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Carnaval en Venecia. /WMagazín

El carnaval en los clásicos de la literatura: alegría, color, máscara, baile y desenfreno

En vista de que la covid-19 impide celebrar esta fiesta, WMagazín, en compañía de Endesa, propone vivirla a través de pasajes de 'Libro de buen amor', de Arcipreste de Hita; 'El carnaval de Roma', de Goethe; 'El conde de Montecristo', de Dumas; 'Doña Flor y sus dos maridos', de Jorge Amado; y el poema 'Canción de carnaval', de Rubén Darío...

Días de liberación, días de celebrar los yoes que viven en cada uno, días en los que se mezcla todo el mundo y todas las clases socialaes, días de algarabía para festejar el mundo pagano con máscaras, bailes, risas y derroche de euforia. Eso son los carnavales en los que se vuelca medio mundo días antes de que empiece la cuaresma, el miércoles de ceniza. Abundancia, derroche y desenfreno en vísperas de la austeridad, el silencio y la vigilia.

Como este 2021 no se podrán festejar, debido a la pandemia covid-19, WMagazín, en compañía de Endesa, te invita a vivir el carnaval a través de pasajes alegres, bellos, coloridos y misteriosos de clásicos de la literatura: de el Libro de buen amor, de Arcipreste de Hita, a El carnaval de Roma, de Goethe; y El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas; pasando por el clásico brasileño Doña Flor y sus dos maridos, de Jorge Amado, y el poema Canción de carnaval, de Rubén Darío.

Una manera de vivir estas fiestas en un año en que no se podrán celebrar. Los carnavales rompen la rutina del día a día y aunque ahora esa rutina y cotidianidad se hace más pesada una vía para evadirla es con lecturas que trasladan a esos momentos o que funcionan como detonantes evocadores.

Una herencia, al parecer, de los saturnales romanos cuando a los esclavos y criados se les permitía liberarse y relacionarse con sus amos en un festejo que desembocaba en el descontrol al diluirsen los rangos y las clases sociales e igualar a todo el mundo alrededor del festejo.

Este es nuestro particular homenaje al carnaval e invitarlos a revivirlo a través de algunos pasajes de clásicos de la literatura:

Portada de 'Libro de buen amor', de Arcipreste de Hita./WMagazín

'Libro de buen amor. -La batalla de carnaval', de Arcipreste de Hita

En su libro más emblemático, Arcipreste de Hita, recrea el enfrentamiento que se genera entre Don Carnal y la Cuaresma, entre la vida de abundancia y el ayuno religioso:

El primero de todos que hirió a don Carnal
fue el puerro cuelliblanco, y dejolo muy mal,
le obligó a escupir flema, ésta fue la señal.
pensó doña Cuaresma que era suyo el real

Vino luego en su ayuda la salada sardina
que hirió muy reciamente a la gruesa gallina,
se atravesó en su pico ahogándola ahína;
después, a don Carnal quebró la capellina.
[…]
De parte de Valencia venían las anguilas,
saladas y curadas, en grandes manadillas;
a don Carnal le daban por entre las costillas,
las truchas del Alberche le daban en las mejillas.
[…]
La mesnada del mar reuniose en tropel,
picando las espuelas, dieron todos en él;
no quisieron matarle, tuvieron pena de él
y, junto con los suyos, le apresan en cordel.

Vencen las tropas de doña Cuaresma, y don Carnal es hecho prisionero. Un fraile le obliga a hacer penitencia, lo cual permite al Arcipreste explicar las virtudes de la confesión. Don Carnal, sin embargo, consigue escaparse tras su falsa confesión e imponerse así sobre doña Cuaresma, que se va de peregrinación a Jerusalén. El día de Pascua de Resurrección entra triunfante en el mundo acompañado de don Amor:

Víspera era de Pascua, abril casi pasado,
el sol había salido y el mundo iluminado;
circuló por la tierra un anuncio sonado:
que dos emperadores al mundo habían llegado.
Estos emperadores Amor y Carnal eran;
salen a recibirlos cuantos a ambos esperan;
las aves y los árboles hermosos tiempos agüeran,
y los enamorados más que nadie se esmeran.

  • Libro de buen amor. -La batalla de carnaval-. Arcipreste de Hita. Edición de Alberto Blecua (Cátedra).

'El carnaval de Roma', de Goethe

El clásico alemán se adentra en cómo Roma, una de las cunas del carnaval, celebraba en su tiempo estas festividades. Una verdadera inmersión en un periodo de algarabía y color:

«Al emprender la descripción del carnaval de Roma, no podemos sino temer una objeción, a saber: que una festividad como ésta resulta en verdad indescriptible. Una masa tan grande y viva de objetos sensibles debería desfilar ante nuestra mirada sin mediación alguna, de modo que cada cual la contemplara y se hiciera de ella una idea a su manera.

Más grave será dicha objeción si admitimos que el extranjero que asiste al carnaval de Roma por primera vez, y quiere y debe limitarse a verlo , no se llevará ni una impresión completa ni agradable que le halague particularmente la vista o le eleve el ánimo.

La mirada no logra abarcar la calle larga y estrecha por la que va y viene una inmensa multitud; apenas si se distingue algo en la pequeña parte del tumulto que el ojo alcanza a ver. El movimiento es uniforme; el ruido, ensordecedor; el final de la jornada, ingrato. Pero estos temores no tardarán en disiparse si nos explicamos mejor, y la cuestión estará en saber si la propia descripción justifica nuestra empresa.

En realidad, el carnaval romano no es una fiesta que se conceda al pueblo, sino que es el pueblo el que se la concede a sí mismo.

El Estado apenas pone de su parte e invierte poco dinero. El círculo de los placeres se mueve solo y la policía lo dirige con mano blanda.

No se trata de una fiesta que deslumbre al espectador, como ocurre con las muchas festividades religiosas que se celebran en Roma; aquí no hay fuegos artificiales que brinden un espectáculo único y sorprendente desde el castillo de Sant’ Angelo; aquí no hay iluminación de la basílica de San Pedro ni de su cúpula, que atrae a tantos forasteros de todos los países y hace sus delicias; aquí no hay procesión suntuosa alguna en cuya proximidad deba el pueblo rezar y asombrarse; aquí más bien se da solamente una señal y se anuncia que cada cual puede hacer tantas tonterías y comportarse tan alocadamente como le plazca, y que, salvo los golpes y las puñaladas, está casi todo permitido.

Por un momento parece que la diferencia entre los grandes y los humildes se haya abolido; la gente se acerca al prójimo, todo el mundo acepta con ligereza cuanto le ocurre; la libertad y la osadía que se toman unos con otros se compensan gracias al buen humor que reina por doquier.

Durante estos días, el ciudadano romano se congratula, aún en nuestro tiempo, de que el nacimiento de Cristo, pese a posponer unas semanas la fiesta de las Saturnales y sus privilegios, no lograra suprimirlas del todo.

Nos esforzaremos en presentar a la imaginación de nuestros lectores las alegrías y el delirio de estos días. Nos enorgulleceremos también de ser útiles a aquellos que hayan presenciado una vez el carnaval romano y puedan ahora deleitarse con el vivo recuerdo de esos tiempos; y no menos a quienes tengan todavía por delante tal viaje, a los que estas páginas pueden procurar la visión general y el disfrute de una alegría tumultuosa que transcurre en un suspiro.

EL CORSO
El carnaval de Roma se concentra en el Corso, que es la calle que limita y determina los festejos públicos de estos días. En cualquier otra parte sería una fiesta distinta, y por ello debemos, antes que nada, describir el Corso.

Como muchas calles largas de las ciudades italianas, debe su nombre a las carreras de caballos [33] con las que termina en Roma cada jornada del carnaval, y con las que, en otros lugares, se pone punto y final a otras celebraciones, como una fiesta patronal o la consagración de una iglesia.

La calle se extiende en línea recta desde la Piazza del Popolo hasta el palacio de Venecia. Mide unos tres mil quinientos pasos de largo y está flanqueada por edificios altos, en su mayor parte suntuosos. El ancho no guarda proporción con la longitud ni con la altura de los edificios. Unas aceras de adoquines para los peatones le restan de seis a ocho pies por cada lado. En medio, en casi todos los tramos, no quedan más que doce o catorce pasos para las carrozas, de modo que resulta evidente que con esa anchura pueden a lo sumo circular en paralelo tres vehículos.

Durante el carnaval, el obelisco de la Piazza del Popolo señala el límite inferior de esta calle, mientras que el palacio de Venecia marca el superior. (…)

No bien las campanas anuncian la noche, dicho orden se interrumpe. Cada cual gira por donde quiere y busca el camino más corto, no sin importunar a menudo a muchos otros carruajes, que se ven impedidos y retenidos en tan reducido espacio.

Este paseo al atardecer, que brilla en todas las ciudades grandes de Italia y que las pequeñas imitan ni que sea con un par de coches, atrae a muchos peatones al Corso; todo el mundo acude a mirar o a dejarse ver.

El carnaval, como enseguida tendremos ocasión de observar, no es más que la continuación o, mejor, la culminación de aquellos placeres que son habituales los domingos y festivos; no es nada nuevo, ni inusitado, ni único, sino que se sigue con toda naturalidad de las costumbres romanas.

Portada de 'El conde de Montecristo', de Dumas. /WMagazín

'El conde de Montecristo', de Alejandro Dumas.

El clásico de Dumas en medio de angustias y venganzas reserva un pasaje significativo para el carnaval en Roma. Por un momento los planes de Edmundo Dantés parecen apartarse de la narrativa para sentir esta fiesta a través, precisamente, de Alberto de Morcef, el hijo de quienes han desatado en él su furia de venganza, Mercedes, su gran amor, y Fernando Mondego, esposo de esta y examigo de Edmundo que lo traicionó para casarse con ella.

«Imaginemos que todas las estrellas se escapan del cielo y vienen a mezclarse a la Tierra en un viaje insensato. Todo acompañado de gritos que ningún oído humano ha percibido sobre el resto de la superficie del globo.

En este momento, sobre todo es cuando desaparecen todas las diferencias sociales. El facchino se une al príncipe, el príncipe al transteverino, el transteverino al hombre de la clase media, cada cual soplando, apagando, encendiendo. Si el viejo Eolo apareciera en este momento sería proclamado rey de los moccoli, y Aquilón, en heredero presunto de la corona.

Esta escena loca y bulliciosa suele durar unas dos horas. La calle del Corso estaba iluminada como si fuese de día; se distinguían las facciones de los espectadores hasta el tercero o cuarto piso. De cinco en cinco minutos Alberto sacaba su reloj, al fin este señaló las siete. Los dos amigos estaban justo a la altura de la Via Pontifici; Alberto saltó del carruaje con su moccoleto en la mano.

Dos o tres máscaras quisieron acercarse a él para arrancárselo o apagárselo, pero a fuerza de hábil luchador, Alberto las envió a rodar una tras otra a diez pasos de distancia y prosiguió su camino hacia la iglesia de san Giacomo. Las gradas estaban atestadas de curiosos y de máscaras sobre quien le arrancaría de las manos la luz. Franz seguía con los ojos a Alberto, y le vio poner el pie sobre el primer escalón. Casi al mismo tiempo, una máscara con el traje bien conocido de la aldeana del ramillete, extendiendo el brazo, y sin que esta vez el opusiera ninguna resistencia, le arrancó el moccoleto. (…)

De pronto, el sonido de la campana que da la señal de conclusión del carnaval sonó, y al mismo instante todos los moccoli se apagaron como por encanto.

Parecía que un solo e inmenso soplo las habría apagado. Franz se encontró en una oscuridasd profunda.

Con el mismo toque de campana se acabaron los gritos, como si el poderoso soplo que había apagado las luces hubiese apagado también el bullicio y ya nada más se oyó que el ruido de las carrozas que conducían a las máscaras a su casa. Ya nada más se vio que las escasas luces que brillaban detrás de los balcones. El carnaval había terminado».

Portada de 'Carnavaly otros cuentos', de Isak Dinesen.

'Carnaval y otros cuentos', de Isak Dinesen

«Corría el mes de febrero de 1925, y era la noche del gran carnaval en la ópera de Copenhague, cuando poco después de medianoche, en una casa situada a pocas millas de la ciudad se celebraba una cena de ocho personas, que venían del baile y tenían intenciones de volver a él.
El grupo, empezando por las damas, estaba integrado por: el Pierrot de Watteau, Arlecchino, el joven Soren Kierkegaard —ese brillante, profundo y desesperado filósofo danés de los años cuarenta, especie de macabro petimetre de la época— y Camelia.
Todas eran jóvenes y bonitas, aunque la verdaderamente hermosa era la que se había vestido de camelia, con un satén rosado, cuyo brillo y suavidad de flor no igualaba el de sus hombros desnudos y su espalda. Sus pestañas ennegrecidas eran tan largas, que los ojos color castaño claro parecían estar emboscados tras de ellas y en cualquier lugar de su cuerpo esbelto —garganta, brazos, cintura o rodillas—, en el que se hiciera un corte transversal con un cuchillo afilado, se obtendría una sección perfectamente redondeada. (…)
De los cuatro varones, la dama veneciana era el dueño de la casa y el marido de Pierrot. Su disfraz era el más costoso, y quien lo llevaba lucía las pesadas telas de plateada luminosidad y los brocados que pendían y caían como una gran cascada a la luz de la luna, con tanto sentido estético en lo abstracto como conciencia de su atractivo personal. Uno de sus amigos también iba vestido de arlequín, pues había prometido a la chica superarla en el disfraz. Era un moderno arlequín futurista y su traje estaba hecho de suaves telas metálicas, en tonos pálidos de jade, malva y gris, en tanto que ella era la auténtica y clásica figura de la antigua pantomima italiana. ¿Quién superaba a quién? Era solo una cuestión de preferencias».
Portada de 'Doña Flor y sus dos maridos', de Jorge Amado. /WMagazín

'Doña Flor y sus dos maridos', de Jorge Amado

Jorge Amado logró convertir esta novela salerosa en un clásico de la literatura brasileña. Publicada en 1966, Doña Flor y sus dos maridos es toda ella casi un carnaval de la vida y los deseos y sentimeitnos. Pero el carnaval propiamente dicho tiene un momento crucial cuando el primer marido de doña Flor, Vadinho, hombre juerguista, disoluto y amante apasionado muere un domingo de carnaval disfrazado de bahiana:

«Vadinho, el primer marido de doña Flor, murió un domingo de carnaval por la mañana, disfrazado de bahiana, cuando sambaba en un grupo y en medio de la mayor animación, en el Largo de Julio, no muy lejos de su casa. No formaba parte de la agrupación; acababa de mezclarse con ella junto con otros cuatro amigos, todos con vestimenta de bahiana, viniendo de un bar de la calle Cabeça, en el que el whisky había corrido con abundancia a costas de un tal Moysés Alves, hacendado del cacao, rico y perdulario.

La comparsa tenía una pequeña y afinada orquesta de guitarras y flautas; tocaba el guitarrillo Carlinhos Mascarenhas, un flacucho celebrado en las garçonnières, ¡ah!, un tocador divino. Los muchachos iban vestidos de gitanos y las chicas de campesinas húngaras o rumanas; jamás, sin embargo, hubo húngara o rumana —o incluso búlgara o eslovaca— que se cimbreara como se cimbreaban ellas, mestizas en la flor de la edad y de la seducción.

Vadinho, el más animado de todos, al ver aparecer el conjunto en la esquina y oír el punteo del esquelético Mascarenhas en el sublime guitarrillo, se adelantó con rapidez, situóse junto a una rumana repintada, grandota, monumental como una iglesia —que podía ser la de San Francisco, pues la cubría un derroche de lentejuelas doradas—, y anunció:

—Aquí estoy yo, mi rusa del Tororó…

El «gitano» Mascarenhas, que también iba cubierto de abalorios y canutillos y con festivas argollas colgando de las orejas, le exigió al guitarrillo; gimieron las flautas y las guitarras y Vadinho se lanzó a bailar la samba con el ejemplar entusiasmo característico de todo cuanto hacía, si se exceptúa el trabajo. Remolineando en medio de la murga, zapateaba frente a la mulata, avanzando hacia ella con floreos y ombligazos, cuando, de repente, soltó una especie de ronquido apagado, le vacilaron las piernas, se inclinó hacia un lado y rodó por el suelo echando una baba amarilla por la boca, sin que la mueca de la muerte consiguiese apagar del todo la alegre sonrisa del juerguista impenitente que había sido.

Los amigos no lo atribuyeron a los whiskys del hacendado, sino a la cachaça: no hubieran bastado aquellas cuatro o cinco dosis para terminar con un bebedor de la clase de Vadinho. Pero pudo ser, sí, toda la cachaça acumulada desde el mediodía anterior, cuando inauguraron oficialmente el carnaval en el Bar Triunfo, en la Plaza Municipal, que seguramente se le había subido toda junta, de golpe, haciéndolo caer en un profundo sopor. Mas la mulata grandota no se dejó engañar: como enfermera profesional, estaba familiarizada con la muerte, la frecuentaba diariamente en el hospital. Claro que no con tanta intimidad como en este caso, en que le había dirigido ombligazos, hecho guiños y bailado con ella. Se inclinó sobre Vadinho, le puso una mano en el cuello y se estremeció, sintiendo escalofríos en el vientre y en la espina dorsal:

—¡Está muerto, Dios mío!

También tocaron otros el cuerpo del mozo, alzaron su cabeza de larga cabellera rubia, y buscaron los latidos de su corazón. Nada consiguieron, era inútil, Vadinho desertó para siempre del carnaval de Bahía.

Grande fue el alboroto en la comparsa y en la calle, así como el revuelo producido en los alrededores. Un «Dios nos salve» sacudió a los enmascarados.

Portada de 'Poesía completa', de Rubén darío. /WMagazín

'Canción de carnaval', de Rubén Darío.

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.

Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa,
como hace tu compañera
la mariposa.

Y que en tu boca risueña,
que se une al alegre coro,
deje la abeja porteña
su miel de oro.

Únete a la mascarada,
y mientras muequea un clown
con la faz pintarrajeada
como Frank Brown;

mientras Arlequín revela
que al prisma sus tintes roba
y aparece Pulchinela
con su joroba,

di a Colombina la bella
lo que de ella pienso yo,
y descorcha una botella
para Pierrot.

Que él te cuente cómo rima
sus amores con la Luna
y te haga un poema en una
pantomima.

Da al aire la serenata,
toca el auro bandolín,
lleva un látigo de plata
para el spleen.

Sé lírica y sé bizarra;
con la cítara sé griega;
o gaucha, con la guitarra
de Santos Vega.

Mueve tu espléndido torso
por las calles pintorescas,
y juega y adorna el Corso
con rosas frescas.

De perlas riega un tesoro
de Andrade en el regio nido,
y en la hopalanda de Guido,
polvo de oro.

Penas y duelos olvida,
canta deleites y amores;
busca la flor de las flores
por Florida:

Con la armonía te encantas
de las rimas de cristal,
y deshojas a sus plantas,
un madrigal.

Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales.

Sus gritos y sus canciones,
sus comparsas y sus trajes,
sus perlas, tintes y encajes
y pompones.

Y lleve la rauda brisa,
sonora, argentina, fresca,
¡la victoria de tu risa
funambulesca!

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