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La escritora española Ana María Matute (1925-2014). /Foto RAE

Ana María Matute, génesis de una gran escritora que fundió realidad y fantasía a partir de las emociones

Recordamos los primeros contactos y hallazgos literarios que tuvo una de las narradoras españolas esenciales del siglo XX de quien se conmemora el centenario de su nacimiento en 2025. Todo empieza cuando era niña en un cuarto oscuro y tenía un terrón de azúcar. Publicó casi medio centenar de libros como 'Olvidado Rey Gudú'

En medio de la oscuridad, cuando la niña partió un terrón de azúcar vio saltar una chispita azul. Fue la puerta de entrada de Ana María Matute al mundo de la literatura. Aquel destello milagroso, enigmático, divertido y fugaz despertó en ella el instinto de querer contar historias. “No podría explicar hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que todavía puedo entrar en la luz de aquel instante y verla crecer”.

En ese momento de epifanía, la niña ya pertenecía al mundo de la fantasía. Lo había descubierto o, mejor, enriquecido y poblado, cuando sus padres, como castigo, la enviaban a un cuarto oscuro.  “Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor de la nada aparente. De la oscuridad surgía, gracias a la fantasía y a las palabras, un mundo idéntico al de los bosques, un mundo irreal, pero, al mismo tiempo, más real aún que el cotidiano, un mundo que pronto se convertiría para mí en una auténtica tabla de salvación. Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto”.

Estas palabras de Ana María Matute (1925-2014) en su discurso de ingresó a la Real Academia de la Lengua (RAE), el domingo 18 de enero de 1998, para ocupar el sillón K, dan cuenta del origen de su vocación literaria. De la imaginación y la palabra como refugio, salvación y vida. Tenía 72 años. Veinte meses atrás (noviembre de 1996) había conjurado un cuarto de siglo sin publicar una novela y esta se convirtió en un clásico español instantáneo: Olvidado Rey Gudú. Una obra nacida de aquella chispita azul que le regaló un terrón de azúcar en la oscuridad donde, tras una existencia de infortunios y penas personales y sentimentales y una veintena de cuentos y novelas, condensó todo su poder de imaginación, curiosidad y sabiduría para interpretar el mundo a partir del mosaico de emociones humanas impulsadas en las aventuras íntimas y colectivas. Un mundo medieval donde conviven realidad y fantasía como en su adorada Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.

Ana María Matute publicó su primera obra literaria a los 19 años, en plena posguerra civil española: el cuento El chico de al lado. Al final escribió un total de catorce novelas, veinte libros de cuentos y doce obras infantiles. Literatura realista esparcida de fantasía para hacer verosímil la crudeza del mundo. Están en novelas como Los Abel (finalista del Premio Nadal 1947), Fiesta al Noroeste (Premio Café Gijón 1952), Pequeño teatro (Premio Planeta 1954), Los hijos muertos (Premio de la Crítica 1958 y Premio Nacional de Literatura 1959), Primera memoria (Premio Nadal 1959), Los soldados lloran de noche (Premio Fastenrath de la Real Academia Española 1962), La trampa (1969), La torre vigía (1971), Olvidado Rey Gudú (1996), Aranmanoth (2000), Paraíso inhabitado (2008) y Demonios familiares (2014).

En el centenario de su nacimiento, en Barcelona, el 26 de julio de 1925, recordamos los orígenes de la vocación literaria de una de las mejores escritoras españolas del siglo XX. Los compartió aquella tarde dominical en que ingresó a la RAE, en Madrid. Habló de sus hallazgos como lectora, de sus anécdotas literarias, de los libros que descubrió y la acompañaron siempre, de la poeta que le cambió su mirada sobre la vida, del milagro de las palabras, de la búsqueda de las palabras e invitó a descubrir la palabra que cada uno busca en su interior.

Ana María Matute y algunas de sus novelas. /WMagazín

Poesía

“Pienso que la poesía es la esencia misma de la literatura, la máxima expresión literaria. Quizá el lenguaje poético sea, en el fondo, el más próximo a mi concepción personal de lo que es la escritura: el uso de la palabra para perseguir y desentrañar el envés del lenguaje, el revés del tejido lingüístico”.

 

Carmen Conde

“Carmen Conde, poetisa que supo extraer toda la fuerza, el misterio y la sabiduría que las palabras encierran para quien desee interrogarlas. Son varios los aspectos de la obra de Carmen Conde que me han impresionado. La guerra, por ejemplo, el inmenso dolor que sentimos cuando el fanatismo y la barbarie azotan el mundo; cuando la injusticia y el horror dejan de ser imágenes o recuerdos borrosos y se convierten en algo palpable, se nos imponen como una presencia ineludible y dejan en nosotros una huella dolorosa. Carmen Conde supo plasmar en sus versos toda esta infamia, toda esta tragedia. Escribía, por ejemplo:

Las madres y las esposas
vestidas de muertos callan.
Tumbas y cárceles gimen
cerrándose a las palabras…

La figura de Carmen Conde tiene para mí, además, un peso singular por lo que se refiere a su espléndida capacidad para asimilar y reinterpretar la tradición más auténticamente popular, para encontrar un lugar en la literatura capaz de rescatar del olvido o de las interpretaciones simplistas —que en ocasiones son el enemigo más peligroso— la voz más íntima de una lengua y de una cultura…”.

 

El refugio del bosque

“El mundo que ha sido mi gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde lo más temprano de la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el ‘bosque’ que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra”.

 

El hallazgo de la lectura

“Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo era posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo. ‘Cuando yo sea mayor —pensaba— haré esto”. Ni siquiera sabía que ‘esto’ era participar del mundo imaginario de la literatura”.

Discurso de Ana María Matute e su ingreso a la Real Academia Española (RAE), en enero de 1998. / WMagazín

 

El milagro de la palabra

“Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos misteriosos, la primera vez que leí la palabra ‘bosque’ en un libro de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de un bosque —misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente— encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatoria de las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de otras realidades tan vivas y tan cercanas como aqueIla que me reveló el bosque, el real y el creado por las palabras. Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán. (…) Después, al aprender a leer, comprendí que era posible crear y recrear aquellos mundos fantásticos mediante la imaginación y la palabra”.

 

Hadas, las mejores aliadas

“Los llamados ‘cuentos de hadas’ no son, por supuesto, lo que la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que, por lo general, se tiene de ellos: historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas a través de podas y podas ‘políticamente correctas’, porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos. Los cuentos de hadas no son en rigor otra cosa que la expresión del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia”.

 

Gracias, Alicia

“Cuando Alicia cruza la neblina del espejo, no pasa a un mundo que, por el mero hecho de ser inventado, resulte totalmente imaginario e irreal. Por el contrario, Alicia se introduce en un mundo que es mágico simplemente porque, en él, realidad y fantasía se entremezclan, se sitúan en un mismo plano. Pero tengamos presente que eso es algo a lo que nuestra vida nos aboca continuamente: ¿qué sería de aquella pobre, tosca, fea Aldonza, si Don Quijote, el gran caballero de los sueños, no la hubiera convertido en Dulcinea? ¿Qué sería de aquellos monótonos molinos manchegos, si aquel hombre tan solo y tan triste no los hubiera convertido en gigantes?”.

 

Vida, realidad y fantasía

“Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida. Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones… porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad. Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en nuestra vida cotidiana”.

La última novela de Ana María Matute: ‘Demonios familiares’ (2014).

 

Génesis del universo Matute

“Escribir, para mí, ha sido una constante voluntad de atravesar el espejo, de entrar en el bosque. Amparándome en el ángulo del cuarto de los castigos, como apoyada en algún silencioso rincón del mundo, me vi por vez primera a mí misma, avanzando fuera de mí, hacia alguna parte a donde deseaba llegar. Hacia una forma de vida diferente, pero certísima, aunque nadie más que yo la viera. En las sombras surgía, de pronto, la luz; recuerdo que ocurrió un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar y brotar de él, en la oscuridad, una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que todavía puedo entrar en la luz de aquel instante y verla crecer. Es eso lo que me ocurre cuando escribo. Porque cuando escribo ahora regreso a entonces: al silencio más sonoro, capaz de revelar y absorber los más remotos ecos. Viéndome avanzar, me convierto en una espectadora de mí misma: es asistir por fin a una suerte de integración, de identificación en la vida de todos y con todos. Asisto a la vida y al mismo tiempo formo parte de ella, como puede ser la lluvia en la tierra. Es oír el silencio y la recuperación de otro tiempo, otro tiempo que somos nosotros mismos; como un pobre animal indefenso que intenta atravesar un arroyo helado. Así es el trance de eso que llamamos ‘escribir”.

 

El sueño de escribir

“Escribir es para mí recuperar una y otra vez aquel día en que creí que podría oírse crecer la hierba, cuando la noche llegó a ser más brillante que el sol. La noche, el mundo nocturno —que es el mundo más vivo—, es un mundo real y absolutamente cierto, es un mundo mágico que forma parte de la vida cotidiana, en el que las criaturas de la oscuridad existen con tanta o más intensidad que las que habitan bajo el sol más impío y aparentemente verdadero. Para mi, escribir no es una profesión, ni una vocación siquiera, sino una forma de ser y de estar, un largo camino de iniciación que no termina nunca, como un complicado trabajo de alquimia o la íntima y secreta cacería de mí misma y de cuanto me rodea”.

 

Los secretos de la literatura

“Escribir es como una memoria anticipada, el fruto de un malestar entreverado de nostalgia, pero no sólo nostalgia de un pasado desconocido, sino también de un futuro, de un mañana que presentimos y en el que querríamos estar, pero que aún no conocemos, una memoria anticipada, más fuerte aún que la nostalgia del ayer, nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos haber vivido. La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor. Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad”.

 

La palabra, lo más bello del mundo

“Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué asombroso parece, y también, qué sencillo y verdadero.

 

Invitación para encontrar la palabra mágica

“Todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse ‘tú’ o ‘yo’.

O quizá se trate de una palabra que todos olvidamos siempre, apenas la descubrimos. Seguimos buscando, todos nosotros, aquella palabra especial, aquella palabra donde parece residir el sentido total de la vida, y que sin embargo estaba ahí, o estará ahí, en adelante, para que alguien la recoja. Esa palabra que no sabíamos pronunciar ni habíamos oído nunca, o que habíamos oído y perdido, en otro tiempo y otro lugar. Como aquella que inútilmente perseguía y quería formar con pedazos de hielo el pequeño Kay del cuento de Andersen. Era una palabra simple, pero inaprensible, como el tiempo. Por fin, tras su largo viaje de búsqueda, la pequeña Cerda la restituyó a su lugar, como restituyó a su lugar el corazón de Kay. El amor se parecía a aquella palabra, pero no se llamaba amor. Tal vez sea cierta la sospecha de que en todo escritor yace el recuerdo insobornable de una inocencia no del todo perdida, de una brizna de locura saludable y de lanas insospechadas reservas de amor”.

 

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Maribel Lienhard

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