Detalle del cuadro ‘Junto al clavicordio’, de Carl Vilhelm Holsøe (finales del siglo XIX-principios del XX) , en la portada del libro ‘Guardar la casa y cerrar la boca’ de Clara Janés (Siruela).
Clara Janés y la historia del desequilibrio que ha limitado la libertad de las mujeres
‘Guardar la casa y cerrar la boca’ es el libro que se recupera de la poeta y académica de la RAE en el que recorre la historia de la literatura escrita por mujeres a través de diversas culturas y épocas. Un ensayo ameno que debería ser una lectura en los colegios
¿Cómo se ha construido históricamente el lugar de la mujer? La genética, el sexo biológico, la maternidad, la búsqueda de comida, la bajada de los árboles, la libertad, los sentimientos, el disfraz, la religión, el poder… Muchos y variados son los factores que a lo largo de la historia humana han llevado a designar a la mujer un papel que ella no ha buscado expresamente y que la limita. Una situación que ha empezado a cambiar en las últimas décadas, pero que aún está lejos de desaparecer
A los orígenes de ese desequilibrio, injusticia y malentendido que tiende a circunscribir a la mujer a ciertas tareas y comportamientos que la coartan en todos los sentidos dedica su libro Guardar la casa y cerrar la boca. En torno a la mujer y la literatura (Siruela), de la poeta, traductora y académica de la RAE Clara Janés (Barcelona, 1940). Se cumplen diez años de su primera edición, de 2016, que Siruela recupera de manera oportuna.
Se trata de un ensayo breve (152 páginas), claro, importante y ameno que debería ser una lectura en los colegios. Por dos motivos, básicamente: para conocer una parte de la historia mezclada con sociología y cultura y porque contribuye a la educación que se necesita para conocer la realidad de la mitad de la humanidad y contribuir a cambiar la perspectiva y el imaginario universal sobre la mujer.
Clara Janés recorre la historia de la literatura escrita por mujeres a través de diversas culturas y épocas. En ese viaje rescata figuras silenciadas, eclipsadas u olvidadas comenzando por la primera voz poética conocida (la sacerdotisa Enheduanna, 2.500 años antes de Cristo) y explorando la creación femenina en el clasicismo, el mundo arábigo-andalusí o el misticismo.
Las diferentes épocas y culturas están presentes y la presencia de las mujeres a través de la literatura arroja luz sobre esta realidad y completa el mapa de la humanidad.

Clara Janés ha dedicado gran parte de su obra e investigaciones a las diversas expresiones del talento femenino, no solo en la literatura, como en Las primeras poetisas en lengua castellana (Siruela), sino también en la ciencia y en otras áreas de conocimiento.
Tras reunir la obra de las primeras poetisas en lengua castellana y estudiar la creación de las arábigoandaluzas y las afganas, Clara Janés relata momentos reveladores: desde la paradoja de que el primer escritor de nombre conocido sea la sacerdotisa acadia Enheduanna hasta el hecho de que durante muchos siglos, en Extremo Oriente la cultura se reservara para las cortesanas mientras a la mujer sencilla se le enseñaba lo imprescindible para comprender las normas de conducta que se consideraban propias de su sexo. También. Recuerda la editorial que “descubre que, según la situación social de la mujer en distintos lugares y épocas, la libertad podía hallarse en el encierro (las monjas) y la esclavitud en la alcurnia (las reinas), y que, en contra de lo que afirmó Simone de Beauvoir, hubo muchas mujeres guerreras, incluso órdenes de caballería femeninas”.
WMagazín publica un pasaje del primer capítulo donde recuerda los orígenes de las diferencias entre mujeres y hombres y cómo empezó a cambiar la relación entre ellos:

Guardar la casa y cerrar la boca
Por Clara Janés
La diferencia entre hombre y mujer existió siempre: se da en sus cuerpos. Sin embargo, remontándonos a la prehistoria, hubo una etapa en que –aparte del hecho de parir– hombre y mujer realizaban las mismas cosas. Esto sucedió en el periodo de los nidos arbóreos, cuando el hombre era todavía recolector y pasaba el día entero buscando qué comer y, llegada la noche, trepaba a los árboles a dormir. Hombre y mujer, puros nómadas, caminaban con sus crías a la espalda –mientras estas no podían andar–, recogían bayas de los arbustos, y luego, al oscurecer, al igual que algunos animales, se subían a las copas a descansar entre las ramas. Su vida, dura y monótona, era corta, no pasaban de los 18 o 20 años.
Las cosas cambiaron en cuanto se descubrió el refugio y se inventó la caza: las mujeres no tenían –en general– la fuerza necesaria para enfrentarse a los grandes animales, solían, además, estar embarazadas. A partir de este momento empezaron a definirse las distintas misiones cotidianas de uno y otro sexo. En principio no había nada establecido, esto sucedió mucho después. Y cuando se olvidó aquella necesidad inicial, la distribución de deberes pareció algo impuesto desde fuera y discriminador.
Volviendo a Rosa Chacel, al ensayo antes mencionado (Saturnal), es interesante subrayar su respuesta a una frase de Simone de Beauvoir, piedra angular de la cuestión. Dice la escritora francesa: “La peor maldición que pesa sobre la mujer es la de haber sido excluida de las expediciones guerreras. No es dando la vida sino arriesgando su vida como el hombre se eleva por encima del animal; por eso en la humanidad, la superioridad ha sido acordada, no al sexo que engendra, sino al que mata”. Y replica Chacel: “Es evidente que ahí radica la supremacía, la real supremacía del hombre, y, ciertamente, la mujer sería otra cosa, sería lo Otro, no podría jamás sentirse prójimo del hombre si no pudiese, en absoluto, realizar este acto específicamente humano de arriesgar la vida voluntariamente. Pero no es así: la mujer, sin excepción, puede hacerlo; toda mujer de cualquier clase o raza está facultada para ello”.

La implacable lucidez de la escritora vallisoletana no se detiene ahí, prosigue abriéndose paso por ese intrincado camino: “Por supuesto, lo que cuenta en el asunto es el hecho real de las expediciones guerreras, pero ¿es que la mujer fue excluida de ellas? Simone de Beauvoir no concibe que, para un número de mujeres, tan extenso que casi permitiría decir la mujer, y de mujeres bien constituidas mentalmente, despiertas, libres, la misión de engendrar tenga un sentido”. En efecto, la mujer no fue totalmente excluida de las expediciones guerreras, hubo incluso, en la Edad Media, órdenes de caballería femeninas.
Rosa Chacel no ceja: “El hombre asume el riesgo de su vida y la mujer asume la responsabilidad de introducir en el mundo unas cuantas vidas”. Este es un punto que, en la actualidad, tiene gran importancia, porque dados los cambios históricos –las formas de hacer la guerra– precisamente cada vez atañe más a los dos sexos la responsabilidad, puesto que los riesgos se han modificado. Por otra parte, la autonomía de las mujeres ante la maternidad, su posibilidad de decisión, hace que esta no suponga una esclavitud para toda la vida: no es comparable tener diez o quince hijos a tener uno. En la antigüedad, solo las mujeres que no estuvieron absolutamente sometidas a sus tareas, es decir, las de clase elevada o las monjas, pudieron cultivarse, y estas demostraron su autonomía y su fuerza creadora. (…)

La poetisa Safo no necesitó justificar en absoluto sus poemas ni el hecho de cantar con toda libertad. Su tono y su mirada eran, sencillamente, los de sus contemporáneos. Y remontándonos todavía más, casi podríamos decir que la mujer no es lo Otro sino lo Uno. Para empezar, 2.500 años antes de Cristo hallamos la primera voz poética conocida, y es precisamente femenina: la sacerdotisa acadia Enheduanna, firme en enunciar y en denunciar. Bastante después, en el siglo X, y dando, como en el tiempo, un salto en el espacio, la primera gran novela de la literatura universal, tal como hoy entendemos el género, es obra de la japonesa Murasaki Shikibu: La historia de Genji, que ha sido comparada con Don Quijote de la Mancha, de Cervantes y con En busca del tiempo perdido, de Proust. En ella se ofrece un retablo de la sociedad de su tiempo que no nos hace pensar en el hilo y la aguja.
En el periodo de los nidos arbóreos ni hombre ni mujer sabían cuál era su realidad, pues no alcanzaban a verse a sí mismos; y en las siguientes etapas, cuando cada paso dado por los pertenecientes a uno y otro sexo era estrictamente necesario, dicho tema –verse hombre o mujer– tampoco se planteaba. Fue cuando quedó lejos el motivo que había inducido a establecer conductas diferentes según el sexo, cuando el hecho resultó alienante, y se reveló bajo una nueva perspectiva. Esto llegó a altos grados de sofisticación durante el Barroco, periodo en que se mezclaba la misoginia con el encubrimiento de los sentires, de un modo que afectaba a las formas. Así se abrió paso el disfraz y, a la vez, un incipiente feminismo.
Actualmente, las panorámicas se amplían como a través de un gran angular, y es lógico que las mujeres escritoras enfoquen su mirada, entre otras cosas, hacia este aspecto del paisaje que las rodea. La consecuencia de esta visión resulta particularmente interesante en las sociedades que aún siguen sometidas a situaciones ancestrales o acaban de conquistar cierto grado de libertad. Ejemplos significativos los hallamos entre las escritoras árabes contemporáneas, muchas de las cuales incluyen en su producción sobrecogedores libros de testimonio.
Esta enunciación de hechos y esta toma de conciencia se relacionan con el desarrollo al que han llegado los pueblos. Todavía los hay que se encuentran en un estadio anterior, sometidos a culturas menos “elaboradas”. Sin embargo, llegado el momento, las mujeres se lanzan a la lucha corriendo tanto “riesgo” como en otros actos de su vida. Curiosamente puede darse, como sucede en algún caso, que sean ellas las creadoras, mientras el hombre no haga otra cosa que prepararse para la guerra. Me refiero a las mujeres afganas de idioma pastún, las cuales, aun siendo analfabetas, son depositarias de una extraordinaria lírica tradicional. En semejante mezcla de estratos históricos como paralelamente se da en la actualidad, mirar al pasado y sus sucesiones resulta, cuando menos, orientador.
Lacan afirmó que todo el problema del ser humano reside en que no hallamos respuesta a la pregunta “qué es ser un hombre y qué es ser una mujer”, pues ni a unos ni a otros los mueve tan claramente el sexo como al animal. Eso es precisamente lo que sucede: el elemento racional otorga grandes posibilidades de proximidad. El poeta siriolibanés Adonis escribió: “La razón es algo que todos compartimos, es lo que todos sabemos. Esto es lo que la razón ofrece por lo que no sirve como método cognoscitivo. Conocer es conocer lo desconocido y diverso. Somos iguales en el plano de la razón, pero somos diferentes en cuanto al cuerpo. Esta diferencia viene representada en el sueño, el deseo, el éxtasis, el movimiento, la dinámica”. Adonis no estaba refiriéndose a los sexos, sin embargo, su lúcida reflexión nos introduce en la realidad siguiente: tanto las diferencias como las proximidades constituyen una verdadera riqueza a la que no debemos renunciar.
- Guardar la casa y cerrar la boca. Clara Janés (Siruela).
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