Fotograma de la miniserie ‘Cien años de soledad’, de Netflix, basada en novela homónima de Gabriel García Márquez. /WMagazín
‘Cien años de soledad’ de Netflix: cuando Macondo olvida su literalidad y revela su dimensión histórica
Tras una primera temporada irregular, lastrada por la literalidad de la novela de García Márquez, la segunda temporada encuentra progresivamente una voz propia que alcanza en su capítulo final su mejor momento: una narrativa audiovisual con sus propios códigos y una dimensión más humana, social, política, emocional y ecológica
Bajo la luz ambarina del ocaso, en el salón de una casa antigua, hay un viejo gramófono sobre una mesita de madera donde gira un disco roído en los bordes y lleno de polvo que acompaña el silencio con una melodía clásica para nadie, porque no hay nadie.
Esta escena del último capítulo de la serie Cien años de soledad, de Netflix, basada en la obra maestra de Gabriel García Márquez, contiene el pasado, el presente y el porvenir de la familia Buendía.
Y esa misma imagen resume, también, parte de una serie que, por intentar ser tan fiel y respetuosa con la novela, terminó sin encontrar siempre una voz propia y autónoma dentro del lenguaje audiovisual y que, en algunos momentos, se acerca más a un documental o a una reconstrucción visual de la historia de Macondo que a una narración audiovisual con sus propios códigos y su propia respiración.
Una adaptación con grandes aciertos escenográficos, atmosféricos, técnicos y de producción en general, que logró hacer creíbles Macondo, la belleza del lugar y muchas de sus escenas, pero irregular en su narrativa y, sobre todo, lastrada por la ausencia de alma y épica y, en algunos momentos, por la literalidad de la novela.

Es en la segunda temporada cuando empieza a encontrar progresivamente una voz propia, que alcanza en su capítulo final su mejor momento: la decadencia del propio Macondo, la masacre de las bananeras y, sobre todo, un último capítulo que brinda el mejor momento narrativo, visual, metafórico y sensorial de la serie y que logra algo difícil: que el espectador imagine, reflexione y complete la historia mientras las imágenes lo envuelven en la emoción.
Y es aquí donde la serie conmueve, cuando quiere contar su historia y adquiere una dimensión más humana, social, política, emocional, histórica y ecológica. Cuando se vuelve más figurativa y busca la complicidad del espectador. Descubre su propio tempo: pausado, sereno, profundo y humanizado.
Cuando parece emerger una parte del espíritu de la novela y la serie plantea a su manera: ¿qué ocurre cuando Macondo deja de ser una fantasía literaria y se convierte en la historia de los pueblos, de la humanidad?
Porque el Macondo de la serie deja de ser un lugar fantástico que sirve de ventana a la novela para transfigurarse en una metáfora de América Latina y otros pueblos con sus ciclos de violencia, explotación, olvido y repetición; pero antes de eso, de lo que sucede en la razón y el corazón de las personas, en sus contradicciones y paradojas, en la fuerza de la pasión, el deseo y el amor.
Vida de la serie
Cien años de soledad, la obra maestra de García Márquez (Colombia, 1927 – México, 2014), fue publicada en 1967. Esta adaptación audiovisual, dirigida por Laura Mora, Carlos Moreno y Alex García López, cuenta con el respaldo y la producción ejecutiva de los hijos del escritor: Rodrigo (director de cine) y Gonzalo (ilustrador) García Barcha.
La miniserie se dividió en dos temporadas. La primera temporada, de ocho capítulos, se estrenó en diciembre de 2024, y relata la génesis: el matrimonio, contra la voluntad de sus padres, de los primos José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, su viaje por montañas y selvas en busca de un lugar donde vivir hasta que fundan Macondo, el nacimiento de sus dos hijos (José Arcadio y Aureliano), la resolución y tensiones de la vida y la convivencia, el progreso del pueblo y las 32 guerras en las que combate su primogénito, el coronel Aureliano Buendía, los amores y desamores, y pasiones y desencantos de la familia y los primeros atisbos de la soledad.

La segunda temporada, también de ocho capítulos, se estrenó el 6 de agosto de 2026, con un episodio final, el 26 de agosto, de una hora y treinta y tres minutos de duración, casi como una película. Narra los acontecimientos posteriores a la firma de la paz y sus consecuencias, la llegada de Fernanda del Carpio desde Bogotá, que se casa con Aureliano Segundo, el cambio en el orden de la casa de los Buendía que impone con su rigidez y religiosidad, el nacimiento de sus hijos, la construcción del ferrocarril, la llegada de la compañía bananera que, tras el progreso, traerá la desgracia al pueblo y cómo todos los hechos se encaminan a que se cumpla la profecía del fin de Macondo.
Aquí está una de las lecturas con que la serie busca tener una voz propia: Macondo como personaje indiscutible y su proceso de decadencia: la compañía bananera, la explotación laboral, la masacre, la lluvia interminable, la decadencia, el aislamiento, la repetición de los errores de las personas y, finalmente, la lectura de los manuscritos de Melquíades.
Es el realismo mágico que aterriza en la tierra para hablar de historia íntima, personal y social, memoria, capitalismo, desdén, violencia, destino…

Mejor la traición que la fidelidad
Siempre he intentado ver la serie como pieza autónoma, sin utilizar la novela como vara de medir, y aun así se percibe que su relación con la obra original condiciona a veces su funcionamiento como serie.
Recupero aquí el título del artículo que escribí el 16 de diciembre de 2024 sobre la primera temporada: Cien años de soledad, de Netflix: una serie que muestra un Macondo de belleza vacía, sin corazón ni pasión ni épica. Tras señalar aciertos y desaciertos escribí:
“Digo todo esto teniendo claro que cada expresión artística tiene unas necesidades y recursos concretos para transmitir lo que el creador desea compartir de su obra. No puedo comparar si es mejor un disco que un cuadro, o una película que un libro, o una obra de teatro que una escultura… Y si hay una valoración de la traslación, trasvase o adaptación de una obra a otro arte debe hacerse a partir de las reglas del juego del mismo y de los objetivos que se proponga dicha versión. Aclaro esto porque en el caso de la adaptación de Cien años de soledad el resultado me parece irregular. No solo como formato televisivo autónomo bajo sus propias coordenadas audiovisuales, sino también como inevitable comparación con la novela, debido a que la propia serie se encarga de que así sea al tener a su lado el libro como reclamo, guía, salvavidas, muleta y amuleto”.

La serie consiguió construir un Macondo de gran belleza visual, pero me dejaba fuera emocionalmente. La segunda parte no borra esa impresión del todo, pero sí introduce algo que entonces echaba de menos: en determinados momentos, y especialmente en su tramo final, la serie encuentra su voz y su mundo, y se convierte en una interpretación audiovisual de ese universo que trasciende Macondo y lo hace universal.”
No se trataba solamente de trasladar acontecimientos de la novela, sino de trasladar su alma, sus pulsaciones, esa tensión entre razón y emoción de sus personajes, esa mezcla de tiempo, memoria, imaginación, tragedia, humor, sensualidad, amor, desengaño y fatalidad.

¿Por qué una serie irregular encuentra en su último capítulo una intensidad, una belleza y una comprensión de García Márquez que antes había alcanzado solo parcialmente?
El problema de adaptar Cien años de soledad no está solamente en convertir en imágenes una novela inabarcable, sino en que su riqueza nace precisamente de aquello que la literatura deja a la imaginación.
La serie ha querido ser tan respetuosa con García Márquez que, en ocasiones, esa fidelidad ha lastrado el lenguaje audiovisual. Porque quizá para adaptar una obra literaria no haya que reproducirla, sino traicionarla lo suficiente como para encontrar su equivalente en otro lenguaje: rescatar el espíritu del libro y hacerlo propio.
Al final, la serie ha conseguido que podamos ver y sentir a Macondo. Pero el gran desafío de adaptar Cien años de soledad quizá consistía en lograr que, además de verlo, pudiéramos volver a imaginarlo.
Quizá una adaptación de Cien años de soledad necesitaba ser menos respetuosa con la novela para ser más respetuosa con el cine o la televisión.

Objetivo de la serie
La serie de televisión Cien años de soledad cumple con un objetivo: llegar a quienes no han leído la novela clásica de Gabriel García Márquez. Puede servir como un resumen audiovisual de su argumento, escueto, pero aun así atractivo.
Pero ese tono documental tiene un fallo: el narrador. La voz que relata y lee pasajes de la novela para llenar espacios o hacer avanzar la historia es plana, casi monocorde, desmayada y sin emoción. Un momento que podría servir para rescatar la épica, la emoción y la magia de las frases de la novela se desperdicia.
En el artículo de 2024 proponía un ejercicio: ver la serie doblada a otro idioma con subtítulos y comprobar cómo se levanta del mundo terrenal por la calidad de los actores de doblaje en inglés, francés o italiano y los matices y la sensibilidad con que expresan esas frases de la novela.
La pregunta es: ¿Funciona Cien años de soledad como serie, independientemente de que conozcamos la novela?
La respuesta es sí: aunque de forma irregular, con momentos de gran altura y una última parte en la que encuentra mejor su propio ritmo, su atmósfera y su lenguaje.
Y, paradójicamente, el capítulo final logra bellos momentos de la alquimia entre fidelidad a la novela y vuelo creativo propio. Los últimos cinco minutos, donde la voz del narrador acierta porque solo quedan su voz, las imágenes y los sonidos, los he visto una y otra vez. Resuenan todas las vivencias de los Buendía, y sus historias encajan, mientras a Macondo, con el último de su estirpe rodeado de papeles volando, se lo lleva un viento bíblico. Es la música del tiempo haciendo su trabajo en un parpadeo.

Epílogo
El universo de Macondo comenzó a tomar forma en 1955. Ese año, Gabriel García Márquez (1927-2014) publicó dos obras en las que aparece el nombre de Macondo: la novela La hojarasca y, sobre todo, el cuento que lleva ese nombre en su título, Isabel viendo llover en Macondo. En ambas narraciones ya se vislumbra lo excepcional de aquella región y sus pobladores, que entrarían en la mitología literaria en 1967 con Cien años de soledad.
Es un lugar inspirado en el pueblo de Aracataca y sus alrededores, en la costa caribeña colombiana, donde nació el escritor el 6 de marzo de 1927.
De la Macondo imaginada por García Márquez a la Macondo real de Aracataca. El siguiente es un vídeo de WMagazín sobre el pueblo donde nació el escritor y los lugares que le inspiraron Cien años de soledad.
Y todo esto adquiere una resonancia especial ante 2027, cuando se cumplirá un siglo del nacimiento de Gabriel García Márquez y seis décadas de la publicación de Cien años de soledad. Será también una nueva oportunidad para volver a Macondo, a sus personajes y a las preguntas que siguen abiertas en su historia.
Puedes ver el vídeo de los lugares que inspiraron la novela a continuación:
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