El escritor, editor y traductor mexicano Eduardo Rabasa (1978), en Madrid en 2025. /WMagazín
Eduardo Rabasa: “Los fenómenos extremos que vivimos políticamente son por causa del utilitarismo de la enseñanza llevado a su límite más bestia”
El escritor, editor y traductor mexicano publica 'El hotel de los corazones rotos'. Una novela sobre la formación de la identidad, de ideas, de la convivencia de la cultura más elevada y la popular, de la ficción y la realidad, de cómo el neoliberalismo y su modelo de educación afectan a la vida personal y social
De las baladas de los años ochenta que sonaban en la radio de su casa a su primer concierto con Guns N’ Roses; de los pocos libros leídos en la infancia y la adolescencia al hallazgo de George Orwell que lo abrió a la gran pregunta ¿Qué es el mundo? Hasta que pocos años después fue uno de los fundadores de una de las editoriales independientes más prestigiosas de México que luego llegó a España y Latinoamérica: Sexto Piso. Y allí sigue Eduardo Rabasa (Ciudad de México, 1978), como editor y traductor, mientras, en horas de la madrugada, escribe novelas, cuentos o ensayos.
El hotel de los corazones rotos (Galaxia Gutenberg) es su tercera y más reciente novela, metaliteraria y metaexistencial. Es un viaje de máscaras donde intentan convivir los sueños y la realidad y la cultura alta y popular en una historia de finales del siglo XX que sirve de ventana para ver un ejemplo de uno de los embriones de los grandes cambios que ha vivido el mundo en este siglo XXI, donde el neoliberalismo se llevó por delante muchas cosas, entre ellas una educación que desdeña la enseñanza de las humanidades cuya ausenci desarbola gran parte del interior de la persona. Mientras Bruno y Milena escenifican el duelo que libran el poder de la curiosidad, el saber, la literatura y el amor como grandes transformadores del individuo y de la sociedad.
“Los fenómenos extremos que vivimos políticamente son por causa del utilitarismo de la enseñanza, ante el desdén de las humanidades, llevado a su límite más bestia”.
“Eros es la clave, y ahí entran el amor fraternal o incluso el amor platónico. Eros es una de las grandes fuerzas que mueven el mundo”.
Son dos aspectos que impulsan El hotel de los corazones rotos para convertirla en:
una novela de ideas a través de tantos y tantos filósofos y creadores imbricados de manera natural en la narración (de Friedrich Nitzsche y Sylvia Plath a David Lynch);
una historia de máscaras que crean las personas para habitar su propio yo y el mundo exterior;
una narración sobre la formación de la identidad, de lo que se quiere ser, de lo que somos y de lo que esperan de nosotros;
un relato sobre el sueño y la ficción y su encuentro con la realidad;
un tablero con los juegos del destino, el azar y la voluntad de cambiar lo que parece escrito.

Eduardo Rabasa crea un relato que sigue a Bruno en el Distrito Federal de México, en 1999. Un hombre de 21 años que no logró terminar la preparatoria, alcoholizado y que sueña con escribir una radionovela titulada El hotel de los corazones rotos. Hasta que topa con dos situaciones que cambiarán su vida: trabajar como una botarga (disfrazado en la calle) de su ídolo Elvis Presley y haber conocido a Milena, una estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). De alguna manera es seguir bajando por el desbarrancadero o empezar a subirlo.
Todo en un lenguaje oral de gran viveza a través del cual se muestra cómo las macro decisiones políticas, económicas o sociales que parecen tan lejanas repercuten en la vida personal y cotidiana y afectan desde los sueños hasta su propia realización. En la manera como las personas perciben el mundo, afectan la curiosidad o la búsqueda de la excelencia y a la misma decisión, consciente o no, de cómo estar en la vida.
Desde la orilla donde está Bruno se ve la capacidad de asombro, aprendizaje o receptividad frente al saber, que no es otra cosa que cambiar la mirada frente a la propia existencia.
En la calma de una cafetería como de otros tiempos, en el barrio de Lavapiés, de Madrid, Eduardo Rabasa empieza por contar su descubrimiento de la cultura.
Winston Manrique Sabogal. ¿Para usted, qué fue primero en su vida, la música o la literatura?
Eduardo Rabasa. Más la música, aunque de chavillo tampoco era particularmente melómano. Era la música que ponían en mi casa y no me identificaba mucho con ella, la música de mis papás: la balada, Tania Libertad, cosas así, y me la sé toda. Pero a los doce o trece años empezó a gustarme otra música muy fuerte. El primer concierto al que fui en mi vida fue el de Guns N’ Roses, en el DF.
A los libros llegué un poquito más tarde. El gran descubrimiento fue en la universidad cuando estudiaba Ciencias Políticas. Tenía unos 17 o 18 años cuando leí a Orwell, fue el momento en que se me abrió la pregunta ¿Qué es el mundo?

W. Manrique Sabogal. Uno de los temas que vertebran su novela es la búsqueda de la identidad a través del descubrimiento de muchas ideas que se bifurcan en la creación de las máscaras que lleva el ser humano, el duelo entre lo que somos, lo que queremos ser y lo que los demás quieren que seamos, sobre todo Bruno. La novela es, especialmente, la transformación de él.
Eduardo Rabasa. Ahorita te que te escuchaba pensaba en esto de las máscaras. Hay un antropólogo que me gusta mucho, Ernest Becker, que tiene un libro muy importante para mí, La negación de la muerte, donde dice que el carácter es una máscara, digamos, que la constitución misma de lo que usamos es la máscara con la que nos plantamos ante la sociedad y, en el caso de la novela, en el personaje de Bruno.
Me han dicho que Bruno habla más hacia su interior que hacia afuera. Esa es un poquito la primera máscara. Yo de joven era muy tímido y tengo esa experiencia, una máscara casi muda o silenciosa. En ese sentido, la novela muestra esa máscara de identidad interior sin necesidad de disfraz. Después tiene este golpe el destino que lo hace un poco chafa (corriente, ordinario) cuando ve en la calle la botarga de Elvis Presley, con la que trabajará. No es que se gane la lotería, pero eso le ofrece la posibilidad de habitar una máscara, un disfraz de su ídolo.
W. Manrique Sabogal. Eso le permite una tercera salida, meterse dentro del disfraz que es ver a todos sin que lo vean, como habitar una cueva. Y en esa búsqueda de su identidad sin proponérselo, aparece una chica con su mundo de ideas, lecturas y cultura. Y él tiene la capacidad de ser receptivo.
Eduardo Rabasa. Podríamos pensar que, hasta cierto punto, es un chico sin identidad o con una identidad no muy clara. Y la encuentra por un golpe de suerte en ese disfraz de Elvis Presley. Vive una especie de iniciación al revés: empieza abajo y se hunde. La chica, Milena, le ofrece una realidad que él no conoce y que quizá no entiende, pero que trata de asimilar.
W. Manrique Sabogal. En ese trayecto de construcción de la identidad sostenida en el descubrimiento de ideas y de la cultura culta y popular Bruno vive una transformación. ¿Un reflejo de sus propias lecturas a los 19 o 20 años en la universidad?
Eduardo Rabasa. Sí, una parte. Entre las lecturas que me sirvieron para la novela están la biografía de Elvis, y muchas otras que hice hace treinta años.
W. Manrique Sabogal. Del citado Orwell a Nietzsche o Schopenhauer que aparecen en las páginas.
Eduardo Rabasa. Sí. Por ejemplo, en esa época tomamos un seminario sobre Nietzsche y te juro que para nosotros era como una especie de… Ahora lo veo como lo que sería casi una terapia de autoayuda. Era importantísimo. Era como, estoy viviendo según la afirmación nietzscheana en este eterno retorno. Eran cosas muy vivas. Ahora veo parte de todo eso con una especie de ternura o de nostalgia.
W. Manrique Sabogal. Y Bruno, a pesar de su procedencia, escucha, representa la curiosidad, las ganas de aprender, de saber, de mirar, es admirable. ¿Cómo decide incorporar esas referencias culturales y literarias?
Eduardo Rabasa. Hay una idea de Roberto Calasso que me gusta mucho que decía que había libros para convivir con ellos, o sea, con que estuvieran en tu casa, aunque no los leyeras ya algo se te pegaba. Es un poquito esa idea. Convivir con ciertas ideas y tratar de escuchar.
Esas referencias a escritores, filósofos o artistas e ideas no fueron premeditadas, surgieron a medida que escribía la novela. Y como me gusta la cultura pop las mezclé. Quería explorar un poco la vida de un chico formado por este tipo de ideas en contraste, porque su contraparte amorosa es Milena, que quizá tiene otro nivel, otro tipo de referencias, y, de alguna forma, es un choque de dos mundos, de realidades diferentes que dependiendo de cómo se gestionen seguirán o no.
A mí lo que me abrió la cabeza en dos fue la UNAM cuando estudiaba Ciencias Políticas, además yo me metí medio de rebote porque mis amigos se metían y pensé: ¿Qué hago yo?
Ya dentro recuerdo perfecto una clase que tomé de filosofía política donde vimos a este crítico René Guénon con su libro Oriente y Occidente, una interacción filosófica del sistema de castas y su contraposición con la democracia. Te juro que fue como si me agarraran la cabeza y la partieran en dos. Esa sensación la sigo recordando. Era un poco lo que quería trasladar con este chico.

W. Manrique Sabogal. Esa enseñanza y asombro ante las ideas y las humanidades contrasta con uno de los vértices de la novela que es lo que ocurre en la UNAM a finales del siglo XX, ejemplo del inicio del neocapitalismo, del utilitarismo y del empezar a dejar a un lado la enseñanza de las humanidades.
Eduardo Rabasa. Es súper importante esto que acabas de mencionar, porque, justamente, esa huelga estudiantil de la universidad a mí me tocó. Yo estudiaba en ese momento en la UNAM y al estar parada implicó muchas cosas. Fue importante, sobre todo, con el paso del tiempo, la dimensión simbólica, porque estaba en juego el modelo de educación y de universidad y hasta un poco de país. Es lo que acabas de decir exactamente. ¿De qué sirven las humanidades? No sé muy bien, pero a mí estudiar Ciencias Políticas no me preparó para nada en concreto y, al mismo tiempo, es lo mejor que he hecho en mi vida entera. Es donde más me he formado, las lecturas que más recuerdo, las referencias que más recuerdo, lo que me ayuda a comprender el mundo.
Es el neoliberalismo entrando y la universidad o la educación vistas como un producto y el estudiante como cliente que paga por un servicio que lo va a ayudar a venderse mejor; y la huelga estudiantil, quizás, sin tanta conciencia. Fue más una reacción visceral. Pero estaba en juego toda esa concepción, y la cultura como consumo.
W. Manrique Sabogal. ¿Cree que parte de la crisis que vivimos ahora, sobre todo las nuevas generaciones, son consecuencia de ese desdén en la enseñanza de las humanidades y todo ello en función del utilitarismo?
Eduardo Rabasa. Creo que un poco sí. Tampoco tengo nostalgia por un tiempo mejor de hace treinta años donde todo el mundo leía a Platón o a otros autores, porque tampoco era así. Pero creo que sí, porque, además, Los fenómenos extremos que vivimos políticamente son por causa del utilitarismo de la enseñanza, ante el desdén de las humanidades, llevado a su límite más bestia.
W. Manrique Sabogal. Se ha instalado la idea de que saber del pasado, o tener algún conocimiento de geografía o parte de filosofía y cómo ha evolucionado el arte no sirven para nada.
Eduardo Rabasa. El ser humano lo va asimilando. No es que sirva para algo concreto, pero contribuye a la identidad y a la formación de un criterio. Sirve para la formación del ser humano y te da elementos para afrontar la propia vida.
W. Manrique Sabogal. Los libros y la lectura como vías de conocimiento y gozo son importantes en su novela. Usted también es editor, de Sexto Piso, trabaja con los libros, la ficción y el ensayo. Vende historias.
Eduardo Rabasa. Hay una idea que cuenta Elias Canetti en Masa y poder que me parece muy bonita: es una tribu que cree que los sueños son la realidad. Es lo mismo con la ficción. La lectura es otra realidad. Soy un gran creyente de la realidad, digamos, de la ficción. La verdad es que hay gente que se siente más a gusto en esa realidad.
W. Manrique Sabogal. Hay otras dos ideas en El hotel de los corazones rotos: la lectura, a través de Milena, y el amor, ambas como elementos que contribuyen a la transformación de Bruno.
Eduardo Rabasa. Son aspectos poderosos, y puede sonar un poquito cursi en estos tiempos de amor utilitario. Me da igual lo que cada uno haga, pero en el caso del poliamor, por ejemplo, a la gente que lo defiende de manera militante les digo: “Eso es muy neoliberal para mí”. Es como que voy a acumular todas las experiencias y si yo tengo treinta experiencias y tú solo una, estoy mejor yo.
Para mí Eros es la clave, y ahí entran el amor fraternal o incluso el amor platónico. Eros es una de las grandes fuerzas que mueven el mundo. Cuando te dicen: “¿Por qué te enamoraste?”. Pues quién sabe. Y a veces me encontró, porque no lo busqué, pero me encontró. Escapa a cierta lógica. Por eso tantos esfuerzos por nombrarlo, por cantarlo, por recitarlo y estas acciones son, quizás, resbaladísimas acciones, nadie le llega.
W. Manrique Sabogal. La novela tiene un gran trabajo alrededor del lenguaje oral.
Eduardo Rabasa. Una de las grandes decisiones al escribir una novela es el lenguaje. Puedes narrar en primera persona, en tercera persona, de muchas maneras. Esta novela la quería hacer en primera persona, por lo mismo de las máscaras y la identidad, pero, sobre todo, por contar la historia a través de Bruno, porque, además, me daba un narrador no fiable.
Pero pasó una cosa curiosa: tenía una primera versión en primera persona, pero quizá era un lenguaje más contenido, más neutro. Y había otra parte en tercera persona, por un juego medio conceptual, porque cuando se pone el disfraz es uno. Pero me hizo el favor de leer esa primera versión un escritor que yo quiero y admiro mucho, Fabio Morábito, y me hizo señalamientos muy pertinentes. Me dijo: “¿Sabes qué? La tercera persona no funciona. Quítala. Nada más confunde, nada más distrae. No le aporta nada al libro. Pásalo todo a primera y vas a ver cómo no pierde nada. Y habita más esa voz”.
W. Manrique Sabogal. ¿Cómo afinó esa voz? ¿La pensó mucho o fue natural?
Eduardo Rabasa. Fíjate que al tener la idea o el impulso fue más natural. Ese es el ejercicio de la primera persona, cómo situarte en la mente del otro, del personaje y, para mí, así es como hablaría y pensaría Bruno en esa época.
W. Manrique Sabogal. ¿Cómo distribuye su jornada de editor, traductor y escritor?
Eduardo Rabasa. Por la mañana prefiero escribir mis libros, muy temprano, a las cinco o cinco y media de la mañana empiezo. Es cuando puedo escribir, porque en la noche ya tengo la cabeza saturada. Necesito reservar las mejores horas para la creación.
- El hotel de los corazones rotos. Eduardo Rabasa (Galaxia Gutenberg).

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