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Beatriz de Moura (1939-2026), fundadora y editora de Tusquets, en la porta del libro ‘Por el gusto de leer’, de Juan Cruz. /WMagazín

Beatriz de Moura: la editora que convirtió Tusquets Editores en una biblioteca de gran calidad

La fundadora de este sello español, en 1969, falleció a los 87 años. Enriqueció el panorama literario y apostó por autores fundamentales en español y en traducción. En su catálogo figuran nombres como Beckett, Cioran, Camus, Grandes, Landero, Kundera, Murakami, Aramburu, Solzhenitsyn, Irving… Recordamos algunos pasajes de sus libros clave

Gracias a Beatriz de Moura por haber contribuido a enriquecer nuestras vidas, a ampliar nuestro horizonte, a reforzar el poder de la literatura y a compartir la belleza y el placer de la lectura. Gracias por la creación de la editorial Tusquets en 1969, donde construyó un catálogo —o mejor, una biblioteca— con un sello particular, con escritores importantes no solo por la calidad elegante de su escritura, sino por su mirada renovadora e, incluso, rebelde. Y gracias por apoyar a nuevos autores en español que han ampliado el territorio literario.

WMagazín le rinde homenaje con motivo de su fallecimiento el 17 de abril de 2026. Beatriz de Moura tenía 87 años. Nació en Río de Janeiro en 1939 y falleció en Barcelona. Desde los 17 años se instaló en Barcelona, donde su padre fue destinado como cónsul general de Brasil. Estudió en Ginebra y a comienzos de los años sesenta del siglo XX regresó para trabajar como traductora en varias editoriales barcelonesas. Fue en la década en que esta ciudad empezó a consolidarse como la capital del mundo editorial en español, con la creación de nuevos sellos y profesionales como Carlos Barral, Esther Tusquets, Carmen Balcells, José María Castellet o Jorge Herralde.

En 1969, aún bajo la dictadura de Francisco Franco, fundó junto a su primer marido, Óscar Tusquets, hermano de Esther Tusquets, de la editorial Lumen, el sello Tusquets Editores. Fue su directora durante cuarenta años.

“La literatura que nos interesaba era la que incidía en la revolución de las costumbres, además de en la propia estética”, reveló con motivo de los 25 años de la editorial. Una mirada dirigida a iluminar todo aquello que incentivara el pensamiento, mostrara los cambios del mundo en sus diferentes ámbitos, desde los políticos hasta las costumbres cotidianas, y expandiera las estéticas.

La editorial nació en octubre de 1969 con dos colecciones de ensayos, Cuadernos Marginales y Cuadernos Ínfimos. El primer título fue Residua, de Samuel Beckett, distinguido con el Premio Nobel de Literatura ese mismo año. En 1970, Gabriel García Márquez, ya famoso por Cien años de soledad (1967), le dio los derechos para que publicara Relato de un náufrago, su reportaje serial en el periódico colombiano El Espectador en 1955, y así ayudar a salir de una crisis a la editorial. En la actualidad, Tusquets pertenece al Grupo Planeta, y su editor es Juan Cerezo que sigue su legado.

Con un catálogo de casi 2.500 títulos, recordamos a varios de los autores más relevantes de la biblioteca Tusquets y algunos pasajes de sus libros con los que nos conquistaron:

Fernando Aramburu, Patria (2016): “Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida”.

Albert Camus, El primer hombre (1995):La luz había disminuido y de pronto se instaló la noche. El árabe descolgó del gancho la linterna cuadrada que tenía a su derecha y volviéndose hacia el fondo utilizó varios fósforos rudimentarios para encender la vela. Después volvió a colgar la linterna. La lluvia caía ahora suave y regularmente, brillando a la débil luz de la lámpara, y poblaba con un rumor leve la oscuridad total. De vez en cuando la carreta pasaba cerca de unos arbustos espinosos o de unos árboles bajos, débilmente iluminados durante unos segundos. Pero el resto del tiempo, rodaba por un espacio vacío que las tinieblas hacían aún más vasto. Sólo los olores a hierbas quemadas o, de pronto, un fuerte olor a abono, hacían pensar que recorrían por momentos tierras cultivadas. La mujer habló detrás del conductor, que retuvo un poco los caballos y se echó hacia atrás”.

Gonzalo Celorio, El metal y la escoria.

Javier Cercas, Soldados de Salamina (2001): “Fue en el verano de 1994, hace ahora más de seis años, cuando oí hablar por primera vez del fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas. Tres cosas acababan de ocurrirme por entonces: la primera es que mi padre había muerto; la segunda es que mi mujer me había abandonado; la tercera es que yo había abandonado mi carrera de escritor. Miento”.

E. M. Cioran, Ventana a la nada.

John Connolly, La serie del inspector Charlie Parker.

Marguerite Duras, El amante (1982): “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida”.

Annie Ernaux, Pura pasión (1992):Cuando él telefoneaba para que nos viéramos, su tan esperada llamada no cambiaba nada, yo seguía con la misma dolorosa tensión de antes. Me hallaba en un estado en el que ni siquiera la realidad de su voz conseguía hacerme feliz. Todo era una carencia sin fin, salvo el momento en que estábamos juntos haciendo amor. Y, aun así, me obsesionaba el momento que le seguiría, cuando se hubiera marchado. Vivía el placer como un dolor futuro”.

Cristina Fernández Cubas, Mi hermana Elba (1980): “Lúnula y Violeta

Llegué hasta aquí casi por casualidad. Si aquella tarde no me hubiera sentido especialmente sola en el húmedo cuarto de la pensión, si la luz de una bombilla cubierta de cadáveres de insectos no me hubiera incitado a salir y buscar el contacto directo del sol, si no me hubiera refugiado, en fin, en aquel bar de mesas plastificadas y olor a detergente, jamás habría conocido a Lúnula. Fueron quizá mis ansias desmesuradas de conversar con un ser humano de algo más que del precio del café, o tal vez”.

Gabriel García Márquez, Relato de un náufrago (1970): “La presencia del tiburón me hizo desistir de mi propósito. Decepcionado, solté el remo y me acosté en la borda. A los pocos minutos sentí una terrible alegría: siete gaviotas volaban sobre la balsa.

Para un hambriento marino solitario en el mar, la presencia de las gaviotas es un mensaje de esperanza. De ordinario, una bandada de gaviotas acompaña a los barcos, pero sólo hasta el segundo día de navegación. Siete gaviotas sobre la balsa significaban la proximidad de la tierra.
Si hubiera tenido fuerzas me habría puesto a remar. Pero estaba extenuado. Apenas sí podía sostenerme unos pocos minutos en pie. Convencido de que estaba a menos de dos días de navegación, de que me estaba aproximando a la tierra, tomé otro poco de agua en la cuenca de la mano y volví a acostarme en la borda, de cara al cielo, para que el sol no me diera en los pulmones. No me cubrí el rostro con la camisa porque quería seguir viendo las gaviotas que volaban lentamente, en ángulo agudo, internándose en el mar. Era la una de la tarde de mi quinto día en el mar”.

Almudena Grandes, El corazón helado (2007): “Las mujeres no llevaban medias. Sus rodillas anchas, abultadas, pulposas, subrayadas por el elástico de los calcetines, asomaban de vez en cuando bajo el borde de sus vestidos, que no eran vestidos, sino una especie de fundas de tela liviana, sin forma y sin solapas, a las que yo no sabría cómo llamar. Por eso me fijé en ellas, plantadas como árboles chatos en la descuidada hierba del cementerio, sin medias, sin botas, sin más abrigo que una chaqueta de lana gruesa que mantenían sujeta sobre el pecho con sus brazos cruzados”.

John Irving, Una mujer difícil.

Ernst Jünger, Venganza tardía.

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser (1984): “La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?”.

Luis Landero, Juegos de la edad tardía (1989): “Durante muchos años, nunca hablé de mis libros, en parte por pudor (¿cómo evitar una cierta sensación de ridículo al referirse uno a su propia obra?) y en parte por escepticismo (¿qué añadir a lo ya irreparablemente escrito?). También porque los recuerdo apenas como un sueño. Mientras escribo una novela me entrego a ella en cuerpo y alma y llego casi a aprendérmela de memoria. Pero, una vez publicada, la olvido rápida y profundamente, y jamás me releo”.

Andreï Makine, El testamento francés.

Henning Mankell, Asesinos sin rostro.

Petros Márkaris, El accionista mayoritario.

Eduardo Mendicutti, Los novios búlgaros.

Arthur Miller, Las brujas de Salem.

Czeslaw Milosz, El valle de Issa.

Haruki Murakami, Tokio Blues (1987): «La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo. Además, estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje que me rodeaba”.

Antonio Orejudo, Reconstrucción.

Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros.

 

Ramiro Pinilla, Verdes valles, colinas rojas (2004-2005): “Yo soy el único que sabe que ha vuelto, aunque ni siquiera a mí me avisó de cuándo llegaba su barco. Hace un par de horas alguien arrojó piedrecillas a los cristales de mi dormitorio y me asomé y era él. Bajé, crucé el jardín y… «¿Adónde vas, Jaso?», me llegó la voz de la bruja. Ni volví la cabeza. Ya en la carretera, me metí en el bosque de enfrente y esperé, temiendo haber visto a Martxel sólo en sueños. Luego caminé en arco para acercarme a casa por la fachada lateral, la de mi ventana. Miré entre los matorrales. Nada”.

Rüdiger Safranski, ¿Cuánta verdad necesita el hombre? Sobre lo pensable y lo vivible (1990): “La pregunta por la verdad implica una escisión.

Un ejemplo: sólo puedo preguntarme «¿quién soy yo?» si aún no me conozco lo suficiente, si mi ser y mi conciencia están desunidos, si, en definitiva, estoy separado de mí mismo. Nietzsche supo atrapar esta paradoja en la frase ‘Llega a ser el que eres’.

Para poder dirigirse a uno mismo la pregunta por la verdad hay que estar ‘fuera de sí’. La propia verdad ha de recibirse desde fuera para, finalmente, hacerse con ella y estar en uno mismo como en casa. Pero la precaria situación de la búsqueda de la verdad comienza en ese ‘fuera’. Estamos separados de nosotros mismos, y lo que nos separa es la conciencia. La conciencia, que no el ser, es la que pregunta por la verdad y, como nos separa, la experimentamos con dolor: la conciencia nos arrebata la inmediata levedad del ser”.

Leonardo Sciascia, El día de la lechuza. 

Luis Sepúlveda, El viejo que leí novelas de amor.

Aleksandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag (1973): “Tras el arresto, los que quedan se enfrentan a una interminable vida, vacía y revuelta. Y el intento de hacerle llegar paquetes al detenido. Pero en todas las ventanillas les ladran: ‘Este no figura aquí’, ‘¡No existe!’. En los peores días de Leningrado había que pasarse cinco días apretujado en la cola para llegar a la ventanilla. Y sólo quizás, al cabo de medio año, o de un año, el propio detenido dejaba oír su voz. O bien te espetaban: ‘Sin derecho a correspondencia’. Y esto quería decir para siempre. ‘Sin derecho a correspondencia’ significaba casi con toda seguridad que lo habían fusilado”.

 Edith Wharton, La edad de la inocencia.

Qiu Xiaolong, El caso Mao. 

 

Este homenaje a Beatriz de Moura se cierra con un poema de Rosa Berbel, una de las poetas por las que su editorial apostó en 2022 con Los planetas fantasma:

Limpieza general

Me habéis dejado el suelo lleno de ideas hermosas.

No hay forma de limpiarlas.

No hay forma de borrar la línea de impureza

que deja el pensamiento por el suelo.

 

De rodillas aprendo el ritual:

froto la hermosa mancha

–los trazos atrevidos de la idea,

su círculo de tiza–

que se extiende sin pausa

por el mundo.

Froto la mancha igual que el asesino.

Me esfuerzo en posponer las confesiones.

Que la belleza es insoportable.

Vuestra belleza ensucia

y tendría que ser aniquilada.

 

Pero en verdad no hay forma de limpiarlas.

No hay, de ningún modo,

manera de evitar su persistencia.

 

Y junto a ellas me tumbo

en una nueva

mañana luminosa.

***

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Winston Manrique Sabogal

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