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Detalle de una ilustración de Tomas Hijo para ‘Metrópolis’, de The von Harbou (1925), en Ediciones T&T (2025). /WMagazín

2026, el año de la distopía de ‘Metrópolis’ y sus similitudes con el presente, según escritores, filósofos y científicos (y 2)

La novela de Thea von Harbou (1925) en que se basa la película mítica de Fritz Lang (1927) sucede en este año 2026, sobre los desmanes del mundo dividido entre los poderosos y tecnólogos y los obreros esclavizados. WMagazín invitó a varios autores a reflexionar sobre qué se ha cumplido de esta profecía o cómo ha metamorfoseado a otros ámbitos que tienen atrapada a la humanidad con cambios políticos y de convivencia

“¿Acaso en el mundo, después de esta noche de locura, no había más que horror y muerte, destrucción y agonía sin fin?”, se pregunta el hijo del todo poderoso hombre de Metrópolis hacia el final de la novela homónima, de Thea von Harbou. Una distopía que sucede en el año 2026, el de ahora, publicada en 1925, y que alcanzó gran popularidad tras la película mítica de Fritz Lang, en 1927.

Antes de seguir con las reflexiones y relatos de los escritores consultados por WMagazín (Lee la primera parte AQUÍ) sobre la coincidencia de la novela desarrollada en 2026 y el saber qué parte de ella ha alcanzado a la humanidad, recordamos la historia entrelazada del libro y la película con sus avatares:

Thea von Harbou (Alemania, 1888-1954), era una de las mejores guionistas del cine alemán de los años veinte del siglo XX. Estaba casada con Fritz Lang (Austria, 1890-Estados Unidos, 1976) cuando, en 1925, empezó a publicar la historia de Metrópolis por entregas en la revista alemana Das Illustrierte Blatt, al tiempo que Lang hacía su versión cinematográfica, lo que permitía que salieran fotos del filme. Antes de acabar ese año, la historia se agrupa en un libro. Lang estrena en 1927, la película más costosa hasta entonces de la UFA resulta ser un fracaso en las salas. Las salas de cine y las dos obras entran en el olvido. Con un agravante, la película, que duraba más de 150 minutos, sufrió diferentes cortes por las censuras, las quemaduras y otros daños del celuloide y la mala conservación la redujeron a unos noventa minutos, lo cual convertía la historia en poco comprensible. Finalmente, en 2010 se estrenó una copia restaurada de 153 minutos.

La historia de Metrópolis la dejamos en palabras de Ediciones T&T, de España, que hizo una nueva traducción con 45 ilustraciones de Tomás Hijo, especialmente grabadas digitalmente para esta edición:

“En una ciudad futurista donde la opulencia de los poderosos se alimenta del sacrificio de los oprimidos, dos mundos coexisten: una élite hedonista que vive en un paraíso de excesos y una clase trabajadora atrapada en un inframundo mecanizado. Este sistema, diseñado para mantener el statu quo, se tambalea cuando surge un líder carismático en busca de un salvador que pueda unir estas dos realidades dispares.

Más que un relato de ciencia ficción, es una poderosa fábula sobre justicia, sacrificio y la lucha contra la opresión. Con descripciones vívidas, personajes complejos y un simbolismo que bebe de mitos ancestrales, Von Harbou construye una visión del futuro tan inquietante como fascinante.

Esta obra maestra, injustamente subestimada en la literatura de ciencia ficción, no solo explora los límites del pensamiento humano, sino que, también, nos recuerda que, incluso, en los momentos más oscuros, la esperanza y el coraje pueden triunfar sobre las fuerzas más implacables”.

La literatura y el cine han inspirado a la ciencia y han ayudado a impulsar el progreso. Lo recuerda el libro Cosas que nunca creerías. De la ciencia ficción a la neurociencia (Debate), del neurocientífico, licenciado en Física, profesor ICREA e investigador del grupo de Percepción y Memoria del Hospital el Mar Research Institute llamado

Rodrigo Quian Quiroga

“Metrópolis me retrotrae a la revolución industrial, con los cambios económicos y sociales que esta trajo. Lo mismo pasó con Internet y en estos días con el uso de la inteligencia artificial. Ahora nos preguntamos si la IA nos hará obsoletos y nos dejará sin trabajo. Creo que será algo parecido a lo que sucedió con Internet o, más atrás, con la revolución industrial. La matriz de trabajo cambia y hay que adaptarse. Hoy casi no existen las librerías o las casas de turismo – para ello usamos Internet (Amazon, Expedia, Airbnb, etc). Pero sí existen muchas nuevas fuentes de trabajo que el uso de Internet ha abierto. Creo que lo mismo está pasando y pasará con la IA. No creo tampoco en tecnofeudalismos, porque, al menos en Europa y los países del primer mundo, tenemos reglas de convivencia social que limitan la posibilidad de que haya clases tan oprimidas como en Metrópolis.

Respecto a neocolonialismos y cambios políticos, estamos viendo cómo políticos con poder pueden cambiar todo a su antojo y que sea muy posible terminar teniendo colonialismos del medioevo – y esto no tiene nada que ver con la tecnología. No le temo a la tecnología; es más, me entusiasma, lo que sí me aterra es lo que cada tanto leo en los diarios”.

Ilustración de Christian Montenegro para la novela gráfica de ‘Metrópolis’, basada en la película de Fritz Lang en Libros del Zorro Rojo (2021). /WMgazín

Es lo mismo que le sucede a otros autores al analizar esta coincidencia de la distopía en 2026 y los derroteros del mundo. Lo relata así la narradora colombiana, ensayista y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana:

Piedad Bonnett (La mujer incierta /Alfaguara)

“Imposible, en esta época de sobre información, no sentirnos abrumados por la incertidumbre, y hasta por la intuición recurrente de que nos abismamos a un mundo distópico, en el que podrían repetirse los acontecimientos de profunda degradación moral que la humanidad sufrió con el fascismo. Esa percepción se origina en lo que Rob Riemen llama la ‘rebarbarización’, que tiene que ver con que los líderes más poderosos, con Donald Trump a la cabeza, no solo han abandonado los principios duramente conquistados por la civilización, saltándose los acuerdos internacionales y usando estrategias ilegales a la hora de usar la violencia, sino que con cinismo desvergonzado ni siquiera intentan mostrarse como adalides de algo –de la justicia, de la libertad, de la democracia- sino como lo que son:

saqueadores de los recursos de los países más débiles. ‘Yo voy hasta donde me lo permite mi propia moral’, dijo Trump en una entrevista con The New York Times.

El verdadero poder, además, lo tiene una plutocracia de una avidez escandalosa, que hace que la riqueza se concentre cada vez más en menos manos. Difícil no pensar que asistimos a la decadencia de una época que se jacta, paradójicamente, de enormes conquistas científicas y tecnológicas. Porque esa plutocracia de tendencias fascistas desconoce –o simplemente desprecia- el pensamiento científico, y la consecuencia más grave es la amenaza al planeta, en razón de la abierta negación del cambio climático. Mientras tanto se persigue a los migrantes, se arrasa con países enteros, y las instancias legales se muestran débiles. Y en un momento histórico de transición, que está cambiando los paradigmas, se desdibuja el límite entre la verdad y la mentira. Me aterra el catastrofismo, pero, a veces, es imposible no sentir desaliento y desesperanza”.

Ilustración de Tomás Hija para la edición de ‘Metrópolis’, de Thea von Harbou, de Ediciones T &T (2025). /WMagazín

Son emociones que erosionan el ánimo al acentuarse esa división entre poderosos-ricos-tecnólogos y la clase trabajadora, como lo denuncia la poeta y narradora española:

Menchu Gutiérrez (Vida y muerte de un jardín de papel -Siruela- y Huésped del otro –Árdora)

“Que la brecha se hace cada vez mayor es un hecho incuestionable; también la estupidez intrínseca que fomenta ese desequilibrio social. Cuando piensas en el mundo distópico de Metrópolis, hay cierta ironía en la inversión de espacios que se produce en el tiempo presente, cuando los más ricos excavan para construir sus flamantes bunkers autosuficientes. Son los dueños de las grandes fortunas los que supuestamente habitarán en el subsuelo, protegidos de la multitud de catástrofes a las que en gran medida conducen ellos mismos.

La codicia material y la insaciabilidad de poder son siempre las mismas, ahora y en el siglo XV, pero, precisamente la tecnología es una gran máquina multiplicadora de sus efectos. Desde sus inicios, la tecnología que ha estado al servicio del poder, se ha utilizado también para manipular hechos, y blanquear la mentira. La gran sorpresa de nuestro tiempo es que, aparentemente, la mentira no necesita disfrazarse más. Se dice: vamos a robar porque somos más fuertes. Y nos encontramos analizando el silencio atronador de quienes, efectivamente, reconocen al más fuerte, y algunas respuestas larvadas.

Es desolador, pero, a mi juicio, la mayor esperanza de inversión de esta realidad se encuentra en algún tipo de colapso. La estupidez tiene un importante grado de autodestrucción.

De momento, ver al presidente de un país poderoso hacer chistes con la desgracia del oprimido y escuchar las risas de quienes lo rodean, recuerda a los matones que ríen las gracias de su jefe mafioso. Pero no estamos ante una anomalía de la sociedad, en una escena de cine noir, sino en una película para todos los públicos, que se puede proyectar en el salón de actos de un colegio por Navidad”.

 

Ilustración de Christian Montenegro para la novela gráfica de ‘Metrópolis’, basada en la película de Fritz Lang en Libros del Zorro Rojo (2021). /WMagazín

Las coordenadas han cambiado y algunos intentan desterrar principios de armonía y convivencia en una versión o evolución de los estratos de Metrópolis, como lo explica el ilustrador argentino que en 2021 hizo una versión gráfica de esta historia:

Christian Montenegro

“Ya no hay grandes talleres industriales con alienados obreros encadenados a la línea de montaje, ejecutando durante horas tareas monótonas que les secan el cerebro y el corazón (o por lo menos esta imagen desapareció del imaginario del cine). Pero sí noto una ausencia fundamental en la película que coincide con los tiempos presentes y el futuro que nos quieren imponer como única opción, no hay estado regulando el lucro capitalista ni velando por el bien común.

Vivo en Argentina, donde se da el caso de una puesta teatral neoliberal bufonesca y extremista. Ya no es necesario someter al trabajador (o lo que queda de esta clase social). Ahora el obrero es feliz siendo un pobre infeliz que celebra y admira a su explotador y verdugo.

María puede pasar el resto de su vida en las catacumbas predicando que ya nadie la va escuchar, es más, que se dé por satisfecha si estos mismos obreros, habitantes de oscuros subsuelos, no la crucifican por comunista y origen de todas sus miserias”.

Fotograma de ‘Metrópolis’, de Fritz Lang (1927). /WMagazín

Una idea parecida a la que describe la ensayista española experta en tecnologías de vanguardia:

Marta Peirano

“Es la misma distopía, pero más gris y burocrática. En lugar de describirla en términos cristianos de ricos que habitan el cielo y pobres que ocupan el subsuelo; nosotros lo hacemos con sensibilidad epidémica de burbujas que nos separan, habitando el mismo plano. Es evidente que Elon Musk o Peter Thiel; y los miembros del séquito de Donald Trump, Xi Jingpin, Vladimir Putin y MBS habitan mundos diferentes, pero están en este. Pienso en La ciudad y la ciudad, de China Miéville, donde hay dos ciudades que coexisten dentro de la misma ciudad, y sus ciudadanos deben ignorarse mutuamente porque habitan un espacio social, legal y administrativo diferente. Y nuestra ciudad no es una ciudad mítica ‘de éxtasis de luz y movimiento’, sino una cárcel burocrática de servicios automatizados y ciudadanos entretenidos y vigilados como ratas en una vitrina de laboratorio.

La lógica de la acumulación sin límites es necesariamente imperialista: para que su mundo se expanda de las formas que quieren, no sólo en territorio, recursos y poder sino en años de vida; el nuestro tiene que desaparecer. Y las consecuencias de una expansión imperialista son la colonia, el feudalismo y la esclavitud. La tecnología es su religión, pero no es más que una herramienta que acelera el proceso y oscurece su función. No tenemos que imaginarlo porque así ha sucedido siempre”.

Fotograma de la película ‘Metrópolis’ (1927), de Fritz Lang, basada en la novela de Thea von Harbou (1925). /WMagazín

Así avanza la normalización del autoritarismo, del poder de la fuerza, de la brutalidad, de la humillación, de la ignorancia, de la crueldad, de la discriminación o de la insolidaridad, en detrimento de la comprensión, la generosidad, la empatía, la armonía, la bondad o la convivencia, como lo denunció en una entrevista de WMagazín el ilustrador francés:

Benjamin Lacombe (ilustraciones para El gran Gatsby / Edelvives)

“Nos enfrentamos a esto porque hemos inculcado en la gente que valores como los contados son debilidades. Porque muchos verían la solidaridad, la generosidad y la empatía como una auténtica debilidad. Y, en cambio, que lo que hay que ser es un matón, como un Donald Trump de la vida. Y eso, en realidad, no es una fortaleza. Creo que es lo contrario. La solidaridad, la generosidad, la tolerancia, la compresión, el respeto, la amabilidad y la empatía son lo opuesto a una debilidad. Creo que eso es, precisamente, lo que hizo a la humanidad exitosa, porque la humanidad, al principio, estaba en una mala posición, y ese es el secreto de la humanidad.

¿Cuál es, verdaderamente, el éxito de la humanidad, y su prosperidad? La ayuda entre unos y otros. Eso es lo que ha marcado la diferencia, pero se nos está olvidando que el origen del éxito de la humanidad es la solidaridad y la generosidad”.

 

A pesar de estas realidades hay un filósofo cuya mirada es contraria a este mundo distópico y hace que pasado, presente y futuro convivan a la vez:

Javier Gomá Lanzón

“Estamos en una posición superior a la presentada en la novela y la película Metrópolis. En este siglo, sobre todo Occidente, ha progresado extraordinariamente, tanto en el aspecto material como en el aspecto moral. Y, aunque no existe ninguna ley necesaria y no hay ninguna capacidad de pronóstico seguro, hay confianza en que sí se ha producido tanto progreso durante milenios y en el último siglo y en el que viene, en el año 2126, estaremos, también, tanto en lo material como en lo moral, mejor que ahora y mucho mejor que hace un siglo.

He defendido, muchas veces, que vivimos ahora en el mejor momento de la historia en aspectos como lo material y lo moral. Y, como ha ocurrido en otras épocas que se han considerado ellas mismas, también, en un momento de apogeo, como el Siglo de Pericles, las ciudades italianas del Renacimiento y tantos otros, la gran diferencia entre nuestro apogeo actual y las épocas anteriores es que la gente que era contemporánea de ese momento culminante se sentía afortunada de pertenecer a él. Mientras que lo que describe la gran novedad de nuestro tiempo es que, claramente, somos los mejores en todos los aspectos; pero cunde por todas partes el descontento.

Somos una sociedad muy enfadada, llena de angustia, de malestar, de disconformidad. De manera que lo que muchas veces produce el progreso, que es un sentimiento de novedad, de extrañeza y, a veces, también, de un cierto sufrimiento, si se acompaña con el malestar actual hace que prolifere enormemente la literatura apocalíptica, pero esa literatura no es realidad. Porque lo cierto es que, en efecto, nos sentimos mal, acogemos con gusto la literatura apocalíptica, las imágenes de distopía, las expresiones como neo feudalismo u otras que expresarían ese malestar y, sin embargo, desde el punto de vista de los hechos, Occidente vive el mejor momento de la historia. A veces, lo defino con más precisión: no es que seamos los mejores, que lo somos, sino que nuestra sociedad actual es imperfecta, es defectuosa, debe corregirse, produce mucho dolor, es desigual, es injusta; en suma, es muy imperfecta, pero es la menos imperfecta de toda la historia.

Con todo, como hay mucho malestar, ese malestar puede ser utilizado por fuerzas populistas para poner en cuestión uno de los grandes logros de la historia, que es la democracia liberal. En consecuencia, el que seamos los mejores no significa que estemos exentos de peligro. Hay muchos peligros, pero uno de los peligros es, justamente, tomarse en serio la literatura apocalíptica”.

Panorámica de ‘Metrópolis’, de Fritz Lang, basada en la novela homónima de Thea von Harbou. /WMagazín

László Krasznahorkai se preguntó en su discurso del Nobel de Literatura 2025: “Ser humano, criatura asombrosa, ¿quién eres?”. Un texto con ideas, imágenes y denuncias sobre el desconcierto, la desolación y la desesperanza del presente. Y, como si al ser humano no le bastara con todo el daño que hace y hacen la ambición y la inhumanidad de algunos, el escritor húngaro lamentó otro futuro:

“Destruyendo la imaginación, ahora solo te queda la memoria a corto plazo, y por eso has abandonado la noble y común posesión del conocimiento, la belleza y el bien moral”.

O como escribió Irene Vallejo, autora de El infinito en un junco, en su Facebook, del 15 de enero de 2026:

“Cuando me entristece escuchar tantas llamadas a aplastar, a derrotar, a hacer llorar al adversario; cuando nos dicen que no odiamos lo suficiente; cuando alcanzamos a diario la pleamar de los insultos; cuando nos sentimos sedientos de ternura, entonces hay que regresar a Emily Dickinson:

Si evito que un corazón se rompa

no habré vivido en vano,

si alivio el dolor de una vida

o calmo una pena

o llevo un desfallecido petirrojo

de nuevo a su nido

no habré vivido en vano.

(Traducción de Silvina Ocampo)

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Winston Manrique Sabogal

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