El Ártico como punto candente que decidirá parte del futuro ecológico y político del mundo
Marzio G. Mian analiza en 'Guerra blanca. En el frente Ártico del conflicto mundial' (NED Ediciones) por qué el interés de las grandes potencias en esta región. Una batalla que afectará el equilibro del bienestar del planeta y los seres humanos
La escasez de agua, el cambio climático, la deforestación, la desaparición de especies vegetales y animales, la polución… El futuro de la humanidad depende del manejo de estos asuntos relacionados con el planeta y que están interrelacionados. Pero la gente los suele ver como algo abstracto, incluso lejano, cuando no es así, porque no logran situarlo en algo concreto, lo más parecido es el Amazonas, pulmón de la Tierra. El otro espacio es el Ártico. Y ese es el punto donde ya se manifiesta la batalla de las potencias mundiales. Está en juego todo un sistema ecológico que irradia al resto del planeta y su mala gestión puede desequilibrar factores como el cambio climático y trastocar todo lo demás.
Esos son los temas que desarrolla Marzio G. Mian en el libro Guerra blanca. En el frente ártico del conflicto mundial (NED Ediciones). No en vano Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha mostrado su interés, incluso de manera hostil, en que su país tenga una presencia y poder más directos sobre el Ártico, porque solo tiene la parte de Alaska. Lo demás, en la parte de Occidente, es Canadá, Groenlandia y los países nórdicos, pero la mayoría pertenece a Rusia.
“Es en el Ártico donde se siente con más fuerza el eco de los cañones que retumban en Ucrania. Es allí donde China, Rusia y la OTAN se han dado cita para el duelo final. Antes considerado la última de las fronteras, ahora es el frente más candente. Es el gran convidado de piedra de nuestro tiempo, en apariencia ajeno a la disolución del orden mundial en curso, pero en realidad en el centro de todo. La guerra blanca ya está entre nosotros, y el dominio del Ártico es la verdadera apuesta en juego”, afirma la editorial.
Dos declaraciones lo dicen todo:
“Creo que la vamos a conseguir. De un modo u otro, la vamos a conseguir”: Donald Trump, sobre Groenlandia (4 de marzo de 2025).
“Romperemos los dientes a cualquiera que se atreva a desafiar nuestra soberanía. […] no existe el Ártico sin Rusia ni Rusia sin el Ártico”: Vladimir Putin (21 de mayo de 2022).
¿Intereses? Van del petróleo a las rutas marinas que acortarán tiempo y dinero por el deshielo, pasando por la exploración de sus aguas y su fondo en busca de tesoros inimaginables, literalmente, que puedan dar más poder a quien los encuentre.

Marzio G. Mian (64 años / Fanna, Italia, 1961) es uno de los pocos periodistas que desde hace mucho años escribe sobre el terreno de la transformación histórica de la región polar provocada por el cambio climático. Allí, el deshielo de un territorio virgen y aún por explotar ha atraído el interés de las potencias mundiales: tierras raras, hidrocarburos, pesca, nuevas rutas estratégicas.
Guerra Blanca es un reportaje desde Chukotka hasta Groenlandia, desde Alaska hasta el mar de Barents, que reúne testimonios exclusivos —de un obispo designado por Putin para la evangelización del norte, de un comandante de la guardia costera noruega, de los lugareños de un remoto pueblo pesquero groenlandés- y muestra cómo, en la Guerra Blanca, el Ártico es el primer gran perdedor.
Marzio G. Mian fundó, junto con otros periodistas internacionales, la sociedad sin ánimo de lucro The Arctic Times Project, que documenta las consecuencias del cambio climático en la región ártica. Colabora con Rai, Sky Italia, Radio Svizzera Italiana, Reportagen, Harper’s Magazine, The Guardian, Internazionale, Revue XXI y Le Temps. Es uno de los periodistas afiliados al Pulitzer Center de Washington.
El siguiente es un extracto del libro:

Guerra Blanca
Marzio G. Mian
Existía el “espíritu del Ártico”, un excepcionalismo encomiado en el célebre discurso de Mijaíl Gorbachov en 1987 en Múrmansk, ante los marinos de la Flota del Norte: “Hagamos al menos del Polo un polo de paz”, dijo, dirigiéndose indirectamente a Ronald Reagan y abogando por el desarme de los misiles de alcance medio desplegados en la región polar. Las reglas especiales de compromiso en las relaciones árticas se mantuvieron, en esencia, hasta la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022: High North, low tension era el mantra. Y esto a pesar de que entre los países que bordean el Ártico figuran dos potencias —Rusia y Estados Unidos— enfrentadas de distintas maneras desde hace más de setenta años, ambas impulsadas por la misma «misión histórica»: expandir su influencia y su supremacía. Aquellos confines polares compartidos por la OTAN y Rusia funcionaban más como elemento de disuasión que como incentivo para la confrontación militar. (…)
Cuando nació en 1996, el Consejo Ártico no era más que una declaración de buenas y pacíficas intenciones entre los ocho países ribereños del océano glacial —además de Rusia y Estados Unidos, Canadá, Noruega, Islandia, Dinamarca (gracias a Groenlandia), Suecia y Finlandia—, que se disponían a sentarse en la misma mesa para cooperar en cuestiones medioambientales, las consecuencias del cambio climático, la pesca, la navegación y los derechos de los pueblos indígenas. No se hablaba de seguridad, porque no era una organización internacional, sino un foro intergubernamental. Durante años, el Consejo Ártico pasó inadvertido, con reuniones a las que asistían diplomáticos de segunda fila, próximos a la jubilación. Pero, a medida que el hielo se derretía y comenzaban a circular estimaciones sobre riquezas explotables cada vez más accesibles y se anunciaban rutas árticas —providenciales atajos marítimos para la globalización, alternativas a los cada vez más inestables pasos de Suez y Panamá—, llegaron los peces gordos: ministros de Exteriores, desde Serguéi Lavrov hasta Hillary Clinton. Y los países que aspiraban a tener peso en la escena mundial hacían verdaderos malabares para ser admitidos como observadores en el club boreal. En primer lugar, China, que para la ocasión se inventó una nueva identidad geográfica: la de país «casi ártico». Aquella zona, relegada desde siempre a los márgenes de la Gran Historia de la humanidad, se encontraba de repente bajo los focos, en el centro de intereses y apetitos globales. (…)
Con todo, el denominado “pacto del hielo” entre los Ocho sobrevivió incluso a la anexión rusa de Crimea en 2014. No ocurrió lo mismo con la invasión de Ucrania, que marcó un antes y un después en la historia del Ártico. En 2022, siete países del Consejo Ártico suspendieron toda colaboración con Rusia, que además ostentaba la presidencia rotatoria del club y posee el 52% de las costas polares. El Ártico se fracturó y se rompió el tabú de la guerra; terminó la excepción del Gran Norte «condenado a la paz», y surgieron dos, condenados a enfrentarse. High North, high tension: el nuevo mantra. Con el ingreso de Suecia y Finlandia en la OTAN, el Consejo Ártico es enteramente euroatlántico y de facto el brazo político de la OTAN, que ahora controla la mitad de la región y tiene su centro de gravedad en el Gran Norte. Entretanto, Rusia ha alentado la formación de un bloque ártico alternativo bajo la bandera de los BRICS. “Después de Ucrania, todo ha cambiado. Ahora la cuestión no es si habrá un conflicto en la región polar, sino cómo evitarlo», me dijo Angus King, senador independiente de Maine. «Lo que se está gestando en el techo del mundo es un problema de seguridad nacional para cada uno de los países occidentales”. (…)
Groenlandia, con su 15-20% de las tierras raras no explotadas del planeta, representa la posibilidad de emanciparse de la dependencia del monopolio chino.
Significa recuperar de un salto el tiempo perdido frente a Rusia, que en el Ártico es la potencia histórica: allí es donde Putin exhibe cuarenta y dos rompehielos nucleares frente a los dos de Estados Unidos, allí ha concentrado su fuerza no convencional, capaz de alcanzar territorio estadounidense con misiles de corto alcance, y allí es donde el zar, gracias al cambio climático, posee por fin ese mar que siempre le faltó al Imperio ruso.
Desde el mare nostrum ruso, Putin proyecta sus ambiciones, porque desde las aguas polares su flota puede conectarse rápidamente tanto con el Atlántico como con el Pacífico.
En el Gran Norte ruso, Putin protege —con armas nucleares en mano— su caja fuerte de gas y petróleo: su “cajero automático”, como lo llaman en el Departamento de Estado. (…)
La escalada imperialista de Trump nace del temor de que Pekín se apodere del siglo ártico. El entendimiento con Putin aspira a volverse estratégico, para contrarrestar el de Moscú y Pekín, considerado táctico y provisional. En mi opinión, con el progresivo repliegue de Estados Unidos dentro de la OTAN, la inseguridad en el Gran Norte no hará sino aumentar las probabilidades de una Guerra Blanca, es decir, que el nuevo orden mundial se decida más allá del círculo polar ártico. Ya se vislumbra, por ejemplo, cómo las tensiones entre Estados Unidos y Canadá se concentran en el Ártico norteamericano: sobre la presencia militar, la explotación de recursos y, sobre todo, en torno al Paso del Noroeste, la ruta cada vez más transitable que conecta el Atlántico Norte con el Pacífico Norte y cuya soberanía Canadá reclama pero que Washington no reconoce. El nuevo Gran Juego encuentra, por ahora, a Europa fuera de juego.
- Guerra blanca. En el frente ártico del conflicto mundial. Marzio G. Mian (NED Ediciones).
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