Detalle del cartel original de la película ‘Metrópolis’, de Fritz Lang (1927), basada en la novela homónima de Thea von Harbou (1926). /WMagazín
2026, el año de la distopía de ‘Metrópolis’ y sus similitudes con el presente, según escritores, filósofos y científicos (1)
La novela de Thea von Harbou (1925) en que se basa la película mítica de Fritz Lang (1927) sucede en este año. La historia de una megaciudad en cuya superficie viven los poderosos y tecnólogos y en el subsuelo los obreros esclavizados, hasta que un día un robot… WMagazín invitó a varios autores a reflexionar sobre en qué medida se ha cumplido esta profecía y cómo ha metamorfoseado a otros ámbitos que tienen atrapada a la humanidad, de la política a la sociedad

En el año 2026 una profecía ha empezado a cumplirse. ¿Está el mundo en el umbral de la distopía de Metrópolis, que sucede justo en este 2026? La novela y la película escenifican una visión apocalíptica de una humanidad que vive en una ciudad dividida entre los poderosos económicos y tecnológicos que habitan en la superficie y los obreros esclavizados que les mantienen sus privilegios desterrados al subsuelo, hasta que un día un robot… Un siglo después, la humanidad estaría viviendo una Metrópolis en una distorsionada evolución 6.0 del mundo dual, analógico y digital con la inteligencia artificial incluida, embrionaria en Metrópolis, porque en lugar de ser las tecnologías de vanguardia colaborativas con el ser humano son manipuladas al servicio de unos pocos.
Una metamorfosis defectuosa que alcanza al presente en una especie de metástasis al expandir sus similitudes, paralelismos, analogías y concomitancias nacidas del autoritarismo y la fuerza a través del tecno feudalismo, neo feudalismo, neo imperialismo o neo colonialismo; no solo en lo tecnológico, sino, también, en lo político, geopolítico, social, de entretenimiento y hasta emocional, lo cual acelera un cambio de época al dinamitar las reglas de la convivencia y acentuar la discriminación, la desigualdad, la estratificación, la insolidaridad y la mentira con su posverdad en nombre de conceptos como libertad o seguridad.
Es lo que opinan casi todos los escritores, pensadores, creadores y científicos a los que WMagazín invitó a reflexionar sobre qué tanto se ha cumplido de la distopía de Metrópolis y qué relación encuentran con este presente que afronta grandes cambios y la erosión de la democracia (Lee la segunda parte AQUÍ).
Metrópolis fue una obra escrita por Thea von Harbou, primero por entregas y luego como novela, en 1925, y popularizada y convertida en clásico del cine y joya expresionista por Fritz Lang, en 1927, el primer largometraje considerado Memoria del Mundo por la UNESCO. Justo en mitad del tiempo entre dos tiempos que cambiaron el destino del mundo, la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Unos años veinte del siglo XX donde se aceleró la tecnología (nacieron la radio y la televisión, por ejemplo), y con el surgimiento o consolidación de nuevos sistemas políticos, económicos y sociales que fueron el embrión del mundo dual.
“Este libro no es de hoy ni del futuro. No habla de un lugar. No sirve a ninguna causa, partido o clase. Tiene una moraleja que se desprende de una verdad fundamental: ‘Entre el cerebro y el músculo debe mediar el corazón”, escribió Thea von Harbou como epígrafe de su novela.

En el año 2026 el futuro tomó un atajo. En la ciudad bajo la tierra, las llamas de las velas temblaron, emitieron un leve rugido fantasmal y todas las cosas se convirtieron en sombras oscilantes distorsionadas. La pared vibró.
“Arriba, en la gran Metrópolis, la voz del monstruo seguía aullando. Rojo estaba el cielo sobre el océano de piedra de la ciudad. Y aquel cielo rojo vio, entre el océano de piedra de la ciudad, una corriente que avanzaba, amplia e interminable. Era una corriente de doce hombres en fondo. Caminaban con paso monótono: hombres, hombres, hombres, todos con el mismo uniforme: del cuello a los tobillos algodón azul oscuro, el pelo apretadamente recogido bajo la gorra negra, los pies calzados con unos zapatones groseros. Y todos tenían el mismo rostro: un rostro salvaje, de ojos enloquecidos. Y todos cantaban la misma canción, una canción sin melodía que era un juramento, un voto:
¡Hemos sentenciado a las máquinas!
¡Hemos condenado a muerte a las máquinas!
¡Las máquinas deben morir! ¡Al infierno con ellas!
¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte a las máquinas!”.
¿Qué tanto se ha cumplido de esta distopía? Doce autores con sus voces analíticas crean un retrato del presente en una bifurcación de la letanía de aquellos obreros que cantaban la misma canción sin melodía en Metrópolis, en las vísperas de intentar cambiar su destino.
El eco futuro de la inteligencia artificial late en esa distopía. Es la bifurcación del mundo en lo analógico y tecnológico que, a su vez, se desdobla en vanguardias digitales, del ciberespacio y de la IA que, también, se ramifican en submundos. Y esto es lo que dice la inteligencia artificial sobre esta novela y película donde se atisba su propio germen en un bucle:
“La película y la novela Metrópolis son importantes por ser obras fundacionales de la ciencia ficción distópica, explorando la lucha de clases, la tecnología deshumanizante y la división social entre élites y trabajadores, con una impresionante estética expresionista que ha influido enormemente en el cine y el arte visual, ofreciendo una visión atemporal sobre el poder y la desigualdad que sigue siendo relevante hoy en día. (…)
En resumen, ambas obras son vitales para entender cómo el cine y la literatura temprana imaginaron el futuro, los peligros de la industrialización y la eterna lucha entre el capital y el trabajo, todo ello envuelto en una estética visualmente impactante”.
Conocida la visión panorámica de la inteligencia artificial sobre Metrópolis, el preámbulo al mosaico del análisis de los autores es la voz discordante de un filósofo, frente a la mayoría, que conecta con el epígrafe de Thea von Harbou:
Javier Gomá (Sus libros de 2025 fueron Filosofía mundana. Microensayos completos y Fuera de carta. Degustaciones filosóficas / Galaxia Gutenberg)
“He defendido, muchas veces, que vivimos en el mejor momento de la historia en aspectos como lo material y lo moral. La gran diferencia entre nuestro apogeo actual y las épocas anteriores es que la gente que era contemporánea de ese momento culminante se sentía afortunada de pertenecer a él. Mientras que la gran novedad de nuestro tiempo es que, claramente, somos los mejores en todos los aspectos, pero cunde por todas partes el descontento”.
Este retrato coral, que conecta pasado, presente y futuro de Metrópolis, sigue con la historia personal, el impacto de la novela y una reflexión de una escritora checa que nació en el lugar que dio origen a un nombre clave de esta distopía:
Monika Zgustova (su libro más reciente es La intrusa. Retrato íntimo de Gala Dalí / Galaxia Gutenberg)
“Desde pequeña crecí con el simbolismo del robot contra el hombre. En mi Praga natal, donde Karel Capek inventó la palabra robot en su obra de teatro RUR, derivada de ‘robota’ que significa trabajo forzado en checo, empecé a interesarme por las distopías en la literatura y el cine. Todas ponían en evidencia el control que la tecnología ejerce sobre el ser humano y la consiguiente pérdida de individualidad, tan caras a las primeras décadas del siglo XX.
Cuando me trasladé a Occidente fui descubriendo a H.G. Wells, el gran padre de la distopía y la ciencia ficción, a George Orwell y sus novelas sobre las formas totalitarias de control, y El mundo feliz de Aldous Huxley donde a los humanos se les droga con ‘soma’ para mantener la estabilidad social.
El film Metrópolis, donde la estética art déco contrasta con los seres humanos esclavizados por la minoría dominante, me ha parecido siempre una refinada predicción del futuro en el que ya hemos entrado, en el que el ser humano debe perder su individualidad para servir a los fines egocéntricos de unos pocos parapetados tras grandes corporaciones anónimas”.

Una ampliación de esta invención de términos hoy comunes y reconocidos, así como de parte de la génesis de esta literatura con visiones premonitorias la ofrece un autor español y gran lector de ciencia ficción, desde niño, que recuerda como este es un género literario ideal para reflejar la realidad:
Francisco Serrano (El corazón revolucionario del mundo / Tusquets)
«Siempre hay que ser precavido cuando se consideran las virtudes proféticas de la ciencia ficción. El mismo William Gibson, acuñador del término ‘ciberespacio’, reconoce que si bien en su novela Neuromante y otras historias parece predecir Internet y el mundo de la conexión global, la ausencia de telefonía móvil hace que la novela leída ahora parezca suceder en un mundo alternativo, con solo una tenue relación con el nuestro. El acierto adivinatorio, por tanto, puede ser meramente circunstancial, anecdótico.
Pese a su condición fundamental de ficción especulativa, proyectada hacia el futuro, el auténtico interés de la ciencia ficción reside en cómo nos habla de los presentes en los que fue ideada, qué anhelos o angustias representa, qué se consideraba posible tanto en el ámbito social como en el tecnológico. Desde nuestro punto de vista en el presente, el futuro nos narra el pasado.
En el caso de Metrópolis, más allá de coincidencias llamativas (aparece una IA, pero es un tema casi omnipresente en la ciencia ficción de todas las épocas), con lo que no puede evitar uno quedarse es con la sensación de no haber superado ciertos conflictos fundamentales, imbricados en el mismo corazón del capitalismo y la lucha de clases. Así, vuelta a ver ahora en su centenario, Metrópolis no tanto predice el presente en el que nos encontramos, sino que nos informa de que seguimos inmersos en dinámicas similares, en la misma pugna. Y esa información es valiosísima para comprender el mundo y nuestras vidas”.

Esto lleva a algunos autores a advertir que la humanidad se adentra cada vez más en la dimensión de Metrópolis y la expande de manera inquietante en nuevos territorios, según relata un escritor portugués que en sus novelas ha descrito parte de estas señales:
Rui Couceiro (Baiõa sin fecha de muerte / Siruela)
“Parece que, lamentablemente, con el paso de los años, nos acercamos a la distopía de Metrópolis. No sorprende que el capitalismo industrial llevado al extremo en esa historia encuentre un paralelo en nuestra época y que los trabajadores sean relegados al subsuelo, además, porque nadie guarda herramientas en casa. Por otro lado, al pensar en Metrópolis, recuerdo inmediatamente a la androide María, un ejemplo temprano de una inteligencia artificial que hoy facilita, pero también amenaza nuestras vidas.
El tema me interesa enormemente. De hecho, mi primera novela, publicada en España, en 2025, ya abordaba el poder silencioso de los algoritmos, ya que el narrador es adicto a su teléfono móvil y al scroll infinito por las redes sociales. La segunda, publicada en Portugal en 2024, lleva esta adicción aún más lejos. Para mí, es imperativo que los algoritmos, tanto los que gobiernan las redes sociales como la mayoría de los que gobiernan la llamada inteligencia artificial, se regulen, al igual que se regulan las cantidades de alcohol en las bebidas o la nicotina en los cigarrillos. Por lo tanto, no solo por la adicción que inducen, sino también por su potencial destructivo. Internet, como territorio sin ley, fue caldo de cultivo para criaturas que ahora parecen ignorar el derecho internacional y quieren colonizar otros territorios. Algún día, todos seremos esclavizados de nuevo, sirviendo a locos que hechizan a las masas mediante algoritmos. ¿O acaso no está sucediendo ya?”.
Parece que sí sucede. Una escritora española y experta de tecnologías de vanguardia y poder, relaciona la época, la novela y su proyección actual:
Marta Peirano (Contra el futuro. Resistencia ciudadana frente al feudalismo climático / Debate)
“Thea von Harbou se inspiraba en la industrialización de la época, y en ese esquema de una élite ociosa sobre la superficie y una masa obrera explotada bajo tierra que habían descrito Marx y H. G. Wells, pero que son seducidos e hipnotizados por la danza macabra y apocalíptica de la máquina que se hace pasar por mujer. No es difícil vernos reflejados en esa hipnosis colectiva frente a un ingenio que nos imita para poder devorarnos”.

Una línea argumental parecida, pero más política y crítica con la novelista y el cineasta, sigue un escritor mexicano al recordar que cuando se publica la novela, Alemania estaba en la democrática República de Weimar y el nazismo empezaba a tomar impulso y a agitar los extremos. Un momento en algunos autores se situaron en una zona nebulosa. Y lo dice alguien en cuyo último volumen de cuentos aborda la ciencia ficción donde advierte de alteraciones o daños colaterales de la inteligencia artificial, retrata el impacto de ese futuro en lo cotidiano y sitúa a los sentimientos y a las emociones en el centro de la vida humana junto al poder de la imaginación.
Alberto Chimal (Las máquinas enfermas / Páginas de Espuma)
“Thea von Harbou, la autora de la novela original y el guión utilizado por Lang, se quedó en Alemania tras de que Lang huyera del régimen de Hitler. La visión política de Metrópolis queda, pues, en el mismo lugar nebuloso, incómodo, que la de otros artistas que por conveniencia, indiferencia o creencia sincera se negaron a criticar de frente al nazismo, cuando no lo defendieron explícitamente. Esto vuelve aún más difícil aquilatar su conclusión. El conflicto entre la oligarquía y los obreros, que lleva casi a la destrucción de la ciudad, se condensa en un puñado de enfrentamientos mucho más pequeños: Rotwang el científico-hechicero contra Joh Fredersen el millonario; Freder, hijo de Joh, y la vidente María contra la turba enloquecida de los trabajadores; la androide Futura –disfrazada de María– alimentando la locura general. ¿Dónde queda la acción colectiva? En ninguna parte: Harbou no reconoce las corrientes políticas de su época, y más bien recurre a una visión romantizada, decimonónica, de la lucha social. Freder y María consiguen que Joh y un líder obrero (cuya personalidad individual no figura en la narración) se den la mano. ‘El mediador entre el cerebro y el músculo’, dicen tanto el guión como la novela, ‘debe ser el corazón’. Ningún momento del siglo posterior ha tenido semejante reconciliación imaginaria”.
Metrópolis es una historia que enriquece el imaginario que va de la fábula a la metáfora, a la analogía o a las concomitancias popularizadas por la versión cinematográfica de la novela, como lo recuerda el crítico de cine del periódico español El Mundo:
Luis Martínez
“Desde su estreno, Metrópolis dio pie a todo tipo de interpretaciones contradictorias que han ido mutando. Los sindicatos acusaron a la película de alentar las tesis más posibilistas y reaccionarias de la socialdemocracia con esa reconciliación absurda entre ricos y pobres, empresarios y obreros. H.G. Wells se rio de una visión del futuro anacrónica y ridícula. En Italia y Turquía, por ejemplo, fue tachada de bolchevique, mientras críticos como Siegfried Kracauer (ya en los años 40) vieron claro que era una apología del nazismo. Lo enrevesado de la trama y la longitud fluctuante de la película, según la copia, no ayudan. George Sadoul la leyó como premonición del Holocausto y Thomas Pynchon se sumó a esta tesis para adaptar la cinta de Lang a su propio argumentario de un poder autodestructivo, voraz y absoluto. Y la cosa sigue con la llegada de nuevas interpretaciones de la mano de los estudios de género. ¿Cuál es en verdad el papel liberador de María frente a la falsa María como epítome de la femme fatal?
Es decir, la distopía de Lang-Harbou se cumple siempre porque su estructura de fábula, cuento de hadas, tragedia, mito y romance (todo a la vez) se adapta a casi todas las interpretaciones.
Con respecto a lo que vivimos ahora mismo, un siglo después, hay aspectos que han acabado dando la razón a H.G. Wells y el universo analógico mecanizado de la cinta se antoja entre pueril y muy inocente, pero, a la vez, el poder de la máquina (o del algoritmo, que se dice) sobre los cuerpos y las almas en un mundo masculinizado sepultado por una iconografía fálica y liderado por privilegiados idiotas ambiciosos y visionarios sigue ahí. Vuelve el nazismo convertido en actitud cool y hasta punki (dios mío, dónde hemos llegado) y la actualidad de Metrópolis confirma la dimensión del fracaso colectivo que vivimos como sociedad. Todo eso, a la vez que esa misma Metrópolis, desde el lado contrario, alienta la posibilidad de una revolución antipatriarcal de la mano de María transformada en símbolo y esperanza. Amén”.

Otra prueba de sus múltiples interpretaciones y vigencia la expresa una de las narradoras españolas que mejor ha abordado la realidad de su país y sus asimetrías políticas, sociales o laborales, así como lo escrito sobre el lado oscuro de alguien ungido de poder:
Clara Usón (Las fieras / Seix Barral)
“En la película los millonarios de un imaginario año 2026 viven con holganza en las alturas mientras las masas de trabajadores bregan para ellos sin descanso en el subsuelo, no me sorprendería que un día de estos los expertos propongan construir apartamentos subterráneos, para solucionar la escasez de vivienda del año 2026 real que acabamos de estrenar. La desigualdad atroz retratada en la distopía de Lang se ha hecho realidad cien años después, así como el gobierno de los oligarcas sobre todos los demás, sin embargo, el final almibarado y feliz de la película, en el que el plutócrata toma conciencia de las penurias de sus trabajadores y resuelve atenuarlas, gracias a la mediación de su bondadoso hijo, es del todo impensable en la actualidad, los plutócratas contemporáneos se enorgullecen de su crueldad, declaran que ‘la empatía es un pecado’ y ‘una debilidad nefasta de la civilización occidental’ (Musk dixit) y la nueva moral imperante es la ley del más fuerte. Dan ganas de escapar, pero ¿adónde?”.
Y es ahí donde hechizos tecnológicos y espacios arquitectónicos y estéticos se encuentran y hacen visible el hilo entre la distopía y el presente, según explica un doctor en Ciencias de la Información, escritor y especialista en Comunicación y Asuntos Públicos:
Ignacio Jiménez Soler (La nueva desinformación. Veinte ensayos breves contra la manipulación / UOC – Universitat Oberta de Catalunya)
“Lo que reflejaba Metrópolis encuentra hoy su analogía en las ciudades actuales, estratificadas por capas, aunque la mejor manera de visualizarlas es por ejes. Como en los sistemas de coordenadas cartesianas de ordenadas y abscisas, hay una dimensión perceptiva y otra experiencial. En la perceptiva está la ciudad fotografiada, la de las imágenes icónicas que tiene una vida propia virtual. Es por la cual los centros históricos se homogenizan en una estética muy identificable alrededor de emplazamientos icónicos; tiendas de marcas similares y ofertas repetitivas que sitúan a la ciudad en la categoría de ‘no puedes dejar de venir’ o ‘no puedes dejar de compartir y fotografiar’. Un eje que muestra una epidermis tersa y luminosa, pero no la realidad de la mayoría de sus habitantes.
En el otro eje está la parte experiencial, la habitabilidad. Un eje en el que las capas de la ciudad recuerdan más a lo que muestra la película: estratificaciones de varias ciudades en una. Una estratificación en la que las comunidades que la habitan se organizan en ‘cajas de resonancia residenciales’, lo que a principios de 2006 se definió como cocooning: espacios auto referenciales y de espejismo de autoprotección.
En esas comunidades, cuando se producen interferencias de unas a otras, estas son motivo de tensión y movilización. Hoy, estas estratificaciones se mantienen en un frágil equilibrio. El siguiente episodio de este frágil equilibrio es difícil de adivinar, aunque parece fácil intuir una intensificación de las diferencias”.

Parte de todo esto se condensa en la frase:
“Ser humano, criatura asombrosa, ¿quién eres?”.
Es lo que se preguntó László Krasznahorkai (Hungría, 1954) en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2025. Una fábula y una metáfora sobre el presente de un mundo que parece agrietarse y donde se expande el desencanto y la incertidumbre ante el embate de los poderosos que lo distorsionan todo con su nueva ética y moral. Un discurso que versó sobre la vida ante los derroteros de una humanidad extraviada en las tecnologías, las guerras, en la creación de víctimas de toda clase, en el ensañamiento contra los marginados y las minorías, un mundo que no respeta la dignidad humana y se asoma al abismo. En Metrópolis ese hombre es Joh Fredersen.
László Krasznahorkai se refiere a un mundo en manos de los poderosos que se muestran como falsos ángeles salvadores:
“nuestros ángeles son estos nuevos, y, habiendo perdido sus alas, ya no disponen de esas túnicas que se enrollan dulcemente alrededor de ellos, caminan entre nosotros con ropa de calle sencilla, no sabemos cuántos hay, pero según alguna sugerencia oscura su número permanece inalterado, y, al igual que los ángeles de antaño en los viejos tiempos, estos nuevos también aparecen de manera inquietante aquí y allá, aparecen ante nosotros en los mismos tipos de situaciones en nuestras vidas como lo hacían los antiguos, y de hecho es fácil reconocerlos si ellos quieren que lo hagamos, si no ocultan lo que llevan dentro de sí, es fácil porque es como si entraran en nuestra existencia con un tempo diferente, un ritmo diferente, una melodía diferente a la que nosotros caminamos, nosotros que nos esforzamos y vagamos en el polvo aquí abajo, además, ni siquiera podemos estar tan seguros de que estos nuevos ángeles lleguen de algún lugar allá arriba, porque ni siquiera parece que haya un ‘allá arriba’ ya, como si eso también —junto con los ángeles de antaño— hubiera cedido su lugar al eterno ALGÚN LUGAR donde ahora solo las estructuras insanas de los Elon Musk de este mundo organizan el espacio y el tiempo, (…) de repente me doy cuenta de que estos nuevos ángeles no solo no tienen alas, sino que tampoco tienen mensaje, ninguno en absoluto”.
- Segunda parte: Política y concomitancias de Metrópolis en otros ámbitos del presente convulso y desconcertante.

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Hay que ver personalmente la película y leer el libro, así podemos sacar nuestras propias conclusiones, cada cabeza es un mundo.
Se me antoja más como una historia muy romantizada de una idea muy fantasiosa, siento yo que, dentro de sus límites, Verne o Asimov estaban más próximos a una realidad, pero como dicen, cada loco a su cuento, en la actualidad la fuerza laboral que se desprende de una acción humana, va siendo poco a poco desplazada, los grande potentados poco tienen que ver con mano de obra humana, salvo los «creadores» de consumo, ¿pero que los hace tan acaudalados? justamente la existencia de compradores, entonces pudiera pensar que en realidad a esta época hay mucha más gente con poder adquisitivo de la que nos dicen que son muy pocos, porque eso me lleva a pensar, siendo tan pocos los que pueden acceder a lujos, ese capital solo sale de sus bolsillos para regresar de nuevo, pero regresando a la trama, un «joven ingenuo» de la superficie de enamora, al tiempo que la ciencia crea un ser mecánico capaz de pasar desapercibido y proporcionar divertimento a los poderosos que no son capaces de distinguir entre máquinas y humanos, se acerca mucho a nuestra realidad en el sentido de desapego por la realidad actual, pornografía y sustitución de látex por la presencia humana, desintegración del ser y conformación del «super-yo» virtual, cada época plantea retos tecnológicos, pero al parecer la humanidad se va diluyendo en los avances de la tecnología actual, «chapie» es una aproximación de una promesa de eternidad en estos tiempos, «máquinas humanas» pudieran dar paso a una nueva realidad, que podríamos «vivirla».
A mí leer sobre tanta película y novela mundo -maquina teledirigidos todos en la aridez del poder, dónde nos queda reaccionar por un superyo virtual, reacciono con escribir sobre mundos donde lo prioritario es amanecer mirando el sol y apreciando el vuelo de insectos entorno a las plantas que se ofrecen para la polinización. Me dan ganas de comer frutas y verduras y disfrutar del contacto del mundo de la naturaleza al que pertenecemos. Si bien sé que el hombre ha intentado dominar siempre por algo que ha Sido una herramienta, y se expande como moda y control. Creo que la ciencia ficción tiene su lugar así como otros géneros literarios. Es muy bueno todo ésto, pero no deja de ser una extrapolación de lo que está sucediendo en el mundo. Me parece dejar su lugar a Sociólogos y politólogos de todo el mundo que se hayan destacado. Toda novela es alegorica a algo, sino leer La Gota de Miel, de Mariam Legnani, 2025, denuevo, Uruguay, América del sur. No me puedo atrever si bien me dijeron que mi novela es alegorica a decir que ayudo con lo que sucede. El arte no es entretenimiento sino que ayuda a reflexionar sobre el mundo pero otra cosa es una investigación sociopolítica y con buenas fuentes. Además toda prensa es sesgada y tiene su/s punto de vista/s. Personalmente me aportó desde lo literario y como forma de reflexión. El conócete a ti mismo, actualizado para estos días, confirma que hay que hacer un repaso de antiguas filosofías y de literatura de formas de vida simple, sencilla. Cuánto más se elabora, más imaginación corre al servicio de otros mundos fríos, crueles y tecnológicos, con mucho artificio. Aprendí mucho por mi edad. Pero no confundamos cine, literatura y su símbolismo con la realidad. Puede prestarse a confusión si no hay metáfora propiamente dicha y siempre presente.