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Portadas de tres novelas clásicas de Colombia que hablan del occidente del país, precisamente las zonas afectadas por el terremoto de 7.4 del 10 de agosto de 2026. /WMagazín

Colombia en tres novelas: ‘María’, ‘Las estrellas son negras’ y ‘Risaralda’, un mapa literario del occidente

Tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente del país, volvemos a las páginas que han convertido sus ríos, montañas, selvas y comunidades en memoria. Tres autores clásicos que hablan de las zonas afectadas de Chocó, Valle del Cauca y Eje cafetero: Arnoldo Palacios, Jorge Isaacs y Bernardo Arias Trujillo. La literatura como relicario

“Hundíase en los confines nebulosos del Pacífico el sol del veinticinco de julio, llenando el horizonte de resplandores de oro y rubí…”.

Este pasaje de la novela clásica colombiana María, quizá uno de los que Jorge Isaacs escribió mientras trabajaba en las selvas del Dagua, entre Cali y Buenaventura, en las costas del Pacífico, nos lleva hasta una de las zonas afectadas por el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el 10 de agosto de 2026.

Con este clásico del romanticismo latinoamericano, que habla de los sentimientos y canta al paisaje colombiano, abrimos nuestro homenaje a Colombia a través de tres novelas que trazan un mapa literario de su occidente.

Son tres voces para un mismo país que permiten verlo, sentirlo, pensarlo, soñarlo y recordarlo a través de tres formas de mirar la tierra:

Valle del Cauca y la tierra habitada: María, de Jorge Isaacs, la tierra como memoria y hogar que siempre acompaña.

Chocó y la tierra que fluye: Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios, la tierra como río y vida cotidiana, en comunión con la naturaleza.

Eje Cafetero y la tierra que se extiende: Risaralda, de Bernardo Arias Trujillo, la tierra como origen, comunidad y futuro.

Un viaje a esa Colombia que permanece en la memoria a través de estos pasajes literarios.

Valle del Cauca: María, de Jorge Isaacs (1867)

La historia de amor imposible entre María y Efraín, en la que montañas, ríos, selvas, haciendas y personas forman parte de una misma naturaleza alrededor de la inolvidable hacienda El Paraíso:

“Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca hacen enmudecer a quien los contempla. […] Antes de ponerse el sol, ya había yo visto blanquear sobre la falda de la montaña la casa de mis padres. Al acercarme a ella, contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, a través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones”.

 

Chocó: Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios (1949)

El Chocó olvidado cobra vida en esta novela que habla de su pasado nativo y esclavo, de la tradición y la modernidad, de la belleza de la naturaleza, de las injusticias y la dignidad, y del desdén de los gobiernos. La historia de la propia novela tiene algo de novelesco: el manuscrito original se perdió en el incendio del Bogotazo (tras el asesinato del candidato liberal a la presidencia Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, que desató una ola de violencia por todo el país) y Palacios reconstruyó la obra de memoria:

“Irra bajó a la playa con el ánimo de embarcarse a pescar. Llevaba la boya en la mano, y lombrices dentro de un mate lleno de tierra húmeda. Vestía unos calzones de baño, reducción de pantalones largos ya demasiado despedazados de viejos. Miró sobre su cabeza el cielo azul, y sobre el Atrato la luz vesperal plateando las ondas”.

 

Eje Cafetero: Risaralda, de Bernardo Arias Trujillo (1935)

Un Génesis bíblico de una parte clave de Colombia que relata la colonización del valle de Risaralda y la formación de Sopinga, posteriormente La Virginia. Una tierra que daría progreso, riqueza y nombre a Colombia a través de los cultivos de café; una tierra de encuentros entre nativos, negros, colonizadores y mestizos, pero también de racismo, poder e injusticia:

“Pero un día, un negro desvirgó la pubertad de la montaña. Vino, caballero sobre una balsa, en gitano errabun­daje huyendo de la guerra civil, y allí plantó su tienda, absorto ante este valle de dicha, abrigado por dos cordilleras y ceñido por dos ríos fraternales.

En ese paraíso el río Cauca procedía su rumbo hacia el río Magdalena, igualmente, el río Risaralda abría su esplendor a un porvenir que no conocía. El negro Salvador Rojas, probablemente en los años cincuenta del siglo XIX, hizo suyo el valle de ensueño. Participó a otros negros su descubrimiento, ahora su tierra, y diez o doce andarines de ébano se reunieron allí, anclaron sus ensueños en tierra tan querendona y nombraron el lugar ‘Sopinga’, apelativo sonoro, muy bien puesto, de sabor negruzco y fácil deletreo”.

 

Este es un tríptico literario con María, Las estrellas son negras y Risaralda que hablan del encuentro entre mundos para avanzar y progresar, de ilusión y destrucción, de olvido y memoria. De que, a pesar de lo que la naturaleza o el ser humano puedan hacer, la literatura es un relicario.

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Maribel Lienhard

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