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Clarice Lispector en un detalle de la portada del libro ‘La náusea literaria’, de Carolina Hernández (Fórcola). /WMagazín

Clarice Lispector: postales literarias y existenciales sobre amor, felicidad, escribir, tiempo, vida…

Conmemoramos el centenario del nacimiento (10 de diciembre) de este clásico brasileño con pasajes de sus novelas, cuentos y ensayos que muestran la riqueza de su universo creativo

Clarice Lispector (Ucrania 1920- Brasil, 1977) es una cazadora de instantes que alumbran el milagro de la vida donde se ven como uno solo la felicidad y la tristeza, el amor y el dolor, el sentimiento y el desamparo, el anhelo y la huida… Los detalles de la existencia en forma y fondo como uno solo constituyen su obra literaria.

Es un clásico de la literatura brasileña y latinoamericana del cual se conmemoran cien años de su nacimiento el 10 de diciembre. En WMagazín le rendimos homenaje con el género preferido por ella: los instantes, los detalles, los fragmentos, los soplos de la vida. Hemos seleccionado pasajes o postales literarias extraídas de sus diferentes libros para aproximarnos a su universo creativo.

«Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente». Estas palabras de Clarice Lispector son su mejor carta de presentación sobre su universo, el estilo, la perspectiva de vida y literatura, de sensibilidad y existencialismo.

Identidad, lengua y palabra son búsquedas constantes que se aprecian en su obra desde cuando con 23 años publicó Cerca del corazón salvaje. La novela aborda el despertar de una adolescente, cuya lectura fue un acontecimiento en su país de tal manera que obtuvo el premio de la Fundación Graça Aranha en 1945. Aunque, como ella misma reconociera, desde los siete años ya fabulaba. De origen judío ucraniano sus padres llegaron a Barasil cuando ella tenía dos años. Desde joven escribió para revistas y periódicos.

«La obra de Clarice se centra toda en la palabra: la palabra entrañada en espíritu de mujer», escribe Basilio Losada en la introducción de Cerca del corazón salvaje, en ediciones Siruela donde está toda su obra en España. «No es la suya una literatura de mujer calcada sobre los esquemas de la literatura masculina y con intención de transgredirla. El hombre apenas aparece, y no se establecen sobre él juicios ni tácitos ni expresos. El hombre es algo que dispara los elementos centrales del alma femenina para construir una historia que quizá solo pueda ser comprendida enteramente desde una perspectiva que escapa a la mentalidad masculina».

En la biografía Por qué este mundo. Una biografia de Clarice Lispector (Siruela), Benjamin Moser demuestra que la evolución de la autora brasileña como escritora estuvo íntimamente relacionada con el discurrir de su turbulenta vida. Esta biografía de «esa extraña mujer que se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf» reivindica, por primera vez, sus raíces en la tradición mística judía, que la convierten en heredera de Kafka, y desentraña los mitos que rodean a esta extraordinaria figura con una obra de resonancia universal. (Puedes leer un fragmento exclusivo de esta biografía en este enlace de WMagazín).

La náusea literaria (Fórcola), de Carolina Hernández, es otra aproximación al mundo de Lispector. Es una biografía literaria e intelectual, y, por ende, geografía de la sensibilidad de la escritora brasileña. Un libro, señala la editorial, en el que están «eros, tánatos, tedio, angustia, epifanía, dolor, alegría, el cuerpo, lo neutro, lo vivo, la propia existencia, la incomunicación social, son las constantes de toda su narrativa, cimentada en una perseverante búsqueda del lenguaje y las palabras».

Los siguientes pasajes muestran la sensibilidad, pensamiento y alma de pintora de Clarice Lispector que busca capturar la vida en un puñado de palabras vivas:

Clarice Lispector (Ucrania, 1920-Brasil,1977).

Postales literarias de Clarice Lispector

Aire. «El comedor está a oscuras, húmedo y sofocante. Abre las ventanas de golpe. Y la claridad penetra con ímpetu. El aire nuevo entra rápido, lo toca todo, mueve la cortina clara. Parece que hasta el reloj suena más vigorosamente. Luísa se queda ligeramente sorprendida. Hay tanto encanto en esa habitación alegre, en esas cosas súbitamente claras y reavivadas». (Donde se enseñará a ser feliz y otros escritos).

Amor. «Se puede dar un amor natural, común. Se puede sentir pena por una persona o atracción física hacia ella y enga­ñarse pensando que esa reacción es amor. Pero para que exista el amor real es necesario admirar alguna cosa en él o en ella. Theodore Reik cree que el «amor sólo es posible cuando atribuyes un valor más alto al otro que a ti mismo, cuando ves en ella o en él una personalidad que, por lo menos en algún sentido, es superior a la tuya». (Solo para mujeres).

Atardecer. «Al ponerse el sol los gallos invisibles aún cantaban. Y, mezclándose todavía con el polvo metálico de las fábricas, el olor de las vacas nutría el atardecer. Pero de noche, con las calles repentinamente desiertas, ya se respiraba el silencio como desasosiego, como en una ciudad; y en la luz temblorosa de las casas todos parecían estar sentados. Las noches olían a estiércol y eran frescas. A veces llovía». (La ciudad sitiada).

Corazón. «Con el corazón latiendo en un cuerpo súbitamente vacío de sangre, el corazón despeñándose, cayendo furiosamente, las aguas corriendo, ella intentó entreabrir los labios, insinuar aunque solo fuese una palabra cálida. Como el grito imposible en una pesadilla, no se escuchó ningún sonido y las nubes se deslizaron rápidas por el cielo hacia un destino».(…)

«El corazón latía con un alborozo doloroso y húmedo como si fuese atravesado por un deseo imposible. Y la vida del día comenzaba perpleja». (La lámpara)

Desamor. «Para rehacerme y rehacerte vuelvo a mi estado de jardín y de sombra, fresca realidad, apenas existo y si existo es con un delicado cuidado. Alrededor de la sombra hace un calor de sudor abundante. Estoy viva. Pero siento que aún no he alcanzado mis límites, ¿fronteras con qué?, sin fronteras, la aventura de la libertad peligrosa. Pero me arriesgo, vivo arriesgándome. Estoy llena de acacias que se balancean, amarillas, y yo que apenas he comenzado mi jornada, la empiezo con un sentido de tragedia, adivinando hacia qué océano perdido van mis pasos de vida. Y locamente me apodero de los desvanes de mí, mis desvaríos me asfixian de tanta belleza. Yo soy antes, yo soy casi, yo soy nunca. Y todo eso lo he obtenido al dejar de amarte«. (Agua viva).

Día. «Y la claridad neutra cubría el campo. Pájaros oscuros volaban. Todo el follaje estaba ahora traspasado de luz, de gravedad y de perfume. La mujer escupía a lo lejos con más seguridad, los brazos en jarras. Su dureza de joya. El alambre se balanceaba bajo el peso de un gorrión. Ella escupía otra vez, áspera, feliz. El trabajo de su espíritu ya se había hecho: era de día». (La ciudad sitiada).

Escribir. «Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras: ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo». (Un soplo de vida).

Existencia. «Pero es que tampoco sé qué forma dar a lo que me ha ocurrido. Y sin dar una forma, nada existe para mí. ¡¿Y… y si en realidad nada ha existido?! ¿Quién sabe si nada me ha ocurrido? Solo puedo comprender lo que me ocurre, mas solo sucede lo que comprendo, ¿qué sé de lo demás? Lo demás no existe. ¡Quién sabe si nada ha existido! ¿Quién sabe si he sufrido solamente una lenta y gran disolución? ¿Y que mi lucha contra esa desintegración sea esta: la de intentar ahora darle una forma? Una forma circunscribe el caos, una forma da estructura a la sustancia amorfa; la visión de una carne infinita es la visión de los locos, pero si cortase yo la carne en pedazos y los distribuyese a lo largo de los días y según los apetitos, entonces no sería ya la perdición y la locura: sería nuevamente la vida humanizada. La vida humanizada. Yo había humanizado demasiado la vida. Pero ¿qué hacer ahora? ¿Debo encararme con la visión entera, incluso si ello significa tener una verdad incomprensible? ¿O debo dar una forma a la nada, y este será mi modo de integrar mi propia desintegración en mí?». (La pasión según GH).

Felicidad. «Esas explosiones eran frecuentes. Siempre estaba la amenaza de su partida. Luísa, ante esa palabra, se transformaba. Ella, tan llena de dignidad, tan irónica y segura de sí, le había suplicado que se quedase, con una palidez y locura tales en el rostro que las otras veces él lo había aceptado. Y la felicidad la invadía, tan intensa y clara que la recompensaba de lo que nunca imaginaba que fuese una humillación, pero que él le hacía entrever con argumentos irónicos que ella ni escuchaba».  (Donde se enseñará a ser feliz y otros escritos).

Instante. «¿Mi tema es el instante? Mi tema de vida. Intento estar a su nivel, me divido millares de veces en tantas veces como los instantes que transcurren, tan fragmentaria soy y tan precarios los momentos, sólo me comprometo con la vida que nace con el tiempo y que crece con él; sólo en el tiempo hay espacio para mí». (Agua viva).

Libro. «Cada nuevo libro es un viaje. Pero un viaje con los ojos vendados por mares jamás vistos: con la venda en los ojos, el terror de la oscuridad es total. Cuando siento una inspiración, muero de miedo porque sé que de nuevo viajaré solo por un mundo que me rechaza. Pero mis personajes no tienen la culpa de que así sea y entonces los trato lo mejor posible. Ellos vienen de ningún lugar. Son la inspiración. Inspiración no es locura. Es Dios. Mi problema es el miedo a volverme loco. Tengo que controlarme. Existen leyes que rigen la comunicación. Una condición es la impersonalidad. Separarse e ignorar son el pecado en un sentido general. Y la locura es la tentación de poderlo todo. Mis limitaciones son la materia prima que ha de trabajarse mientras no se alcance el objetivo. Yo vivo en carne viva, por eso me interesa tanto darle cuerpo a mis personajes. Pero no aguanto y los hago llorar sin venir a qué». (Un soplo de vida)

Luna. «El resplandor de la luna imprimía mil puertas mudas en las puertas y la plaza se había quedado pasmada en la postura torcida en que había sido sorprendida. Era el mismo frío reconocimiento de cuando se oía el clarinete de un ciego». (La ciudad sitiada).

Música. «Estoy oyendo música. Debussy usa la espuma del mar que muere en la arena, refluyendo y fluyendo. Bach es matemático. Mozart es lo divino impersonal. Chopin cuenta su vida más íntima. Schönberg, a través de su yo, llega al clásico yo de todo el mundo. Beethoven es la emulsión humana en tempestad que busca lo divino y solo lo alcanza en la muerte. Yo, que no pido música, solo llego al umbral de la palabra nueva. Sin valor para exponerla. Mi vocabulario es triste y a veces wagneriano-polifónico-paranoico. Escribo de manera muy sencilla y desnuda. Por eso hiere. Soy un paisaje agrisado y azul. Me elevo en la fuente seca y en la luz fría». (Un soplo de vida)

Presentimiento. «Avanzaba trémula ante sí misma, volaba con los sentidos hacia delante atravesando el aire tenso y perfumado de la noche nueva. No quiero que el pájaro vuele, se decía ahora, casi una luz en el pecho a pesar del terror, y con una percepción cansada y difícil presentía los movimientos futuros de las cosas un instante antes de que sonasen». (La lámpara).

Silencio. «Pero el silencio se había prolongado infinitamente, solo rasgado por el ruido monótono de la cigarra. La noche sin luna había invadido lentamente la habitación. El aire fresco de junio la hacía estremecerse. (Donde se enseñará a ser feliz y otros escritos).

Sol. «Ese mismo día, cuando el sol ya se ponía, el oro se esparció por las nubes y por las piedras. Los rostros de los habitantes se doraron como armaduras y así brillaban los cabellos sueltos. Las fábricas polvorientas pitaban continuamente, la rueda de una carreta tenía aureola. En ese oro pálido entre la brisa había una ascensión de espada desenvainada; así se erguía la estatua de la plaza». (La ciudad sitiada)

Tiempo. «El tiempo no existe. Lo que llamamos tiempo es el movimiento de evolución de las cosas, pero el tiempo en sí no existe. O existe inmutable y en él nos trasladamos. El tiempo pasa demasiado deprisa y la vida es tan corta. Entonces —para no ser presa de la voracidad de las horas y de las novedades, que hacen pasar el tiempo deprisa— cultivo una especie de tedio. Saboreo así cada detestable minuto. Y cultivo también el vacío silencio de la eternidad de la especie. Quiero vivir muchos minutos en un solo minuto. Quiero multiplicarme para poder abarcar incluso esas áreas desérticas que dan idea de inmovilidad eterna. En la eter-nidad no existe el tiempo. Noche y día son contrarios porque son el tiempo y el tiempo no se divide. De ahora en adelante el tiempo será siempre actual. Hoy es hoy. Me sorprendo y al mismo tiempo desconfío de tanto que me es dado. Y mañana tendré de nuevo un hoy. Hay algo doloroso y tajante en vivir el hoy. El paroxismo de la nota más fina y alta de un violín insistente. Pero está el hábito y el hábito anestesia. El aguijón de la abeja del día floreciente de hoy. Gracias a Dios, tengo qué comer. El pan nuestro de cada día». (Un soplo de vida)

Tortura. «Se asoma a la ventana. A la sombra de esos árboles en alameda que terminan a lo lejos en la carretera roja de barro… En realidad nunca había reparado en nada de eso. Siempre había vivido allí con él. Él lo era todo. Solo él existía. Él se había ido. Y las cosas no estaban del todo desprovistas de encanto. Tenían vida propia. Luísa se pasó la mano por la frente, quería alejar los pensamientos. Con él había aprendido la tortura (sic) las ideas, profundizando en sus menores partículas». (Donde se enseñará a ser feliz y otros escritos).

Verdad. «Pensar es un acto. Sentir es un hecho. Los dos juntos son yo que escribo lo que estoy escribiendo. Dios es el mundo. La verdad es siempre un contacto interior e inexplicable. Mi vida más verdadera es irreconocible, interior en extremo, y no tiene una palabra sola que la signifique. Mi corazón se ha vaciado de todo deseo y se reduce al mero último o primer latido». (La hora de la estrella)

Vivir. «Esto no es una lamentación, es el grito de un ave de rapiña. Irisada e inquieta. Un beso en la cara muerta. Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida. Vivir es una especie de locura que la muerte comete. Porque en ellos vivimos, vivan los muertos». (Un soplo de vida).

Voz. «La voz no había alterado el silencio de la noche pero había repartido su oscuridad, como si el grito fuese un rayo blanco». (La lámpara)

Yo. «Sé que este libro no es fácil, aunque sí lo es para quienes creen en el misterio. Al escribirlo no me conozco, me olvido de mí. Yo, que aparezco en este libro, no soy yo. No es autobiográfico, vosotros no sabéis nada de mí. Nunca te he dicho y nunca te diré quién soy. Yo soy vosotros mismos. Tomé de este libro solo lo que me interesaba: dejé de lado mi historia y la historia de Ángela. Lo que me importa son instantáneas fotográficas de las sensaciones pensadas, y no la pose inmóvil de los que esperan que yo diga: ¡mire el pajarito! No soy un fotógrafo ambulante». (Un soplo de vida).

Antología de libros de Clarice Lispector. /WMagazín

 

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