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Detalle de la portada del libro de cuentos ‘El buen mal’ (Seix Barral), de Samanta Schweblin, ganador del I Premio Aena de Narrativa Hispanoaemericana 2026. / WMagazín

El auge del cuento en América Latina y España en el siglo XXI (1): claves de la innovación con protagonismo de las escritoras

La concesión del I Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana a la escritora argentina Samanta Schweblin por su volumen de relatos 'El buen mal' refleja el esplendor del cuento en lengua española. Una narrativa que innova al absorber temas, fundir estilos, jugar con los géneros, romper etiquetas y consolidar su lugar en las librerías y entre los lectores

La vida de cada persona es un rosario de cuentos. Historias que sostienen el mundo y, al convertirse en palabras, no dejan de transformarse. En América Latina y España, esa tradición vive hoy un renovado momento de esplendor: una narrativa que absorbe temas, funde estilos, juega con los géneros, rompe etiquetas y consolida su lugar en las librerías y entre los lectores.

Una señal clara de ese auge acaba de producirse. La argentina Samanta Schweblin recibió el I Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana al mejor libro de ficción de 2025 por su volumen de cuentos El buen mal (Seix Barral) y puso el foco en lo que significa este reconocimiento: “la declaración de principios que implica empezar un premio con un libro como este”.

Otros grandes premios internacionales, recordó la autora, han privilegiado históricamente la novela —“novelas extraordinarias”—, y solo de forma excepcional han distinguido libros de cuentos: “Muy cada tanto tienen que aparecer una Alice Munro o una Jhumpa Lahiri, autoras de un talento sobrenatural, para romper los cánones… Este premio da su primer paso premiando la excepción. Me emociona, de verdad, pensar que estoy recibiendo un premio que es, también, un reconocimiento al género del cuento”.

Con este galardón no solo se reconoce una obra, sino que se ilumina una constelación de autores —especialmente de escritoras— que han renovado el cuento en el siglo XXI. Sus relatos exploran nuevas formas narrativas, arriesgan miradas sobre los temas de siempre, revisitan la vida cotidiana y abren zonas inquietantes del mundo interior y su relación con el entorno.

Lejos de la idea de que el cuento prosperó por adaptarse a tiempos de una nueva velocidad, su vigencia responde más bien a su intensidad, a la maestría que exige y a su condición de laboratorio literario privilegiado en una época de búsqueda y experimentación. De ahí que hoy el género haya consolidado su presencia en los catálogos editoriales.

Renovadores del cuento en el siglo XXI

Portadas de libros de cuentos de América Latina y España en el siglo XXI. /WMagazín

La renovación del cuento no es un fenómeno aislado, sino coral. Entre los autores que empezaron a publicar en el siglo XXI y han contribuido a renovar y enriquecer el género, se despliega un panorama amplio y diverso en todo el ámbito hispano:

En Argentina: Samanta Schweblin, Selva Almada, Yanina Rosenberg, Valeria Correa Fiz, Fernanda García Lao, Patricio Pron, Magalí Etchebarne, Eduardo Berti, Mariana Enriquez…

En Bolivia: Giovanna Rivero, Edmundo Paz Soldán, Liliana Colanzi…

En Chile: Alejandra Costamagna, Paulina Flores, Alejandro Zambra, Arelis Uribe, Alberto Fuguet, Isabel Mellado, Lina Meruane, Juan Diego Zúñiga, Andrea Maturana, Juan Pablo Roncone…

En Colombia: Juan Gabriel Vásquez, Margarita Borrero Blanco, María Ospina Pizano, Pilar Quintana, Juan Cárdenas, Margarita García Robayo, Carolina Sanín, Santiago Gamboa, Luis Noriega, Mario Mendoza…

En Cuba: Karla Suárez, Elaine Vilar Madruga, Ronaldo Menéndez…

En Ecuador: María Fernanda Ampuero, Gabriela Ponce, Solange Rodríguez Pappe, Mónica Ojeda…

En España: Nuria Barrios, Pilar Adón, Marina Perezagua, Jon Bilbao, Sara Mesa, Julia Viejo, Eider Rodríguez, Margarita Leoz, Marta Jiménez Serrano, Miguel Ángel Muñoz, Paul Viejo, Isabel González, Nuria Labari, Ricardo Menéndez Salmón, Espido Freire, Irene Reyes-Noguerol…

En México: Guadalupe Nettel, Liliana Blum, Yuri Herrera, Laura Baeza, Aniela Rodríguez, Brenda Lozano, Ignacio Padilla, Elma Correa, Ave Barrera, Socorro Venegas, Eduardo Ruiz Sosa, Valeria Luiselli, Antonio Ortuño, Jorge Volpi, Bernardo Esquinca…

En Perú: Katya Adaui, María José Caro, Santiago Roncagliolo, Claudia Ulloa, Gabriela Wiener…

En El Salvador: Jacinta Escudos…

En Uruguay: Fernanda Trías, Claudia Amengual…

En Venezuela: Juan Carlos Méndez Guédez, Lena Yau, Rodrigo Blanco Calderón, Alberto Barrera Tyszka…

 

La semilla del éxito

El editor español Juan Casamayor, fundador de Páginas de Espuma. /Foto Isabel Wageman – cortesía Páginas de Espuma

Este universo en expansión se debe, en gran medida, a uno de los editores españoles que, desde finales del siglo XX, más ha apostado por este género: Juan Casamayor, fundador de la editorial Páginas de Espuma, creada en 1999 en Madrid.

Creyente convencido y evangelizador incansable del cuento, Casamayor no solo motiva a los cuentistas natos, sino que incentiva a otros escritores a descubrir este género y, con unos y otros, ha contribuido a ampliar sus fronteras, su difusión y su consolidación. Su proyecto comenzó cuando este género estaba en la periferia editorial en España y América Latina.

Más tarde, en 2008, encontró un aliado para dar más impulso a este género literario al crear el Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero. Un galardón bienal que han obtenido Javier Sáez de Ibarra por Mirar al agua. Cuentos plásticos (2009, España), Marcos Giralt Torrente por El final del amor (2011, España), Guadalupe Nettel por El matrimonio de los peces rojos (2013, México), Samanta Schweblin por Siete casas vacías (2015, Argentina), Antonio Ortuño por La vaga ambición (2017, México), Marcelo Luján por La claridad (2020, Argentina), Liliana Colannzi por Ustedes brillan en lo oscuro (2022, Bolivia), Magalí Etchebarne por La vida por delante (2024, Argentina), Sofía Balbuena por Personaje secundario (2026, Argentina).

Casi tres décadas publicando cuentos, palpando sus pulsaciones y auspiciando su renovación —una verdadera revolución literaria— le permiten a Juan Casamayor describir algunas claves de por qué el cuento vive un momento extraordinario. Su explicación parte del origen reciente de este proceso:

“Nace en los años noventa del siglo XX, con los nietos del boom latinoamericano, que ya no ven a esos escritores como sus padres o abuelos literarios, sino como clásicos. A partir de ahí consiguen explorar otras narrativas, otros dispositivos literarios. Los autores se abren a un cosmopolitismo mayor en todos los países de habla hispana. En España están autores como Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón o Mercedes Abad que se reivindican como cuentistas frente al auge de la novela en los años ochenta”.

Son los primeros días de un nuevo tiempo cuyo rumbo aún es incierto. La semilla está plantada. Con la llegada del siglo XXI aparecen los primeros brotes:

“Esto propicia la instalación del género en el tejido editorial, donde está mucho más presente que en décadas anteriores, mientras los medios de comunicación le prestan más atención. Todo esto crea una base lectora mucho más amplia, que se podría analizar en relación con la importancia de las lectoras en nuestro idioma en español, así como con el amplio tejido de talleres de escritura creativa en todos los países”.

Páginas de Espuma fue un oasis del cuento en aquellos primeros años. Lo más significativo que ha ocurrido en el siglo XXI con este género, para este padrino de cuentistas y cazatalentos, es la metamorfosis silenciosa e imparable que vive:

“El cuento, si ya lo era, ha acentuado su capacidad estética y libertad en la ruptura de los límites de los géneros. El cuento, para esa experimentación, ha sido el más favorable y el más profundo en buscar esas posibilidades de disolución genérica literaria y explorar terrenos muy híbridos: desde el distinto punto de vista, desde el tratamiento del lenguaje, desde la estrategia narrativa o desde la ruptura de límites de género ante las comprensiones más clásicas del cuento”.

Y es aquí donde reside una de las claves del éxito y proyección diversificada del género, porque, por ejemplo, como explica Casamayor:

“El cuento ya no tiene por qué primar un final abierto; incluso, puede no tener final, puede no tener principio, puede no tener nudo. Todo cabe en un cuento que es un género muy favorable para la fragmentación, para la forma breve que abre sus posibilidades narrativas casi de una forma infinita en la medida que concentra su poder literario como pieza breve, pero, a la vez, por el modo como interconecta a las demás”.

 

Una nueva dimensión del cuento

Portadas de libros cuentos de América Latina del siglo XXI. /WMagazín

A ello se suma otro elemento antes impensable, inamovible, porque se está teniendo en cuenta la desaparición del libro de cuentos tradicional (es decir, un libro con diferentes cuentos) y se potencia la construcción de los libros de cuentos, es decir, aquellos que en conjunto conforman una galaxia, un universo propio:

“Los cuentos son independientes cuando se escriben, pero pierden su autonomía en un libro de cuentos. Este es un caso muy evidente en Samanta Schweblin, que hace este tipo de libros muy meditados. Tarda una década en escribir un libro de cuentos, al igual que Eloy Tizón. Esto habla del género”.

Y aquí es donde, tras la renovación de las formas, entra el contenido, que, a su vez, depende de las formas. Juan Casamayor hace referencia a tres asuntos relevantes:

“La inclusión de una forma normalizada de los discursos literarios de lo no mimético, lo fantástico. Me parece que el cuestionamiento de la realidad y su distorsión es absolutamente fundamental en el cuento. El cuento ha vehiculado esas posibilidades de trasladar, desde lo gótico a lo inquietante, a lo insólito, al territorio del horror. Es decir, todas esas formas que caben dentro de lo no mimético, el cuento las ha absorbido y las ha absorbido con una naturalidad tal que ya no son libros de género; ya no son libros de lo fantástico. ¡Es literatura, punto!”.

El editor se refiere a una nueva dimensión del relato:

“Literatura que empieza y acaba en sí misma y acepta esos elementos no miméticos. Es como lo que pasó en la novela española de los años ochenta y principios de los noventa, del siglo XX, cuando lo erótico empezó a aparecer en las novelas después de la etapa franquista y, casi ya al final, desapareció el género erótico, porque una novela normal podía tener erotismo o escenas totalmente explícitas”.

¿Y los autores que abanderan esta revolución del cuento? Son, sobre todo, los que tienen una mirada innovadora, de asombro y de redescubrimiento de la vida. Casamayor describe este elemento del éxito del cuento así:

“Por último, y no menos importante, es el posicionamiento de las escritoras. Obras bajo unas nuevas temáticas, unas nuevas sensibilidades, unas nuevas ópticas, unos nuevos tratamientos literarios que ponen en la vanguardia a las escritoras en este sentido. Han trabajado muchísimo en el cuento. Si repasamos el cuento latinoamericano del primer cuarto del siglo XXI, el género es fundamental en sus manos. Y no se trata de un boom del cuento de las escritoras. Las escritoras escribieron siempre, bien conocido es el proyecto de Vindictas, de Socorro Venegas, sino que las lectoras son las que han causado esta visibilidad y este nuevo diálogo entre lectura y escritura, entre lectoras y escritoras”.

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Winston Manrique Sabogal

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