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Imagen sobre ‘La nueva longevidad’, de Andrew Scott y Lynda Gratton. /WMagazín

Cómo afrontar los desafíos de la longevidad cada vez más larga con el apoyo de todos

Desde lo laboral y las pensiones hasta las relaciones para evitar la soledad son varios los retos que debe afrontar una sociedad donde la gente vive más años. El libro 'La nueva longevidad' expone la situación y analiza posibles soluciones en un tema que convoca a todas las personas

Presentación WMagazín El logro de tener una vida más longeva y con mayor bienestar nos convoca a todos, a cada uno de nosotros, no solo a los gobiernos y a la ciencia, y replantear muchas de las relaciones y acciones desarrolladas hasta hoy. Ahora que el ser humano empieza a vivir más tiempo se enfrenta a varias desafíos, paradojas y problemas que van desde su actividad laboral hasta la soledad a la que se enfrenta, además de los temores a que la tecnología, en esta caso relacionada con la Inteligencia Artificial, aumente los desequilibrios y ponga en riesgo la calidad de vida de la gente más longeva. Gran parte de esta realidad es analizada por Andrew J. Scott y Lynda Grattoni en el libro La nueva longevidad. Cómo adaptarse a los desafíos de una vida más larga (Galaxia Gutenberg).

WMagazín publica algunos pasajes cruciales de esta obra que además de describir esta realidad invita a reflexionar sobre la tarea pendiente que tenemos todos de manera individual, social y colectiva, más allá de las soluciones de los gobiernos y la ciencia.

Antes del avance más extenso, un fragmento importante que tiene que ver con la relación independencia y dependencia y los cambios profundos que afronta esta situación:

«Los seres humanos se han apoyado siempre unos en otros y esa capacidad de actuar de forma colectiva y colaborar para construir cosas ha sido la base de su éxito. Ahora que vivimos una vida más larga y con más transiciones, tenemos la posibilidad de revisar cómo forjar y mantener las relaciones. La capacidad de adaptación y la flexibilidad de una vida de múltiples etapas nos ofrece muchas oportunidades para crecer y evolucionar. Pero, si al mismo tiempo no profundizamos y nos esforzamos en nuestras relaciones, cuando nos enfrentemos a más transiciones, correremos peligro de que nuestra vida se fragmente. Podríamos quedar a la deriva sin el sentido de nuestro yo y nuestra identidad».

La siguiente es la lectura que ofrece WMagazín de La nueva longevidad. Cómo adaptarse a los desafíos de una vida más larga, una obra importante que merece la pena leer con calma y mucha reflexión:

Imagen sobre 'La nueva longevidad', de Andrew Scott y Lynda Gratton. /WMagazín

'La nueva longevidad. Cómo adaptarse a los desafíos de una vida más larga'

Por Andrew J. Scott y Lynda Grattoni

«Vivimos en una época en la que el desfase entre el ingenio tecnológico y el social es cada vez mayor. La creatividad tecnológica está avanzando a toda velocidad, mientras que el ingenio social se queda atrás y, por consiguiente, nuestras formas sociales –las estructuras y los sistemas que forman el contexto de nuestra vidano están aún a su altura. Nos deslumbran los logros inminentes que promete la tecnología, pero nos inquietan las consecuencias sociales.

En Frankenstein, la novela de Mary Shelley, la criatura del doctor Victor Frankenstein se rebela y mata a su hacedor. También hoy existe una sensación de «síndrome de Frankenstein», el temor a que precisamente nuestros triunfos tecnológicos humanos se vuelvan contra nosotros y, en lugar de progreso, nos proporcionen miseria. En otras palabras, el miedo a que la creatividad tecnológica se manifieste con tanta fuerza y tanta rapidez que aplaste nuestro estilo de vida y corramos el riesgo de perder nuestro empleo, nuestro sustento e incluso nuestro concepto de lo que significa ser humano.

Los medios de comunicación están llenos de ese tipo de advertencias: «La automatización costará ochocientos millones de puestos de trabajo de aquí a 2030», «más de la mitad del empleo estadounidense en peligro». Y estos miedos no son solo económicos, sino incluso existenciales. Stephen Hawking expresó así su temor: «El desarrollo de la plena inteligencia [artificial y generalizada] puede anunciar el fin de la raza humana», un miedo que comparten personajes como Bill Gates y Elon Musk. La novela de Shelley es un relato aleccionador sobre el ingenio y los conocimientos humanos.

La preocupación por el ingenio humano no se limita a la tecnología. También existe un profundo malestar a propósito de la longevidad. Durante el siglo XX esa capacidad de invención produjo grandes mejoras en la salud pública y avances médicos asombrosos que han prolongado enormemente la vida. Al comenzar el siglo, una niña nacida en el Reino Unido tenía una esperanza de vida de unos 52 años; a finales de siglo había aumentado a 81 años (y en 2010, a 83). En 2050 habrá en China más de 438 millones de personas mayores de 65 años (más personas que las que componen la población actual de Estados Unidos); en Japón, una de cada cinco personas tendrá más de ochenta años. Pero, en vez de celebrar estos avances extraordinarios, existe el miedo a que una sociedad envejecida haga que algunos países entren en bancarrota, destruya pensiones, aumente el gasto sanitario y desemboque inevitablemente en una economía más débil. Tenemos miedo al ingenio humano y nos preocupa que el avance del conocimiento socave la vida y el bienestar de las personas.

La preocupación por que los logros humanos sean contraproducentes es comprensible, pero, a nuestro juicio, es restrictiva. Dados los antecedentes históricos, tiene que haber formas posibles de garantizar los beneficios para la humanidad. ¿No deberíamos considerar que las nuevas tecnologías inteligentes y la posibilidad de tener vidas más largas y saludables son ventajas, y no problemas? ¿Las nuevas tecnologías inteligentes y la vida más larga y saludable no deberían ser oportunidades, y no problemas? En palabras de Joseph Coughlin, director de AgeLab, el laboratorio del envejecimiento en el Massachusetts Institute of Technology (MIT): «¿El mayor triunfo en la historia de la humanidad, y lo único que somos capaces de decir es que va a arruinar Medicare? ¿Por qué no aprovechamos para crear nuevos relatos, nuevos rituales y nuevas mitologías para las personas en su proceso de envejecimiento?».

El reto es que, para palpar verdaderamente esas ventajas, el ingenio social debe ser tan amplio, profundo e innovador como la creatividad tecnológica. Y eso significa que cada uno de nosotros debe ser creativo: estar dispuesto a desafiar las normas, crear formas de vida nuevas, construir análisis más profundos, experimen tar y estudiar. Y significa también que nuestras instituciones –ya sean de gobierno, educativas o empresariales– deben estar a la altura del reto del ingenio social.

Esa necesidad de ingenio social es el factor fundamental que nos mueve a escribir este libro. Nuestra esperanza es suscitar una conversación sobre lo que, como seres humanos, nos gustaría lograr en respuesta a las nuevas tecnologías y al aumento de la longevidad y cómo podemos intentar ser más fuertes en las décadas venideras.

Pioneros sociales

Las discusiones sobre cómo va a cambiar nuestro futuro se centran siempre en los fenómenos del «ascenso de los robots» y la «sociedad envejecida». Resulta llamativo lo impersonales que son estas expresiones. Hablan de máquinas o del «otro». Sin embargo, la creatividad humana necesaria para que estos avances nos beneficien a todos será intrínsecamente personal.

El motivo es que las tendencias generales y aparentemente impersonales de la longevidad y la tecnología tienen enorme repercusión en lo que significa ser humano. Como vamos a ver, están influyendo en si nos casamos y cuándo, en nuestras formas de compaginar la familia con el trabajo y distribuir las tareas entre los sexos, en lo que aprendemos, cómo aprendemos y de quién, en lo que pensamos de nuestra carrera y nuestro trabajo y cómo construimos nuestra identidad profesional, en lo que hacemos en cada etapa de nuestra vida y cómo elaboramos un relato vital.

Estos fundamentos de la vida están cambiando, como es inevitable. La pregunta que debemos hacernos es: ¿en qué queremos que se conviertan?

Dado que millones de personas afrontan los mismos dilemas y se hacen las mismas preguntas, esta preocupación está empezando a ser terreno fértil para el ingenio social. Lo que está claro es que el pasado no va a ser la guía más acertada para el futuro. No parece que las opciones tradicionales de las generaciones anteriores sean apropiadas; y quizá las estructuras sociales que solían servir de marco de vida ya no son capaces de cumplir su función. Necesitaremos comprender estas tendencias y tener el valor y la motivación que nos empujen a actuar en consecuencia. Sea cual sea nuestra edad, a medida que la longevidad y la tecnología nos sitúan en circunstancias completamente nuevas, debemos estar preparados para experimentar como individuos, pero también colectivamente, como familias, empresas, educadores y gobiernos. Debemos estar preparados para ser pioneros sociales: ese es el mensaje fundamental de este libro.

(…)

Los seres humanos se han apoyado siempre unos en otros y esa capacidad de actuar de forma colectiva y colaborar para construir cosas ha sido la base de su éxito. Ahora que vivimos una vida más larga y con más transiciones, tenemos la posibilidad de revisar cómo forjar y mantener las relaciones. La capacidad de adaptación y la flexibilidad de una vida de múltiples etapas nos ofrece muchas oportunidades para crecer y evolucionar. Pero, si al mismo tiempo no profundizamos y nos esforzamos en nuestras relaciones, cuando nos enfrentemos a más transiciones, correremos peligro de que nuestra vida se fragmente. Podríamos quedar a la deriva sin el sentido de nuestro yo y nuestra identidad.

Equidad generacional: ¿viven peor los jóvenes que los viejos?

Al comienzo de la Revolución francesa, el poeta inglés William Wordsworth escribió: «Qué felicidad era en aquel comienzo estar vivo, pero ser joven era el paraíso».22 Ahora que estamos en el comienzo de una revolución impulsada por la IA y unas vidas más largas, no es fácil decir lo mismo sobre los jóvenes de hoy.

Para sus padres y sus abuelos, al menos en el mundo desarrollado, una vida en tres etapas fue suficiente para mantener una familia, una casa y una pensión. Para los jóvenes, esta es una perspectiva poco probable. No van a trabajar toda su vida en el mismo puesto o incluso en el mismo sector y, sin embargo, necesitan hacer planes para una vida profesional de sesenta años. Y mientras que, para la generación de sus padres, un título universitario era garantía de tener una buena carrera y un buen salario, no parece que ese vaya a ser su caso. En muchos países a los jóvenes les está costando más conseguir empleo y subir el primer peldaño de la escala profesional, pueden estar seguros de que su trayectoria va a sufrir más perturbaciones y su educación inicial no va a ser suficiente para propulsarlos toda su vida. A las generaciones de más edad, la vida en tres etapas les daba una carrera estable y seguridad económica; para los jóvenes, el futuro probablemente va a consistir en una larga lucha para salir adelante. (…)

No todo es desalentador para los jóvenes, desde luego. Si pensamos en asuntos como la identidad sexual y lo que han progresado los derechos LGTB, en muchos sentidos, los jóvenes viven mejor que las generaciones anteriores. El aumento de la esperanza de vida, tanto el ya logrado como el que puede haber en el futuro, significa que los jóvenes vivirán más tiempo. Un estudio reciente sugiere que los tres años extra de esperanza de vida que tienen los franceses respecto a los estadounidenses equivalen al 16 % del consumo anual de una persona. Con esos datos, si la esperanza de vida sigue aumentando, la renta tendría que bajar mucho en comparación con la de sus padres para que los jóvenes no vivan mejor en general.

En nuestra opinión, la base de este conflicto intergeneracional es que la vida en tres etapas es insostenible. La distancia creciente entre el ingenio tecnológico y el ingenio social hace que la vida en tres etapas haya dejado de ser viable y los jóvenes necesiten un mapa nuevo para recorrer su vida futura, que les ofrezca prosperidad económica y una plataforma para crecer como seres humanos.

Sin embargo, aunque cuanto más joven es una persona, más sustanciales son los cambios que tendrá que hacer para crear una nueva vida longeva, son necesarias transformaciones independientemente de la edad que se tenga. Todo el mundo está iniciando un proceso de cambio. Quizá sean distintos esos cambios entre unas generaciones y otras, pero es preciso que compitan entre sí para satisfacer esa necesidad. Lo que sí hace falta son instituciones políticas que ayuden a los diferentes grupos de edad a trabajar juntos mientras vivan, en lugar de crear un conflicto intergeneracional.

Veamos, por ejemplo, la estrategia del programa Diseño Futuro en Japón. En este experimento, llevado a cabo en 2015 en la ciudad de Yahaba, se pidió a los ciudadanos que esbozaran una idea de la ciudad a largo plazo, hasta 2060. Los dividieron en dos grupos: a uno le pidieron que imaginara y representara las opiniones de la generación actual y al otro, las de los que estarían en activo en 2060. Como era de esperar, los que representaban a las generaciones futuras tenían una postura más exigente sobre los problemas actuales más difíciles, mientras que los que se centraban en el presente eran más complacientes. Lo fascinante es que el experimento produjo resultados diferentes, pero, sobre todo, transformó la mentalidad de los ciudadanos a los que se les había pedido que representaran a las generaciones futuras. Un enfoque de este tipo es especialmente necesario en asuntos como el cambio climático.

Avances literarios en la portada de WMagazín.

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