Detalle de la portada de ‘Cien libros, una vida’, de Antonio Martínez Asensio (Aguilar). /WMagazín
Cinco libros clásicos o camino de serlo que deberían releerse y tener más lectores y prestigio
Antonio Martínez Asensio publica 'Cien libros, una vida' sobre un centenar de obras y autores que lo han marcado. El periodista, Premio Liber 2025 al Fomento de la Lectura en Medios de Comunicación por el programa Un libro, una hora, responde a WMagazín sobre cinco títulos que deberíamos redescubrir
La lectura de obras clásicas siempre es gratificante y en cada lectura nueva descubre joyas inesperadas. Más aún si se trata de libros clásicos que nos son tan populares, pero que tienen tanto que ofrecer como los legendarios. Por ejemplo: Capitanes intrépidos, de Kipling, La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, o La vida ante sí, de Romain Gary. Son tres de los títulos que invita a leer, releer o redescubrir Antonio Martínez Asensio, autor de Cien libros, una vida (Aguilar). Es el periodista que ha obtenido el Premio LIBER 2025 al Fomento de la Lectura en Medios de Comunicación como responsable del programa Un libro, una hora (desde 2019) y del espacio La Biblioteca en Hoy por Hoy de la Cadena SER.
En Cien libros, una vida, Martínez Asensio habla de un centenar de títulos que lo han marcado por diferentes motivos. Esta selección tiene dos aspectos clave: no repite ningún autor y se estructura en cuatro partes, 25 libros por cada una:
Los clasicazos: Desde El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, hasta la Odisea, de Homero, El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, o Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Todos anteriores a 1900, menos Peter y Wendy, de J. M. Barrie, que es de 1904.
Los clásicos modernos: Desde Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, hasta El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, Nada, de Carmen Laforet, o 1984, de George Orwell.
Serán clásicos: Desde Stoner, de John Williams, o Corazón tan blanco, de Javier Marías, hasta La caverna, de José Saramago.
Mis lecturas más personales: Desde La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, o Beatus Ille, de Antonio Muñoz Molina, hasta Mr. Gwyn, de Alessandro Baricco, o El corazón helado, de Almudena Grandes.
Casi la tercera parte los libros corresponde a autores españoles, sobre todo del último medio siglo. Los latinoamericanos son siete, casi todos clásicos imprescindibles. La mayoría del resto de obras se escribieron en inglés.

Sobre las ausencias, Martínez Sarrión confiesa en el prólogo: “Hay ausencias terribles. No hay nada de Faulkner, no está Pedro Páramo, no hay nada de Bolaño ni de Cortázar. Cada uno echará de menos uno, pero es que cien libros son muy pocos. Se han quedado fuera libros que han sido esenciales para mí, como El río de la luna de José María Guelbenzu o La náusea de Sartre, incluso algunos de Karl Ove Knausgard, o Un buen chico de Javier Gutiérrez”.
Los textos de cada uno de los cien títulos son muy personales, están poblados de anécdotas del autor o del libro o del propio momento en que Martínez Asensio leyó la obra. El periodista espera, como en sus programas de radio, que estas reseñas y lecturas despierten aún más el deseo de leer a nombres como Franz Kafka, Virginia Woolf, Paul Auster, Agota Kristof, Belén Gopegui, Albert Camus o Carmen Martín Gaite.
WMagazín invitó a Antonio Martínez Asensio a elegir cuatro títulos, uno por cada apartado de su libro, más otro que quisiera por algún motivo especial, que considerara que deberían tener más lectores y ser más reconocidos por el público. A sus recomendaciones añadimos un pasaje clave de la reseña respectiva de su Cien libros, una vida:

De Los clasicazos. Hay que releer Capitanes intrépidos, de Kipling. Tal vez porque la novela está muy contaminada de la película, y es una maravillosa historia muy actual sobre el crecimiento, sobre la educación, sobre el dinero y sobre la relación padre/hijo.
Pasaje:
“Esta es una novela de crecimiento en la que todos cambian, no solo el protagonista sino también sus padres, y todo el mundo que le rodea, porque a partir de entonces también cambia la vida de Dan. El padre de Harvey es el dueño de una línea de cargueros de té que van de San Francisco a Yokohama. Seis buques con armazón de hierro, de unas mil setecientas ochenta toneladas cada uno. Le proponen a Dan que vaya un año o dos para formarse como piloto y que luego vaya ascendiendo. Dan acepta la oferta con más júbilo del que es capaz de expresar con palabras. Para él es un camino seguro y libre de obstáculos para conseguir todas las cosas deseables”.
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De Los clásicos modernos. Hay que volver a leer La invención de Morel, de Bioy Casares, una historia de amor, de ciencia ficción, y que reflexiona de una forma muy actual sobre la tecnología.
Pasaje:
“La invención de Morel es una obra desconcertante, que hay que leer con cuidado para no perderse por los distintos planos temporales de la narración y del argumento. El protagonista (que no tiene nombre) llega, huyendo, fugado, a una isla que le han dicho que está desierta. Y efectivamente parece que es así. Hay varias construcciones. En la parte alta de la isla están el museo, la capilla, la piscina. Las tres construcciones son modernas, angulares, lisas, de piedra sin pulir. Cuando llega, el perseguido se instala en el museo. Podría ser un hotel espléndido, para unas cincuenta personas, o un sanatorio. Hace un descubrimiento en el sótano. Entra en una estancia que parece escondida rompiendo la pared y descubre una bomba para sacar agua y una especie de grupo electrógeno y unos motores verdes. El fugitivo pone todo en marcha”.
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De Serán clásicos. Hay que recuperar La vida ante sí, de Romain Gary, y esa historia sobre los que viven al margen de la sociedad, sobre la precariedad y sobre la interculturalidad.
Pasaje:
“La novela gira en torno a los vecinos de un inmueble, en un barrio popular de París. Son todos derrotados, travestidos, prostitutas, viejos frustrados, niños recogidos, un mundo en el que conviven los negros de África, los magrebíes de Marruecos y Argelia, los judíos de cualquier parte. Allí, en uno de los pisos, vive doña Rosa, que se ha dedicado siempre a cuidar a los niños de las prostitutas, en una especie de pensión, donde algunos están solo durante el día y otros, como Momo, viven con ella. La señora Rosa es la gran protagonista de esta novela, y el foco afectivo de la historia y de la vida de Momo. La escalera es el escenario en el que se cruzan todos los inquilinos”.
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De Mis lecturas personales. Invitaría a leer de nuevo El comprador de aniversarios, de Adolfo García Ortega, y más en este momento, esta novela sobre la dignidad humana y sobre el terrible pasado que no podemos olvidar.
Pasaje:
“El comprador de aniversarios habla de la banalización del mal, del nazismo, pero lo hace desde la actualidad, desde el año 2003, cuando se publicó. Y lo hace recordando a las víctimas, sus historias, de dónde vinieron, cómo llegaron allí, si salieron y cómo. Pero también lo hace recordando a los victimarios, a los verdugos, recordando el mal, recordando la crueldad infinita, en un relato doloroso que nos sigue sorprendiendo. (…) Y El comprador de aniversarios habla, también, de la importancia de las palabras. Primo Levi cuenta que Hurbinek decía una sola palabra que nadie sabía qué significaba. ‘El desesperado intento por decir el silencio’. Y Adolfo García Ortega trata de hacerle decir esa palabra que le falta y que lo define. Y nos habla de las palabras que marcan, que definen y que nos hablan de la violencia y de quiénes somos en realidad. «Solo cabe ser mudo tras el horror, y Hurbinek era mudo”.
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Del Libro especial. Hay que volver a leer Fahrenheit 451 y tenerlo siempre en la mesilla, para comprobar lo mucho que nos vamos pareciendo a la distopía de Bradbury.
Pasaje:
“Leer ahora Fahrenheit 451 es una experiencia aterradora, porque tienes la sensación de que Ray Bradbury describe, en 1953, algunas de las cosas que nos definen ahora como sociedad. Es una distopía, o sea, una ‘representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana’, por oposición a una utopía. Cuenta una sociedad en la que los libros son perseguidos y se queman, algo que ya ha ocurrido y que sigue ocurriendo. Decía Margaret Atwood que en El cuento de la criada no había metido nada que no hubiera ocurrido ya a lo largo de la historia, pero que lo había metido todo junto. Y quienes persiguen y queman los libros son los bomberos. Cuatrocientos cincuenta y un grados Fahrenheit es la temperatura a la que el papel se inflama y arde”.
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