Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural

David Bowie (1947-2016) en la carátula de ‘Aladdin Sane’. /WMagazín

David Bowie: los libros que cambiaron su vida y le ayudaron a renovar la música del siglo XX

Con motivo de los diez años de la muerte (10 de enero de 2016) de uno los artistas más revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX e icono de la cultura popular recordamos las obras literarias que lo influyeron y que están en el libro 'El club de lectura de David Bowie', de John O’Connell

Las fuentes inspiradoras de un creador son incontables e inesperadas, pero en todas ellas los libros ocupan un lugar capital, vertebrador. Aunque los autores no siempre dejen claro cuales son esas obras, no es el caso de David Bowie que habló de una lista de cien títulos. De la Iliada, de Homero, a La tierra baldía, de T. S. Eliot; Mientras agonizo, de William Faulkner; o Falsa identidad, de Sara Waters; pasando por El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima.

Bowie (David Robert Jones: Londres, 8 de enero de 1947-Nueva York, 10 de enero de 2016) es uno de los artistas musicales más innovadores y revolucionarios desde la segunda mitad del siglo XX e influyentes tanto en el ámbito musical como en la cultura popular.

Su obra no es solo admirada por su voz, sus ritmos, sus vestuarios, sus reinvenciones como artista, sus transgresiones y sus letras, sino, también, por la capacidad conceptual e intelectual de sus proyectos que obedecen a un motivo o tienen una intención muy clara en los que letra, voz, vestuario o puesta en escena dialogan y forman parte de un todo, de una sola composición.

Y a esa transversalidad contribuyeron sus lecturas: desde poemarios y novelas, hasta textos de psicología. Ese protagonismo de los libros en la obra del artista británico se mostró en 2013 en una versión de la exposición David Bowie Is que presentó el Museo Victoria & Albert de Londres. Allí los curadores revelaron una lista de cien libros imprescindibles, como resultado del acceso al archivo del propio Bowie: “Una visión fascinante de la mente del influyente músico e ícono del estilo”, como la definió el diario británico The Guardian.

Esta selección abre el panorama sobre la creación de Bowie y enriquece las teorías sobre cómo observó el mundo y el modo en que esas lecturas influyeron en su legado.

En esta selección hay un gran dominio de obras de ficción, tanto de clásicos como de títulos del siglo XX. Con buena presencia de libros de los años cincuenta y sesenta. El idioma predominante de los autores es el inglés.

El periodista John O’Connell vio la exposición y creó el libro: El club de lectura de David Bowie. Una invitación a la lectura a través de los 100 libros que cambiaron la vida del mito, editado en España por Blackie Books. John O’Connell hace un acercamiento a cada libro y trata de establecer el rastro que podría tener este en la obra del artista.

David Bowie empezó en la música en 1963, pero fue en 1969 cuando sorprendió al mundo con Space Oddity. En 1972 se afianzó en el imaginario universal con su álter ego Ziggy Strardust, que surgió del álbum The Rise and Fallo of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars donde está su sencillo Starman. A este personaje icónico seguirían otros como El Duque blanco. Bowie grabó 25 álbumes de estudio. En 1967 publicó el primero, David Bowie, y el último, Blackstar, lo hizo el 8 de enero de 2016, dos días antes de su muerte.

«David Bowie fue un artista que no temía el talento de otros artistas, sino que se nutría de su energía e inspiración. Es reconocido por sus colaboraciones sonoras con músicos como Brian Eno, Iggy Pop, Mick Jagger y el productor Tony Visconti, pero a lo largo de su carrera también colaboró ​​con una amplia gama de artistas visuales, diseñadores, fotógrafos y cineastas», señala el Museo Victoria and Albert donde está el Centro David Bowie.

***

 

El club de lectura de David Bowie: temas e intereses

Los siguientes son algunos libros agrupados por temas que muestran los amplios intereses:

Arte y cultura: Más allá de la Caja Brillo, de Arthur C. Danto; Sexual Personae: Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson, de Camille Paglia; Diccionario de temas y símbolos artísticos, de James Hall; En el castillo de Barba Azul, de George Steiner; Antes del diluvio: una semblanza del Berlín de los años veinte, de Otto Friedrich.

Clásicos: Iliada, de Homero; Infierno, de Dante; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont.

Clásicos contemporáneos: El extranjero, de Albert Camus; El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald; Lolita, de Nabokov; Mientras agonizo, de William Faulkner; 1984, de George Orwell; El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; La naranja mecánica, de Anthony Burgess; El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; A sangre fría, de Truman Capote; El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima.

Ficción contemporánea: Entre las sábanas, de Ian McEwan; Dinero, de Martin Amis; El loro de Flaubert, de Julian Barnes; Falsa identidad, de Sara Waters; La maravillosa vida de Oscar Wao, de Junot Díaz; Ruido de fondo, de Don DeLillo…

Música: Sweet Soul Music: Rhythm and Blues and the Southern Dream of Freedom, de Peter Guralnick; Nowhere to Run: The Story of Soul Music, de Gerri Hirshey; The Sound of the City: The Rise of Rock and Roll, de Charlie Gillett; Awopbopaloobop Alopbamboom: Una historia de la música pop, de Nik Cohn; Silencio, de John Cage.

Poesía: La tierra baldía, de T. S. Eliot; Antología poética, de Frank O’Hara.

Política: Juicio a Kissinger, de Christpher Hitchens; La Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, de Orlando Figes.

Psicología y ciencia: El yo dividido, de R. D. Laing; El origen de la conciencia en el colapso de la mente, de Julian Jaynes.

***

 

Extractos

No me convertí en quien quería ser quizá hasta hace doce o quince años”, le reconoció David Bowie al presentador Michael Parkinson en 2002, según recuerda John O’Connell en el prólogo de este libro, y añade lo que dijo el artista: “Me pasé una grandísima parte de mi vida buscándome a mí mismo, intentando comprender el porqué de mi existencia, qué cosas me hacían feliz en la vida, quién era yo exactamente y de qué partes de mí intentaba huir”.

Explica el periodista:

A Bowie también le gustaba jugar, y la lista en cuestión no es sino una pieza del juego que más le gustaba de todos: crear y dar forma a su propia mitología. Con un precedente muy notorio, como a buen seguro sabía él. En 1985, un editor le pidió al escritor argentino Jorge Luis Borges, autor laureado de libros y laberintos, que eligiera sus cien libros favoritos y escribiera un prólogo a cada uno de ellos. Borges solo llegó al número 74 antes de morir, pero su lista, como la de Bowie, es maravillosamente ecléctica, sugerente y sorprendente; por no decir que está repleta de escritores a los que conocemos o podemos estar seguros de que le gustaban a Bowie (Oscar Wilde, Franz Kafka, Thomas de Quincey), aunque es curioso que no tengan ni un solo título en común.

Me gusta pensar que Bowie concibió su lista como un homenaje a Borges; como un jardín de senderos que se bifurcan en el que, si giras a la izquierda al llegar al romance rosacruz Zanoni, de Edward Bulwer Lytton, acabas en Noches en el circo, de Angela Carter, y donde, inspirado por El loro de Flaubert a salir en busca de pistas sobre la identidad del “verdadero” David Bowie, seas rápidamente dirigido a El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson, un libro sobre la finísima línea que separa el artificio de lo auténtico”.

***

 

Mishima

Rastro de un escritor y de una novela clave en la vida personal y artística de Bowie, según John O’Connell:

El marino que perdió la gracia del mar

Yukio Mishima (1963)

En el apartamento de Berlín donde vivía mientras grababa Heroes, Bowie dormía bajo el retrato que él mismo había pintado de Yukio Mishima, el bello y polifacético autor, actor, dramaturgo, cantante y terrorista que se suicidó haciéndose el harakiri en noviembre de 1970, después de que él y los cuatro miembros de su milicia privada Tatenokai fracasaran en su intento de llevar a cabo un golpe de Estado para restaurar el poder del emperador de Japón.

¿Qué le parecía tan admirable del machismo guerrero de Mishima a Bowie? Puede que el hecho de que estuviera tan claro que era una actuación. El historiador de cine Donald Richie, que conoció a Mishima, dijo de él que era un dandi cuyo talento iba ligado al convencimiento de que, si te comportas como la persona que quieres ser, acabas convirtiéndote en ella: practicando te conviertes en quién eres.

De niño, Kimitake Hiraoka –Yukio Mishima era un pseudónimo– fue criado en un clima de aislamiento total por su abuela Natsu, que no le dejaba jugar con los otros niños ni que le diera la luz del sol. Animado por ella, leyó todo lo que caía en sus manos y emergió de aquella experiencia como modelo de elegancia serena y precoz. Para exorcizar la vergüenza de que lo rechazara el ejército por motivos de salud, un suceso que narra en su primera novela semiautobiográfica, Confesiones de una máscara, transformó su cuerpo flacucho en una mole de puro músculo. Aprendió las costumbres de los samuráis y consiguió una gran destreza con el kendo (el arte de la espada).

A pesar de tener esposa y dos hijos, Mishima no ocultaba que era gay, y no bisexual; una paradoja que racionalizaría en una obra autobiográfica posterior, El sol y el acero, como modo de aceptar la contradicción y la colisión (otra escena clave en Confesiones de una máscara es la descripción de su primer y explosivo intento satisfactorio de masturbarse, excitado por el retrato de un San Sebastián asaeteado).

Aunque hubiera revelado su bisexualidad en 1972 –y a pesar de que aquella confesión pareciera más bien un ardid publicitario–, Bowie seguía hablando de su fluidez sexual cuatro años después. Su parte gay estaba casi siempre latente, le dijo a un Cameron Crowe de diecinueve años en una entrevista intencionadamente escandalosa para el número de septiembre de 1976 de Playboy, pero cada vista a Japón inevitablemente la despertaba: “Hay unos chicos tan guapos por allí… ¿Pequeños? No tan pequeños. De dieciocho o diecinueve años. Tienen una mentalidad maravillosa. Son reinas hasta los veinticinco años y luego, de repente, se vuelven samuráis, se casan y tienen miles de hijos. Me encanta”.

El marino que perdió la gracia del mar es una alegoría de la humillación sufrida por Japón después de la guerra, y no suele figurar entre las obras más valoradas de Mishima. Tiene la simetría brutal de uno de los cuentos de los hermanos Grimm que Mishima devoraba de pequeño.

A todo aquel que se le hayan pasado inadvertidos los temas al estilo de Mishima (la afrenta al honor, la homosexualidad reprimida) presentes en el melodrama sobre la Segunda Guerra Mundial de Nagisa Oshima Feliz Navidad, Mr. Lawrence, en el que Bowie interpreta al comandante británico prisionero Jack Celliers, hallará una aclaración en el título del inolvidable tema principal de David Sylvian y Ryuichi Sakamoto, Forbidden Colours, que se llama así por la novela de Mishima El color prohibido, con la que comparte título en inglés. El propio Bowie volvió a Mishima en su álbum de 2013 The Next Day, tomando prestada de Nieve de primavera la siniestra imagen de un perro muerto que obstaculiza el paso del agua en una cascada para la letra de Heat, un tema sobrio muy del estilo de Scott Walker”.

***

Los cien libros de Bowie

 

El extranjero (1942), Albert Camus.

Awopbopaloobop Alopbamboom: Una historia de la música pop (1969), Nik Cohn.

Infierno (1320), Dante Alighieri.

La maravillosa vida breve de Óscar Wao (2007), Junot Díaz.

El marino que perdió la gracia del mar (1963), Yukio Mishima.

Antología poética (2009), Frank O’Hara.

Juicio a Kissinger (2001), Christopher Hitchens.

Lolita (1955), Vladímir Nabokov.

Dinero (1984), Martin Amis.

El desplazado (1956), Colin Wilson.

Madame Bovary (1856), Gustave Flaubert

Ilíada (siglo VIII antes de Cristo), Homero.

Diccionario de temas y símbolos artísticos (1974), James Hall.

Herzog (1964), Saul Bellow.

La tierra baldía (1922), T. S. Eliot.

La conjura de los necios (1980), John Kennedy Toole.

Mystery Train (1975), Greil Marcus.

The Beano Magazine (1938–actualidad).

Vida metropolitana (1978), Fran Lebowitz.

David Bomberg (1988), Richard Cork.

Berlin Alexanderplatz (1929), Alfred Döblin.

En el castillo de Barba Azul (1971), George Steiner.

El amante de Lady Chatterley (1930), D. H. Lawrence.

Octobriana and the Russian Underground (1971), Petr Sadecký.

Los cantos de Maldoror (1868), Conde de Lautréamont.

Silencio (1961), John Cage.

1984 (1949), George Orwell.

La sombra de Hawksmoor (1985), Peter Ackroyd.

La próxima vez el fuego (1963), James Baldwin.

Noches en el circo (1984), Angela Carter.

Dogma y ritual de la Alta Magia (1856), Eliphas Lévi.

Falsa identidad (2002), Sarah Waters.

Mientras agonizo (1930), William Faulkner.

El señor Norris cambia de tren (1935), Christopher Isherwood.

En el camino (1957), Jack Kerouac.

Zanoni o el secreto de los inmortales (1842), Edward Bulwer-Lytton.

En el vientre de la ballena (1940), G. Orwell.

La ciudad de la noche (1963), John Rechy.

La brutalidad de los hechos: entrevistas con Francis Bacon (1987), David Sylvester.

El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral (1976), Julian Jaynes.

El gran Gatsby (1925), F. Scott Fitzgerald.

El loro de Flaubert (1984), Julian Barnes.

English Journey (1934), J. B. Priestley.

Billy Mentiroso (1959), Keith Waterhouse.

Una tumba para un delfín (1956), Alberto Denti di Pirajno.

Raw Magazine (1986–1991).

The Age of American Unreason (2008), Susan Jacoby.

Chico negro (1945), Richard Wright.

Viz Magazine (1979–actualidad).

La calle (1946), Ann Petry.

El gatopardo (1958), Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Ruido de fondo (1985), Don DeLillo.

Vivir sin cabeza (1961), Douglas Harding.

Cuando Kafka hacía furor (1993), Anatole Broyard.

Oooh, My Soul: la explosiva historia de Little Richard (1984), Charles White.

Chicos prodigiosos (1995), Michael Chabon.

El cero y el infinito (1940), Arthur Koestler.

La plenitud de la señorita Brodie (1961), Muriel Spark.

Un lugar en la cumbre (1957), John Braine.

Los evangelios gnósticos (1979), Elaine Pagels.

A sangre fría (1966), Truman Capote.

La Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo (1996), Orlando Figes.

The Insult (1996), Rupert Thomson.

Nowhere to Run: The Story of Soul Music (1984), Gerri Hirshey.

Más allá de la Caja Brillo (1992), Arthur C. Danto.

Avaricia (1899), Frank Norris.

El maestro y Margarita (1940), Mijaíl Bulgákov.

Claroscuro (1929), Nella Larsen.

Última salida para Brooklyn (1964), Hubert Selby Jr.

Strange People (1961), Frank Edwards.

El día de la langosta (1939), Nathanael West.

Tadanori Yokoo (1997), Tadanori Yokoo.

Teenage: La invención de la juventud (2007), Jon Savage.

Los hijos de la primavera (1932), Wallace Thurman.

El puente (1930), Hart Crane.

El vértigo (1967), Evgenia Ginzburg.

Tales of Beatnik Glory (1975), Ed Sanders.

Paralelo 42 (1930), John Dos Passos.

Sweet Soul Music: Rhythm and Blues and the Southern Dream of Freedom (1986), Peter Guralnick.

Los trazos de la canción (1987), Bruce Chatwin.

Sexual Personae: Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson (1990), Camille Paglia.

Muerte a la americana (1963), Jessica Mitford.

Antes del diluvio: una semblanza del Berlín de los años veinte (1972), Otto Friedrich.

Private Eye (1961–actualidad).

El yo dividido (1960), R. D. Laing.

Las formas ocultas de la propaganda (1957), Vance Packard.

Cuerpos viles (1930), Evelyn Waugh.

La otra historia de los Estados Unidos (1980), Howard Zinn.

Blast (1914), Wyndham Lewis.

Entre las sábanas (1978), Ian McEwan.

Historias de Pekín (1961), David Kidd.

The Paris Review. Entrevistas 1 (1958).

Reflexiones sobre Christa T. (1968), Christa Wolf.

La costa de Utopía (2002), Tom Stoppard.

Poderes terrenales (1980), Anthony Burgess.

El pintor de aves (1994), Howard Norman.

Mala pinta (1963), Spike Milligan.

Historia del rock: el sonido de la ciudad (1970), Charlie Gillett.

El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson (1995), Lawrence Weschler.

***

Suscríbete gratis a la Newsletter de WMagazín en este enlace.

Te invitamos a ser mecenas de WMagazín y apoyar el periodismo cultural de calidad e independiente, es muy fácil, las indicaciones las puedes ver en este enlace.

Si quieres conocer WMagazín y sus secciones especiales PULSA AQUÍ. 

Te invitamos a ser mecenas de WMagazín, es muy fácil, las indicaciones las puedes ver en este enlace.

Visited 206 times, 1 visit(s) today
Diana M. Horta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter ·