Cristiandad y poder: evolución e influencia del cristianismo en Europa
El historiador Peter Heather explica en su libro 'Cristiandad. El triunfo de una religión' por qué el siglo IV después de Cristo fue clave: en Palestina apareció una nueva fe y "arrolló al paganismo de Roma". Lee un pasaje del ensayo
Presentación WMagazín ¿Por qué y cómo el cristianismo moldeó el mundo occidental? ¿Por qué y cómo tras imponer sus normas debió adaptarse al mundo que emergía? ¿Por qué es la religión predominante en Occidente? El historiador Peter Heather analiza este tema en el ensayo Cristiandad. El triunfo de una religión (Traducido por Tomás Fernández Aúz para la editorial Crítica).
En el siglo IV d. C., una nueva fe irrumpió en Palestina. Arrolló al paganismo de Roma y convirtió al emperador Constantino al cristianismo. Casi mil años después, toda Europa estaba controlada por gobernantes cristianos, y la religión, arraigada en la cultura y la sociedad, ejercía un dominio monolítico sobre su población. Pero, como muestra Peter Heather, el ascenso de la cristiandad hasta el dominio de toda Europa no tuvo nada de inevitable.
Peter Heather, señala la editorial, “muestra cómo la cristiandad luchó constantemente contra las llamadas ‘herejías’ y otras formas de creencia. Desde la crisis que siguió al colapso del Imperio romano, que dejó a la religión al borde de la extinción, hasta la asombrosa revolución en la que el papado emergió como cabeza de una vasta corporación internacional, Heather rastrea la camaleónica capacidad de la cristiandad para reinventarse.
El logro de la cristiandad no fue, o no solo, definir el cristianismo oficial, sino —desde sus eruditos y juristas hasta sus funcionarios provinciales y misioneros en los rincones más remotos del continente— transformarlo en una institución que ejercía una autoridad religiosa efectiva en casi todos los pueblos dispares de la Europa medieval.
Peter Heather (Irlanda del Norte, 1960) es un historiador británico de la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. Estudió en el Maidstone Grammar School y en el New College de Oxford. Ha impartido clases en el University College de Londres, en la Universidad de Yale y en el Worcester College de Oxford. Actualmente es Chair of Medieval History en el King’s College de Londres. Es autor de libros como La caída del imperio romano (2006), Emperadores y bárbaros (2010) y La restauración de Roma (2013).

Cristiandad. El triunfo de una religión
Peter Heather
En torno al año 1250 d. C., el gran duque Mindaugas de Lituania recibe el bautismo tras aceptar la fe cristiana. El aristócrata, representante del último linaje gobernante de cierta entidad de todo el territorio europeo, se afilia así a una religión transformada ya en sinónimo del propio continente. Y desde luego obtuvo la recompensa pertinente, ya que el papa Inocencio IV elevó su ducado a la categoría de reino. Pocos años después, en agosto de 1253, el mismo pontífice reconocía oficialmente la legitimidad de una nueva orden monástica italiana regida por mujeres y consagrada a ellas: la de las clarisas, o hermanas pobres de santa Clara —cuyo nombre honra a Clara de Asís, amiga, discípula y colaboradora del célebre san Francisco—. Entre una y otra fecha, corriendo el 15 de mayo de 1252, Inocencio había promulgado asimismo una importante disposición jurídica titulada Ad extirpanda (las «bulas» papales se conocen invariablemente por las palabras que figuran en su encabezamiento) en la que se juzgaba lícita la aplicación de torturas en los interrogatorios de los herejes sujetos a investigación en todas las tierras sometidas a su sagrada autoridad —es decir, en la cristiandad latina, cuya realidad constituye el asunto central del presente libro.
En esta pequeña secuencia de acontecimientos cronológicos acaecidos a finales del milenio que examinamos en esta obra quedan resaltados algunos de sus más relevantes temas. Toda crónica de los orígenes y la evolución de la cristiandad europea ha de tejerse necesariamente al hilo de la conversión. En el arranque del relato, en 300 d. C., con el emperador Constantino —el primer gobernante de una región europea en abrazar el cristianismo—, la religión cristiana seguía siendo un credo minoritario, aun en el mundo romano, y la inmensa mayoría de los cristianos del imperio no vivían en sus provincias de Europa, sino en el Asia Menor, el Oriente Próximo, Egipto y el norte de África. Hacia el 1300 d. C., la totalidad del paisaje europeo (dejando a un lado las anomalías de Lituania y las tierras habitadas del círculo polar ártico) profesaba la fe de Cristo, mientras que, por el contrario, buena parte del primitivo feudo territorial del orbe cristiano, originalmente situado en la orilla sur del Mediterráneo, había puesto sus miras en el islam, estableciéndose así el inextricable vínculo entre Europa y el cristianismo que tan claramente ha prevalecido desde entonces. No obstante, como ya ocurriera en el caso del gran duque Mindaugas y de sus dominios lituanos, el factor desencadenante de las conversiones cristianas que fueron sucediéndose en buena parte del continente europeo —hasta cubrir una extensión prodigiosamente amplia de su geografía— fue el vuelco de la lealtad religiosa de una u otra dinastía dominante. De hecho, uno de los temas recurrentes de cuanto sigue girará justamente en torno a la particular naturaleza de esos procesos de conversión puestos en marcha por personajes extremadamente poderosos.
En la estrecha yuxtaposición cronológica que media entre la providencia con la que Inocencio IV aprueba definitivamente la orden de las clarisas y la bula sobre la tortura de los herejes emergen también otros de los temas clave de este ensayo. Son muchas las cosas que han dado celebridad al Cristo de los Evangelios, y, de entre ellas, las máximas de “ama a tus enemigos” y “pon la otra mejilla” no se cuentan precisamente entre las menos relevantes. El hecho de que la cristiandad europea del siglo XIII conservara, estudiara y venerara el relato de las enseñanzas y acciones de Jesucristo recogidas en el Nuevo Testamento muestra que respaldaba en gran medida esos ideales de las Escrituras. Junto con buena parte de los carismáticos líderes cristianos de los primeros siglos del segundo milenio, ambos santos, Clara y Francisco, tenían en alta estima esos valores —y no solo en un plano teórico, ya que intentaron llevarlos a la práctica—. Los dos renunciaron efectivamente a todos sus bienes terrenales, y, vendiendo cuanto poseían, consagraron su vida a los pobres y los enfermos, instando a sus seguidores a imitar su ejemplo.
Ahora bien, pese a que una parte de sus principios morales responda de manera inmediata al contenido del Nuevo Testamento, lo cierto es que Clara y Francisco actuaron en el marco de una estructura religiosa cristiana cuyos marcos institucionales y doctrinales habían venido experimentando desde el siglo I d. C. unos cambios extremadamente acusados —tanto como para ocultar hasta límites irreconocibles su origen neotestamentario—. Aun en fecha muy tardía, nada menos que en el año 300, es decir, en la época de la conversión de Constantino, la cristiandad carecía todavía de toda forma de autoridad sistémica y central. Su armazón formal estaba constituido por una serie de congregaciones, casi siempre urbanas, que no solo tenían la potestad de elegir a sus propios dirigentes, sino que, en la mayoría de los casos, regían de manera independiente sus asuntos (pese a compartir algunos elementos comunes, tanto en materia de creencias exigibles como de conducta personal y organización institucional). Eran muchas las cuestiones que permanecían indefinidas, sujetas a constantes fluctuaciones. De hecho, ni siquiera la fundamental doctrina cristiana de la Santísima Trinidad alcanzaría a vislumbrar una formulación capaz de suscitar el beneplácito general antes de la conversión de Constantino, y un gran número de asuntos de teoría y práctica —dos aspectos que tienden a hallarse íntimamente relacionados en todas las religiones— continuaron largo tiempo irresueltos. (…)
Este pequeño conjunto de acontecimientos permite resaltar un extremo de mayor trascendencia aun. Hay un importante significado del sustantivo singular “cristianismo” que puede llamar a engaño. La religión cristiana a la que se adhirió Constantino guardaba escaso parecido con la estructura religioso-cultural, bien organizada y monolítica que, surgida en los siglos XII y XIII, estaba llamada a dominar en su inmensa mayoría los diversos territorios y poblaciones de Europa hasta el firme asentamiento de la Reforma luterana, entrado ya el XVI. Es precisamente el afloramiento, en su plena madurez, de ese extraordinario andamiaje lo que constituye el punto de atención central del presente libro. Y en este sentido, su principal preocupación acabará siendo la cristiandad latina regida desde Roma en la era de la monarquía papal —es decir, la cristiandad medieval por antonomasia (el significado literal de la voz “cristiandad” es el de “región en la que impera el cristianismo”)—. No obstante, la separación de la confesión ortodoxa instalada en Grecia, que, además de tardía, distaba mucho de constituir un desenlace previsto, determina que buena parte de cuanto sigue, sobre todo en los primeros capítulos, verse sobre una realidad geográfica y cultural mucho más amplia.
En torno al año 1900, fecha en que los historiadores profesionales comenzaron a dedicarse a la tarea de referir el ascenso del cristianismo, y durante gran parte del siglo así inaugurado, resultaba sumamente fácil levantar acta del asunto. Entre los siglos I y III d. C., la fe cristiana fue difundiéndose gradualmente por ambas orillas del Mediterráneo. En el siglo IV, superó de manera abrumadora al paganismo grecorromano al convertir al emperador Constantino e implantarse en el conjunto del orbe romano antes de infligir una aplastante derrota a una larga serie de credos rivales y transformarse en la religión dominante de todo el continente europeo. Mil años después de Constantino, Europa entera se hallaba sujeta al control de los gobernantes cristianos. Surgió así lo que llamamos “cristiandad”, es decir, aquella parte del mundo en la que el cristianismo ejerce una influencia insoslayable en el conjunto de la población —en los señores y en el pueblo llano, o en gobernantes y gobernados—. En este relato de la peripecia cristiana, el papel del resto de la historia religiosa europea —incluido el explosivo período de la Reforma del siglo XVI— quedaba reducido poco menos que al de una nota a pie de página que los cristianos ajustaban a las creencias específicas y las exigencias conductuales de cada momento. Se hizo nacer en la Edad Media una coincidencia definitoria entre los límites de Europa y los correspondientes a la región en que imperaba con irresistible intensidad la dominación cristiana, que desde esa base europea se difundiría triunfalmente por buena parte del planeta en las grandes eras de la colonización y el imperialismo europeos.
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