiso ser arquitecto no solo obtuvo el Nobel de Literatura en 2006, sino que se ha consolidado como uno de los intelectuales más prestigiosos de su tiempo. “Culpabilidad y frustración es lo que siento por querer hacer algo y consciente de que hay poco que hacer«, se lamenta el escritor turco ante la impotencia que siente por la guerra de Rusia contra Ucrania.

Su mirada global se detiene en su país con cuyo gobierno, presidido por Tayyip Erdogan, es muy crítico: “Ha acabado en los últimos seis años con la libertad de expresión, que afecta a los periodistas, no a los escritores que escriben ficción; y con un ministro de Justicia que anuncia con orgullo que están construyendo nuevas cárceles como si constuyeran un nuevo hospital. No hay democracia sin libertad de expresión«.

Son parte de los males que aquejan al mundo y que Orhan Pamuk (Estambul, 1952) menciona durante la presentación de Las noches de la peste (Literatura Random House), su reciente novela en la que a través de una historia de 1901 que repasa pandemias del pasado sirve de espejo al presente y muestra cómo pasan y pasan los tiempos y el ser humano no cambia mucho. Es un encuentro digital con medio centenar de periodistas de España y América Latina a través de la plataforma zoom que deja al Nobel  abrumado ante el interés que despiertan su libro y él que en unos meses cumplirá setenta años.

Su novela, narrada por una mujer, podría convertirse en un clásico dentro de novelas de esta temática. Pamuk la empezó a escribir en 2017, mucho antes de que la covid-19 pusiera en jaque al mundo en marzo de 2020 con la declaración de confinamientos en todos los países y se empezara la lucha científica para doblegarla. Entre las lecturas que Pamuk tuvo en cuenta figuran Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, sobre la pandemia de 1715; Los novios, de Alessandro Manzoni, y La peste, de Albert Camus.

Las noches de la peste transcurre en 1901 en un barco que se dirige hacia la isla ficticia de Minger, el estado 29 del Imperio Otomano, donde ha llegado la peste que sirve de micromundo de la vida real donde aumentan las tensiones entre cristianos y musulmanes bajo la incompetencai del gobienro. Allí va la princesa Pakize Sultan, sobrina del sultán Abdülhamit II, y su esposo, el doctor Nuri, junto a ellos un pasajero de incógnito: el inspector jefe de sanidad del Imperio. Se toman las medidas sanitarias, desde incinerar bienes de los infectados hasta la cuarentena. La enfermedad se propaga mientras está a punto de empezar una revolución que pone en peligro el equilibrio entre las religiones. Un rosario de historias construyen esta novela que tiene varios niveles de lectura como ese fresco sobre el presente de la creación de un estado nación, con resonancias de nacionalismos.

Un referente de las pandemias

Orhan Pamuk empezó a escribir Las noches de la peste en 2017, así es que cuenta cómo la covid-19 afectó su escritura:

“En primer lugar, afectó mi psicología porque cuando escribí esta novela mis amigos me decían que por qué escribía sobre algo que ya no tiene nada que ver con nuestro mundo. Me pareció curioso. Yo estaba tan ocupado con mi novela y, de repente, llega un virus que afecta a toda la sociedad. Algo parecido me sucedió en el año 2001 cuando escribía Nieve donde citaba algunas veces a Osama Bin Laden y ocurrió el ataque a Estados Unidos el 11 de septiembre. Pensé: los lectores van a creer que he añadido esto después y borré el nombre Bin Laden. Ahora, lo que hice fue reducir un poco las descripciones de la cuarentena, porque ya todo mundo sabe cómo funcionan. Por un momento tuve la sensación de que mi mundo de escritura se convertía en mundo público, eso me molestó un poco y me sentí un poco celoso de la realidad”.

La voz de una mujer como narradora es algo que ha llamado la atención de los lectores en esta novela, mientras para Pamuk no tiene mucho misterio:

“Hay más de un motivo para que la narradora sea femenina. Es una decisión ética que yo me impongo porque quiero ver el mundo a través de los ojos de narradoras. Lo ideal es escribir una novela de 600 páginas en primera persona del singular que nadie piense que ha sido escrita por mí, sino que la gente piense que ha sido escrita por una mujer. No es una corrección política, soy un hombre de oriente próximo y conozco toda la estupidez de este mundo, por tanto, quiero ver con mis propios ojos el mundo a través de una mirada femenina. También en mi novela Me llamo Rojo hay una mirada femenina con la protagonista que tiene el mismo nombre que mi madre y que habla desde su cocina. Soy un gran admirador de Jean-Jacques Rousseau quien dijo que cualquier hombre adulto que se pelee con su madre se equivoca, y yo he cambiado un poco esa cita, digo: cualquier escritor de oriente medio que se pelee con sus críticos femeninos se equivoca”.

La manera como un escritor se acerca a la creación de todo tipo de personajes en sus libros es crucial para Pamuk:

Siento que es mi obligación como escritor entender a todo el mundo. Lo más atractivo de ser escritor es que intento entender a los fundamentalistas, a los terroristas. Eso no significa que esté de acuerdo con ellos. Creo que es mi obligación entender y explicar. La capacidad humana radica en esa empatía, entender a todo el mundo. Hay que entender a gente que no es como tú, gente con otras historias, otras procedencias, otras etnias. Para mí es tremendamente atractivo el hecho de adentrarme en temas o en situaciones distintas a mí. Seguramente por eso escribo novelas. Una pregunta clave para mí, porque realmente no puedo entender es a estas personas que ofrecen esta resistencia a la vacuna”.

La mirada de Orhan Pamuk sobre el estado actual de la pandemia lo lleva a echar un vistazo a la historia:

Al final todas las pandemias han desaparecido, se han superado si pensamos cómo la humanidad ha vivido epidemias… La humanidad siempre sobrevive. La humanidad inventa para ella misma nuevos problemas y sobrevive porque lo tenemos en nuestros genes el hecho de protegernos de los virus. La reacción a la pandemia, a veces, ha sido dura. Es una vergüenza que se hayan sacrificado muchas personas mayores pese a que muchos gobiernos dijeron que iban a proteger a los mayores, pero no se ha hecho”.

Compromiso con el presente

El compromiso del Nobel turco lo lleva a expresar su opinión sobre la guerra de Rusia contra Ucrania:

“Es inmoral matar a los ucranianos porque no quieren pertenecer al bloque ruso. Ahora que la humanidad ha descubierto la comunicación pública tan rápidamente en internet vemos esos videos de atrocidades y cuerpos que yacen en las calles. El horror está tan cerca de nosotros que no podemos evitar sentir culpabilidad y pensamos: ¡quiero hacer algo! Pero, claro, la frustración también está ahí porque no hay mucho qué hacer… excepto alzar la voz, ayudar a la gente de Ucrania”.

Esa misma sinceridad es la que emplea para defenderse de las acusaciones que ha recibido de atacar, en Las noches de la peste, a Mustafa Kemal Atatürk, fundador de la República, y a la bandera turca:

“Hay una investigación respecto a mi libro por parte de la fiscalía de que he atacado a Atatürk  en mi novela lo cual no es cierto, ni es algo que haya pretendido en ningún momento. Este libro es una alegoría, en cierto modo, del crecimiento de las naciones después de la desintegración del imperio Otomano que dio como resultado países como Bulgaria, Serbia, Turquía, etcétera… No hay una alusión directa a Atartürk. Mi experiencia me dice que todo se desvanecerá en los laberintos de la burocracia de Ankara porque nada de esto se basa en la realidad”.

Orhan Pamuk va más allá y ofrece una mirada sobre el Gobierno de Turquía:

“El gobierno de Erdogán, en los último seis años, ha acabado con la libertad de expresión. En Turquía las personas que tienen problemas no son escritores de ficción sino periodistas valientes, muchos de ellos amigos míos que escriben y acaban en la cárcel; pasan ahí dos años, vuelven a escribir algo valiente, vuelven a la cárcel… No hay democracia sin libertad de expresión. Tenemos a un ministro de justicia que anuncia con orgullo que están construyendo nuevas cárceles, como si estuvieran construyendo un hospital”.

Secretos de la escritura

Todo esto indigna a Orhan Pamuk que siempre ha expresado su opinión pública, sobre todo desde que recibió el Nobel de Literatura con 54 años, en 2006. Un galardón que en términos literarios en lugar de intimidarlo con sus siguientes libros lo que hizo fue animarlo:

A medida que me hago mayor me doy cuenta de que, comparado con otros escritores,  planifico mucho. Cuando era más joven no planificaba. Pero, a medida que me hago mayor, ve que tengo muchos libros no escritos. No son tonterías. Este es el plan para otra novela: tomo notas todo el tiempo para novelas futuras. Tengo suerte porque Dios me ha dado mucha imaginación, para mí encontrar un tema nunca es un problema. Ahora bien, ejecutar… cuando tengo el tema empiezo a leer, a tomar notas, a veces tengo que investigar. A partir de aquí defino la historia, después los capítulos, después para cada capítulo desarrollo una página y tomo otras notas, tengo muchos cuadernos y libretas, y después paso a la fase de ejecución como yo la llamo: ejecución de la historia y pongo mi creatividad, mi mentalidad. A partir de ahí vas inventando más y más.

Hay gente que cree que los escritores sueñan un libro en cinco segundos y luego lo escriben, pero no. Una novela es como un árbol con diez mil hojas, pero un árbol al principio solo tiene una rama con diez hojas, mirando la primera rama desarrollas la segunda, después la tercera y después vas haciendo crecer el tronco y el árbol, poco a poco”.

Todo eso es un goce para Pamuk que reconoce que no sufre escribiendo:

“Siempre me lo paso muy bien. Nunca me quejo. La verdad es que me olvido de la vida real. Me siento como un niño que juega con sus juguetes en mi mundo imaginario. Tengo que confesar que, también, hay un lado de ambición competitiva: yo quiero tener éxito, quiero que me lean. Me siento muy feliz cuando mis novelas se traducen, esta está traducida a más de 50 lenguas. Disfruto una rueda de prensa dirigiéndome a un público español, catalán y latinoamericano. Es una gran alegría. Yo soy un escritor feliz, he encontrado lectores y mi círculo de lectores crece, así que por qué debería ser algo distinto, me siento muy feliz”.

Los orígenes de esa felicidad se remontana su infancia donde las inclinaciones por la pintura y la arquitectura dan paso a la lectura y luego a…

“No hay un único libro por el que haya decidido ser escritor. En mis primeros años, cuando era adolescente, quería ser pintor y durante seis meses intenté imitar distintos pintores como Van Gogh o Picasso, imité a los impresionistas. Cuando empecé a escribir sentí algunas influencias de Sartre, porque mi padre me decía que había leído a los existencialistas. También fue una inspiración Dostoievsky, Dostoyevski es como ver el mar por primera vez. Leía mucho… Faulkner, Umberto Eco, Borges, García Márquez… Así fue como decidí que no quería ser pintor, sino que quería ser escritor”.

Cuando ganó el Nobel era traducido a unas cuarenta lenguas y ahora a más de sesenta. Dos semanas después de esta rueda de prensa virtual, de las pocas herencias buenas de la pandemia , como reconoce el escritor, Orhan Pamuk visitó España para presentar su novela de manera presencial. Necesitaba vivir el mundo como era antes.

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