Jacob Elordi and Margot Robbie in «Wuthering Heights» (2026), directed by Emerald Fennell, inspired by Emily Brontë’s 1847 classic. /WMagazín
‘Cumbres borrascosas’, de Emerald Fennell: el lector como soberano de la novela de Emily Brontë
La directora británica comparte la trágica historia de amor de Catherine y Heathcliff recordando cómo fue su primera lectura de este clásico. Arroja luz sobre el deseo, el erotismo, el sexo y los juegos de poder de los sentimientos febriles entre el cielo y el infierno. Una actualización heterodoxa acorde al mundo audiovisual contemporáneo

“¡Pecadores, compren un pecador!”, resuena en el mercadillo callejero, entre el murmullo inquieto de una gente que acaba de ver algo que todos guardan en secreto, algo que todos reconocen, pero nadie se atreve a nombrar.
¿Cuál es uno de los temas en los que más piensan, imaginan y sueñan los adolescentes?
¿Cuál es el poder de los lectores cuando leen una obra de ficción?
La película “Cumbres borrascosas”, de Emerald Fennell (2026), inspirada en la novela clásica de Emily Brontë de 1847, escenifica esa doble dimensión de las preguntas que llevan algo subterráneo y primario y reivindica el milagro de la literatura: crear un mundo propio en cada lector, acorde con su edad, su momento, su lugar, su experiencia y sus expectativas. Cada lectura es única porque cada lector también lo es, y porque cada vida lee desde su propia herida y su propio deseo.
Lo más valioso de esta película está en cómo Emerald Fennell arroja luz sobre esas dos preguntas. Siempre ha dicho que en su “Cumbres borrascosas”, así, con las comillas que la directora le impone, quería hacer algo que la hiciera revivir como se sintió cuando leyó, por primera vez, la novela a los 14 años: “Lo que significa que es una respuesta emocional a algo. Primario, sexual”. La directora sintió algo “profundo, singular. Es tan sexy. Me conmovió profundamente. (…) Es difícil, es complicada, simplemente no se parece a ninguna otra. (…) Es devastadora”, explicó a la BBC. Con esta mirada Fennel amplía la novela de Emily Brontë.
Y ese impacto, conservado en ámbar, es el que su película intenta devolver a la vida. Lo hace mediante una narrativa visual audaz, donde cada imagen aspira a convertirse en un relato. El recuerdo de su primera lectura —donde afloran las tensiones del deseo y del sexo de ese amour fou protagonizado por los irresistibles Catherine (Margot Robbie) y Heathcliff (Jacob Elordi)— se materializa en un universo ecléctico que funde tiempos y estilos, de lo clásico a lo kitsch y lo pop, como si la memoria y el presente coexistieran en un mismo plano.
Ahí reside la clave de la película: en la revelación del origen de su inspiración, en aquella primera lectura a una edad en la que todo se vive con intensidad absoluta, y en el mundo que esa lectura creó en su interior de manera inconsciente, un mundo más sentido que comprendido. La adolescencia es el reino de la intensidad, y la obra de Emily Brontë pertenece a ese mismo reino. Si Fennell hubiera leído la historia trágica de Catherine y Heathcliff, por primera vez, a los 30 años, el efecto habría sido distinto. Y a los 66, distinto otra vez. Como ocurre con cualquier libro. Ese es el poder y la magia de la ficción.
El linaje heterodoxo
La honestidad y la originalidad de Emerald Fennell consisten en situar su película en ese territorio íntimo que se abre tras la lectura, ese espacio invisible donde el lector termina de escribir el libro que ha leído. Porque lo que realmente importa aquí es la mirada del lector. Todo autor sabe que, una vez publicado, su libro deja de pertenecerle y comienza a vivir en los otros. Y, a veces, esa nueva vida ilumina zonas ocultas que ni el propio autor sospechaba. En este caso, emergen la carga erótica, el deseo, el sexo y la revelación de los juegos de poder que el amor y sus cómplices ejercen en secreto, como una fuerza que actúa en las sombras antes de hacerse visible.
Toda adaptación pertenece a otro universo y responde a códigos narrativos distintos. No tiene por qué ser fiel a la literalidad de la obra original. A veces, la infidelidad es la forma más profunda de fidelidad al espíritu.
Es el camino elegido por Emerald Fennell en su Cumbres borrascosas. Su propuesta se inscribe en la tradición de las adaptaciones heterodoxas del clásico gótico, como las que realizaron Luis Buñuel con Abismos de pasión (1953), Jacques Rivette con Hurlevent (1985) o Yoshishige Yoshida con Onimaru (1988): películas tan libres como reveladoras, tan personales como las versiones más canónicas de William Wyler (1939) o Peter Kosminsky (1992).
Más de treinta versiones cinematográficas y televisivas han intentado capturar el hechizo de la novela de Emily Brontë. Pertenece al linaje de esas obras magnéticas que el cine no deja de interrogar, revisitar y reinventar, como Romeo y Julieta (cuya historia, precisamente, cuenta Isabella, cuñada de Catherine, a quien Heathcliff desposará como venganza), Macbeth o Hamlet, de William Shakespeare; Frankenstein, de Mary Shelley; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; Anna Karénina, de León Tolstói; El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas; Los miserables, de Víctor Hugo, o Drácula, de Bram Stoker. A ellas habría que añadir el inagotable imaginario bíblico y el universo de Sherlock Holmes, creado por Arthur Conan Doyle, cuya capacidad de regeneración parece no conocer límites.
El secreto de Emerald Fennnell
Emerald Fennell es actriz y ha trabajado, por ejemplo, en la versión heterodoxa de Anna Karénina, de Joe Wright (2012). Es también guionista y directora de algunas películas incisivas del cine reciente, como la de suspense Promising Young Woman (2020), que obtuvo el Oscar al Mejor Guion Original, y la de suspense y comedia negra Saltburn (2023), donde ya explora los vínculos entre deseo, clase y poder. Su aproximación a Cumbres borrascosas confirma su interés por los territorios morales ambiguos y las pulsiones ocultas que gobiernan el comportamiento humano.
Esta adaptación se centra en la primera parte de la novela, en la relación entre Catherine y Heathcliff, y deja fuera la historia de la siguiente generación, aquella que sufre las consecuencias de la herida original. Fennell se permite licencias, elimina personajes y altera aspectos de la trama para concentrarse en el descubrimiento del deseo, la atracción y la exploración sexual de los protagonistas. Las críticas sobre las asimetrías de clase o de raza o de relaciones, están expuestas de otra manera.
La directora confirma que no busca la literalidad de la obra, sino sacar a flote las tensiones subterráneas, uniendo su recuerdo de la lectura con la sensibilidad contemporánea, de lo físico a lo emocional, de la narrativa clásica al mundo más audiovisual y vanguardista que conecta con las nuevas generaciones. El diseño artístico y de vestuario, la fotografía y la banda sonora completan y complementan la mirada que comparte la directora. No es solo decorativo o estética a ultranza, sino que forman parte del relato y son narradores.
Y es aquí donde conviene volver a la pregunta inicial: ¿en qué piensan, imaginan y sueñan los adolescentes?
Son muchos temas que, en el fondo, son uno solo: el despertar. El descubrimiento. La exploración. El desconcierto. La confusión ante el deseo, la seducción, la pasión, el amor, el erotismo y el sexo. Los adolescentes viven en la fragua de las emociones, donde todo arde al mismo tiempo. Nada está en calma. Los sentimientos se viven a todo o nada. No hay términos medios. Las fronteras son difusas, porque el yo todavía se está construyendo.
Es ahí donde la pasión, el erotismo y la obsesión adquieren su mayor intensidad. Es la tragedia del amor en su estado más genuino y vidrioso, en la frontera donde confluyen la felicidad y el dolor, el paraíso y el infierno, donde amar y destruirse parecen, a veces, el mismo gesto.
Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, en esencia, es el nacimiento de esas emociones en su forma más primaria, libre y salvaje. Un torrente que arrastra a sus protagonistas sin que comprendan del todo lo que les ocurre. Sentimientos que insuflan vida, energía, libertad, juego y fuego.
Hija de su tiempo y ecos de películas

La novela, la única de Emily Brontë, captura algo que también habita en los mitos griegos, donde los dioses se comportan como adolescentes dominados por impulsos y pasiones indomables, donde, incluso, la crueldad y el dolor campan. La escritora debió conocer esas historias o, al menos, respirar su misma atmósfera simbólica. O conocer el Fedro de Platón, donde el auriga del carro alado intenta dominar los caballos del deseo y la razón. Pero en la adolescencia, casi siempre, el caballo oscuro corre más rápido.
Emerald Fennell leyó la novela a los 14 años, en ese momento de tránsito donde el mundo comienza a revelar sus abismos. Y ese impacto, conservado en ámbar, es el que su película intenta devolver a la vida.
Porque cada persona es hija de su tiempo. Emerald Fennell nació en 1985 y creció en los años noventa. Vivió el renacer de la convivencia e hibridación de todos los estilos, donde las fronteras se difuminan y los sentimientos empiezan a aflorar sin prejuicios. Hija de la era de la MTV, del nacimiento de internet, del grunge, del pop, del techno, del duelo entre Oasis y Blur, de Radiohead, de Madonna, de un universo cultural donde las emociones comenzaron a expresarse sin pudor. Seguro que vio aquel amor difícil de Eduardo Manostijeras; Drácula, de Bram Stoker, donde Francis Ford Coppola también saca a flote la tensión sexual de los protagonistas; Romeo + Julieta, del rompedor Baz Luhrmann; Pulp Fiction, Titanic… Series como Sensación de vivir o Melrose Place. Todo ello contribuyó a modelar su sensibilidad.

Ese cúmulo de imágenes, sonidos y emociones forma parte de la mirada con la que leyó la novela y, ahora, con la que la reinterpreta, demostrando que toda creación es también una autobiografía secreta.
Y, tal vez, la culpa, el pecado. No en vano, una de las primeras frases de la película, cuando la gente se dispersa en la plaza tras el ahorcamiento de un hombre que al morir tiene una erección como acto reflejo y todos lo miran entre el asombro, la lujuria y una sonrisa cómplice, una voz se alza en el mercadillo callejero:
“¡Pecadores, compren un pecador!”.
El hogar de Catherine se resquebraja. A su alrededor reina la decadencia. Pero ella y Heathcliff no se hunden, porque los sostienen el deseo, la pasión y el amor reprimido, esa fuerza invisible que es capaz de sostener lo que el mundo derrumba. La película habita ese territorio donde convergen la novela, el recuerdo de su lectura, el sueño y la pesadilla. Explora los laberintos del deseo, las luchas de poder y la crueldad que nace del amor herido, cuando el amor deja de ser refugio y se convierte en herida. Una relación en la que el auriga ha perdido el control y la pasión lo devora todo. Como cuando Heathcliff le dice a Catherine en dos momentos:
¡Bésame! ¡Ardamos en el infierno!
¡Estamos perdidos!
El amor siempre es adolescente

Catherine y Heathcliff son, desde niños, dos almas que creen ser una sola. Y en esa edad, el amor se vive como absoluto. Todo lo demás carece de importancia
Esa es la verdad emocional que Fennell rescata. No la literalidad de la novela, sino la intensidad de su impacto, la huella que deja en quien la lee.
Muchos considerarán provocadora esta adaptación. Pero esa provocación no es más que la expresión honesta de una edad en la que todo se descubre por primera vez, cuando leer era también descubrir quién éramos.
Porque cada libro tiene vida propia y renace de forma distinta en cada lector.
Esta Cumbres borrascosas no intenta reproducir la novela, sino recuperar la emoción de aquel primer encuentro. Liberar el recuerdo adolescente y fundirlo con la sensibilidad de otra época. Gustará más a los jóvenes que a los adultos, a los que no comparan la película con la novela porque entienden y creen que son lenguajes distintos.
Un autor no juzga a sus criaturas, las crea y las dota de unas características concretas que sirvan para narrar una historia en un mundo que van creando ellos a su alrededor, y que luego los lectores interpretan y les dan la vida que quieren.
Permanece intacta la necesidad de amar y ser amado. El vértigo del deseo. La sensación abisal de desamparo ante el amor no correspondido que pudrir todo lo bello. La fragilidad de todo lo que parece eterno.
Esta película es, en el fondo, una invitación a regresar al instante irrepetible en que un libro nos transformó por primera vez.
Emerald Fennell parece decir que el amor ha dado tantas vueltas, se ha rebelado tantas veces y ha explorado tantos caminos desde que existe, y aun así sigue en el mismo punto de salida: el de la aspiración eterna. Porque el amor genuino, a la edad que sea, siempre es adolescente.

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