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El escritor holandés Cees Nooteboom (La Haya, 1933- Menorca, 2026), fue distinguido con el X Premio Formentor de las Letras en 2020. / Foto cortesía Fundación Formentor

Cees Nooteboom: murió el último viajero de la estirpe de Ulises que contó sus aventuras en libros fabulosos

El escritor holandés tenía 92 años y era uno de los autores europeos contemporáneos más prestigiosos. Poeta, cronista, periodista, ensayista y traductor, publicó más de cuarenta obras y recorrió casi medio centenar de países. Un nómada de la vida y de los géneros literarios, fue testigo de grandes momentos históricos

Uno de los últimos viajeros de la estirpe de Ulises que contaba sus aventuras en libros ha muerto: Cees Nooteboom. El poeta y narrador holandés murió a los 92 años, el 11 de febrero de 2026, en Menorca (España), donde solía pasar los veranos y largas temporadas desde hacía más de medio siglo. Había nacido en La Haya el 31 de julio de 1933 como Cornelis Johannes Jacobus Maria Nooteboom.

Es uno de los escritores holandeses más relevantes que levantó su mundo literario, de casi medio centenar de poemarios, crónicas, bitácoras, relatos y ensayos, sobre tres pilares: la descripción detallada y sensible de la realidad de la que fue testigo y vivió en más de cuarenta países, la capacidad de imaginar y fantasear sobre esos lugares poblados de personas que le parecían interesantes y el talento para trasladar su nomadismo físico a la trashumancia de los géneros literarios en sus obras.

Siempre entre los favoritos para obtener el Premio Nobel de Literatura, otra deuda más de este galardón, Nooteboom empezó su periplo por el mundo en el verano de sus 17 años, en 1950, como lo recordó en una entrevista que le hice en 2009 para el suplemento cultural Babelia, del diario español El País:

“Un día me fui… Tenía 17 años. Lo que recuerdo es que le dije a mi madre que me iba. Salí de casa. Cogí una bicicleta para hacer mi primer viaje al extranjero, a Bélgica, y de cierta manera nunca he parado. Entre los viajes tengo los periodos de tranquilidad que es cuando escribo; aunque un día me detendré”.

Y lo hizo en Menorca, la isla española del Mediterráneo donde pasaba largas temporadas. Vivía en el número 8 de una casa al final de un camino destapado donde lo llevó el azar en los años setenta. Se enamoró de la isla y del lugar al descubrir que no había mejor sitio en el mundo para descansar de sus viajes por todas partes y en toda clase de vehículos que luego convertía en libros llenos de sabiduría, aventuras, relatos y ventanas a los lugares que visitaba. Por eso, cuando se instaló allí, en la entrada de su casa puso un letrero con estas palabras:

“En nuestra casa termina el camino y el mundo”.

Cees Nooteboom era un hombre alto, muy amable, con un español pausado, con diversos conocimientos y con una gran capacidad de relacionar, de manera natural, diferentes aspectos de sus vivencias y del curso del mundo para tratar de comprender los hechos que crean una realidad, a veces, incomprensible y antipática, pero que es producto de las acciones humanas.

Una persona que “ha desbordado con su incesante creatividad el límite que proponen los géneros literarios. Un escritor viajero que ha hecho del nomadismo una actitud filosófica, estética y espiritual que trasciende las fronteras y revela la naturaleza expansiva de los horizontes humanos. Ha vivido de cerca los espectaculares momentos de la historia de nuestro continente. Su obra es el resultado de una indagación penetrante en ese espíritu que nunca nos ha hecho tanta falta como hoy”, como lo describió el jurado al concederle el X Premio Formentor de las Letras 2020. Paradojas de la vida para un autor viajero, o quizás, precisamente, por ello, el galardón fue concedido el año en que el mundo se detuvo por la pandemia de la Covid19.

Su despacho y el lugar donde escribía en aquella casa donde terminaban el camino y el mundo estaban al lado de la vivienda principal: una casa rectangular y de amarillo pálido por estar recubierta de piedra de sillería de ese color. Una puerta de cristal llevaba a una especie de celda monacal. A un lado, una mesa grande con el ordenador y libros, y más libros. Aquella mañana del verano de 2009, Nooteboom habló de su nomadismo y de las “rimas de la vida”, como se refería a los acontecimientos de los que había sido testigo desde la Segunda Guerra Mundial que vivió en la infancia y preadolescencia, y luego como viajero que vio el cierre de ciclos como el de la Hungría emboscada por los soviéticos en 1956, la España franquista de los años cincuenta y sesenta, las revueltas de Mayo del 68 en París, el antes y después del Teherán del Sha, la segregación racial en Estados Unidos o la caída del Muro de Berlín en 1989, y el fin de una era del comunismo.

El autor holandés Cees Nooteboom.

Obras clave de Nooteboom

Las siguientes son algunas de sus casi medio centenar de obras que son puertas a momentos y lugares llenos de literatura y sabiduría, en España lo publica editorial Siruela y Visor algunos poemarios:

Venecia: el león, la ciudad y el agua, un universo que funde historia y presente de la ciudad italiana.

Lluvia roja (Siruela, 2009) es un mosaico de su vida cotidiana en Menorca (el perro, anécdotas culinarias, los vecinos, el jardín), recuerdos de sus primeros viajes por el mundo y reflexiones sobre literatura.

Desaparición del muro son las notas sobre los años que Nooteboom vivió antes y después de la reunificación de Alemania en 1989.

El día de todas las almas es una novela de la transición de la vida política y social en Berlín, a través de una historia de amor mientras reflexiona sobre las rutas de la historia.

El desvío a Santiago es un gran fresco de España que conoció en 1954 y que desde entonces visitó casi cada año.

Rituales (1984) surge tras 17 años de no escribir ficción, solo ensayo y periodismo.

En las montañas de Holanda es una fábula basada en La Reina de las Nieves, en la cual aborda la realidad y la ilusión.

Hotel nómada es un libro para espíritus viajeros, espejo y reflejo de sus vidas y de otros antes que él.

Perdido el paraíso es la historia de ángeles en la que dialoga con la obra de John Milton, El paraíso perdido.

¡Mokusei! es la mirada y la seducción sobre Oriente.

El enigma de la luz. Un viaje en el arte despliega la imaginación hacia mundos de artistas como Leonardo, Vermeer y Hopper.

Cees Nooteboom.

El mundo Nooteboom en 15 ideas

Todo es torbellino de vivencias, Cees Nooteboom lo hacía fácil, como lo confesó en un reportaje que hice con varios escritores para la revista dominical de El País Semanal, en 2020:

“Lo que es difícil para los demás, para mí es normal. El viaje sale de la curiosidad, de ver cómo viven los otros. En Bolivia o Argentina he encontrado a jóvenes que viajan en autobús y toman un año de su vida para descubrir el mundo. Otra cosa es el turismo. Pero estos jóvenes lo hacen como yo lo he hecho. Hay que dejarse llevar. Llegar a una ciudad, ir a la terminal de autobuses, tomar cualquiera y dejarse llevar. Así habrá aventuras, cosas feas, cosas bellas, gente interesante, gente aburrida. Nunca se sabe. Así el mundo se ensancha. Y si puedes aprender el idioma antes de viajar, mucho mejor. Entonces el mundo sí que será grande y diferente.

Recuerdo las dos veces que he ido a Japón en un peregrinaje por 33 templos de los 68 que hay. Tardé dos meses. Son casi seis kilómetros entre un templo y otro. Más que viajar, es la necesidad de conocer lo que me mueve”.

Y su vuelta al mundo físico, emocional, literario, social y aventurero se puede seguir en quince momentos que compartió al recibir el Formentor de las Letras en su discurso digital desde su casa de Ámsterdam, titulado Leyendo el libro del mundo:

1- Menorca, que no es mía, por supuesto, aunque yo diga «mi» isla, pero sí es el lugar donde he escrito gran parte de mis libros y poemas en los últimos cincuenta años.

2- ¿Cuándo se convierte uno en escritor? ¿Es gracias a la lectura o gracias a la vida? ¿O es por una combinación accidental o, por el contrario, intencionada de ambas?

3- Aquella guerra (la Segunda), sin que yo me diera cuenta entonces, se convirtió también para mí en una fuerza nada desdeñable que afectaría a mi vida y, por lo tanto, a mi escritura, a causa del inevitable caos que la acompaña.

4- Gracias a los clásicos que allí me enseñaron y que ejercerían una influencia duradera en mi obra, que a partir de aquel momento, por el orden benéfico y por el caos que yo mismo me creé, se caracterizaría por una continua existencia nómada.

5- Yo no podía imaginarme en una universidad, mi universidad sería el mundo. No creo que por aquel entonces ya quisiera ser escritor.

6- Tanto el orden como el caos se convirtieron en parte de mi vida: el caos de estar siempre en camino unido a la necesidad de escribir sobre ese estar en camino, y mi obsesiva y tenaz curiosidad gracias a la cual aprendía idiomas mientras viajaba, a lo que contribuyó la base que había adquirido en los pocos años en los que había estudiado griego y latín y tres idiomas modernos en el seminario.

7- Todo aquello no me aportó ninguna novela sugerente sobre la banca, pero sí me sirvió de algo. Y es que, algunas veces, cuando me permitían llevar dinero en bicicleta a unas ancianas de alta alcurnia, yo aprovechaba para hacer un gran desvío por un bosque donde me detenía junto a un arroyo para, sí, ¿para qué? Para pensar, y a veces pienso que mi escritura comenzó en aquel lugar, sin poner una palabra sobre el papel. Me sentaba allí y pensaba, una forma de absentismo y de clandestinidad que ahora sé que es parte integral de la escritura.

8- Uno de los libros más antiguos en el que anoté mi nombre es L’existentialisme est un humanisme de Sartre.

9- «Rüdiger, pero ¿cuándo has leído todo esto?». Y él me contestó, como si llevara tiempo preparándose para esta pregunta. «Mientras tú leías el libro del mundo».

10- Las librerías, quisiera dejarlo claro aquí, son para los escritores una de las fuentes de inspiración más importantes.

11- La imagen de mi madre absorta en la lectura de un libro me condujo hacia la literatura. Como quiera que sea, algunos libros más vale leerlos a cierta edad. Mucho más adelante, afirmé en una de mis obras que al escribir uno siempre tiene en la mano a otros cien escritores, sea o no consciente de ello.

12- Empecé a viajar, y, excepto mi poesía más o menos hermética, me situé al margen del ambiente literario habitual, y me dediqué a escribir sobre el mundo y sobre lo que veía en mis viajes.

13- Vi, leí, esperé, y después escribí, y respecto a esto último puedo decir que me sigue alegrando no haber leído a Proust antes de esta época, porque también Proust pertenecía a la espera.

14- Proust y Pessoa nos han enseñado que es posible repartir la vida entre varias personas y escritores.

15- La esencia del «todavía-no» pertenece a la espera, es gracias al «todavía-no» que la obra adquiere su definitiva forma. Quien elija la abstracción debe contar su historia de otra manera o, mejor dicho, convertirse en otro escritor.

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Winston Manrique Sabogal

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