La actriz Diane Keaton (Los Ángeles, Estados Unidos, 1946 – 2025). /Foto de Wikipeda
Diane Keaton: muere la actriz que personificó la comedia y el drama y fue un icono del feminismo y la moda
Tenía 79 años. Trabajó en dos grandes adaptaciones literarias: la saga de 'El padrino' y 'Rojos'. Formó una pareja inolvidable del universo de Woody Allen y llegó al gran público con títulos como 'El club de las primeras esposas' y 'Cuando menos te lo esperas'. Recordamos sus orígenes en sus memorias 'Ahora y siempre'

Diane Keaton tenía la capacidad innata de personificar la comedia y la intensidad, a la vez, con naturalidad en el cine, junto con cualidades como el desparpajo, la elegancia, la simpatía, la cotidianidad. Algo que ya nunca más volverá a ocurrir porque Diane Keaton falleció a los 79 años. La actriz, productora y directora nació el 5 de enero de 1946 en Los Ángeles y murió en la misma ciudad el 11 de octubre de 2025. Debutó en el cine a los 24 años, en 1970, pero entró en la memoria de la cultura cinematográfica dos años más tarde en el clásico El padrino, de Francis Ford Coppol, como Kay Adams-Corleone, la esposa de Michael Corleone (luego participaría en las dos siguientes secuelas), basada en la novela homónima de Mario Puzo.
Formó una dupla inolvidable en el universo de Woody Allen, entre la comedia y el drama o solo el drama, con títulos como El dormilón, Annie Hall (Osca a Mejor actriz, en 1977), Manhattan, Misterioso asesinato en Manhattan, Interiores o Sueños de un seductor.
Y ofreció un registro de drama y acción en Reds (1981), de Warren Beaty, sobre John Reed y sus vivencias en la Revolución rusa, basada sobre todo el el libro Diez días que estremecieron al mundo.
Diane Keaton fue admirada tanto por sus interpretaciones con otros títulos como Buscando al señor Goodbar (1977) y La habitación de Marvin (1996).
Entre medias, rodó películas con dosis de humor como La boda de mi padre (1991), El club de las esposas divorciadas (1996) o Cuando menos te lo esperas (2003). Los críticos de cine han recordado que, junto a Katharine Hepburn y Faye Dunaway, es la actriz con más títulos entre las 100 mejores películas seleccionadas por el American Film Institute de Estados Unidos.
Los expertos en moda han recordado siempre a Diane Keaton como un icono del vestir, sobre todo a partir de su traje masculino customizado a su estilo tan casual como elegante en Annie Hall.
Al mismo tiempo, Diane Keaton se convirtió en referencia del feminismo no tanto por sus discursos o militar en una asociación particular, sino porque a través de su carrera como actriz eligió personajes de mujeres independientes, sólidas, seguras y que luchaban por sus intereses y sueños. Mujeres que tomaban decisiones polémicas para la época, pero que enviaban un mensaje de empoderamiento, como no casarse (Annie Hall) o irse a cubrir como periodista un conflicto (Reds), en suma: la lucha de la mujer por su espacio, su autonomía y el control de sus sentimientos y su vida personal y profesional.
A pesar de todos esos mimbres, Diane Keaton fue una anti diva y anti estrella: no alardeaba demasiado de su nombre, fama y prestigio y no se prodigó en demasiada películas, apenas llegó a las sesenta y muchas con breves momentos, la mitad de títulos que sus colegas. Con ella compartieron escena algunos de los grandes actores y actrices del último medio siglo: Marlon Brando, Al Pacino, Robert de Niro, Woody Allen, Warren Beaty, Meryl Streep, Leonardo Di Caprio, Jack Nicholson, Bette Midler, Goldie Hawn o Maggie Smith.
Todo esto lo contó en sus memorias Ahora y siempre (Lumen), de la que reproducimos algunos extractos que dan cuenta del posible origen de su forma de ser y de ver la vida:
Ahora y siempre
Diane Keaton

PENSAR
A mamá le encantaban los refranes, las citas y los lemas. Siempre había pequeños recordatorios pegados en la pared de la cocina. Por ejemplo, la palabra «think» (pensar). Encontré «think» (pensar) clavada en un tablón de anuncios de su cuarto oscuro. La vi pegada con cinta adhesiva en una caja de lápices que ella había hecho un collage. Incluso encontré un folleto titulado «think» (pensar) en su mesita de noche. A mamá le gustaba pensar. En un cuaderno que escribió: » Estoy leyendo el libro de Tom Robbins, Even Cowgirls Get the Blues» (Incluso las vaqueras se deprimen). El pasaje sobre el matrimonio se relaciona con la lucha de las mujeres por el éxito. Estoy anotando esto para pensar en el futuro … Ella continuó con una cita de Robbins: “Para la mayoría de las pobres mujeres tontas con el cerebro lavado, el matrimonio es la experiencia climática. Para los hombres, el matrimonio es una cuestión de logística eficiente: el hombre obtiene su comida, cama, ropa, televisión… descendencia y comodidades, todo bajo un mismo techo… Pero para una mujer, el matrimonio es rendición. El matrimonio es cuando una chica abandona la lucha… y de ahí en adelante deja la acción verdaderamente interesante y significativa a su marido, quien ha negociado ‘cuidarla’… Las mujeres viven más que los hombres porque realmente no han estado viviendo”. A mamá le gustaba pensar en la vida, especialmente en la experiencia de ser mujer. También le gustaba escribir sobre ello.
A mediados de los setenta, durante una visita a casa, estaba imprimiendo unas fotos que había tomado de Atlantic City en el cuarto oscuro de mi madre cuando encontré algo que nunca había visto. Era una especie de, no sé, cuaderno de bocetos. En la portada había un collage que ella había hecho con fotos familiares con la frase “Lo que cuenta es el viaje, no la llegada”.
(…)
Una mañana me desperté con un grupo de desconocidos paseando por nuestra casa, examinando cada habitación. Mamá no se había molestado en decirnos que se había inscrito en el concurso de la Sra. América de nuestra localidad. El concurso era para encontrar a la ama de casa ideal.
Tenía nueve años, así que eso me hizo lo suficientemente mayor como para sentarme entre el público del cine en la calle Figueroa cuando fue coronada Sra. Highland Park. De repente, mi madre, la nueva mejor ama de casa de Highland Park, estaba de pie sobre mí en un vasto escenario frente a una enorme cortina de terciopelo rojo. Cuando la cortina se abrió para revelar un televisor RCA Victor Shelby, una lavadora y secadora Philco, un juego de maletas Samsonite, un guardarropa de moda de los grandes almacenes Ivers y seis frascos azul cobalto llenos de perfume Evening in Paris, no estaba segura de lo que estaba mirando. ¿Qué estaba viendo? ¿Por qué estaba mamá parada en el foco como si fuera una especie de estrella de cine? Esto era terriblemente emocionante pero extremadamente desagradable al mismo tiempo. Algo había sucedido, una especie de traición. Mamá me había abandonado, pero, aún peor, mucho peor, secretamente deseaba que hubiera estado yo en ese escenario, no ella.
Seis meses después, Dorothy Hall fue coronada de nuevo, esta vez como Sra. Los Ángeles por Art Linkletter en el Hotel Ambassador. Cuando perdió el codiciado título de Sra. California, pareció aceptar su fracaso con la misma facilidad que reanudó sus tareas domésticas habituales, pero las cosas fueron diferentes, al menos para mí.
A veces me pregunto cómo habrían cambiado nuestras vidas si mi madre hubiera sido elegida como la Señora América. ¿Se habría convertido en una personalidad televisiva como Bess Myerson, portavoz de electrodomésticos Philco o columnista de la revista McCall’s? ¿Qué habría sido de mis sueños de ser el centro de atención si los suyos se hubieran hecho realidad? Otra madre me arrebató la oportunidad, pero no me importó; me alegré de no tener que compartirla con el mundo.
(…)
Inspirada por el ejemplo de los Bastendorf, en 1961, mamá nos metió a los niños en la camioneta familiar y condujo hasta Nueva York para ver la exposición Art of Assemblage en el Museo de Arte Moderno. Quedamos fascinados por Joseph Cornell y cómo navegaba por un mundo imaginario a través de sus cajas y collages. En cuanto llegamos a casa, decidí hacer un collage en toda la pared de mi habitación. A mamá le encantó, añadiendo fotos de revistas que pensó que me podrían gustar, como James Dean de pie en Times Square. Pronto estaba haciendo collages de casi cualquier cosa, incluyendo botes de basura y cajas de almacenamiento hechas con papel maché abultado; incluso hizo collages del interior de todos los armarios de la cocina. (No pregunten).
(…)
Quería ser Barbra Streisand cantando: «Nunca, nunca me casaré; nacida para vagar hasta la muerte». Nunca me casé. Tampoco tuve una relación seria. Mientras seguía complaciendo obedientemente a mis padres, mi cabeza estaba en las nubes, besando a grandes inalcanzables como Dave Garland. Pensé que la única manera de hacer realidad mi sueño número uno de convertirme en una auténtica estrella de la comedia musical de Broadway era seguir siendo una hija adoradora. Amar a un hombre y convertirme en esposa tendría que dejarse de lado. Así que seguí persiguiendo grandes metas inalcanzables.
Los nombres cambiaron, de Dave a Woody, luego a Warren y finalmente a Al. ¿Podría haberme comprometido a largo plazo con ellos? Es difícil decirlo. Subconscientemente, debí saber que nunca funcionaría, y por eso nunca se interpondrían en mi camino para alcanzar mis sueños. Verás, buscaba peces más gordos que pescar. Buscaba público. Cualquier público. ¿Y qué hice? Audicioné para todo lo que había disponible sin dominar nada en particular.
(…)
Ahora que tengo sesenta y tantos, quiero entender mejor cómo se sentía ser la hermosa esposa de Jack Hall, criando a cuatro hijos en la soleada California. Quiero saber por qué mi madre siempre olvidaba lo maravillosa que era. Ojalá se hubiera enorgullecido de lo divertido que era para nosotros oírla tocar My Mammy al piano y cantar: «El sol brilla al este, el sol brilla al oeste, yo sé dónde brilla mejor el sol: Mammy». No sé por qué no apreció lo inusual que fue cuando me llevó a una sala de un museo donde a un león de mármol le faltaba el lado derecho de la cara; tampoco tenía pies. La imponente diosa en la otra sala no tenía brazos. Mamá no paraba de exclamar: «Diane, ¿no es precioso?».
—Pero todo está perdido. No tienen sus piezas —dije.
«¿Pero no lo ves? Incluso sin todas sus partes, mira qué magníficas son». Me estaba enseñando a ver. Sin embargo, nunca se atribuyó el mérito de nada. Me pregunto si su falta de autoestima fue un síntoma temprano de olvido. ¿Fue realmente el Alzheimer lo que le robó la memoria, o fue una inseguridad paralizante?
- Ahora y siempre. Diane Keaton. Traducción: Fernando Garí Puig, e Roig Giménez (Lumen).
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