El novelista escocés Alan Parks (Glasgow, 1963). /Foto © Kevin J. Thomson. – cortesía editorial Tusquets
Alan Parks: “¿Qué hace que algo sea una acción correcta?”
Tras seis novelas protagonizadas por Harry McCoy, en los años setenta, el escritor escocés abre una trilogía con el expolicía Joseph Gunner en 'Cielo rojo sobre Glasgow', una novela negra de atmósfera, personajes y conflicto moral ambientada en la Segunda Guerra Mundial
“Odio escribir en silencio”. Esa confesión de Alan Parks lo convierte en una rara avis. El escritor escocés necesita el bullicio de cafeterías, aeropuertos y trenes para escribir. Su primera novela, Enero sangriento (2017), la escribió casi por completo durante sus viajes en ferrocarril entre Glasgow y Londres. Licenciado en Filosofía Moral y heredero del gran policial clásico, ha convertido el Glasgow más oscuro en uno de los escenarios imprescindibles de la novela negra contemporánea. Ahora inicia una nueva trilogía con Cielo rojo sobre Glasgow (Traducción de Carlos Abreu Fetter en Tusquets).
Quizás en ese barullo y en el poso reflexivo de su formación filosófica esté una de las claves de su literatura. Porque, aunque las novelas de Alan Parks (Glasgow, 1963) son policíacas, se alejan de la violencia gratuita que domina buena parte del género actual y confrontan las conductas de los personajes que interpelan al lector.
Y seguirá por esa senda. Después de seis novelas protagonizadas por el atormentado inspector Harry McCoy, con las que retrató las sombras del Glasgow de los años setenta —cada una identificada con un mes del año—, inicia ahora una trilogía protagonizada por Joseph Gunner, un expolicía escocés de ascendencia sueca que regresa herido de la Segunda Guerra Mundial.
Cielo rojo sobre Glasgow recrea una ciudad castigada por los bombardeos, la delincuencia urbana y el misterioso aterrizaje en Escocia, en 1941, de Rudolf Hess, lugarteniente de Adolf Hitler, tras lanzarse en paracaídas. Una novela histórica, política, social e incluso existencial, ambientada en suelo escocés bajo la larga sombra del nazismo. Entre los escombros, los muertos, el caos y el miedo aparece un cadáver que no encaja: un alemán con el rostro desfigurado y mutilaciones que impiden reconocer su identidad. “Gunner comprende que el futuro de Gran Bretaña está en juego. Pero intervenir podría costarle la vida”.
El mundo avanza cada vez más deprisa y, en ese vértigo, todo cambia y todos se adaptan para seguir adelante. La trilogía acompañará a Gunner desde Glasgow hasta Nueva York y concluirá en Francia, donde afrontará uno de los episodios más oscuros de su vida durante la guerra.

Es el universo literario de un estudioso de la filosofía moral y que se ganó la vida durante veinte años cómo director de arte de una discográfica, de la que aprendió el ritmo narrativo, y se considera, ante todo, un lector, según cuenta por correo electrónico:
“Siempre he leído desde que tengo memoria: libros, la parte de atrás de las cajas de cereales, cualquier cosa. La primera autora que me gustó fue Enid Blyton. Creo que leí casi todo lo que escribió. Después vinieron Los hermanos Hardy, y luego S.E. Hinton”.
El acercamiento a la novela policíaca es otra historia, más clara, más consciente. Sabe qué le atrajo del género y explica por qué sus novelas suceden en Glasgow:
“Laidlaw, de William McIlvanny, fue la primera. Me asombró que un libro estuviera ambientado en Glasgow y que incluyera lugares que conocía o había visitado. Me hizo darme cuenta de que las historias no tenían por qué transcurrir en lugares misteriosos o lejanos”.
A esto se suma que Alan Parks ha sido un lector que más que sentirse atraído por un género privilegia el estilo y la calidad del autor. Así era desde antes de dedicarse él mismo a la escritura:
“Me gustaban muchísimos. Joseph Conrad, Stephen King, Bret Easton Ellis, John Cheever… Un poco de todo. No me importaban mucho los géneros; simplemente leía lo que me llamaba la atención”.
En aquellos años de lectura estudiaba en la universidad Filosofía Moral, ¿por qué?
“Para ser sincero, no recuerdo mucho de mis años universitarios ni de la Filosofía Moral… Creo que la elegí porque un curso de cuatro años se podía resumir en una pregunta: ¿Qué hace que algo sea una acción correcta?”.
Por entonces, la música era otra de sus pasiones. Y sigue siendo otra de sus pasiones:
“Mis gustos no han cambiado mucho. Me sigue gustando The Velvet Underground tanto como cuando tenía trece años. El nuevo álbum de Beth Orton es muy bueno. Me gustan Yung Lean y The Blaze. Sigo teniendo debilidad por Orange Juice”.
Esa pasión por la música lo llevó a trabajar en London Records y Warner. Una experiencia que, cuando no tenía ni idea de que se convertiría en escritor, terminó dándole una clave importante a la hora de sentarse a escribir:
“Allí encargaba ilustraciones, vídeos y fotografías para grupos; era un trabajo de director de arte. Lo único que creo que aprendí en cuanto a la escritura fue que, sentado en salas de edición mientras editaban vídeos musicales, aprendías cuándo entrar y salir de una escena, igual que con los libros”.

En 2017 publicó su primera novela, Enero sangriento. Casi diez años después ha escrito siete libros de éxito y ya tiene otros dos en mente con Gunner. Una década en la que se ha mantenido fiel a sus inicios y a su concepción de la literatura:
“No estoy seguro de haber cambiado nada realmente. Los libros siempre se basan en lo visual; encuentro imágenes que me inspiran. Lo mismo ocurre con los lugares: necesito encontrar un sitio sobre el que escribir. Me entretengo con esas ideas durante un par de meses y luego me pongo a escribir”.
Pero, aunque Parks siga fiel a su literatura, el género de la novela negra y policíaca ha experimentado transformaciones importantes. Cada vez abundan más las novelas crudas e incluso más sangrientas. El motivo que da el autor escocés a esta deriva literaria es sencillo y remite a un concepto tradicional de la creación:
“Creo que el arte refleja la vida”.
Y la vida que refleja Parks se decanta por una escritura más literaria, atenta a la atmósfera, a los lugares, al clima, al entorno que rodea los acontecimientos, hasta el punto de convertirlos en un personaje más:
“Para ser honesto, creo que la mayoría de los novelistas intentan hacer eso. Quizás yo, simplemente, lo hago un poco más que la mayoría. El escenario y el ambiente son tan importantes como la trama, creo. Me gustan los libros de Philip Kerr sobre Berlín y los de James Ellroy sobre Los Ángeles. Novelas policíacas en las que la ciudad en la que se desarrolla la historia juega un papel muy importante”.
En su caso, esa ciudad es Glasgow, donde nació, se crio y vive y sueña. La conoce no solo a pie de calle correteando en su infancia o caminando hacia el trabajo o divirtiéndose en los pubs, sino también gracias a una mirada de pájaro, porque de niño visitaba a una tía que vivía en uno de los edificios altos de la ciudad:
“Estaba en el piso 23, encima de una estación de autobuses. Vivía en un rascacielos, o ‘piso alto’, como los llamábamos en Glasgow. Murió hace mucho tiempo. Todavía miro el edificio a veces. Me encantaba mirar por la ventana desde allí arriba; la ciudad parecía una pequeña ciudad de juguete. Incluí la estación de autobuses en Enero sangriento, mi primer libro. La estación de autobuses sigue ahí, ¡no ha cambiado mucho!”.
Glasgow es su escenario físico, social y espiritual. Primero fue el Glasgow de los setenta que tan bien conoció y que plasmó en sus novelas protagonizadas por el policía Harry McCoy. Ahora retrocede hasta los años cuarenta, en plena Segunda Guerra Mundial, de la mano de Gunner, quizás donde hay parte de los orígenes de lo que sucede en los setenta. Dos acercamientos y procesos de escritura distintos:
“El libro sobre los años cuarenta avanza un poco más lento porque tengo que comprobar más cosas. Recuerdo los años setenta, pero obviamente no los cuarenta. Así que cosas que naturalmente sabría para escribir los libros de McCoy —qué daban en la tele, qué comía la gente, qué música escuchaban—, no las sé sobre los de Gunner. Tengo que seguir comprobando. ¿Había coches de policía? ¿Qué ropa llevaban los policías? Todo ese tipo de cosas”.
Lo cierto es que ahora McCoy está de vacaciones literarias:
“Está descansando. Ambos lo necesitamos después de siete libros en ocho años…”.

En todas sus obras, Parks habla de desigualdades e injusticias económicas, e incluso de las que afectan a las aspiraciones personales. El origen de ese interés lo tiene claro:
“De vivir en un mundo moderno. Estas cosas no desaparecen. En muchos sentidos, siguen presentes y son peores hoy que en los setenta. McCoy fue tratado injustamente por el sistema, así que siente empatía por las personas que cree que han pasado por una experiencia similar: los pobres, los marginados, las personas con problemas de adicción”.
¿Y Gunner, de donde surge? ¿Por qué una trilogía? Son dos preguntas inevitables que ayudan no solo a mirar no solo al personaje, sino que también hablan del autor:
“Surgió porque empecé a descubrir detalles sobre Glasgow durante la Segunda Guerra Mundial que desconocía. La alta tasa de criminalidad, los saqueos, el hecho de que fuera conocida como un lugar donde podías esconderte y desaparecer si no querías volver al ejército. Al igual que los años setenta, parecía una época interesante para ambientar una historia en Glasgow. En cuanto a la trilogía, no sé por qué, pero siempre imaginé que sería así”.
Parks ha entrado en un territorio nuevo: el de recrear un momento crucial para el mundo y un tanto nebuloso en Escocia. La recreación de la Glasgow de los años cuarenta ha sido un reto porque es una ciudad que conoce y, al mismo tiempo, ha tenido que redescubrir:
“Es bastante difícil. Obviamente, la ciudad es muy diferente, así que vas a bibliotecas de referencia, miras grabaciones antiguas, lees sobre la época. Todavía quedan algunas cosas que estaban allí en los años cuarenta. El Kelvin Hall, la Comisaría Central o el pub Punchbowl al que va Gunner. El Glasgow de ahora es como era entonces, lleno de viviendas baratas, pobreza y gente increíblemente interesante”.

Cielo rojo sobre Glasgow arranca con una descripción de la ira, un sentimiento que palpita de forma diferente a lo largo del libro y muestra los efectos que puede tener en los planos social, político o individual, actuando como una válvula de escape:
“En el caso de Gunner, perdió la mitad de una pierna, tiene cicatrices en la cara y un ojo que apenas funciona. No me extraña que esté enfadado. Cree que va a volver a un trabajo de oficina que no desea en absoluto; su vida ha cambiado radicalmente. Está intentando descubrir quién es ahora. Si no es detective de investigación, ¿qué es? Como a muchas personas, la guerra le ha cambiado la vida, y no para bien”.
En esa investigación, Parks recuerda un episodio que muchos quieren olvidar: los campos de concentración cerca de Glasgow para alemanes e italianos, algunos de los cuales llevaban años viviendo en la ciudad. Una situación que refleja una parte del presente europeo:
“Glasgow tenía una gran población italiana, la mayoría trabajaba o era propietaria de restaurantes o cafeterías. El gobierno decidió que si habías nacido en Italia eras un ‘extranjero enemigo’ y debías ser internado. Así, personas que habían vivido casi toda su vida allí fueron repentinamente llevadas a campos de concentración. Los alemanes eran prisioneros de guerra, encarcelados en diferentes tipos de campos según su estatus en el ejército. Soldados rasos en uno, oficiales en otro, y los hombres considerados peligrosos eran recluidos en los llamados ‘campos negros’, de alta seguridad”.
A la pregunta sobre qué opina de que la Unión Europea haya aprobado una nueva normativa en el marco del Pacto sobre Migración y Asilo que permite a los Estados miembros crear centros de deportación o retorno en terceros países fuera del continente, con la excepción de España, Alan Parks no duda en responder:
“Me parece una idea espantosa”.
Después de esta trilogía, Alan Parks volverá a Harry McCoy. Regresará a los años setenta. Lo hará con Las tumbas de julio. La serie inspirada en los meses del año continuará así con un nuevo título, después de Enero sangriento, Hijos de febrero, Bobby March vivirá para siempre, Los muertos de abril, Un mayo funesto y Cualquiera puede morir en junio, novelas que le han proporcionado lectores en todo el mundo y numerosos premios.
Y quién sabe, quizá se adentre en los años ochenta. O, incluso, tienda un pasadizo entre los mundos literarios de McCoy, en los setenta, y Gunner, en los cuarenta. Algunas pistas hay en la novela.
Dos épocas que reverberan en este presente de incertidumbres y fracturas. Alan Parks comparte un pensamiento que expresa Gunner en Cielo rojo sobre Glasgow:
“A veces lo único que queda es aferrarse a la única esperanza que permanece: la fe en que todo saldrá bien”.
- Cielo rojo sobre Glasgow. Alan Parks. Traducción: Carlos Abreu Fetter (Tusquets).
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