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Crisis climática y extinción de especies: cómo se adapta la naturaleza al cambio planetario y qué puede aprender el ser humano para sobrevivir

David Farrier revela en el libro ‘El ingenio de la naturaleza’ (Crítica) las amenazas y desafíos que enfrenta la evolución ante los cambios acelerados provocados por la intervención humana. Mientras el planeta siga alterándose —advierte— “la muerte será masiva”. ¿Qué podemos hacer?

Presentación WMagazín Un millón de especies de plantas y animales podrían extinguirse de aquí al año 2100, según un informe de las Naciones Unidas de 2019. Las amenazas sobre la vida en la Tierra ponen a prueba sus caminos de supervivencia.

La vida en el planeta está cambiando a una velocidad insospechada y su continuidad está amenazada. ¿Puede el ser humano reconstruir el mundo para que toda forma de vida vuelva a prosperar? ¿Cuál será el precio?

La naturaleza es una maestra y deberíamos aprender de ella.

Aunque los seres vivos se han ido adaptando a las diferentes condiciones del planeta, desde hace cuatro mil millones de años, la situación actual, provocada por el impacto humano, ha llevado esta situación al límite debido a la rapidez de los cambios y al deterioro ambiental. Una amenaza y un desafío inéditos que ponen a prueba su capacidad de adaptación.

Un viaje por este cambio constante lleno de retos, sorpresas y hallazgos es el que realiza David Farrier en el libro El ingenio de la naturaleza. Lecciones de evolución para un planeta cambiante (Traducción: Pedro Pacheco González, en editorial Crítica).

Las múltiples formas en que los animales se ajustan al paisaje urbano y logran sobrevivir pueden ayudar a diseñar ciudades sostenibles. “El estudio de otras inteligencias puede inspirarnos a reinventar nuestras economías. La evolución bacteriana puede ofrecer soluciones al problema de los residuos. La biología sintética podría rescatar especies al borde de la extinción. Y pensar en las escalas de tiempo de la naturaleza puede guiarnos hacia un futuro mejor”, resume la editorial sobre el libro.

Es la segunda vez que David Farrier rastrea la historia y la evolución de la vida en el planeta. Profesor de literatura inglesa en la Universidad de Edimburgo, su primer libro, Huellas. En busca del mundo que dejaremos atrás, ganó el premio Giles St. Aubyn concedido por la Real Sociedad de Literatura al mejor primer libro por encargo de no ficción. Sus trabajos se han publicado en Aeon y The Atlantic.

WMagazín publica un pasaje clarificador de El ingenio de la naturaleza. Lecciones de evolución para un planeta cambiante que permite asomarse a las enseñanzas que dejan las diversas especies animales en su transformación. ¿Encontrará la vida su camino?

El ingenio de la naturaleza. Lecciones de evolución para un planeta cambiante

Por David Farrier

Vivimos en un mundo repleto de maravillas que se enfrentan a la peor de las tragedias. Aunque las golondrinas risqueras han encontrado la forma de convivir con al menos un tipo de amenaza humana, en todo el mundo las poblaciones de la mitad de las especies de aves son cada vez menores. En 2019 un informe de las Naciones Unidas predijo que de aquí al año 2100 se podrían extinguir hasta un millón de especies de plantas y animales. Pero en medio de esta crisis está sucediendo algo que es menos perceptible, un proceso silencioso y sutil. Algunos organismos están cambiando a una velocidad asombrosa. Todos y cada uno de los actores que están impulsando y acelerando la extinción (agricultura, urbanización, propagación de especies introducidas artificialmente, contaminación e incluso cambio climático) también están impulsando su evolución.

Durante casi 4.000 millones de años, la vida en la Tierra ha ido tomando caminos diferentes. En cada uno de ellos se ponía a prueba una nueva forma de sentir, de moverse o de reproducirse y siempre encontraba el modo de afrontar el reto del momento. Pero en un planeta dominado por los humanos, las exigencias para salir adelante están poniendo a prueba este ingenio. Salvo en la Antártida, en el resto de los continentes, los cuerpos y los comportamientos de animales, plantas e insectos están cambiando como respuesta a las presiones asociadas al clima y a nuestra influencia sobre los ecosistemas naturales. El calentamiento global ha obligado a casi todas las formas de vida, desde corales y musgos hasta pájaros y mariposas, a desplazarse a mejores lugares. En las ciudades, los edificios altos, los ferrocarriles subterráneos y los parques son versiones artificiales de acantilados, cuevas y cursos de agua. La navegación transoceánica ha vuelto a unir continentes que se separaron hace cientos de millones de años. Nuestras huellas están por todas partes: en los pájaros que olvidan sus cantos, en las arañas urbanas que tejen nuevas redes y en los elefantes que nacen sin colmillos para escapar del ansia asesina de los cazadores. En la actualidad, la civilización humana es la mayor fuerza evolutiva del mundo.

Las condiciones a las que se enfrentan todas las formas de vida de la Tierra están cambiando constantemente, pero ¿qué lecciones podemos extraer de este proceso que nos ayuden a conseguir que el futuro sea habitable para todos? De hecho, podemos aprender mucho de la capacidad de transformación impulsada por la evolución, incluso en los casos en que esta ha sido impulsada por la actividad humana (por ejemplo, sobre cuestiones tan urgentes y diversas como la construcción de ciudades sostenibles, la lucha contra la contaminación o el cambio climático).

Pero antes de hablar sobre todas estas lecciones, quisiera lanzar una advertencia: el hecho de que la humanidad sea actualmente la principal fuerza impulsora de la evolución (una fuerza que ha moldeado la vida en nuestro planeta durante 3.700 millones de años) no es motivo de celebración. Tampoco lo es que los humanos fuercen el proceso evolutivo simplemente para sentirse satisfechos. La adaptación no es la solución a todos los problemas. El hecho de que muchas especies se estén adaptando a los retos de la vida en un planeta dominado por los humanos no nos exime de ser los responsables de la crisis de la biodiversidad. No podemos quedarnos quietos y dejar que la selección natural recoja los pedazos de nuestros ecosistemas destrozados y haga algo con ellos. Mientras sigamos alterando la química de la atmósfera y los océanos, destruyendo el medioambiente para construir carreteras y obtener recursos e inundando el aire, el suelo y el agua con toxinas industriales, la muerte será masiva.

Para la mayoría de las especies, el ritmo al que se está deteriorando el clima y al que se van destruyendo sus hábitats naturales es demasiado rápido; cuanto más adaptados estén una planta o un animal a su nicho ecológico, menos probable será que se adapte cuando la vida en ese nicho, anteriormente ideal, se vuelva imposible. Los ecosistemas del futuro estarán compuestos por las especies más resistentes y adaptables, pero muchas de las que puedan adaptarse a las nuevas condiciones evolucionarán en el camino equivocado. Una mala adaptación es aquella en la que el cambio hace más vulnerable a una criatura. Pero ese riesgo siempre ha existido. En un ecosistema, las alteraciones rara vez surgen de forma aislada. Los ecosistemas funcionan gracias al gran número de relaciones interdependientes que coexisten en ellos. Las alteraciones sutiles de esas relaciones pueden, acumulativamente, tener graves consecuencias. (…)

Lo que ocurra ahora podría tener profundas implicaciones, incluso en un futuro lejano. La evolución es irreprimible. Es fruto de la genialidad inquieta de la naturaleza y, cuando la vida está tan amenazada, deberíamos pararnos a pensar qué es lo que puede enseñarnos sobre cómo hacer un mundo mejor. Antes se creía que la evolución era muy lenta, que se desarrollaba pausadamente a lo largo de millones de años. En cambio, nuestro impacto se ha producido en poquísimo tiempo. En solo cien años, tras la fragmentación de los bosques que antaño cubrían la mitad del continente, la forma de las alas de las aves cantoras de Norteamérica cambió. En 1948 Paul Müller ganó el Premio Nobel por el descubrimiento del insecticida DDT, pero las moscas domésticas ya habían empezado a desarrollar resistencia a sus efectos incluso antes de la celebración de la ceremonia. En la década de 1960, los mosquitos también adquirieron dicha resistencia; en 1990, más de quinientas especies eran inmunes al DDT. Desde la década de 1980, los cuerpos y los cuernos de los borregos cimarrones de Alberta son más pequeños como respuesta a la excesiva cacería. El plancton oceánico del golfo de Cariaco, en Venezuela, se adaptó en tan solo quince años a una temperatura medio grado más alta que la del océano circundante. Cada día, unos 100.000 trillones de integrones bacterianos (los mecanismos genéticos que impulsan la evolución bacteriana) entran en el medioambiente a través de los desechos humanos y animales, cada uno con el potencial de desencadenar una nueva oleada de resistencia microbiana.

En 2016 científicos de la Universidad de Harvard diseñaron un experimento para demostrar lo rápido que puede evolucionar una criatura bajo la presión humana. Los sujetos del estudio eran microbios cuya capacidad para reinventarse supera con creces a la de organismos más complejos. (…)

La gran mayoría de las adaptaciones que vemos en la actualidad no son (de momento) consecuencia de un cambio génico, son expresiones de la plasticidad de los organismos que les permite adaptarse a los cambios producidos en su hábitat, ya sea una golondrina risquera, una rana campanilla verde dorada o un caribú de Groenlandia. La capacidad de responder a un entorno cambiante significa que, aunque no poseen el llamativo plumaje rojizo de sus primos que habitan los bosques de Ohio, los cardenales norteños que viven en las ciudades no tienen menos éxito a la hora de encontrar pareja. El brillante colorido de las aves que viven en el bosque se debe a su dieta rica en carotenoides presentes en la madreselva y confían en el destello de sus plumas para atraer al sexo opuesto; la escasez de madreselva en las ciudades opaca el plumaje de los ejemplares urbanos. Su respuesta ha sido reducir la relación existente entre ornamentación y reproducción. Gracias a esa plasticidad, organismos tan diversos como los corales, las mariposas y los árboles pueden ampliar su área de distribución. Por ejemplo, las salamandras de los bosques y las libélulas pueden modificar la forma de su cuerpo y las tortugas marinas verdes producen más crías hembras que machos a medida que el clima en el que habitan se calienta. La plasticidad significa que cuando las larvas de la rana de uñas africana ingieren microplásticos, pueden aumentar la longitud y la masa de su intestino para compensar la pérdida de nutrientes.

Además de todas estas adaptaciones, se ha podido comprobar que se está produciendo cierta especiación, es decir, el genoma de esas criaturas también sufre alguna modificación. Los mosquitos del metro de Londres, Nueva York y Chicago han desarrollado un modo de vida subterráneo y ya no se pueden reproducir con sus primos de la superficie. A medida que Europa se calienta, una subpoblación de currucas capirotadas ha creado una nueva ruta migratoria. Ahora van a Gran Bretaña en lugar de a España. Incluso en cautividad, sus crías muestran una orientación de vuelo distinta, haciendo sus primeros amagos de salir volando en dirección a Reino Unido en lugar de hacia la península ibérica, una clara demostración de que el cambio es genético. Cada cambio de este tipo es el comienzo de una nueva especie distinta; dentro de millones de años, los descendientes del mosquito del metro de Londres podrían ser una de las innumerables especies cuya forma se deba a la lejana influencia de Homo sapiens. Pero, de momento, los cambios que podemos ver se deben a la plasticidad. (…)

En un mundo en el que los cambios medioambientales que antes tardaban miles de años en producirse ahora lo hacen en décadas, la capacidad de modificar el cuerpo, los hábitos alimentarios o los migratorios cuando las condiciones lo exigen se ha convertido en algo esencial para la supervivencia.

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En homenaje a Félix Manrique Perdomo (Colombia, 1937 – 2025), apicultor, periodista, fundador del Periódico y Radioperiódico Agrohuila y pionero del periodismo agropecuario, medio ambiental y de todo lo relacionado con el bienestar y conocimiento del planeta:

En recuerdo de Félix Manrique Perdomo. /WMagazín

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