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Un escultor trabaja en su obra.

El don o el valor del espíritu creativo frente al mercantilismo

Una nueva edición del clásico contemporáneo del ensayista y crítico cultural inglés, con prólogo de Margaret Atwood, llega en un momento oportuno para la reflexión y motivación alrededor de los artistas y la gente que disfruta sus obras y las políticas sobre la propiedad intelectual. WMagazín publica un pasaje sobre la vigencia de 'El don'

Presentación WMagazín Si queremos conocer y comprender el valor, la necesidad, la importancia y la magia de las creaciones artísticas y sus creadores en la vida individual y colectiva, la lectura de El don. El espíritu creativo frente al mercantilismo (Sexto Piso), de Lewis Hyde, es una de las mejores opciones. Y una bella forma de confrontar el mundo mercantil en el que estamos inmersos.

Margaret Atwood en el prólogo de esta nueva edición, pues la obra es de 1983 y ya es un clásico del género, expresa de manera muy acertada la importancia de este libro:

«Este es el único título que recomiendo sin falta a los aspirantes a escritor, pintor o músico, puesto que no se trata de un libro sobre cómo hacer esto o aquello –de ésos hay muchos– sino que versa sobre la naturaleza esencial de lo que hacen los artistas, y también sobre la relación entre esas actividades y una sociedad tan abrumadoramente comercial como la nuestra. Si quieres escribir, pintar, cantar, componer, interpretar o hacer cine, lee El don. Te ayudará a conservar la cordura».

WMagazín publica un pasaje de la introducción del propio autor sobre El don. El espíritu creativo frente al mercantilismo. «Echando mano de la antropología, la sociología, los cuentos de hadas y la poesía de Walt Whitman y Ezra Pound, Lewis Hyde construye una obra capital, sutil, transformadora, y una emotiva y perdurable reivindicación de los poderes del arte», señala la editorial.

Margaret Atwood dice algo más que tiene toda la vigencia del mundo: «Y, si las obras de arte son dones y nada más que dones, obsequios, ¿cómo van a vivir sus creadores en este mundo físico donde antes o después tendrán la necesidad de llevarse algo de comer a la boca? ¿Deberían mantenerse a base de regalos recíprocos por parte del público, el equivalente de las dádivas que se le dejan al monje zen en el cuenco de la limosna? ¿Acaso deberían vivir con gente afín en comunidades al estilo shaker, cuya versión secular bien podrían ser los departamentos universitarios de Creación Literaria? Las actuales leyes de propiedad intelectual tratan de abordar este problema.

Hyde aborda ésta y otras muchas cuestiones por medio de una mezcla de teoría económica, trabajos antropológicos sobre las costumbres tribales de intercambio de dones, cuentos tradicionales sobre el uso y el abuso de los obsequios, fragmentos de alguna guía de las buenas maneras, relatos de ritos funerarios arcaicos, estratagemas publicitarias de productos tales como la ropa interior para niños, la praxis en la donación de órganos, las prácticas religiosas, la historia de la usura, los análisis de costes y beneficios por parte de Ford a la hora de decidir si retiraba un modelo con un defecto potencialmente letal y muchos otros elementos más».

Te dejamos con la lectura de El don. El espíritu creativo frente al mercantilismo:

Portada de 'El don. El espíritu creativo frente al mercantilismo', de Lewis Hyde.

'El don. El espíritu creativo frente al mercantilismo '

Por Lewis Hyde

La postura que asume este libro es que una obra de arte es un don, no una mercancía, o, por plantear el caso moderno con mayor precisión, que las obras de arte existen de manera simultánea en dos «economías»: una economía de mercado y una economía del don. Sin embargo, sólo una de estas dos es esencial: una obra de arte puede sobrevivir sin el mercado, pero donde no hay don no hay arte.

Detrás de estas ideas hay diversos sentidos del «don», aunque todos ellos comparten la noción de que un don es algo que no obtenemos por nuestro propio esfuerzo. No lo podemos comprar; no lo podemos adquirir por medio de un acto de voluntad. Nos es concedido, de ahí que hablemos con propiedad cuando decimos que el talento es un don, ya que, si bien el talento se puede perfeccionar por medio de un esfuerzo fruto de la voluntad, no hay esfuerzo en el mundo capaz de provocar su aparición inicial. Mozart, componiendo en el clavicordio a los cuatro años de edad, tenía un don.

Considerar la intuición y la inspiración como dones también es hablar con propiedad. Conforme va trabajando el artista, una parte de su creación le es concedida. Se le ocurre una idea, comienza a oír una melodía, le viene una frase a la cabeza, un detalle de color halla su lugar en el lienzo. De hecho, lo habitual es que el artista no se sienta entregado ni emocionado por la obra –y que ésta no le parezca auténtica– hasta que irrumpe en escena este elemento gratuito, de manera que con cualquier auténtica creación se produce ese asombroso sentimiento de que «yo», el artista, no he realizado la obra. «Yo no, yo no, sino el viento que sopla a través de mí», dice D. H. Lawrence. No todos los artistas hacen hincapié en la «fase donativa» de sus creaciones en la misma medida en que lo hace Lawrence, pero todos los artistas la perciben.

Estos dos sentidos del don se refieren únicamente a la creación de la obra, lo que podríamos llamar la vida interior del arte; ahora bien, mi suposición es que deberíamos extender este modo de hablar también a su vida exterior, a la obra después de que ésta haya salido de las manos del creador. Ese arte que es importante para nosotros –el que nos conmueve en lo más profundo del corazón o nos vivifica el alma, el que nos deleita los sentidos o nos ofrece el coraje para afrontar la vida, sea cual sea la descripción que prefiramos adjudicarle a la experiencia–, esa obra la recibimos tal y como se recibe un obsequio. Aunque hayamos pagado una entrada en la puerta del museo o del auditorio, cuando una obra de arte nos conmueve, nos sobreviene algo que nada tiene que ver con el precio. Fui a ver las obras de un pintor de paisajes, y aquel mismo anochecer, al caminar entre los pinos cerca de mi casa, pude ver formas y colores que no había visto el día antes. El espíritu de los dones de un artista puede despertar los tuyos. La obra apela, como dice Conrad, a una parte de nuestro ser que es en sí un don, y no algo que adquirimos. Nuestro sentido de la armonía puede oír las armonías que oía Mozart. Tal vez no tengamos la capacidad de manifestar nuestros dones tal y como lo hace el artista, y, aun así, alcanzamos a reconocer –y en cierto sentido a recibir– los atributos de nuestro ser por obra de su creación. Nos sentimos afortunados, incluso redimidos. El comercio diario de nuestra vida –donde «das conforme a lo que recibes», como dicen los cantantes de blues– continúa avanzando a su ritmo constante, pero un don revive el alma. Cuando el arte nos conmueve, nos sentimos agradecidos de que el artista viviese, de que se empleara con esfuerzo al servicio de sus dones.

Si una obra de arte es la emanación de los dones de su creador y si su público la percibe como un obsequio, entonces ¿no será la propia obra también un don? He formulado la pregunta de tal modo que insinúe una respuesta afirmativa, aunque dudo de que se pueda ser tan categórico. Cualquier objeto, cualquier artículo comercial, se convierte en un tipo u otro de propiedad en función de cómo lo utilicemos. Aun cuando una obra de arte contenga el espíritu del don del artista, esto no implica necesariamente que la obra en sí sea un don. Será lo que nosotros consideremos que es.

Y aun así, dicho esto, habría que añadir que el modo en que tratamos algo puede modificar en ocasiones su naturaleza. Por ejemplo, es habitual que las religiones prohíban la venta de objetos sagrados, y lo que se da a entender es que su santidad se pierde si se procede a su compraventa. Las obras de arte parecen estar hechas de una pasta más dura; se pueden vender en el mercado y, pese a ello, revelarse como una obra de arte.

Pero de ser verdad que en el comercio esencial del arte hay un don que la propia obra traslada de su creador hacia el público, y si estoy en lo cierto cuando digo que donde no hay don no hay arte, entonces sería posible destruir una obra de arte al convertirla en un mera mercancía. En cualquier caso, ésa es mi postura. No mantengo que el arte no se pueda comprar y vender, lo que mantengo es que la parte donativa de la obra le pone un límite a lo que comercializamos.

***

Una gran parte de este libro da a entender que existe un conflicto irreconciliable entre el intercambio de dones y el mercado, y que el artista en el mundo moderno, por consiguiente, ha de sufrir unas constantes tensiones entre la esfera del don –a la cual pertenece su obra– y la sociedad de mercado, que es el contexto en el que vive él. En cualquier caso, ésas eran mis suposiciones cuando comencé a escribir. No sólo situé la vida creativa completamente dentro de la economía del don, sino que asumí que el artista de unos dones duraderos sería el que se las arreglara para defenderse contra todas las tentaciones de comercializar su vocación.

Mi postura ha cambiado un tanto. Aún creo que la forma fundamental de comercio del arte es el intercambio de dones, y que, a menos que la obra sea la realización del don del artista y a menos que nosotros, el público, podamos percibir el don que ésta traslada, ahí no habrá arte; todavía estoy convencido de que el mercado puede destruir un don, pero ya no percibo una oposición tan contundente entre los polos de esta dicotomía. Al ir desgranando los detalles del capítulo sobre la usura, en particular, llegué a comprender que el intercambio de dones y el mercado no tienen por qué constituir dos esferas completamente independientes. Existen modos en los que es posible conciliarlos, y si, al igual que los judíos del Antiguo Testamento, somos una comunidad que negocia con desconocidos, o si, como Ezra Pound, somos artistas que viven en una sociedad de mercado, entonces debemos buscar esa conciliación. Una de las lecciones de la vida de Pound, con toda certeza, es que hay poco que ganar en un ataque sistemático contra el mercado. En ocasiones podemos limitar el alcance de sus influencias, pero no podemos cambiar su naturaleza. El mercado es una emanación del logos, y el logos forma parte del espíritu humano tanto como el eros; no tenemos más forma de suprimirlo de la que Pound tuvo de quitarse a Hermes de la cabeza y mantenerlo fuera de sí… o fuera de Europa.

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