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Detalle de la portada del libro ‘El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo’, de Masha Gesse (Turner). /WMagazín

Así llegó Rusia, con Puntin, a este momento peligroso de la Historia en la guerra contra Ucrania

Esta periodista y escritora es una de las personas que más sabe de la historia rusa. Su premiado ensayo 'El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo' (Turner) trenza pasado y presente y ayuda a entender la crisis actual con Ucrania. WMagazín publica pasajes de esta obra indispensable en estos momentos

Presentación WMagazín Una de las personas que mejor ha estudiado la historia de Rusia y conectado su pasado con el presente es la periodista Masha Gessen. Su libro libro El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo (Turner), National Book Award 2017 en Estados Unidos, es una clase magistral de cómo la Historia se trenza con la biografía de un pueblo, de un país, de  un estado y los sueños de sus mandatarios que no dejan de mirar al pasado para querer proyectarlo. Conocedora a fondo de la vida de Vladimir Putin, presidente de Rusia, este ensayo de Masha Gessen cobra una vigencia absoluta por las acciones de Putin en Ucrania: guerra, invasión, incertidumbre, ambiciones, amenazas y consecuencias imprevisibles.

WMagazín publica algunos pasajes de esta obra que ayudan a entender esta acción bélica. Gesse repasa cómo es que Rusia nunca ha terminado de ser una democracia y sus ciudadnos han perdidio derechos y libertades y, desde 2012, han sufrido una represión política abierta. Mientras, en el exterior, Rusia se embarcaba en nuevos conflictos.

Mahsa Gessen reconstruye, analiza y reflexiona cómo ha ocurrido esto y que ha sido del destino con el cual soño Rusia tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1989. «Para reconstruir la Rusia actual Masha Gessen se centra en las historias concretas de las personas para quienes el fin de la URSS fue el primero o uno de sus primeros recuerdos: los rusos nacidos en la década de 1980. Una generación que ha pasado toda su vida adulta en la Rusia de Vladimir Putin, y que ha visto cómo su país viraba de la apertura al repliegue, del diálogo con Occidente a la hostilidad», señala la editorial Turner.

Masha Gessen (Moscú, 1967) ha vivido en Rusia y Estados Unidos. Ha colaborado con The New York Times, The New York Review of Books, The New Yorker, Slate, Vanity Fair, y ha publicado varios libros, entre ellos El hombre sin rostro. El sorprendente ascenso de Vladimir Putin (Debate, 2012). Es una de las voces más críticas contra el gobierno de Putin, así como una firme defensora de los derechos del colectivo LGTB en Rusia, por lo que ha tenido que abandonar el país. Actualmente vive en Nueva York.

Los siguientes son los pasajes elegidos de El futuro es historia:

'El futuro es historia'

Por Masha Gessen

Mucho antes, tras la primera victoria electoral de Putin, Gudkov había decidido que necesitaba dejar el análisis de las encuestas por un tiempo para escribir acerca de otra cosa: un concepto. El concepto era el totalitarismo. La palabra no se había empleado mucho durante la última década. A finales de la década de 1980 había resultado estremecedor escuchar a los líderes soviéticos —primero a Alexander Nikolaevich Yakovlev y después al propio Gorbachov— que empezaban a usar la palabra para referirse al régimen soviético. Se había tratado de una época de una honestidad y una apertura épicas. Pero cuando el régimen soviético pareció desmoronarse hasta convertirse en un montón de polvo, la palabra perdió inmediatamente su relevancia: el totalitarismo había llegado a su fin y los temas de actualidad eran la reforma, la economía y el nuevo sistema que Rusia había asumido que se estaba construyendo. Incluso las pocas personas que persistían en estudiar el pasado, por lo general decidían centrarse en un periodo específico de la historia soviética (el estalinismo) y en un elemento del sistema soviético (el terror de estado). Sin embargo, dado que los estudios de Levada continuaban mostrando que el Homo Sovieticus prosperaba y se reproducía, y que la hipótesis inicial de que las instituciones soviéticas se debilitarían había quedado desmentida, parecía una buena idea volver a reflexionar acerca de la naturaleza del sistema que había engendrado a las instituciones y al hombre.

El término “totalitarismo” empezó a utilizarse a finales de los años veinte, poco después de que surgieran los primeros regímenes totalitarios. Al principio se usó solo como un término descriptivo, al que recurrían tanto los oponentes como los seguidores de regímenes que buscaban transformar totalmente la sociedad, como hicieron los líderes soviéticos, los italianos y más tarde los alemanes. De hecho, puede que la primera persona en emplear la frase “estado totalitario” fuese Benito Mussolini, en un discurso de 1925 que ensalzaba los beneficios de concentrar todos los elementos de la sociedad en una sola entidad estatal. En ese momento, el “estado totalitario” era una visión más que un sistema, pero era una visión claramente opuesta a la organización democrática occidental, que se consideraba una debilidad.

Por definición implícita, un estado totalitario obtendría su fuerza concentrando todo el poder —incluyendo el poder del apoyo unánime de los individuos al régimen— en un todo único. Tanto los alemanes como los italianos vieron en la Unión Soviética un exitoso ejemplo de tal concentración. Antes de la Segunda Guerra Mundial, algunos pensadores intentaron describir lo que diferenciaba a los regímenes totalitarios de cualquier otro régimen precedente. En 1936, Luigi Sturzo, un sacerdote y político exiliado italiano, identificó cuatro rasgos fundamentales del estado totalitario:

a. La centralización administrativa se lleva al extremo, se suprime no solo toda forma de autoridad local […] sino también la autonomía de todas las instituciones públicas o semipúblicas, organizaciones caritativas, asociaciones culturales, universidades […]. La independencia legislativa y judicial han desaparecido completamente e incluso el gobierno se reduce a un cuerpo subordinado a un líder, que se ha convertido en dictador bajo los eufemísticos términos de Duce, Mariscal o Führer […].

b. El Partido se militariza. O bien controla al ejército o bien el ejército se alía con el poder predominante y ambas fuerzas armadas colaboran o se amalgaman. La juventud del país está militarizada, la vida colectiva se organiza como la vida militar, ansias de revancha o sueños imperiales, conflictos internos y en el extranjero penetran toda la estructura social […].

c. Todos deben tener fe en el nuevo estado y aprender a amarlo. Desde las escuelas hasta las universidades no basta con el sentimiento de conformidad; la relación con el nuevo estado tiene que ser de rendición intelectual y moral, de entusiasmo ciego, de misticismo religioso […]. Debe crearse todo un ambiente moral completamente nuevo para reforzar el trabajo en las escuelas. De ahí que el libro de texto oficial, el periódico uniformizado e inspirado en el estado, el cine, la radio, los deportes, los clubes escolares, la entrega de premios, no solo están controlados sino que están dirigidos hacia un fin: la veneración por el estado totalitario, ya sea su estandarte la nación, la raza o la clase. El conjunto de la vida social es continuamente movilizado por medio de desfiles, festivales, concursos, plebiscitos, eventos deportivos, calculados para capturar la mente, la imaginación, los sentimientos del populacho. Pero para atizar este espíritu colectivo de exaltación, la veneración por el estado, o la clase o la raza en sí mismos serían demasiado vagos. El centro vital de la emoción es el hombre, el héroe, el semidiós —Lenin, Hitler y Mussolini—, cuya persona es sagrada y cuyas palabras son la obra de un profeta […].

d. Es imposible para el estado totalitario acordar la libertad económica ya sea al capitalista o al obrero. No hay cabida para sindicatos independientes ni patronatos independientes. En su lugar, hay sindicatos estatales o corporaciones sin libertad de acción, controlados y organizados desde el interior del estado y para el estado.

Alrededor de 2004 —hacia el final del primer mandato de Putin— los periodistas occidentales comenzaron a aplicar cautelosamente el término “autoritario” al régimen ruso. Arendt había sostenido que los regímenes autoritarios eran fundamentalmente diferentes de los totalitarios y que eran más bien como tiranías, porque demandaban la observancia de ciertas reglas y leyes conocidas, no la obediencia total de sus súbditos. Más tarde, un doble exiliado, Juan José Linz, propuso una distinción diferente entre totalitarismo y autoritarismo. Hijo de padre alemán y madre española, Linz había abandonado Alemania siendo un niño y la España de Franco siendo un adulto. Trabajando como sociólogo en Yale, escribió un libro llamado Sistemas totalitarios y regímenes autoritarios, donde señalaba las siguientes tres diferencias: en los regímenes autoritarios, la frontera entre el estado y la sociedad no se difuminaba; los regímenes autoritarios tenían mentalidades y no ideologías; los regímenes autoritarios, al contrario de los totalitarios, tenían bajos niveles de movilización social. Los sujetos de los regímenes autoritarios eran, de acuerdo a la definición de Linz, pasivos: simplemente aceptaban la autoridad de un partido o de una persona. Los regímenes autoritarios eran profundamente apolíticos.

Esta no parecía una descripción adecuada. Cada aspecto de la vida se había politizado. Bajo Putin, Rusia permanecía en estado de movilización y todo contribuía a este propósito: la retórica, los renovados desfiles militares y en particular los movimientos juveniles del Kremlin con sus campos de entrenamiento. La frontera entre el estado y la sociedad, que alguna vez había sido vaga, ahora se había borrado: la apropiación de los medios de comunicación y el ataque a la sociedad civil habían servido a este propósito. Había otro problema con llamar “autoritario” al régimen ruso: no se tenía en cuenta el legado soviético, algo que Gudkov consideraba cada vez más como esencial para comprender la naturaleza del régimen vigente. Pensaba además que al contrario de lo que creían muchos sovietólogos occidentales, en la vida real la sociedad soviética se había acercado mucho más al modelo teórico del totalitarismo. A medida que se hacía más patente que las instituciones sociales soviéticas se habían preservado y estaban resurgiendo, Gudkov comenzó a pensar en Rusia como una permutación de un sistema totalitario. Para estudiarla, Gudkov decidió proponer su propia definición de totalitarismo, basándose en la experiencia soviética. La misma incluía siete puntos:

1. La simbiosis del Partido y el estado […]. La sociedad se organiza de manera estrictamente jerárquica. Se estructura de arriba hacia abajo […]. De esta manera, la sociedad se invierte: la poderosa capa superior se convertirá tarde o temprano en el estrato menos competente y peor informado, privado del potencial para desarrollar o hacer más eficiente su labor. Cada cambio lleva hasta la cúspide a un individuo menos activo y menos competente […].

2. Un consenso social forzado, creado a través del monopolio de los medios de comunicación, combinado con una censura estricta. Esto crea las condiciones para la movilización crónica de la población, siempre lista para poner en práctica las decisiones del partido-estado […]. La atención de los sujetos se centra predominantemente en los acontecimientos internos del país, que se encuentra aislado del resto del mundo; de ahí el sentido de excepcionalidad, el énfasis en el ‘nosotros’ y una poderosa barrera de alienación, la negativa a conocer o comprender los acontecimientos ‘de la otra parte’.

3. El terror de estado, ejercido por la policía secreta, los servicios especiales, estructuras paramilitares extrajudiciales […]. La existencia de la policía secreta y de campos de concentración por una parte y la propaganda oficial y la producción cultural por otra, crean las condiciones para el ‘doblepensar’ […]. La escala y el carácter del terror pueden variar mucho, desde el Gran Terror entre 1918 y 1922 y desde la década de 1930 hasta la década de 1950, hasta la persecución de los disidentes a finales de la década de 1970 y principios de la siguiente, cuando su número e influencia eran relativamente pequeños.

4. La militarización de la sociedad y de la economía […]. Las actividades de las estructuras de movilización que atraviesan la sociedad de arriba abajo, desde las instituciones educativas […] hasta los clubes deportivos, etcétera […] están menos orientadas a preparar a la población para la lucha contra un enemigo externo que al entrenamiento sistemático de la población […] para llevar a cabo todas y cada una de las iniciativas del régimen, puesto que ‘el líder sabe qué es lo mejor’.

5. Una economía planificada de distribución y los crónicos e inevitables racionamientos de bienes, servicios, información, etcétera […]. El racionamiento no está provocado solo por el déficit sino que es también un modo de organizar la sociedad por medio de estructuras jerárquicas oficiales de acceso a los bienes y servicios […] complementado por estructuras informales de economía paralela.

6. Un estado de pobreza crónica […]. El totalitarismo se afirma en condiciones de incremento de la pobreza, cuando una gran parte de la población no tiene esperanzas en un futuro mejor y los proyectos dependen de medidas políticas extraordinarias. El totalitarismo se sustenta manteniendo muy bajos los niveles de vida.

7. Una población estática, límites estrictos en la movilidad social tanto vertical como horizontal, excepto la que impulsa el estado para sus propios propósitos. Gudkov no incluyó la ideología en su lista de características del totalitarismo: había llegado a la conclusión de que la ideología solo era esencial muy al principio, para permitirle a los futuros dirigentes totalitarios hacerse con el poder. Luego aparecía el terror. Después, la necesidad de encajar haría el resto.(…)

La conmoción de la década de 1990, si acaso, había acelerado el proceso de rotación cuyo resultado era que personas cada vez menos informadas y menos competentes llegaran a la cima. La censura se había abolido pero, tras un breve periodo de libertad, el estado estaba controlando los medios de comunicación. La KGB había cambiado de nombre y perdido algo de su alcance (y algunas de sus funciones, como el control de las fronteras), pero el poder judicial siguió estando al servicio del poder ejecutivo, el estado de derecho no se había implantado y las fuerzas del orden consideraban que su función era la protección del estado. Aunque la sociedad se había desmilitarizado en cierta medida, Putin revirtió el proceso; de hecho, el mismo día en que la dimisión de Yeltsin lo convirtió en el presidente en funciones, Putin encontró tiempo para firmar una medida que reinstauraba el entrenamiento militar en las escuelas secundarias. La economía ya no la dirigía un organismo de planificación central, pero no había perdido su naturaleza distributiva: el Kremlin repartió propiedades y prebendas durante la privatización de la década de 1990, y desde su acceso al cargo también Putin puso manos a la obra redistribuyendo compañías y riquezas.(…)

¿Cómo debía llamarse entonces al sistema ruso? Ya no era el régimen totalitario que fuera en su día, pero después de haber desmembrado algunas de sus instituciones totalitarias —como el Partido-estado o la militarización total— había empezado a recrearlas o a crear algo que se les parecía mucho. Para Gudkov, eran más bien imitaciones de las instituciones totalitarias. Los periodistas occidentales empleaban la palabra “autoritarismo” porque parecían pensar que el autoritarismo era un totalitarismo ligero, pero el régimen tampoco era autoritario.

Gudkov pensó en denominarlo “pseudototalitarismo”. Lo que sí estaba claro era que el régimen no iba a evolucionar hacia una democracia funcional. De hecho, no parecía capaz de evolucionar en ningún sentido. Tal vez no llegara a re-crear los anteriores sistemas de terror y movilización general. Su único propósito, o esto le parecía a Gudkov mientras escribía sobre el tema en 2001, era mantenerse a flote, mantener los niveles indispensables de inercia. Para lograrlo, contaba como recurso principal con el ciudadano ruso, formateado por años y años de doblepensar y de toma colectiva de rehenes: el Homo Sovieticus.

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En octubre de 2015, Putin convocó su reunión anual de académicos y periodistas especializados en Rusia. Ese año tuvo lugar en Sochi, donde las instalaciones construidas para las Olimpiadas de 2014 habían caído en desuso. Un mes antes, Putin había viajado a Nueva York para pronunciar un discurso ante la septuagésima Asamblea General de las Naciones Unidas donde propuso la formación de una coalición antiterrorista internacional “como la coalición anti-Hitler”. La oferta era, en otras palabras, unir fuerzas en la lucha contra el ISIS a cambio de la hegemonía sin obstáculos de Rusia en Ucrania y en otras partes de la región… exactamente lo mismo que cuando la participación en la coalición anti-Hitler le permitió a la Unión Soviética quedarse con los despojos de su anterior alianza con Hitler. Cuando Estados Unidos rechazó la propuesta, Rusia comenzó a bombardear Siria. Ahora Putin convocaba a los invitados extranjeros a un debate sobre el tema “Sociedades entre la guerra y la paz”.

La paz, una vida pacífica, ha sido siempre y continúa siendo un ideal para la humanidad –dijo–. Pero la paz como estado de la política mundial nunca ha sido estable”. En otras palabras, la paz era una anomalía, un frágil estado de equilibrio, extremadamente difícil de mantener. Afirmó que la llegada de las armas nucleares había ayudado a introducir el espectro de la mutua y segura destrucción, y por un tiempo –entre las décadas de 1950 y 1980– “los líderes mundiales actuaron responsablemente, sopesando todas las circunstancias y posibles consecuencias”. Esta era una variante de la habitual retórica nostálgica soviética: mostrar la Guerra Fría como la era dorada de la paz mundial.

En el último cuarto de siglo el umbral para el uso de la fuerza ha descendido visiblemente. La inmunidad contra la guerra, adquirida como resultado de dos guerras mundiales, literalmente se ha debilitado a nivel psicológico, subconsciente. Prosiguió culpando a Estados Unidos por esta situación y justificando la intervención rusa en Siria, pero el punto clave de su discurso fue que Rusia solo se sentía en paz en la guerra. O, como escribiera Erich Fromm setenta y cinco años antes sobre la Alemania nazi: “A la fatalidad se debe la existencia de guerras”. Arendt, a propósito de Hitler, describía una nostalgia por la Primera Guerra Mundial, que había satisfecho “un anhelo de anonimato, de ser tan solo un número y funcionar tan solo como un engranaje […]. La guerra se había experimentado como la ‘más poderosa de todas las acciones de masas’ que borraba las diferencias individuales hasta el punto de que incluso los sufrimientos que tradicionalmente habían diferenciado a los individuos mediante destinos únicos y no intercambiables podían interpretarse ahora como ‘un instrumento de progreso histórico’”. El concepto de progreso histórico –de movimiento perpetuo– era a su vez, clave para la explicación de Arendt de cómo se afianzaba el totalitarismo.

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