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Zona rural en Suiza. /WMagazín

Agricultura y cultura: lo que el campo ha hecho de nosotros y lo que podemos perder al olvidarlo

Jerónimo Aguado Martínez publica Vincularnos a la tierra (Pol·len Edicions) donde reivindica la importancia de la agroecología, la agricultura y lo pecuario en armonía con la tierra y la naturaleza. Desde su experiencia recuerda que todo esto construye personas, poblaciones, identidad, comunidad y cultura en su sentido más amplio

Somos los humanos que somos, en gran medida, por lo que hemos hecho de lo agropecuario y lo que lo agropecuario ha hecho de nosotros. El campo y lo rural forman parte de nuestro ADN cultural, nos constituyen. Y, sin embargo, cada vez le damos más la espalda, incluso se tiende a desdeñar o minusvalorar a los campesinos. La pregunta o preocupación no es tanto sobre la despoblación rural sino:

¿Qué parte de nosotros perdemos cuando olvidamos que nuestra civilización nació de cultivar la tierra y criar animales?

Lo agrícola y lo pecuario no solo son importantes porque nos dan de comer, sino porque construyen personas, poblaciones, identidad, comunidad y cultura en su sentido más amplio. Y todo ello debe estar en armonía con la naturaleza

El Homo sapiens no evolucionó biológicamente “a partir de la agricultura”: nuestra especie existe desde hace unos 300.000 años y la agricultura apareció mucho después, hace aproximadamente 12.000 años. Pero el mundo humano que reconocemos como civilización sí se transformó radicalmente a partir de la agricultura.

Su aparición llevó implícita, paradójicamente, una de las grandes aspiraciones humanas: ganar autonomía frente a la incertidumbre de la naturaleza. Aunque, a la vez, la agricultura produjo dependencias nuevas, jerarquías, propiedad, desigualdades y formas de sometimiento.

Una parte de estas preguntas sobrevuela las páginas las páginas de Vincularnos a la tierra. Con-textos campesinos, de Jerónimo Aguado Martínez, que publicará Pol·len Edicions a finales de agosto de 2026. Este libro recoge treinta años de reflexiones de este pastor y labrador comprometido con el mundo rural y la generación de múltiples iniciativas como la Plataforma Rural, la Universidad Pablo Freire y la acogida de inmigrantes. Meditaciones surgidas o apoyadas en la práctica y experiencia que é mismo lleva a cabo en su finca. Habla con el ejemplo.

Los textos de Jerónimo Aguado recuerdan esa desconexión de vínculos con la tierra y suscitan preguntas como qué relación queremos mantener con el mundo natural y qué clase de sociedad estamos construyendo.

Agricultura y cultura son dos palabras distintas unidas por una misma raíz latina: colere, cultivar, trabajar la tierra, cuidar, habitar. Agricultura es, literalmente, el cultivo del campo. Cultura, derivada de cultūra, acabaría ampliando aquel significado hasta nombrar el cultivo de las capacidades humanas, del conocimiento, de los valores y de las formas de vida.

Dos palabras distintas pero unidas por el mismo espíritu: cultivar la tierra y cultivar al ser humano. Por eso la pregunta contemporánea es qué sucede cuando una sociedad se desconecta de aquello que originalmente significaba cultivar: cuidar, trabajar, habitar y hacer crecer.

Es lo agropecuario como punto de encuentro de lo que somos y seremos, el hilo que une pasado y futuro, naturaleza y sociedad.

WMagazín publica unos extractos que hablan de esto donde se integran el ser humano, el campo, la actividad agropecuaria y la naturaleza:

Un campesino en las montañas del Huila, Colombia. /Foto Agrohuila

 

 Vincularnos a la tierra

Por Jerónimo Aguado

Vivir de la tierra fue siempre para mí una gran obsesión. Vivir en el campo resultó una ilusión cumplida desde el día que mi madre me parió. Vivir con el campo y en armonía con todos los seres vivos que me rodean ha culminado en gozo personal, tras un proceso activo de concienciación, a partir de experimentar diferentes prácticas en mi relación
con el territorio agrícola donde he interactuado.

La primera práctica se resume en haber trabajado de manera muy convincente en la agricultura industrial. De ella fui activista y cómplice en un primer momento. Fui afectado de un modelo que nos convierte a todos en víctimas, pero también en responsables de nuestras actuaciones, a veces, como fruto de nuestra inconsciencia. Esta parte se saldó con el desprecio absoluto a la cultura campesina, transmitida por las personas mayores, a las que no fuimos capaces de reconocer su sabiduría en su justo término; todos ellos fueron auténticos maestros en la gestión de los territorios agrícolas, a los que se los minusvaloró y se les ignoró intencionadamente por parte de las autoridades del conocimiento.

La segunda práctica, tras el desencanto con el productivismo agrario, vino de la mano de algunos compañeros con los que inicié la aventura de un proyecto de vida comunitaria en el año 1985 en mi pueblo natal, San Cebrián de Campos. Apostamos por una vida sencilla unida a la agricultura de pequeña escala y la gestión de animales de corral para el autoabastecimiento de la comunidad. Destinábamos el beneficio monetario por la venta de algunos excedentes al apoyo y promoción de iniciativas sociales. Carlos Labrador era el compañero que más interés ponía en que los alimentos que consumíamos en la comunidad fueran de calidad. Tengo que reconocer y agradecer que, gracias a él, se fue despertando en mí —y en el resto de los miembros de la comunidad— la conciencia ecológica, perfectamente compatible con el hecho
de ser agricultor. (…)

Desde entonces, por el año 1995, decidí aportar mi pequeño grano de arena a la causa de la agricultura campesina, que, como un servidor suele decir, es la causa de la agricultura ecológica, o viceversa. También decidí dedicar mi pequeña finca de doce hectáreas a la ganadería ecológica, colaborando con dicha práctica a la producción de alimentos de calidad, y a la vez luchando para que estos se conviertan en un derecho ciudadano. Bajo esa premisa, gestiono con criterios de sustentabilidad un pequeño porcentaje de la superficie agrícola del planeta.

Este cambio de rumbo tampoco estuvo exento de frustraciones, al comprobar cómo la propia Unión Europea intenta compatibilizar dos modelos de agricultura que son contradictorios —el ecológico y el industrial—, colocando al mismo nivel de mercantilización a ambos. El reconocimiento institucional de la producción ecológica, mediante reglamentos y sistemas de control hacia los productores creyentes en el acto de producir alimentos sanos para la población, pronto se convirtió en una desilusión. Comprobamos cómo el sagrado mercado, de nuevo, se apropiaba del buen hacer del campesinado para convertirlo en un nuevo nicho de negocio.

(…)

Y así fue como fui concibiendo mi granja como un espacio de vida que había que cuidar y proteger, no como un recurso para hacer negocio. Entre mis propósitos quería forjar la utopía plasmada en un pequeño terruño liberado de la intensificación agrícola y la especulación con la tierra, promovida por el homo sapiens capitalista; un entorno que asegurara un hábitat acogedor a los otros seres de la cadena de la vida que cohabitan con el ser humano; y un territorio que produjera alimentos sanos para mi familia y las personas de los pueblos cercanos. El reto personal y agroecológico, en mi experiencia, fue mayúsculo. Ante mí tenía un espacio agrícola muy deteriorado, suelos muy pobres con muy bajo porcentaje de materia orgánica y de humus. El entorno que acogía la superficie de la granja se asemejaba al de un desierto ante la ausencia de árboles, a pesar de ser una zona regable en temporadas de verano. ¿Qué hacer en un espacio de estas características agronómicas? ¿Cómo intervenir en un territorio agrícola mal tratado para recuperar las esencias físicas y biológicas del mismo?

Tres fueron las intervenciones más inmediatas. La primera, un tanto radical, consistía en dejar hacer a la naturaleza, intervenir en ella lo menos posible. La segunda, implicaba restaurar los suelos mediante el desarrollo de praderas con las especies asentadas en el entorno y mejorándolas con la práctica del pastoreo extensivo. Y la tercera era ejecutar un pequeño plan de reforestación que fuera compatible con la presencia de los rumiantes, dando una pequeña oportunidad a la rica flora silvestre, casi extinguida tras las prácticas desarrollistas. Las infraestructuras y las inversiones del modelo que pretendía desarrollar huían de las grandes inversiones —también mediatizado por mi bajo nivel financiero— y de dependencias tecnológicas. Reciclé materiales de desecho; evité el endeudamiento con los bancos al que te conducen todas las ayudas de la UE para modernizar tu explotación; puse en valor la sencillez y la simplicidad, viviendo en armonía con la propia naturaleza. A todo este proceso llegué a denominarlo «agricultura pobre», demostrando que no era necesario entrar en las dinámicas intensificadoras para que personas con pocos recursos económicos tuvieran un referente de qué es posible hacer el camino del regreso a la tierra de forma diferente a la que impone la lógica del capitalismo y que impulsan y promueven las instituciones con responsabilidades agrícolas.

(…)

Después de más de treinta años de experimentación de la agroecología campesina, puedo decir que dicho modelo es factible, que puede ayudar al asentamiento del nuevo campesinado en el medio rural, y que es el que más se acerca a los practicados durante siglos por nuestros antepasados, quienes han demostrado con sus prácticas que es posible alimentar a sus comunidades y mantener vivos los territorios que hoy aportan oxígeno al planeta.

(…)

Cuando hablamos de ser campesinos, no estamos hablando de otro nicho de negocio, ni de una nueva actividad de las que promete el capitalismo verde; estamos hablando de otras formas de vida. Hablamos de relacionarnos con la naturaleza y entre las personas como una parte más de ella, donde la actividad de producir alimentos es muy importante en el cometido del campesinado, pero no la única.

(…)

Este proceso nos conduciría a otro de los grandes desafíos: ir vaciando las grandes ciudades, santuarios del progreso que ha conducido al ser humano al borde del cataclismo, llenas de artefactos construidos a golpe de explotación humana y de agredir a la naturaleza de la que somos parte.

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En homenaje a Félix Manrique Perdomo (Colombia, 1937 – 2025), apicultor, periodista, fundador del Periódico y Radioperiódico Agrohuila y pionero del periodismo agropecuario, medio ambiental y de todo lo relacionado con el bienestar y conocimiento del planeta:

En recuerdo de Félix Manrique Perdomo. /WMagazín

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